Cultura
“Un disparate fascista”: el Indio Solari, un sujeto político en la Argentina que él mismo cantó
Tomó partido en silencio durante años. Cuando habló, no se guardó nada. Llamó «régimen» al gobierno de Macri, calificó el avance de Milei de «disparate fascista», defendió la vacuna Sputnik con el mismo énfasis con que defendió la soberanía cultural, y recibió el Honoris Causa de la UBA mientras el gobierno nacional le recortaba el presupuesto a las universidades. La de Carlos Solari fue una posición política que no necesitó de militancia para ser inequívoca.
Las declaraciones políticas del Indio Solari: de llamar “régimen” a Macri a calificar a Milei de “disparate fascista”
Carlos Alberto Solari murió sin haber militado nunca en el sentido estricto del término. Él mismo lo aclaró con precisión cuando aún hablaba en público: «El artista tiene que manifestar a través de su obra y en el estilo está su posición sobre la sociedad. No creo que deba militar. Cuando el artista milita, forma su obra en panfletos, y eso no es rico para nadie en la sociedad.» Lo dijo en mayo de 2023, en una entrevista con La Garganta Poderosa en Nacional Rock. Y a continuación, sin contradicción alguna para él, fue completamente explícito sobre dónde estaba parado.
Esa tensión entre la no militancia formal y la postura política nítida fue una de las marcas más características del Indio Solari en su última etapa pública. Y también fue la que lo convirtió en una voz que el campo popular reivindicó con orgullo y que el establishment mediático observó con incomodidad.

«No vi a nadie de ese régimen complicado con la cana»
La primera gran intervención política de sus años de retiro forzado ocurrió durante la pandemia. En junio de 2021, el Indio dialogó con el periodista Marcelo Figueras en Radio Provincia en el marco de la presentación de su libro «La vida es una misión secreta.» La entrevista, que duró casi dos horas, circuló de inmediato como una declaración de principios.
Sobre el gobierno de Mauricio Macri, fue directo: «No vi a nadie de ese régimen complicado con la cana. Está este Pepín…», dijo en referencia al asesor judicial macrista Fabián Rodríguez Simón, quien en ese momento transitaba un pedido de detención internacional. La palabra «régimen» no fue un desliz: fue la elección de alguien que conoce el peso de las palabras.
Sobre la vacuna Sputnik V y quienes la cuestionaban, fue igualmente categórico: «Hay un montón de gente implicada en delirio. Son casi genocidio esta pelea contra la vacunación y la pelea contra el Gobierno para que sea lo menos riesgosa la pandemia. No puedo entender con qué cara dicen esas cosas.» El hombre que había dedicado décadas a denunciar el totalitarismo mediático en sus canciones, aquí señalaba con nombre propio los medios que, según él, «ponían palos en la rueda» a la gestión sanitaria: «los noticieros de los canales adictos a la locura.»
Esa misma noche de la entrevista, el Indio también completó la frase sobre la vacuna rusa que había esbozado meses antes, en diciembre de 2020, cuando había dicho: «¿Alguien preguntó alguna vez de dónde venían otras vacunas que nos pusimos? Desconfiar de la ciencia rusa es realmente un atrevimiento.»
«Un disparate fascista»: el Indio frente al avance de Milei
Dos años después, en mayo de 2023, con las elecciones presidenciales en el horizonte y Javier Milei acelerando en las encuestas, el Indio volvió a hablar. El escenario fue otro programa afín, La Garganta Poderosa en Nacional Rock. Esta vez no se limitó a criticar al pasado: también nombró el presente y el peligro que veía en el futuro.
«Del otro lado veo un peligro muy grande. Sigo apoyando al kirchnerismo y al peronismo», declaró. Y sobre las dos gestiones de Cristina Fernández de Kirchner, fue cálido y directo: «Yo confío en esta gente en la que en los últimos dos gobiernos la gente vivió mejor y rescató a la clase media de la zanja.» Sobre Milei, la frase que quedó para el archivo fue lapidaria: «El contrincante es una locura, un disparate fascista.»
