CABA
Un mural de Messi compite con 50 obras callejeras de todo el mundo
Fue realizado por Martín Ron.
La enorme figura de Lionel Messi, con la camiseta argentina, la cinta de capitán y su puño en alto que el artista Martín Ron plasmó en el lateral de un edificio del barrio porteño de San Cristóbal en un mural de 35 metros de alto compite este mes con otras 50 obras callejeras de todo el mundo en la prestigiosa plataforma Street Art Cities, que a fin de enero revelará cuál de las pinturas resultó ganadora en la categoría «mejor mural del año», con el voto de ciudadanos de los dos hemisferios.
La imagen de Messi, inaugurada en diciembre en Buenos Aires y que a fines de enero se medirá con las propuestas de otros artistas del mundo, resume una idea medular que el artista sintetizó tiempo atrás: «Los murales se caracterizan primero por la riqueza visual, por la historia que queremos contar y por el lugar estratégico en el que se ubica porque es pintura popular».
Así fue que, antes de resultar preseleccionada en Street Art Cities, el mural que capturó la expresión de Messi luego de convertir el primer gol en el partido contra México -encuentro clave para la consagración de Argentina en el Mundial de Qatar- fue inaugurado en el cruce de las avenidas 9 de Julio y Belgrano, entre banderas albicelestes y al ritmo del clásico cantito «Dale, campeón».
A pocos metros de allí, Ron ya había retratado a otro ídolo del fútbol, Diego Armando Maradona, en el aniversario de su nacimiento y en una obra que, hasta ahora, es el mural más grande creado en su honor (40 metros de ancho por 45 de alto), en inmediaciones de la avenida San Juan y la calle Solís.
Ron, de gran reconocimiento en el arte callejero y autor de algo más de 300 murales, se consagró en junio pasado ganador en la categoría «mejor mural del año», pero en la competencia mensual que Street Art Cities realiza de enero a diciembre, con una obra realizada en la histórica Torre de Agua de la ciudad de Miramar.
El mural ganador en junio muestra la imagen de dos niños felices a punto de darse un chapuzón, en una escena que mide 35 metros de altura y que puede disfrutarse en una visualización de 360 grados, desde varios puntos de esa localidad balnearia.
«Inspirado en las vacaciones en la costa cuando era chico, retraté la esencia de la felicidad a través de la imagen de dos niños, Nina y Salvi, deleitándose en un refrescante chapuzón», contó el propio muralista sobre su trabajo.
En esa oportunidad, la plataforma destacó la «originalidad, técnica y poderosa narrativa visual» de la obra de Ron, luego de evaluar 100 murales de todo el mundo.
Su larga trayectoria en competencias de arte callejero lo ubicó también en la categoría de subcampeón dos años consecutivos: en 2022, con la obra «Viaje de estudio» realizada en la Universidad de Lomas de Zamora, homenaje a los y las estudiantes del conurbano bonaerense; y en 2021, con «Olivia mira al cielo» en el barrio Observatorio de la ciudad de Córdoba para el aniversario del que fue el primer observatorio nacional.
El año pasado, también, el artista oriundo de la localidad bonaerense de Caseros inauguró «Olivia en la ciudad», un impactante mural en el barrio de Palermo que muestra a una niña con ojos curiosos, a la altura de la calle Arenales al 3300.
Declarado personalidad destacada de la cultura por la Legislatura porteña, Ron (1981) tiene en su haber las pinturas de varias estaciones de las líneas A, D y H del subte porteño y es considerado uno de los diez mejores muralistas del mundo.
Como dijo Ron a Télam, «el arte mural está muy asociado a lo popular» y para los artistas resulta un objetivo recurrente «retratar ídolos populares», algo que en su caso tiene como ejemplo, entre otros, que haya pintado a Carlos Tévez en la zona conocida como Fuerte Apache, donde el jugador vivió en su infancia.
Con todo, en el certamen de fin de mes habrá otras categorías que disputarán muralistas de todo el mundo: el Premio Impacto y el Premio Innovación, en una competencia que cuenta con un panel de expertos de Alemania, Colombia, Bélgica, Australia, Países Bajos, Portugal, Estados Unidos y Francia.
«Para nuestra categoría ‘Mejor mural del año’ seleccionamos 100 obras de arte cada mes, que encontramos nosotros mismos o mediante consejos y sugerencias de cazadores, otros lugareños y artistas. Después de compartirlos en nuestras historias de Instagram, extraemos los números a través de nuestro propio algoritmo, calculando una puntuación que tiene en cuenta numerosos factores, como vistas totales, votos y participación. Los tres primeros ganadores del mes entran en los nominados a los premios anuales», explica Street Art Cities en su portada.
CABA
Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo
La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.
Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares
La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.
En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.
Criminalizar la infancia, una respuesta ligera
Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?
- Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
- Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
- Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.
El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.
El fantasma de las redes y la coartada perfecta
La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.
En la Ciudad, docentes vienen denunciando:
- Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
- Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
- Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.
Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.
Protocolos sin comunidad
El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.
Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.
Lo que no se dice
Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:
- ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
- ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
- ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?
La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.
Entre el control y el abandono
El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.
En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.
La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?
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