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Cultura

La soberanía también se toca: cómo el Indio Solari le ganó la pulseada a las corporaciones

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyeron uno de los fenómenos musicales más masivos de la historia argentina sin firmar jamás con una multinacional discográfica, sin pisar un estudio de televisión y sin publicitar sus recitales. El modelo ricotero fue, antes de que existiera el concepto, un manual de soberanía cultural y autogestión popular que hoy resulta tan vigente como en 1985.

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Cómo los Redondos construyeron el fenómeno más masivo del rock argentino sin discográficas ni televisión

En la Argentina de los años ochenta, el axioma era inapelable: si una banda no tenía un productor, no firmaba con una discográfica multinacional y no hacía televisión, no existía. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dedicó veinticinco años a desmentirlo. Con la muerte de Carlos «el Indio» Solari, este viernes 5 de junio a los 77 años, el país despide al músico que demostró que la soberanía sobre la propia obra no era una utopía contracultura, sino una decisión posible, sostenible y, en su caso, capaz de convocar a 350.000 personas en el interior del país.

El pozo común y la Negra Poly: la arquitectura de la independencia

La historia comienza en los estudios MIA (Músicos Independientes Asociados), en diciembre de 1984. Allí, los Redondos graban «Gulp!», su primer disco de larga duración, nueve años después de formados. El dinero para esa producción no vino de ningún sello discográfico: provino de un pozo común formado con un porcentaje de las ganancias de cada show. La distribución comercial corrió por cuenta de Carmen Castro, la Negra Poly, la tercera figura fundacional de la banda junto al Indio y Skay Beilinson, y su pieza logística y estratégica más decisiva.

La postura de la Negra Poly ante los productores externos era tan clara como la música de la banda. Según consta en testimonios de la época, su argumento para rechazar ofertas era el siguiente: quien invierte en una producción necesita resarcirse, y para resarcirse debe vender al grupo de una manera que no tiene absolutamente nada que ver con lo que el grupo quiere hacer. Esa frase funcionó como principio rector durante toda la carrera de los Redondos: la independencia no como pose, sino como condición de posibilidad del arte.

El primer disco se presentó, además, como un objeto artesanal en sí mismo. Ricardo Cohen, alias Rocambole, el artista plástico que diseñó toda la identidad visual de la banda desde 1978, elaboró las 7.000 copias iniciales a mano, mediante rodillos, tinta de grabado, pegamentos de colores y un trabajo de serigrafía. No había cadena de producción corporativa: había un colectivo de artistas que fabricaban, uno por uno, los objetos que iban a poner en circulación. Aquel primer vinilo artesanal contenía, además, una canción, «Criminal Mambo», que el Comité Federal de Radiodifusión prohibió en las radios. El sistema ya les marcaba los límites. Ellos tomaron nota y siguieron.

El sabotaje de la industria y la respuesta ricotero

El Indio Solari describió años más tarde, en una entrevista publicada en 2005 por la revista colombiana Gatopardo, la hostilidad concreta que la industria desplegó contra su proyecto: «Si queríamos alquilar el piso para un estadio, lo que a otros les salía 7, a nosotros nos cobraban 20. En los años ochenta una empresa discográfica compró cientos de copias de Gulp!, nuestro primer disco, y las guardó en un desván». La exclusión no era metafórica. Era económica, logística y deliberada.

La respuesta no fue el resentimiento sino la invención de un circuito propio. Los Redondos jamás firmaron contrato con una discográfica multinacional. Jamás pisaron un estudio de televisión. Hasta bien entrada la década del noventa, no publicaban ni el lugar ni la fecha de sus recitales: la difusión se hacía por el boca en boca, por los cassettes que circulaban de mano en mano en los barrios, por el rumor que corría entre los pibes de los colectivos y las villas. Más adelante, firmaron un contrato de distribución con la Distribuidora Belgrano, pero sin ceder el control sobre ninguna decisión artística o logística. El sello era, en todos los casos, propio: Patricio Rey Discos.