La calificación no era improvisada. Para el Indio, que había rastreado en sus letras durante décadas los mecanismos del totalitarismo mediático y la alienación social, el ascenso de un discurso de odio organizado representaba algo concreto y reconocible. «Gente que se deja llevar por esas ideas, esa actitud y estilo de vida que tienen. Hacen las macanas, aparecen los Panamá Papers, pero del otro lado no, la chorra es la señora», agregó con ironía, en referencia a la persecución judicial que consideraba fabricada contra Cristina Kirchner.
Su posición sobre la Justicia fue constante a lo largo de esas intervenciones: «Es un disparate todo lo que sucede. Tienen un régimen de amparo social casi parecido al que tenían las Cortes imperiales.»
La coherencia larga: de «Divina TV Führer» a Milei
Lo que el Indio dijo en esas entrevistas no fue una novedad de la vejez. Fue la continuación natural de lo que había cantado durante décadas. «Divina TV Führer», de 1986, describía el totalitarismo de los medios de comunicación de masas. «Preso en mi ciudad» denunciaba que el rock estaba «atrapado en libertad», domesticado por el sistema que juraba combatir. «Todo preso es político» era una declaración que en los noventa nadie leía como metáfora. Las ciudades imaginarias del capitalismo tardío que construyó en «Luzbelito» y «Último bondi a Finisterre» eran cartografías del mismo sistema al que luego, en voz alta, llamó «régimen.»
La coherencia era de fondo, no de forma. El Indio nunca marchó, nunca firmó solicitadas, nunca fue a una conferencia de prensa política. Pero sus canciones describían exactamente el mundo que sus declaraciones repudiaban. Y cuando habló, lo hizo desde ese mismo lugar: el de alguien que observa la sociedad con paciencia y sin eufemismos.
El Honoris Causa como síntesis política
El último acto público de su vida fue, en ese sentido, una síntesis perfecta. El 15 de mayo de 2026, la Universidad de Buenos Aires le entregó el Doctorado Honoris Causa mientras el gobierno de Javier Milei acumulaba un recorte real del 31,6% en el presupuesto de las universidades nacionales, según datos del IIEP (UBA-CONICET). El rector Ricardo Gelpi presidió la ceremonia. El vicerrector Emiliano Yacobitti lo definió como «un referente que hizo de la originalidad una ética.»
La institución que resistía el desfinanciamiento libertario eligió ese momento para reconocer al artista que había llamado «disparate fascista» al gobierno que la asfixiaba. No era solo un homenaje cultural. Era también una declaración política. Y el Indio, que no pudo estar presente pero envió un mensaje grabado, lo sabía.
Con su muerte, la Argentina de Milei pierde la voz del artista popular más convocante de su historia, que no escondió dónde estaba parado. Un hombre que creyó que los de abajo vivían mejor con el peronismo, que el macrismo fue un régimen, que el avance de la ultraderecha era un disparate fascista, y que la universidad pública era un bien que valía la pena defender. Lo dijo en entrevistas escasas, con la misma economía con que manejó toda su vida pública. No necesitó más.
Cultura
El vecino Carlos Solari: la vida suburbana del hombre más buscado del país
En Parque Leloir, barrio residencial de Ituzaingó, partido del oeste del conurbano bonaerense, vivía un hombre que prefería los perros al reconocimiento, los libros a las entrevistas y la pileta del fondo al pogo más grande del mundo. Sus vecinos sabían quién era. Nadie lo molestaba. Esa fue la paradoja definitiva de su vida: Carlos Alberto Solari, el artista más convocante de la historia del rock argentino, eligió vivir como cualquiera en una calle de tierra que Google Maps asoció para siempre con su nombre.
