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Entrevista

“Me pone loca pensar la desprotección que hay con la gente que trabaja”

Con una temporada extendida hasta el 26 de marzo de la mano de “Perdida Mente”, Ana se reencontró con Mar del Plata y sobre todo con el público, que la saluda, la identifica y la celebra todas las noches a la salida del teatro o dónde esté.

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Por Majo Garufi

Con una temporada extendida hasta el 26 de marzo de la mano de “Perdida Mente”, Ana se reencontró con Mar del Plata y sobre todo con el público, que la saluda, la identifica y la celebra todas las noches a la salida del teatro o dónde esté.

Está instalada a metros del tradicional Hotel Provincial, mirando el mar que aparece detrás de la famosa pileta cubierta de la rambla y pasa varias tardes en la playa aledaña a La Bristol. Un sitio popular para una de las actrices más populares de la Argentina. No por su fama –que trasciende el territorio nacional-, sino porque el pueblo la identifica como parte, como alcanzable, como verdadera.

Si vos no estás en la postal de la ciudad, no estás en Mar del Plata”, dice a El Argentino, Ana María Piccio, en la temporada más larga que le tocó ser parte, según recuerda. “Fue una buena temporada… Cuando uno viene con una obra probada en Buenos Aires y que está buena, la podés defender bien en el escenario”. Se refiere a “Perdida Mente”, de José María Muscari y Mariela Asencio, que junto a Leonor Benedetto, Patricia Sosa, Julieta Ortega y Karina K, presenta en el Teatro Atlas de martes a domingos a las 21.  Y donde siempre el público se queda tras la función o llega antes para verla, hablarle. Mujeres, hombres…hasta nietos que sin timidez piden saludos para sus abuelos. Todos con una característica común: una sonrisa en el rostro y el agradecimiento por sentirla cercana.

-¿Qué significa para vos ser una artista popular, ser “La Piccio”?

La gente dice unas cosas que emocionan… no las digo porque me da vergüenza, pero todo tiene que ver con la verdad. Lo que me festejan y me dicen “me creo todo lo que usted me dice, lo que usted hace”. Es una satisfacción enorme. Vos podés recibir una crítica especializada, pero una persona que no está muy acostumbrada a ver teatro –porque acá confluye gente del interior que no recibe tanta oferta- te dice la verdad, lo que siente, lo que le pasa, y vienen de a grupos a hablarte. Dicen cosas que te llegan al corazón.

-Pero no es la primera vez que estás en una historia de teatro, cine o tv que le habla a la gente. Has tenido muy representativas de la realidad, como La Tregua, Made In Lanus…

-Pero el cine no es como el teatro. Te enterás de la opinión por los premios, por las notas, por la taquilla, por la peluquería. Pero acá salgo y veo, hablo, me esperan. Y nosotras salimos para hablar con la gente y les doy todo el tiempo porque dicen cosas que me gustan mucho.

-¿Con todo lo que te pasa con la gente tu personaje se vio enriquecido en alguna conducta, en algo que te dijeron y sumaste al texto?

Agregar no. De eso se encarga Muscari. En la conducta sí, muchísimo. Hay un momento en que digo “a mí no me importa la plata, lo único que me importa es el trabajo y si trabajo soy feliz”. Y ahí la sala aplaude toda. Siempre. En Buenos Aires no sucedía y a mí tampoco me parecía tan importante esa línea…y ahora…

-¿Será por el significado que tiene el trabajo, sobre todo en el público del interior? ¿Por los valores que tanto están en discusión hoy?

Debe ser. Es impresionante ese momento. Tiene que ver con el que es bueno, que lucha, que colabora y empodera al que le da trabajo. La gente de acá las escucha, muchísimo. Creo que son conversaciones diarias esas en las familias y ahí lo ven. Hay un momento en que el personaje de Leonor remarca que el mío “es la única persona decente que hay en la casa”. Y la gente piensa que es así, porque el personaje la cuida, la quiere, la defiende y se va a quedar con ella hasta que se muera. Veo las caras de la gente, las reacciones, la emoción.

Me pone loca pensar en la desprotección que hay con la gente que trabaja.Quise hacer el personaje por eso mismo. Un tipo que llega y de un día al otro lo echan total está en negro… Acá se ve mucho cuando termina la temporada, el trabajo estacional. ¿A dónde va esa gente ahora? Eso tiene la obra de bueno: leés las cosas que existen y que todos estamos padeciendo y la gente las escucha…LAS ESCUCHA.