Como señaló Rocambole ante la agencia universitaria ANCCOM (UBA), el gran aporte de los Redondos fue demostrar que una banda podía ser inmensamente popular sin pasar por los condicionamientos del sistema: «que tenían que hacer televisión, que tenían que dar notas, que tenían que tener mucha difusión. Una a una esas propuestas las fueron demoliendo». En su diagnóstico, cuando empezó el rock nacional existían cosas que debían hacerse sí o sí, y si un grupo no tenía productor ni firmaba con una multinacional, no era nadie.

Masividad sin intermediarios: el récord que nadie esperaba

El resultado de ese modelo fue estadísticamente absurdo para los estándares del mercado. La banda que no hacía televisión llenó el estadio de Huracán con 80.000 personas en dos shows (1994), el de Racing con 90.000 (1998) y el de River Plate con 140.000 en una sola noche en el año 2000, según datos de la Fundación Konex. Ninguna de esas cifras fue consecuencia de una campaña publicitaria, de un single radial o de una aparición en pantalla. Fueron consecuencia de la densidad del vínculo entre la banda y su público, tejido durante años sin que ninguna corporación mediara en esa relación.

Cuando el Indio lanzó su primer disco solista, «El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel)», en diciembre de 2004, el mecanismo fue el mismo: producción independiente, sin publicidad. El disco superó las 150.000 copias vendidas en un país donde, como él mismo señaló en la entrevista de Gatopardo, la piratería era moneda corriente y la mitad de la población vivía por debajo de la línea de la pobreza. El mercado había predicho el fracaso de ese modelo durante décadas. El modelo había sobrevivido al mercado.

Rocambole y la identidad visual: el arte como parte de la obra

Un elemento central del modelo ricotero fue la concepción del disco como objeto cultural total. Las tapas de los álbumes de los Redondos no eran embalaje: eran obras. Rocambole diseñó cada una de ellas con la misma lógica artesanal que rigió la producción musical: sin conceder a los criterios del mercado, sin aceptar que el empaque debía subordinarse a la comercialización. Su trabajo abarcó tapas, afiches, escenografías, videos y toda la identidad visual de la banda durante veinticinco años. «La autogestión sirve para tratar de realizar lo que uno imagina sin coacciones», definió el propio Rocambole, cuya exposición en el Centro Cultural Recoleta, inaugurada a fines de 2025, fue visitada por 100.000 personas en menos de tres meses, según relató el periodista Maximiliano Tomas, quien publicó en marzo de 2026 la entrevista inédita de Gatopardo.

Un modelo que el mercado sigue sin poder explicar

La industria musical del siglo XXI encontró en el streaming y las plataformas digitales su nueva forma de concentración corporativa. Los Redondos llegaron tarde a ese ecosistema: su discografía estuvo disponible en plataformas de streaming recién a partir de 2017, distribuida por The Orchard, empresa especializada en distribución digital independiente, según informó el diario El Litoral. La lógica fue, una vez más, la de preservar la soberanía sobre la obra sin necesidad de ceder a condiciones que la desnaturalizaran.

Lo que el modelo ricotero demostró, en síntesis, es que la soberanía cultural no es una abstracción ideológica. Es una decisión de producción, una arquitectura financiera, una red de vínculos directos con el público que prescinde de intermediarios corporativos. En un país que debatió durante décadas si era posible construir industria nacional sin quedar atrapado en las redes del capital transnacional, los Redondos lo hicieron, disco por disco, recital por recital, cassette por cassette. Y llenaron River sin pedirle permiso a nadie.

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El esclavo, las cadenas y el rojo: cómo Rocambole dibujó la identidad de los Redondos y el Indio

El Indio Solari no era solo una voz. Era también una imagen. Y esa imagen la construyó durante veinticinco años Ricardo «Rocambole» Cohen, el artista platense que diseñó tapas, afiches, escenografías y entradas de los Redondos, y que sin quererlo le tatuó a millones de argentinos un lenguaje visual que mezcla el anarquismo, la revolución y el arraigo popular. Su obra es, antes que nada, arte político militante de los de abajo.

