Opinión
Nikkel, madre de Yarikh, el primer himno y Charly
Por Manu Campi.

Por Manu Campi | @manucampimaier
Una canción es poder, tiene la fuerza como para borrar el contorno de las cosas, olvidar por completo cuanto llega en la boleta de gas, o el reclamo al seguro por un siniestro, o si alguno de los pulgares se escapa por una media rota.
Una canción tiene la gracia que se necesita para ser eterna, pone pueblos de pie, hace reír, llorar, gritar, cantar, bailar. Así de peligrosa puede ser. Igual que el sexo o la comida, la música nos lleva a lugares placenteros y activa porción primitiva ubicada en el centro del cerebro atenta a la motivación que nos puede brindar el placer, es decir, el sistema límbico.
Es un misterio porque cantamos; teorías sobre teorías sin amparo arqueológico que sostenga un ápice de certeza hicieron que los más encumbrados investigadores se hayan puesto de acuerdo en una sola cosa: “Lo cierto es que lo hacemos y punto”, afirmaron años atrás en uno de los tantos congresos a tal fin en un rimbombante país europeo.
Nikkal fue la ‘Gran Dama’, diosa frutífera en la ciudad hurrita de Ugarit, en el actual norte de Siria unos tres milenios antes de Cristo. Madre de Yarikh, “iluminador de los cielos”, a ella se le atribuye la fertilidad de los huertos, así como también la primera canción escrita de la cual se tiene registro.
El himno para la diosa hurrita está plasmado en una tablilla de arcilla de hace 3400 años hallada en el Palacio Real de por un fulano de apellido Laroche mediando la década del ’50. Tiene prolijas anotaciones de cómo debe ejecutarse, recomienda a tal fin el uso del arpa o lira y la afinación correcta para su interpretación.
Cosas del destino, o de la música, el 23 de octubre de 1951, nacía Carlos Alberto García. Cuarenta y dos discos editados, una vida adentro de otras vidas, padre generacional, oído absoluto, voz de tantas, de tantos, responsable inscripto del libro de quienes portan la lapicera donde se escribe la música popular argentina.
Cantó cuando se podía y cuando no, nombró pájaros a las canciones siendo una prolífera máquina de hacerlas. Charly García cumplió 71 años que parecen nuestros, de todos, como si fuera una fecha patria que pide a gritos una avenida, una calle, un feriado, en donde el prócer todavía anda haciendo reir, llorar, cantar, bailar, soñar…
Por Jesús Rivero
Según quiénes acompañaban a Ernesto Guevara de la Serna en Bolivia, que en paralelo que avanzaba en su marcha, escribía, demasiado escribía. Cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967 encontraron en su mochila varios cuadernos escritos a mano, el más conocido es su diario de campaña, pero había un cuaderno rojo en el que había transcrito (escrito más allá) tres poemas de Rubén Darío. Uno de ellos era Marcha Triunfal.
Setenta y dos años antes, una fría madrugada de fines de abril de 1895, el gran poeta nicaragüense aún no había escrito aquella marcha. En el contexto de nuestra Plaza de Mayo, estaba en un banco, desalineado, desmejorado. Seguro había pasado una noche de vino y juerga. Cuando sucedió algo inesperado, lo encontró el amigo indicado, era el doctor Plaza, responsable de la Isla Martín Garcia, donde por aquellos días se hacía la cuarentena, por la epidemia de fiebre amarilla. El doctor Plaza cubrió a Darío con un sobretodo y lo llevó directamente hasta el puerto para embarcarse en el vaporcito que los trasladará hasta la isla.
En la Isla Martín Garcia, se recuperó, al mismo tiempo que escribió, demasiado escribió. Un día llegó un telegrama en donde le pedían un poema para el próximo aniversario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Cuyo lugar físico de celebración era “El Ateneo de la calle Florida». Tenía tres días para hacerlo, Darío se sentó y escribió su marcha triunfal que pasaría a la historia. Y, como a tantas bibliotecas de nuestro país, llegó también a la de la familia Guevara.
Ernesto Guevara de la Serna “Che» nació el 14 de junio de 1928, pleno auge de la crisis del sistema capitalista a nivel global. En lo que respecta a la Marcha Triunfal, Ernesto se la aprendería de memoria como efecto de escuchar a su padre recitarla repetidamente. Esta transmisión lo acompañaría hasta sus últimos días, transcribiendo la misma, en su cuaderno en la selva boliviana. Hoy, el manuscrito de Rubén Darío está en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores en Ciudad Autonoma de Buenos Aires. Y, el cuaderno con la transcripción del Che, en un archivo del ejército en la ciudad de La Paz, Bolivia. Marcha Triunfal, poema que celebra una revolución, escrito en el río de La Plata, que fue transcripto por un revolucionario en la selva de Bolivia.
* escritor y activista político
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