-¿Alguna vez te sentiste en tu mundo laboral desprotegida?

-(Piensa un momento) No… no lo sentí porque nunca trabajé por la plata. Trabajo porque me hace bien, sino las cosas que pienso ¿a quién se las digo? Encuentro un material que refleja lo que pienso y lo hago. A veces no me importa que me paguen menos o más, no he ido en busca de la plata.

-Fuiste en busca de tu voz a través de los personajes.

Fui en busca de decir lo que tengo ganas de escuchar. Uno tiene que ser uno con los personajes. Breg decía que “uno tiene que llevar hasta las últimas consecuencias cualquier cosa aunque no la crea, ese es el actor”. Pero en un momento uno tiene que hacer un guiño como dejando en claro que no lo piensa. Por eso no me gusta hacer personajes de mala, porque tenés que estar sino todo el tiempo haciendo como una doble actuación, entre lo que dice el personaje y lo que pensás realmente del otro. Cuando hacés una buenaza como ésta, es bárbaro. Fluye todo.

-Regalás -en esta instancia más allá de la verdad del personaje- alegría al público. La gente te ve y siempre te devuelve una sonrisa.

Hay gente en la playa que me dicen “no pensé que eras una actriz cómica”. Y les digo que no lo soy. Lo que pasa es que digo las cosas que producen gracia pero no me hago la graciosa. Esa es la diferencia: cuando la gracia aparece a pesar de uno.

-¿Cuánto tiempo más querés este personaje en tu vida?

Tengo la película de Zanetti, con Geraldine Chaplin como protagonista. Cuando ella decida venir para hacerla ahí paro. El plan de (Carlos) Rottemberg con esta obra es un poco hacer lo que hicieron con Brujas, que nunca se pare, que tenga sus momentos. Y cuando un espectáculo pega, está bien que se mantenga.

-Encima no son personajes que las encasillen, como también sucede con Brujas.

Tal cual. Más a mi edad y la de Benedetto es medio raro que algo ya nos encasille (ríe).

-A tu edad y con tu trayectoria, imagino que igual ya hay muchas cosas que no te importan lo que antes…

No te creas…Tengo una cosa bastante aniñada para manejarme en la carrera. Pienso mucho las cosas. Algunas actrices italianas dicen “todos los personajes están dentro de mí, el tema es elegirlos y sacarlos”. Es eso y este personaje, como todos los que hice, están dentro mío. Pasa que cuando los empiezo a vislumbrar pienso “¿no será mucho? ¿será por acá?” Te toman las contradicciones, pero cuando te encontrás con un director como Muscari que tiene las cosas muy claras, ya no tenés miedo y te mandás.

-¿Ese miedo lo vivís como una debilidad o como parte de lo que te permite no perder el entusiasmo?

Como decía el gordo Pinti: “aunque haga 5000 funciones pasa una mosca y te olvidás”. No puedo hacer de taquito los personajes. No puedo, lo juro. Cuando subo al escenario es como si debutara, vez tras vez.

-¿Sentís que ya las viviste todas en la profesión?

Hay cosas que ya me las estoy olvidando. Las recuerdo cuando alguien las cuenta. Hacía tele, a la noche el teatro y grababa La Tregua. Siempre estabas trabajando, estudiando, defendiendo todo y los compañeros eran como la familia.

-¿Cómo te ves en unos años, a los 80?

-No sé si estaría haciendo tantas cosas. Estaría poniendo ese tiempo en mi familia por ejemplo. Ya es hora… Todos los actores, sobre todo las mujeres, tenemos una deuda importante con los hijos, una deuda real. Tuve a Delfina cuando Maricel Montero tenía una obra hecha para mí. Dejaba la leche para que se la den a la noche…la veía dormida. En ese momento decís “qué bien” pero luego pensás “¿vale la pena haber desperdiciado esos momentos tan hermosos que no volverán?”. Nuestro país no da para tener esos stops. A los 80 me tomo el palo.

Cultura

Nancy “La Pantera” González: “Yo fui parte del pogo más grande del mundo”

La música, docente y titular de UDEMUS (Unión de Músicos y Músicas), miembro de la CTA de los Trabajadores, Nancy «La Pantera» González, conmemoró en exclusiva para El Argentino sus comienzos musicales y el folclore de la época del Indio y el rock under en Argentina. Bajista de Mata Violeta primero y de La Fragua después, vecina del barrio donde vivió y murió el Indio, su testimonio es el de una sobreviviente del underground que nunca dejó de tocar ni de pelear por los derechos de los músicos.