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Arte político de los Redondos y el Indio: cómo Rocambole convirtió el lenguaje de la revolución en la identidad del rock

En 1967, durante la intervención de la dictadura de Onganía sobre la Universidad Nacional de La Plata, un estudiante de la Escuela Superior de Bellas Artes organizó una deserción en masa. Abandonó la facultad junto a un grupo de compañeros, fundó una institución paralela y autónoma y la llamó La Cofradía de la Flor Solar. Ese estudiante era José Ricardo Cohen, que el mundo conocería como Rocambole. Dos décadas después, ese mismo hombre diseñaría la tapa de «Oktubre», el disco que se convirtió en el objeto cultural más tatuado en la piel de las clases populares argentinas.

La muerte del Indio Solari, este viernes 5 de junio a los 77 años, cierra también un capítulo de la historia del arte político argentino. Porque el universo visual de los Redondos no fue un agregado decorativo a la música: fue parte constitutiva del proyecto, tan indisociable de la banda como las letras o la autogestión. Y ese universo tiene un nombre y una mano: Rocambole.

Del Di Tella a São Paulo: la formación de un artista político

La historia de Rocambole es inseparable de la historia política y cultural de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. Nacido en 1943 en el barrio porteño de Parque Patricios y criado en La Plata, ingresó a Bellas Artes en 1964. En 1968, La Cofradía de la Flor Solar, que él contribuyó a fundar, presentó una ópera rock en el mítico Instituto Di Tella, epicentro de la vanguardia porteña de esa época. Rocambole era el artista visual del proyecto: diseñaba la imagen, construía la identidad colectiva.

La represión de Onganía y luego las persecuciones de los primeros setenta dispersaron a los cófrades. Rocambole se instaló en São Paulo, donde trabajó en estudios de diseño que hacían tapas para el incipiente rock brasileño en la era del tropicalismo. Ahí aprendió el oficio que lo haría célebre: la portada de disco como objeto artístico, como declaración política, como pieza pensada para ser reproducida masivamente. De regreso en Argentina, se reencuentra con Skay Beilinson y la Negra Poly, y en 1978 comienza a diseñar las primeras ilustraciones y ambientaciones para las presentaciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Ya no se separaría del proyecto.

La tapa de Oktubre: el esclavo, la catedral en llamas y los colores del anarquismo

En 1986, cuando los Redondos publicaron «Oktubre», Rocambole tenía en sus manos un desafío: darle imagen a un disco cargado de revoluciones, de épica histórica, de referencias a la Internacional y a la resistencia. El proceso fue colectivo y artesanal, como todo en el proyecto ricotero. Según relató el propio Rocambole en múltiples entrevistas, la idea de la tapa surgió de reuniones donde se escucharon las maquetas del disco: «Las ideas salieron de una noche de fernet: el Indio veía banderas, multitudes», reconstruyó el artista. La visita al Luna Park para ver a un coro del Ejército Rojo también fue determinante: «Quedamos muy impresionados con las voces graves y esos temas que parecían marchas medievales.»

El resultado fue una de las portadas más reconocibles del rock argentino y latinoamericano. Rojo, negro y blanco, «los colores del anarquismo, a los cuales les agregué como yapa un tonito gris para redondear algunos gestos», explicó Rocambole. La multitud marchando, inspirada en los afiches soviéticos de principio de siglo. Y en el reverso, la Catedral de La Plata en llamas. «Un símbolo revolucionario. Es un guiño a todas las propuestas libertarias. Parece la tapa de un libro anarquista», describió el propio Rocambole en diálogo con el Diario Hoy. Los bocetos originales contenían, además, dos metaimágenes casi secretas: la silueta del esclavo del cuadro «Los fusilamientos del 3 de mayo» de Goya, y una imagen del Che Guevara en un cartel, según registró la Revista La Marea en su análisis del aniversario del disco. Ambas referencias se difuminaron en el proceso de producción serigráfica final, pero su presencia en los bocetos dice todo sobre el horizonte político de la obra.

