Opinión
Brasil: la ausencia de programas de gobierno en las elecciones
Por Natalia Razovich
Por Natalia Razovich
Este domingo tienen lugar las elecciones presidenciales en Brasil, país de suma influencia y relevancia en la región latinoamericana.
Reflejo de la alta polarización política y social que irrumpió en 2013, la contienda electoral se reduce a dos líderes mayoritarios, amados y odiados en casi iguales proporciones, el actual presidente Jair Bolsonaro, y el exmandatario Luis Inacio Lula De Silva, y la única certeza en relación a los comicios es, sin dudas, una gran incertidumbre.
Si bien las últimas encuestas realizadas por Datafolha estiman un 45% de intención de voto para Lula, resaltando incluso las chances de su posible victoria en primera vuelta, y un 33% para Bolsonaro, la realidad es que en el último mes, los sondeos arrojaron márgenes de diferencia oscilantes, con continuas alzas y caídas entre uno y otro candidato.
De hecho, la mejora de los indicadores económicos en términos de empleo, inflación y ayudas sociales han permitido a Bolsonaro achicar la ventaja registrada por Lula.
El escenario está abierto y cualquier resultado es posible. En efecto, es posible mencionar que dicha situación se acerca a una suerte de «empate hegemónico», retomando la célebre definición de Juan Carlos Portantiero, entre fuerzas capaces de vetar los proyectos de las otras, pero sin los recursos suficientes para imponer, de manera perdurable, los propios.
Continuando con las ideas de dicho autor, sobrevuela la incapacidad para construir alguna forma de dominación legítima sobre una sociedad progresiva y dramáticamente desintegrada en círculos de fuego.
En otro orden de incertidumbres en relación a los comicios, cabe destacar las referidas al orden institucional.
Por un lado, se registra un inédito clima de tensión y violencia política en la ciudadanía que aumenta la probabilidad de que la abstención en la participación de los comicios sea mayor que otros años.
Por otro lado, subyace el riesgo del quiebre político institucional y el no reconocimiento de los resultados electorales en caso de que no sean favorables a Bolsonaro.
En efecto, no son nuevas las ya reiteradas declaraciones del mandatario en contra del Tribunal Supremo Electoral y las denuncias de fraude electoral en su contra, una suerte de emulación de la estrategia trumpista por la cual sobrevuelan los temores de un «efecto capitolio».
Por último, qué esperar de cada candidato en términos de propuestas de gobierno resulta sino incierto, al menos poco claro.
Los programas de gobierno han sido una de las grandes ausencias de esta contienda. Ambos candidatos han dirigido sus esfuerzos a desacreditar y remarcar las falencias de gestión de su contrincante.
Ésta ha sido en mayor medida la estrategia adoptada por Bolsonaro, quien alude a la lucha del «bien contra el mal» y recurre desde su anterior campaña a las redes sociales por las cuales se disemina una gran cantidad de desinformación y fakes news.
A su vez, se han dedicado a poner en valor los logros pasados como una suerte de voto de confianza hacia el futuro en función de un pasado mejor o peor.
Esta ha sido la apuesta de Lula, quien rememora los primeros gobiernos progresistas incluso desde la propuesta de la fórmula presidencial, al sumar a Geraldo Alckmin, emulando la elección de José Alencar como compañero en 2002, símbolo de moderación de sus propuestas para calmar al mercado.
Sin embargo, la reivindicación de estrategias pasadas no asegura por sí misma su éxito en un contexto interno e internacional que difiere totalmente de la época dorada del progresismo. Lo mismo corre para la relación con Argentina y la región.
Si bien puede esperarse, en caso de una victoria de Lula, un giro y un retorno activo hacia el sur, es necesario considerar no sólo los límites de un contexto internacional restrictivo en la re vinculación, sino también del regional, el cual se caracteriza por un deterioro del comercio intrarregional como consecuencia de los modelos de desarrollo extractivistas y la reprimarización de la economía.
*Natalia Razovich es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Miembro del Programa de Estudios Argentina-Brasil (PEAB). Cursando Maestría en Sociología en la Universidad Corvinus de Budapest.
Análisis
La tecnología no reemplaza la voluntad popular
Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.
Por Daniel Ríos
Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.
Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.
Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.
Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.
Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.
La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.
Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.
Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.
La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.
El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano.

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».
Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.
Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.
Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.
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