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Nancy “La Pantera” González: “Yo fui parte del pogo más grande del mundo”.

Desde el under de los ’80 al sindicato: la lectura política y cultural de La Pantera sobre el legado del Indio Solari

La música y docente Nancy González, titular de UDEMUS (Unión de Músicos y Músicas), miembro de la CTA de los Trabajadores, rememoró en exclusiva para El Argentino sus comienzos musicales y el folclore de la época del Indio, los Redondos y el rock under en nuestro país.

Vivís cerca de Parque Leloir, a pocos kilómetros de donde murió el Indio el viernes por la mañana. ¿Cómo te llegó la noticia?

«No solamente vivo cerca de Parque Leloir, sino que el barrio de mi infancia, crianza y adolescencia es ahí donde está la casa del Indio. Cuando él compró la casa fue toda una revolución en el barrio, iba gente siempre a tratar de verlo. Mi hermana sigue viviendo ahí. Udaondo tiene mucha historia musical, está Cielito Lindo Records, y el Indio de hecho fue a vivir a Udaondo porque Parque Leloir está bien, pero es Udaondo. Renegamos un poco porque la casa de él es el casco de la rotonda Miryam, del Harás Miryam, que fue propiedad de los Leloir. Spinetta vivía ahí a ocho cuadras, también Lebón, Miguel Cantilo; Udaondo tiene esa historia. Al enterarme, desperté con esa noticia y estuve muy mal todo el día de ayer, no paré de llorar. Sinceramente tampoco puedo entender la parte política, la decisión de no velarlo a un ídolo de tamaña magnitud en un lugar accesible para la gente. Merecía el Congreso. El Indio merece todo. Tremendo.»

En los ’80 compartiste el circuito underground con los Redondos. ¿Cómo era ese ecosistema, y qué lugar ocupaba una mujer bajista en ese ambiente?

«Los conocí ni bien empezaron, porque yo escuchaba un programa de radio que se llamaba ‘El Loco de la Colina’, el locutor creo que era Ruga, y él pasaba siempre ‘Ñan fi fruli fali fru’ y yo decía: ‘¡Qué buen rock and roll, quiénes son!’ y nunca los mencionaba. Acá en Morón, que ahora la zona del Indio es Ituzaingó pero antes era el Gran Morón porque no estaban divididos todavía, en el centro comercial había un lugar que vendía cassettes piratas. Un día pasé y vi ‘Los Redonditos de Ricota’. Era del ’85. Me lo compré. El que me lo vendió me dijo: ‘Este tiene el tema que vos me decís siempre que escuchás’. Pasaba a Los Redondos y a Memphis la Blusera. Eso nunca me lo voy a olvidar: estaba hasta la una de la mañana escuchando radio y ahí conocí a los Redondos por primera vez.

Avellaneda, velorio del Indio, 2026.

Yo empecé a tocar en el ’89, y bueno, ellos ya estaban con todo el mito y la leyenda. Un guitarrista que conocí era muy amigo del ‘Piojo’ Ávalos, que fue el primer baterista de Los Redondos; todavía sigo en contacto con ese músico. Él me contaba que la primera vez repartían masitas de ricota, que eran redonditas. Por eso también decían que se llamaban Los Redonditos de Ricota.

El circuito underground era muy rico porque había muchos lugares para tocar. Había mucha ‘guerra’ también: el que iba a ver a los Redondos no iba a ver a Soda ni a SUMO, y cada tribu iba a ver a sus bandas favoritas. Era bastante lindo.

Como mujer bajista era dificilísimo. No había muchas mujeres músicas; las que había eran todas coristas, y las bandas de mujeres eran muy pocas. Estaban Las Brujas, también La Torre con Patricia Sosa, pero una banda de mujeres propiamente dicha era rarísima. Era complicado ser música y mujer en esa época.»

Mata Violeta y Patricio Rey, ¿eran parte del mismo circuito? ¿Hubo contacto, alguna anécdota concreta con ellos o con su gente?