Así era la vida cotidiana del Indio Solari en Parque Leloir: la quinta, el estudio Luzbola, los perros y los libros
Esta mañana, a las nueve, una inusual concentración de patrulleros llamó la atención de los vecinos en las calles arboladas del barrio Parque Leloir, en Ituzaingó. Efectivos policiales y representantes de la Fiscalía N° 2 de esa localidad se apersonaron en la vivienda ubicada sobre la calle Calixto Oyuela al 4300, y la zona fue rápidamente cercada. Los vecinos que salían a hacer las compras o llevaban a sus hijos al colegio bajo la llovizna de este viernes se detuvieron. Algunos ya lo sabían. Otros lo intuyeron. Poco después llegó la confirmación: el Indio Solari había muerto a los 77 años en esa casa, la misma donde había vivido durante décadas con el mismo hermetismo con el que hacía todo.
A pocas horas de conocerse la noticia, los primeros ricoteros empezaron a llegar al barrio con banderas, remeras, motos y carpas. La Policía les pidió que no armaran las carpas, al menos por el momento. Uno de ellos dejó una flor en la puerta del portón negro de dos hojas. El periodista Fernando Molinero lo describió con la voz quebrada: «No sé si ven esa flor que dejaron ahí en la puerta». Era la primera ofrenda de lo que vendría.
La «Cariló del Oeste» y el hombre que la eligió para existir
Parque Leloir no es el conurbano que imaginan quienes nunca estuvieron. Es un barrio residencial con calles de tierra bordeadas de árboles, quintas con amplios jardines, silencio y una reserva ecológica a pocas cuadras. La actriz Moria Casán, vecina del Indio, lo describió alguna vez como «la Cariló del Oeste.» Naturaleza, distancia del ruido, discreción. Exactamente lo que Carlos Solari necesitaba para existir sin que el mundo lo encontrara.
La propiedad donde vivió durante décadas se llama Haras Miryam, una quinta de más de diez mil metros cuadrados diseñada originalmente como criadero de caballos. La casa tiene planta baja y primer piso, jardines amplios, una pileta, un quincho. Está rodeada de árboles. Lo que más llamaba la atención desde afuera era la entrada: un portón negro de dos hojas, grande, y un sistema de seguridad que varias fuentes describieron como «uno de los más tecnológicos de la Argentina.» En la propiedad, según relatos de la época, había cámaras de circuito cerrado que el propio Indio monitoreaba desde su estudio.
Vivía allí con su esposa, Virginia Mones Ruiz, con quien se casó en 1988, y su hijo Bruno, nacido en 2000. Esa familia pequeña y reservada era su mundo más inmediato, el único que él había elegido sin filtros.
Luzbola: donde el arte no necesitaba salir
En la planta baja de esa quinta vivió durante años el corazón del proyecto artístico más singular del rock argentino. El estudio se llama Luzbola, el mismo nombre que eligió para su sello discográfico, y está construido con ventanas que dan al jardín. Desde ahí grabó toda su etapa solista: los cinco discos con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, los singles de El Mister y los Marsupiales Extintos, la colaboración con Wos, los videos para los hologramas que se proyectaron en los shows de la banda cuando el Parkinson ya no lo dejaba estar de pie frente al micrófono.
El periodista Maximiliano Tomas, que visitó al Indio en su casa en 2004 para la entrevista publicada en la revista colombiana Gatopardo, describió ese espacio interior: una oficina que funcionaba como estudio y sala de lectura simultáneamente, con un monitor de circuito cerrado colgado del techo que transmitía lo que las cámaras exteriores registraban a toda hora, pilas de CDs, una notebook, una mesa, un escritorio y, en los estantes, la biblioteca. Libros de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, cómics de todo tipo y el ensayo «No logo» de Naomi Klein. No era una biblioteca de exhibición. Era una biblioteca de uso.
