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Entrevista

Juliana Galarza: “La lucha por nuestros derechos también forma parte del día a día de una persona con cáncer”

El relato de una joven paciente en medio de demoras, amparos y la incertidumbre del sistema de salud actual. Cómo contar su historia en redes sociales -con la esperanza de que pueda servirle a alguien más y evitar que otros se sientan solos- se convirtió en uno de sus principales sostenes.

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Por Andrea Reyes

Yo le dije que estaba cansada y me respondió: ‘debe ser estrés’. El estrés es la excusa para muchos males a los que no les encuentran diagnóstico”. La frase pertenece a Juliana Galarza (34), una joven misionera que convive con cáncer metastásico y cuyo diagnóstico se demoró pese a que sus síntomas eran claros.

Desde que comenzó el tratamiento, Juliana decidió relatar su día a día en Instagram, no solo como desahogo personal, sino también para concientizar, alertar a otras personas jóvenes y visibilizar las fallas del sistema de salud.

En Argentina, el tiempo promedio entre la primera consulta médica y el inicio de un tratamiento oncológico es de 130 días, según un estudio nacional publicado recientemente en la Revista Médica ecancer. A esas demoras se suman más de 40 días adicionales para la entrega de medicación, en un sistema donde casi la mitad de las personas con cáncer reporta dificultades para acceder a los tratamientos, con variaciones según jurisdicción y cobertura.

En ese contexto, El Argentino dialogó con Juliana, quien relata en primera persona qué significa atravesar la enfermedad en el país: la espera, la incertidumbre, las peleas legales y el impacto concreto que las demoras tienen sobre el cuerpo y la vida cotidiana. Su diagnóstico se retrasó por una combinación entre su edad y la falta de estudios complementarios. “Mi ginecólogo confió en que yo era joven y no tenía antecedentes”, recuerda.

En una ecografía inicial, el estudio arrojó un resultado que requería seguimiento, y sus síntomas fueron minimizados. Según explica, podrían haberse solicitado estudios complementarios desde ese momento –como una mamografía o análisis de marcadores tumorales-, pero eso no ocurrió: “No prestó atención a mi fatiga extrema ni a la evaluación clínica del paciente”.

-El diagnóstico llegó cuando tenías 32 años y con todos los chequeos al día. ¿Qué te pasó por el cuerpo y por la cabeza cuando te enteraste?

-Fue todo muy repentino, porque me diagnosticaron la enfermedad cuando encontraron la metástasis. Cuando las doctoras me dijeron que habían encontrado masas en el hígado y en el pulmón, me pasó como en las películas: dejé de escuchar, estaba en shock.

Volví un poco a mí cuando mencionaron que había un nódulo mamario, y les pregunté directamente: “¿Es cáncer?”. Me dijeron que todavía no lo sabían, pero que, en caso de serlo, ese nódulo era el origen de todo.

Yo no lo podía creer. Les dije: “A mí me dijeron que esto era bueno”. Cualquiera puede enfermarse, pero sentí mucha bronca. Era injusto, porque yo me había hecho todos los controles. Me internaron, lloré todo un día y después pensé: tengo esto, no lo puedo evitar, ¿qué hago ahora? Y decidí tratar de salir adelante en la medida que yo pueda.

-A partir de ese momento, ¿cómo cambió tu vida?

-Dejé de trabajar y empecé con el tratamiento. Recibí muchísimos mensajes de amigos, familiares y también de personas más lejanas que se preocupaban por cómo estaba.

Por eso empecé a mostrar mi día a día en Instagram (@julianaGalarza), primero para mi círculo cercano. Con el tiempo noté que a la gente le interesaba, porque el cáncer sigue siendo un tema tabú, del que casi no se habla. Me resultó muy fuerte que, en una época donde se hablan tantas cosas, esto todavía no.

Entiendo que es algo privado, pero también creo que está bueno contarlo. Las estadísticas muestran que hay un aumento del cáncer en personas jóvenes, y mi deseo es que esto no le pase a nadie más. Que sepan qué síntomas atender y qué exigir en una consulta médica.

-En ese camino de mostrar lo que estabas viviendo, ¿te encontraste con alguna dificultad?

-Hubo un tiempo en el que dejé de publicar porque tenía problemas legales con la prepaga. Tuve que presentar dos amparos porque no me querían entregar la medicación. Se apoyan en argumentos que no son válidos ante un juez, pero que en la práctica retrasan la entrega del tratamiento. 

