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Opinión

Coldplay: Un fenómeno con números sorprendentes

Más de medio millón de argentinos verán a la banda británica Coldplay, en sus diez shows en el estadio Monumental. En un contexto de severa crisis económica ¿Cómo se explica este fenómeno que batió récords de entradas vendidas en nuestro país?

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Por Tomas Viola

La trayectoria de Coldplay en Argentina fue de menor a mayor. En su primera visita, en 2007, realizaron tres funciones en el Teatro Gran Rex. Ya en 2010 colmaron su primer estadio, también en River, para la presentación de su disco Viva la vida.

En 2016 y 2017 la banda realizó la apertura y el cierre de su gira A Head Full of Dreams Tour en el Estadio Único de La Plata, suceso que quedó registrado en su disco Live in Buenos Aires. Durante  ese concierto hicieron un cover: De música ligera, de Soda Stereo, banda de la que el cantante Chris Martin se declaró admirador. Ese es el tipo de gestos que fueron potenciando el romance entre el conjunto británico y el público local.

Sin embargo, lo que sucedió en este 2022 superó todas las expectativas. Con diez funciones agotadas, la banda rompió el récord de nueve estadios consecutivos que ostentaba su coterráneo Roger Waters. En cuestión de horas, Coldplay superó las 550 mil entradas vendidas, con precios que oscilaban desde los 8000 pesos para una popular alta, hasta los 19.500 del campo delantero, recaudando un total aproximado de 7.000 millones de pesos. 

En un momento en que una parte importante de la sociedad tiene serias dificultades para satisfacer sus necesidades básicas y crece la preocupación por el precio de los alimentos y otros artículos esenciales parece difícil entender este fenómeno. No obstante, existe una serie de claves que nos permiten abordarlo.

En principio, cabe destacar que lo que sucede con Coldplay no es un hecho aislado. Festivales como el Lollapalooza o el Quilmes Rock y conciertos de artistas como Duki, Harry Styles, Bad Bunny o Daddy Yankee agotaron este año cientos de miles de entradas a precios similares.

Algo en lo que coinciden muchos de los grandes productores de eventos es en que el fin de las restricciones derivadas de la pandemia generó una gran efervescencia entre el público. La gente quiere “volver a vivir”, juntarse, tener experiencias que por mucho tiempo estuvieron suspendidas y que en un momento hasta parecían impensables. En ese sentido, asistimos a un boom del negocio del entretenimiento en el marco de los que algunos economistas denominaron “consumo de revancha”.

Desde la perspectiva económica hay otras aristas que también ayudan a entender el “fenómeno Coldplay”. Por un lado, la amenaza constante de la devaluación y la pérdida progresiva del poder adquisitivo de los salarios hace que ahorrar se vuelva una tarea muy difícil. Por eso, muchos consumidores se inclinan por adquirir bienes concretos o experiencias, ya sea ir a comer y a tomar algo con amigos o, como en este caso, asistir a un recital que quedará en su memoria (y en sus redes sociales) por siempre.

A eso se suma la distorsión general de los precios. Esta semana, la bolsa de 20 kg de papas en el Mercado Central osciló entre los 2400 y los 3000 pesos y llenar el tanque de un Volkswagen Gol cuesta alrededor de 7000 pesos. En ese contexto el precio de 8000 pesos que costó la entrada para ver a Chris Martin y compañía toma otra perspectiva.

Lo cierto es que, incluso sumando todos estos factores, no todos los artistas son capaces de vender esa cantidad de tickets. En ese punto, podemos destacar algunas características en particular de Coldplay que lo vuelven un acontecimiento masivo.

Por un lado, se trata de una banda que une generaciones. Los que disfrutaron en su juventud de grandes discos como Parachutes (2000) o A Rush of Blood to the Head (2002), hoy ya son adultos con hijos, que también se enganchan con la música de la banda. A diferencia de otras bandas surgidas en los 90 que tomaron caminos más experimentales y de mayor densidad artística, como puede ser el caso de Radiohead, Coldplay transitó una ruta más comercial: canciones aptas para todo público y la voz aterciopelada de Chris Martin al frente. Incluso cuando la melancolía y la introspección son parte de su paisaje sonoro, Coldplay es esencialmente una banda de compañía “para sentirse bien”, un clásico para tiempos de crisis.

Finalmente no podemos descartar el efecto que podríamos llamar “yo hago ravioles, ella hace ravioles”, una reacción en dominó que hace que se prenda el boca en boca y ver a Coldplay se vuelva un plan ineludible. Pero más allá de la multiplicidad de motivos sociales, culturales y económicos que están de por medio, al final es siempre la música el motivo principal que mueve y reúne multitudes en estos casos, y nunca está mal encontrarse.

Análisis

La tecnología no reemplaza la voluntad popular

Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.

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Por Daniel Ríos

Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.

Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.

Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.

Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.

Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.

La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.

Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.

Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.

La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.

El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano. 

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».

Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.

Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.

Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.

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