En sus memorias reconstruidas junto al periodista Marcelo Figueras en el libro «Recuerdos que mienten un poco» (2019), el Indio había contado cuál fue el primer libro que leyó: «El crimen de la guerra, de Juan Bautista Alberdi. Así fui entendiendo que el mundo no se acababa en mi calle. Leyendo descubrías que estaban los asirios y el Estado y los persas y Estambul y la China y Marco Polo y todas esas aventuras de Julio Verne.» Un niño de Paraná que aprendió el mundo por los libros antes de cantarlo.
Las influencias cinematográficas que declaró en ese mismo libro son las de alguien que consumió cine como quien consume filosofía: Kurosawa, Fellini, Godard, Tarkovski, Bergman. Y siempre, en un lugar especial: «Werner Herzog me sigue pareciendo un cineasta irremplazable, de una demencia total.»
Los perros, la gorra y el hombre que no quería ser reconocido
Ser el más buscado del país tiene consecuencias prácticas. Una de ellas, la más cotidiana, es que salir a hacer mandados se convierte en una operación. El Indio lo resolvió del modo más simple: salía poco, y cuando salía, usaba gorras y anteojos oscuros para pasar desapercibido. Su esposa Virginia relató en distintas oportunidades las complejidades que implicaba para él desplazarse por espacios públicos: el reconocimiento era inmediato, la situación, difícil de manejar para alguien que padecía de una fobia genuina a las multitudes.
La paradoja no le escapaba a nadie que lo conociera: el hombre capaz de convocar a 350.000 personas en una ciudad de 100.000 habitantes no podía ir al supermercado tranquilo. Era hincha de Boca, pero nunca pudo ir a la cancha. La solución fue construir el mundo adentro: el estudio, los libros, la familia, los amigos que llegaban, la pileta donde sus perros ovejeros alemanes nadaban con él.
Los ovejeros fueron, durante años, una constante en el universo doméstico del Indio. Los eligió por su capacidad de protección y compañía, y se convirtieron en parte del paisaje de Luzbola. Había mencionado su afección por los perros en varias oportunidades, con esa mezcla de afecto y practicidad que lo caracterizaba.
La última cena y el hallazgo de la mañana
Según trascendió en las primeras horas posteriores a su muerte, la noche del jueves el Indio cenó en familia, en la tranquilidad habitual de esa quinta de Parque Leloir. Después descansó en la propiedad. A la mañana siguiente, su cuidadora, al ingresar al predio, lo encontró tendido en el sector del patio, a pocos metros de la pileta. Dio aviso inmediato al servicio médico privado. Pese a los intentos de asistencia, cerca de las 8.30 se confirmó el fallecimiento. El fiscal Lucio Rivero, de la Unidad Funcional de Instrucción 2 de Ituzaingó, ordenó la autopsia de protocolo para determinar formalmente las causas de la muerte. La causa, según trascendió, fue catalogada como muerte natural, consecuencia del cuadro de Parkinson que lo acompañó durante casi una década.
Mientras tanto, afuera del portón negro, los ricoteros seguían llegando. Con banderas, con remeras, bajo la llovizna. Una mujer se sentó en el cordón de la vereda y lloró durante un largo rato. Alguien dijo: «Vine a estar el último ratito con él.» Ese «con él» no era una metáfora. Era la forma en que millones de personas describían lo que sentían por ese hombre que eligió vivir en una calle de tierra en el oeste del conurbano, rodeado de ovejeros alemanes, libros y una pileta, haciendo canciones en el estudio que construyó en la planta baja de su propia casa.
Carlos Solari fue un vecino de Parque Leloir que prefería no ser reconocido. El Indio era otra cosa: era el hombre que llenó River Plate dos noches seguidas sin hacer una sola nota en televisión. Los dos habitaban el mismo cuerpo y la misma quinta de diez mil metros cuadrados. Esa tensión fue, quizás, la más honesta de todas las que atravesaron su vida.
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