«Mata Violeta no era del mismo circuito, era de otro palo. Además Los Redondos siempre tocaban en lugares un poquito más grandes que los nuestros. Nosotras no llegamos a Cemento; el Indio sí. Hicimos Arpegios, y ellos también tocaron ahí, pero ellos se dedicaban más a lugares un poquito más grandes. No hubo cruces directos porque ellos estaban en La Plata y nosotras éramos más del Oeste y de Capital. Lo que sí: compartimos escenario con El Soldado, que tenía como cantante al sobrino del Indio. Entonces mucho del público que seguía a Los Redondos también iba a ver a El Soldado, y cuando hicimos el Teatro Arpegios juntos, ese público nos vio a nosotras también.»

Mata Violeta, 1991.

El Indio construyó un modelo de autogestión que hoy se estudia en las universidades. Desde tu experiencia como música y como dirigente sindical, ¿ese modelo es una referencia real para los trabajadores de la música o fue algo irrepetible?

«El modelo que construyeron el Indio junto a la Negra Poli y todos los músicos de ese momento era una manera de trabajar en cooperativa, de forma autogestiva. Me gusta más la palabra autogestión que independencia, porque al final, independencia ¿de quién? Gracias a esa autogestión el Indio pudo tener la casa que tiene, por los derechos de autor, que me parece una cosa fantástica. Muchos ahora critican que viajó a Nueva York, pero el tipo labró un montón y la plata que ganó la ganó en buena ley. Me parece fantástico.

Aparte, es una cosa difícil de replicar porque hay que dejar un montón de cosas de lado y exige un esfuerzo cooperativo enorme. A mí también me cuesta. Vengo hace años luchando, no solamente por tocar, sino también por los derechos de los músicos y músicas. Todo nació ahí, con el neoliberalismo de los ’90, cuando empezó a funcionar mal el tema de la música en vivo. El Indio es una referencia para los trabajadores de la música, aunque ahora es muy difícil, sobre todo con toda la tecnología, las plataformas y todo lo que está pasando.»

¿Qué es hoy La Fragua y cómo conviven en vos la bajista y la Secretaria General del sindicato? ¿Se retroalimentan o a veces se contradicen?

«La Fragua es mi banda, que arrancó directamente después de Mata Violeta. Vengo trabajando con mucha gente por años, pero no dejo nunca mi sueño. Una vez una figura con la que trabajé me dijo: ‘Vos tenés tu sueño, no lo abandones. Fracasás, no fracasás, no importa, seguí.’ Bueno, acá sigo, no me importa.

Y a veces se contradicen, sí. Me da mucha bronca tener que ir a tocar a la gorra cuando estamos pidiendo que se cumpla un convenio colectivo de trabajo. Me duele ver que un montón de músicos y músicas tienen que trabajar de otra cosa que no sea lo que realmente son. Ver a chicos y chicas que salen a tocar gratis o por nada, que no valoran su instrumento. Estamos haciendo la Ley Santiago, tratando de que se sancione en la Legislatura bonaerense, para que se haga la trazabilidad y se puedan asegurar los instrumentos. Lo estoy llevando también hacia otros países porque el tráfico de instrumentos es mucho. Lo pude comprobar pasando por las fronteras de Brasil, Paraguay y Uruguay, donde no te controlan nada. Los Secretarios de Cultura de todos los países que visité están interesados en la trazabilidad. Así que mis roles se chocan, se retroalimentan, pero chocan.»

Despedida del Indio, Villa Dominico.

El sindicato que conducís forma parte de la CTA. ¿Cuál es la situación concreta de los músicos en la Argentina de Milei? ¿Qué se está perdiendo que no se ve en los titulares?

«Estamos en la Central de Trabajadores de la Argentina de Yasky y venimos trabajando en lo que va a ser la futura Federación Bonaerense de Músicos, que se llamará Regional Sindical. Estamos tratando de sacar una ley que les dé facilidades a los locales que tengan músicos en vivo, que les desgraven impuestos para poder pagar el cachet correspondiente. La situación actual es que no hay laburo, está terrible. Se está perdiendo el laburo, se está perdiendo la visibilización del músico del barrio, de la región, que no puede tocar cerca de su casa porque no hay lugares. La crisis económica hace que cierren, o directamente que los dueños te cobren para tocar o te hagan tocar gratis. Los músicos y músicas somos el orejón de abajo del tarro.»

El Indio dijo en 2023 que Milei era «un disparate fascista» y que apoyaba al kirchnerismo porque «del otro lado había un peligro muy grande.» ¿Compartís esa lectura desde tu lugar sindical?