Parte de visibilizar todo esto también tiene que ver con mostrar lo que pasa en países como Argentina. No solo es atravesar la enfermedad, tratarse y recibir acompañamiento psicológico para aprender a vivir con esto, sino también pelear por algo que te corresponde por derecho. Esa lucha también forma parte del día a día de una persona con cáncer y de su familia.

-¿Tuviste que presentar amparos para que te entreguen la medicación? ¿Qué argumentos usó la prepaga?

-Sí, uno fue el año pasado y otro recientemente. Ellos tratan de demorarlo lo más posible y también apuestan a que muchas personas no conozcan sus derechos, porque por derecho nos corresponde que nuestra cobertura de salud nos otorgue la medicación oncológica en tiempo y forma, y de manera gratuita.

El problema es que mucha gente no lo sabe, y además en el medio tenés que contratar un abogado. Muchas personas no tienen los recursos, tanto económicos como educativos, para afrontar todo ese proceso, y entonces abandonan o terminan aceptando otra medicación, que es la que ellos proponen.

La realidad es que el mecanismo suele ser el mismo: no te rechazan de entrada, pero tampoco te dan una respuesta clara. Si no tenés un sí o un no, no podésavanzar, y quedás en una especie de stand-by. Ese es el modus operandi de muchas prepagas y obras sociales cuando quieren negar una cobertura.

Incluso cuando ya tenés el amparo, muchas veces tampoco entregan la medicación de inmediato, porque empiezan a dilatar y, mientras tanto, la enfermedad sigue avanzando.

-¿Cuánto puede esperar hoy una persona con cáncer por su medicación en la Argentina y qué implica vivir esa espera?

-La realidad es que escuché de todo. Con una de las prepagas más importantes del país, hubo personas que esperaron hasta cinco meses después de iniciar todo el proceso legal. Si no lo reclamás activamente, no te entregan la medicación, o te ofrecen otra alternativa que es la que ellos deciden.

-En el medio de la espera, la incertidumbre. ¿Cómo se vive con eso?

-La verdad es que lo peor es la incertidumbre, porque estás como en un limbo. Entonces vivís con mucho estrés, tanto vos como tu familia, y eso es muy angustiante, porque la enfermedad sigue avanzando. Aunque sea un tiempo de dos meses, en el medio empezás a sentirte mal, a sentir dolor; el cuerpo ya no es el mismo.

Si vos nunca usaste quimioterapia, de repente tenésque empezar a tomar medicación para el dolor, como corticoides u opiáceos. Te ves obligado a atravesar eso, y en algún punto seguís dañando tu cuerpo, no solo porque el cáncer avanza, sino también por la medicación que necesitás para aliviar el dolor.

-Si tuvieras que definir qué significa vivir con cáncer en la Argentina, ¿qué dirías?

-Yo creo que vivir con cáncer en este país es algo muy triste, porque muchas veces nuestros derechos no están garantizados. No solo tenés que ocuparte de atravesar la enfermedad, que ya es muy difícil tanto en lo físico como en lo emocional, sino también lidiar con cuestiones legales para obtener cosas que te corresponden por derecho.

Es una situación muy injusta y muy desigual. Yo tengo los recursos para afrontarlo, pero pienso todo el tiempo en las personas que no los tienen, que están en situaciones más vulnerables y a las que les pasa lo mismo o incluso peor. ¿Cómo hacen para salir adelante?

– Volviste de Buenos Aires a Misiones para estar acompañada por tu familia. ¿Cómo es el acceso a los tratamientos oncológicos allí?

-La verdad es que en Buenos Aires tenés sanatorios especializados y, en general, en el interior del país el acceso a la salud suele ser más complejo, porque no existen los mismos recursos que en la capital.

Pero, justamente, la provincia de Misiones es una de las regiones que está muy enfocada en el tema del cáncer. Por suerte, Misiones avanzó mucho en operaciones y especializaciones. De hecho, en Posadas está el Parque de la Salud. 

-Y en todo este proceso, ¿qué es lo que más te sostuvo?

-Yo creo que lo que más me sostuvo fue el cariño y la energía de la gente, esa fuerza que me transmiten. En Instagram me dicen: “La verdad que esta información me sirvió”.

