Análisis
El Argentino y otro 27 de octubre sin Néstor Kirchner
El Argentino es otro «sueño» de Néstor Kirchner hecho realidad.
Por Daniel Olivera
Nunca antes, desde que Bartolomé Mitre fundó La Nación, un presidente de la República se había tomado el tiempo para inspirar la creación de un diario. Y menos cuando ese presidente estaba en la tarea de reconstruir una Argentina desde las cenizas que dejaron los «idus» de diciembre de 2001, cuando explotó por los aires la segunda experiencia neoliberal (la de Carlos Menem y Fernando de la Rúa).
La relación de Kirchner presidente con el periodismo local fue tan particular e inestable como lo fue él como político. Capaz de putear a los gritos a un «pope» del establishment periodístico como José Claudio Escribano, el mítico jefe de redacción del diario de los Mitre- Saguier, o tomarse el trabajo de llamar al celular a Ari Paluch, por aquellos tiempos el líder de la primera hora de la radio con su margazine El Exprimidor, para «explicarle» dónde había acertado o dónde había errado esa mañana con el entrevistado de turno.
El presidente Alberto Fernández puede dar fe de cuándo y dónde se quebró la alianza táctica que Kirchner mantuvo con Héctor Magnetto y el Grupo Clarín los primeros años de su mandato.
El siempre recordado: «¿Qué te pasa, Clarín? ¿Estás nerviosho?» qué Néstor descerrajó el 9 de febrero de 2009 en el Conurbano fue la puesta en escena de un larguísimo y tumultuoso proceso de desencuentros en el poder político y el poder mediático y empresarial que siempre quiso amordazar al primero. Y del que Alberto Fernández fue una de sus víctimas propiciatorias más rutilantes. Aunque hubo otras muy importantes, pero menos públicas. Las grandes batallas tienen ese rasgo: dejan un extenso tendal de víctimas en el campo de batalla.
Fue unos días después de ese fuego de artificio cuando recibí la instrucción de pensar, diseñar y armar un diario. La bajada editorial fue clarísima: tenía que ser un diario Nacional y Popular. Un diario para que lo leyera el Pueblo Trabajador que viajaba todos los días en los trenes, subtes y bondis con la ilusión de tratar de vivir todos los días un poco mejor. Un diario que de alguna manera recuperará el espíritu que le impuso Héctor Ricardo García a su criatura llamada Crónica, o más allá en el tiempo Natalio Botana a Crítica.
De manera frenética y desprovista de prolijidad (en modo Kirchner) armé ese diario. Y recién en la última semana supe que se llamaría El Argentino.
Nestor Kirchner lo supo desde el minuto cero que «su» diario llevaría ese título, ese nombre.
Alguien, seguramente el flaco Carlos Kunkel u otro «cumpa» de la generación setentista le había hablado de ese diario vespertino que los obreros gráficos platenses habían publicado en la primera mitad de los ’60 en La Plata, como parte de la Resistencia peronista a la proscripción del movimiento creado por el General Perón.
Yo lo recordé al instante, porque en mi familia de fuerte impronta radical, siempre lo ninguneaban. Le decían el pasquín o el «diarito«, comparándolo siempre (para mal y en especial por la baja calidad de gramaje de su papel) con «El Día» de la familia Kraiselburd, activa colaboracionista de la Revolución Libertadora, el plan Conintes y del decreto ley 4161 de 1956 que prohibía nombrar en público a Perón, Evita y cualquier otro símbolo vinculado al peronismo. Si esa no fue La Grieta, la grieta donde está, podría resumirse.

El viejo El Argentino de la Resistencia peronista de los obreros gráficos platenses desteñía. Te dejaba sus huellas de tinta en las manos.
Como un símbolo de un tiempo trágico. Donde la vida de un peronista se pagaba con sangre. Como tan bien lo escribió Rodolfo Walsh en la inolvidable «Operación Masacre».
Por Jesús Rivero*
Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.
Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá.
¿Qué se transmite?
El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida.
¿Es pedagógico?
Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.
Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.
Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.
Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».
Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.
El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.
Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende.
El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.
Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía.
*escritor y activista político.
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