«Sí. En 2023 el Indio dijo eso y nosotros lo veníamos diciendo también. Es un fascista, es un sionista, es un peligro muy grande porque está entregando todo: no solamente la soberanía económica, sino que la soberanía cultural también está siendo dañada. A él no le interesa que los creadores de música tengan un desarrollo real, menos los que pensamos distinto. A nosotros nos está pasando en plataformas que nos bajan seguidores, que nos baja la audiencia. El fascismo que ejerce Milei en la Argentina está pasando aunque no lo quieran creer. Sí, comparto lo que dijo el Indio totalmente. Y sigue más vigente que nunca.»

La comunidad ricotera siempre fue de clase trabajadora y popular, la misma base social que debería nutrir al movimiento sindical. ¿Por qué esos mundos no terminaron de encontrarse políticamente?

«Yo creo que la comunidad ricotera sí nutre al movimiento sindical. Ayer me sorprendió que un montón de sindicatos sacaron condolencias hacia la familia, con flyers con el logotipo sindical. Y ahí te das cuenta de lo que el Indio produjo en la gente. Escuchaba entrevistas en vivo por la tele, gente que estuvo en la cárcel y que decía ‘hoy soy abogado por las letras del Indio’. Cosas así.

Creo que políticamente se están encontrando ahora. Se están reconociendo. Y creo que este fue el clic: cuando vi los flyers de los sindicatos con la foto del Indio, dije ‘¡Mirá, fulano que es tan serio es ricotero!’ Creo que esta es la bisagra. Lástima que tuvo que ser la bisagra con su muerte, que no lo haya visto. Porque calculo que era un sueño que él también tenía.»

La Fragua.

¿Qué significa para el oeste del conurbano, para Ituzaingó y la zona, que el Indio haya elegido vivir y crear acá en silencio durante décadas?

«En el oeste siempre estuvo el agite, como dijo otra banda. En el ’82, pos Malvinas, todos los que tocamos un instrumento tratamos de juntarnos y componer algo. Udaondo, Leloir, esa zona siempre fue una isla: río Reconquista, quintas, sin acceso oeste todavía en mi adolescencia. Un triángulo donde si no tenías auto, el colectivo dejaba de entrar a las ocho. Y todos los que tocábamos tratamos de juntarnos y hacer canciones. Después fue cayendo gente que tenía que ver con la música, y uno de ellos fue el Indio. Fue tremendo para el barrio.

El Indio no salía mucho, pero mucha gente iba a dejarle cosas en la puerta; así como ayer vi al muchacho que le dejó una rosa. En el kiosco de mi mamá, que está a unas cuatro cuadras de la casa del Indio, en una de las pocas cuadras asfaltadas de la época, iban a buscar cigarrillos y cervezas para dejar en su puerta. Iba el Flaco Spinetta a comprar ahí, Charly García, todo el mundo. Udaondo es la cuna musical; de hecho la han nombrado así. Que el Indio haya elegido vivir ahí es un honor, es una medalla para toda la región.»

¿Qué le decís hoy a una piba de 17 años de la zona oeste que quiere ser bajista, que quiere tocar, y que siente que ese mundo no es para ella?

«Les digo: seguí tu sueño, seguí tocando. Si sos mujer, más todavía, porque siempre hacen falta mujeres en el escenario. Igual un montón de cosas fueron cambiando: sigue el machismo, lamentablemente, son tremendos, cero deconstrucción. Pero hay cada vez más mujeres que no son solo cantantes. Está Lula Bertoldi y hay muchas más. El under lamentablemente está cada vez peor, pero no importa, hay que seguir. Seguir el sueño, tocar, no abandonar. Porque si no, lo que muere es el rock nacional. La música pura, compuesta, basta de covers. Música compuesta por gente del Oeste, y de todo el país. Hay que empezar a exigir que haya canciones nuevas.»

Una última noche en Olavarría…

«Nunca pude ver a Los Redondos en vivo, y por insistencia de compañeros que querían ir a Olavarría a ver al Indio, agarré el auto de mi mamá y nos fuimos. Me impactó porque desde Cañuelas íbamos a paso de hombre. Tardamos un montón, había una cantidad de gente… Y de verdad no me arrepiento. Fue una experiencia que estuvo buenísima, ese recital. Yo viví el pogo más grande del mundo. Yo creo que fue ese, y el que seguramente se va a producir cuando lo despidan. Yo fui parte del pogo más grande del mundo. Una experiencia única, tristemente, porque no se va a repetir. Por suerte la pude vivir».

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