Yo esperaba que alguien pudiera sentirse menos solo en el proceso. Sentir que contar un poco mi historia valió la pena, eso fue una de las cosas que más me sostuvo.

Juliana Galarza

-¿Qué le dirías hoy a alguien que acaba de recibir un diagnóstico similar al tuyo?

-Que no se sienta sola. Hay muchas personas que están pasando por lo mismo. Al principio es abrumador, y está bien tomarse un tiempo para procesarlo.

Después, buscar ayuda en grupos de personas que estén atravesando situaciones similares realmente ayuda mucho. A mí me cambió por completo la percepción de lo que estoy viviendo. Y también no guardarse las cosas, sino poder compartirlas. 

-Juliana, una vez que pase toda esta tormenta, ¿qué es lo primero que te gustaría hacer?

-Viajar y conocer más lugares, y vivir experiencias nuevas. Siento que la vida se trata un poco de eso, de tener más conciencia de todo lo lindo que nos pasa, porque en la vorágine del día a día muchas veces uno se olvida de vivir.

Es una frase medio cliché, pero apreciar los pequeños momentos que te hacen feliz, tener otra percepción de la vida.

-¿Primer destino?

-Iría a Europa. Si bien ya conozco, me gustaría ir a visitar a unas amigas que viven allá. Alicante sería mi primer destino.

 

Entrevista

Muscari: «Frente a la falta de ficción, el teatro sigue siendo un gran lugar de encuentro”

El divorcio del año se corre de la comedia tradicional para poner en escena los vínculos familiares, la salud mental y la exposición mediática como marcas de época. En diálogo con El Argentino, Muscari y Rocío  Igarzábal explican por qué esta obra interpela al público desde cuestiones profundas y reflexionan sobre los límites entre la intimidad y el espectáculo.

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Por Andrea Reyes

El divorcio del año se estrenó el 2 de enero en el Multiteatro, sobre la calle Corrientes. “Es un proyecto que no se parece a ninguno de los que hice y se mete con un tema súper vigente”, asegura José María Muscari en diálogo exclusivo con El Argentino.

Junto a Rocío Igarzábal, el director y la actriz se sumergen en una comedia que toma al divorcio como puntapié para explorar emociones extremas, la salud mental y vínculos familiares atravesados por la exposición pública.

Si te cuento la historia te resuena con el hoy, pero también a 30 años atrás”, grafica Muscari. En ese cruce entre intimidad y espectáculo, ambos reflexionan sobre los límites de la exposición mediática, especialmente cuando hay hijos involucrados.

-¿Cómo se armó el elenco de El divorcio del año?

-M: Con Tomás Rottemberg y Juan Manuel Caballé, fuimos bastante rigurosos en tratar de armar un elenco de cinco personas muy queridas, muy conocidas y muy profesionales, pero que no hayan terminado una obra de teatro ayer y hoy se suban de nuevo a otra. A veces, en la calle Corrientes parece que van cambiando los títulos, pero los elencos son siempre los mismos. Teníamos ganas de generar ese interés. 

-Rocío, en tu caso, ¿qué fue lo que te llevó a decir “sí” apenas leíste el proyecto?

-I: Cuando terminé de leer el guión, me pasó algo en el cuerpo: se me erizó la piel y me reí durante toda la lectura y, a la vez, me emocioné mucho. Siento que es una obra que tiene este condimento tan Muscari de la comedia desde un lugar súper impactante, dinámico y rítmico, pero a la vez tiene esta profundidad que nos ancla en un lugar que nos toca a todos: los vínculos familiares y la exposición en las redes sociales; el tema de la salud, que se habla desde un lugar cómico, pero con total respeto. 

-Los vínculos familiares ocupan un lugar central en esta obra. ¿Qué importancia tienen en sus vidas personales y cómo dialogan con el material que llevan al escenario?

-I: En mi caso, la construcción del personaje me conectó con frases que escuché en familiares cercanos, en momentos de crisis o angustia. Desde ese lugar, también me llevó a conectar con emociones que me hicieron empatizar con esos familiares y a darle otra perspectiva a la cuestión. Me siento más abierta a comprender estas problemáticas desde otro lado y, a la vez, a quitarles un poco de solemnidad: ponerlas sobre la mesa, hablarlas y compartirlas. 