«Jamás imaginé lo que iba a generar la tapa de Oktubre», reconoció Rocambole años después. La figura del esclavo rompiendo sus cadenas se transformó en el tatuaje más masivo de la cultura ricotera. La primera vez que Rocambole se topó con uno fue durante las preparaciones para los shows en el estadio de Huracán, en los noventa. Un muchacho se sacó la remera y le mostró la espalda cubierta íntegramente por el esclavo y las cadenas. «Me asusté y pensé: este lo va a llevar eso toda la vida», contó en una entrevista con La Nación en 2024. No se equivocó: esa imagen vive hoy en decenas de miles de cuerpos.

«Luzbelito» y el ángel caído hecho de arcilla

Si «Oktubre» fue el manifiesto visual de la banda, «Luzbelito» (1996) fue su obra maestra de producción. Por ese diseño de portada, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota recibió en 1997 el premio ACE al Mejor Diseño de Portada para Disco. Rocambole lo describió así: «Intenté evocar los viejos álbumes de música clásica, esas colecciones con lomo de cuero. El muñeco que se ve en la tapa fue una de mis primeras experiencias trabajando con volumen, está hecho con arcilla e inspirado en la foto de un negro esclavo.» El ángel caído, diminutivo y popular, hecho a mano, imagen de un Lucifer del barrio, fue el correlato perfecto de las letras del disco: el excluido del paraíso capitalista del menemismo.

La estatuilla de arcilla que sirvió como modelo fue robada durante una exposición. Un objeto artesanal, producido sin recursos industriales, convertido en ícono y luego sustraído. La metáfora sola alcanza.

Un dibujito con Liquid Paper que se volvió bandera

Rocambole relató en varias oportunidades el proceso de sus imágenes más célebres: muchas nacieron de materiales mínimos, de la escasez convertida en método. «Hace tiempo contabas que uno de los dibujos más célebres lo hiciste a las apuradas para un aviso, con cartulina negra y Liquid Paper; después terminó en tatuajes y banderas», le preguntó el diario El Litoral en 2019. Su respuesta fue de una honestidad brutal: «Eso todavía es para mí un misterio: cómo una imagen puede llegar a transformarse en algo así como un ícono.»

La explicación, sin embargo, no es tan misteriosa. Rocambole reconoció siempre sus influencias: las historietas argentinas de los años cincuenta, el cine italiano y francés, la literatura beatnik, la cultura política de la Guerra Fría y, de manera especial, los dibujos del artista gráfico peronista y sindicalista Ricardo Carpani, el autor de los afiches obreros más poderosos de la Argentina del siglo XX. Lo que Rocambole hizo fue fusionar esa tradición de arte político de los trabajadores con la contracultura rock, con la psicodelia platense, con la ciencia ficción y con la estética de los márgenes urbanos. El resultado fue una iconografía que se sintió propia desde el primer momento: no era un logo corporativo impuesto desde arriba, sino un lenguaje que la gente reconocía como suyo.

El documental y el libro: la obra que sigue viva

En los últimos años, Rocambole sistematizó su obra en publicaciones y exhibiciones. Su libro «Arte, Diseño y Contracultura» compila cuatro décadas de trabajo. La exposición que inauguró en el Centro Cultural Recoleta a fines de 2025, reseñada por el periodista Maximiliano Tomas al publicar en marzo de 2026 la entrevista inédita que le había hecho al Indio Solari en 2004, fue vista por 100.000 personas en menos de tres meses. En paralelo, el documental «Rocambole en el camino», dirigido por Marcia Paradiso y Matías González, se estrenó en el Cine Gaumont el 25 de abril de 2026, revisitando el universo simbólico de los Redondos a través de la mirada del artista.

Sobre los miles de remeras, banderas, tatuajes y pintadas en paredes que reprodujeron su obra sin pedirle permiso, Rocambole fue consecuente hasta el final con su ideología. «No para lucrar, obviamente, pero no creo en el copyright. Contra el capitalismo hago lo poco que puedo hacer, prefiero que se distribuya; de última me están haciendo una exposición gratuita. Si me hubiera puesto a cuidar mis imágenes estaría dando una charla para diez personas y no para todos estos jóvenes», declaró en La Plata al presentar su libro, según registró La Izquierda Diario. Y cerró con un mensaje que bien podría ser el epitafio visual del proyecto ricotero completo: «Adelante con la resistencia cultural.»

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