-M: Yo hablo desde la parte creadora, que es diferente, me parece, al tránsito como actor. Creo que cuando uno escribe o dirige una obra está dialogando con cosas propias todo el tiempo. Para mí, las obras son pretextos para drenar determinadas cosas que están adentro mío. Si bien no tuve separaciones conflictivas ni escandalosas, y tampoco, por suerte, en mi familia hubo problemáticas de salud mental, siento que algo de todo eso que la obra plantea me rodea y me toca.

-¿Creés que esa identificación es una de las claves de la potencia de la obra?

-M: Me parece que está bueno cómo la obra funciona como una especie de umbral o de espejo para que todo el mundo pueda identificarse. En algún momento odiaste a la persona a la que amabas, te manejaste con un hijo de una manera de la que te arrepentiste, hiciste de más cuando tendrías que haber hecho de menos. Todos estos colores atraviesan los personajes y el público también los recorre porque, indefectiblemente, se va a ver ahí reflejado. 

-En la obra el hecho límite que hace estallar todo es un divorcio que se vuelve casi un espectáculo público, ¿sentís que eso también refleja algo de nuestra época?

-M: La obra recoge el guante en relación a muchas cosas mediáticas, pero si bien yo te cuento la historia y te resuena con el hoy, también la podés llevar a 30 años atrás, cuando Susana Jiménez le tiró el cenicero a Roviralta y todo el país estuvo pendiente de eso; o 20 años después, con la China, la palta y el motorhome, no sé.

Ahora, no hay inspiración directa, pero sí una resonancia inmediata. El personaje de Guillermina es una especie de empresaria del bardo, muy acostumbrada a construir su figura a través de los medios de comunicación. Él es un conductor número uno de noticieros que tiene dos caras: la que muestra cuando presenta la noticia y la que es en la vida cotidiana. Hay dos abogados y una hija que hoy tiene casi 30 años, pero que toda su vida estuvo expuesta a las redes sociales y cuya imagen es pública desde que nació. Esto ha pasado con muchos famosos y mediáticos en la Argentina. 

-La exposición mediática y las redes sociales, especialmente cuando hay hijos involucrados. ¿Hasta dónde mostrar y hasta dónde proteger?

-I: Creo que hay una cuota de las redes sociales y de la exposición permanente que los pone a todos en un lugar de carnada para el espectador. En la vida cotidiana la gente se separa, tiene relaciones, pero este condimento de la red social y la exposición hace que todo tome una dimensión que ellos no pueden controlar. Esa ansiedad del celular, de ver qué le pasa al otro, atraviesa todo y también está presente en la obra.

-En tu caso personal como mamá, ¿cómo manejás esa tensión entre exposición e intimidad?

-I: Como mamá, yo no lo elijo para mi hija. Ella es muy chiquita todavía, entonces todo el tiempo está el diálogo, pero a medida que va creciendo también pregunta y tiene curiosidad. Creo que hay un respeto por su intimidad y por su infancia que es clave cuidar, porque su cerebrito no está preparado para lidiar con un montón de cosas del mundo virtual.

-José María, vos tenés un hijo adolescente. ¿Cómo lo acompañás y lo preparás frente a la exposición y al uso de redes sociales?

-M: En ese sentido, el proceso con mi hijo estuvo buenísimo porque, si bien estamos juntos hace relativamente poco como familia -apenas dos años y pico-, hasta que no tuve la adopción definitiva Lucio no pudo aparecer en ninguna red social y eso lo salvaguardó. Después, él mismo tuvo la necesidad de aparecer con naturalidad. 

Ahora, con 17 años, aparece cuando él quiere. Si bien Lucio quiere ser piloto de avión, está probando el mundo del modelaje y eso lo liberó un poco en relación con las redes sociales.

-Para cerrar, el estreno llega en un contexto complejo para la cultura y el teatro. ¿Subirse a un escenario es hoy un privilegio?

-I: Me siento muy privilegiada de poder trabajar de lo que me gusta y me sorprende el camino que voy construyendo.

-M: Sí, me siento privilegiado por poder imaginar ideas y concretarlas. Una obra de teatro es una idea que uno soñó y que de pronto ve la luz, y el público la vuelve parte de su cotidiano.

Estamos en un momento económico difícil, en el que para el público no es fácil sacar un mango para una entrada, pero frente a la falta de ficción en otros espacios, el teatro sigue siendo un gran lugar de encuentro con las historias y los actores.

 

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