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Alertan por estreptococo invasivo: a no desestimar síntomas

«Ante síntomas realizar la consulta médica ya que si se trata rápidamente con antibióticos, las formas invasivas graves se previenen», indicó el médico infectólogo Martín Hojman.

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Los casos de infecciones invasivas causadas por la bacteria estreptococo pyogenes se incrementaron desde el último reporte y al 18 de noviembre se registraban 643 casos confirmados de los cuales 93 (14.4%) fallecieron, según el último Boletín Epidemiológico Nacional, en tanto que desde la cartera sanitaria y especialistas recomendaron realizar la consulta médica ante síntomas como dolor de garganta, fiebre, erupción cutánea, entre otros.

«Más que alarmarse lo importante es estar atentos y ante síntomas como dolor de garganta, fiebre o sarpullido lo mejor que se puede hacer es realizar la consulta médica ya que si se trata rápidamente con antibióticos, las formas invasivas graves se previenen», indicó el médico infectólogo Martín Hojman, integrante de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI).

El estreptococo pyogenes, también conocido como Streptococcus del grupo A (SGA), es la causa bacteriana más frecuente de faringitis; también origina distintas infecciones cutáneas como impétigo, celulitis, y escarlatina; sin embargo, en ocasiones, puede presentarse como una forma grave o enfermedad invasiva (SGAI), que puede causar condiciones potencialmente mortales, siendo responsable de más de 500 muertes anuales en todo el mundo.

En cualquier caso la faringitis se diagnostica mediante cultivos bacterianos y se trata con antibióticos; el tratamiento de elección es la penicilina, que tiene una excelente sensibilidad frente a todas las cepas; con este tratamiento transcurridas las primeras 24 horas se elimina la capacidad de propagación, permitiendo la reincorporación a las actividades habituales.

Como en toda enfermedad contagiosa, la higiene de las manos y la higiene personal pueden ayudar a controlar la transmisión.

En raras ocasiones, la infección puede conducir a una enfermedad invasiva, potencialmente mortal, como fascitis necrosante, síndrome de shock tóxico estreptocócico y otras infecciones graves, así como enfermedades posinmunes, como glomerulonefritis posestreptocócica, fiebre reumática aguda y cardiopatía reumática.

«De aquí la importancia de realizar la consulta rápida y tomar el tratamiento correspondiente. De modo que, insistimos, más que alarmarse, lo importante es no subestimar los cuadros que mencionamos antes», insistió Hojman.

El 8 de diciembre de 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que al menos cinco Estados miembros de la región europea (Francia, Irlanda, los Países Bajos, Suecia y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda) habían reportado un aumento en el número de casos de enfermedad invasiva por estreptococo pyogenes (SGAI).

También se había informado en algunos de estos países un aumento en las muertes relacionadas a este evento; los niños y niñas menores de 10 años representaron el grupo de edad más afectado.

El 19 de diciembre del mismo 2022 la Organización Panamericana de la Salud informaba sobre casos de enfermedades causadas por estreptococo del grupo A (SGA) en Uruguay, con 21 casos en centros de salud de ocho departamentos del país por complicaciones debidas a la forma clínica invasiva de la bacteria con ocho fallecidos.

El 22 de diciembre de 2022 los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) informaron sobre aumento de las infecciones pediátricas por estreptococos del grupo A invasivo en algunos estados de ese país.

En Argentina, desde principio de 2023 hasta el 18 de noviembre se notificaron al Sistema de Vigilancia 643 casos de los cuales 93 (14.4%) fallecieron; la tasa de incidencia acumulada es de 1.38 casos cada 100.000 habitantes y la tasa de mortalidad acumulada de 0,2 casos cada 100.000 habitantes.

El Boletín detalló que «el número de casos registrados hasta el momento es el mayor desde 2018, cuando se incorporó el evento a la notificación al Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud».

«La curva de casos comienza a elevarse por encima de años previos desde fines de 2022 y durante todo el 2023. Desde la SE20 (14 de mayo) y hasta la SE39/2023 (30 de septiembre) se registra un número de casos por semana de entre 10 y 24. A partir de la SE40 (1 de octubre) la curva muestra un ascenso sostenido hasta la SE44 (4 de noviembre) donde se observa el mayor número registrado hasta el momento, con 48 casos», describió el Boletín.

En cuanto a la distribución por edad, se informó que el 48,7% de estos casos invasivos fueron en menores de 16 años, y el 29% en mayores de 50, con una mediana de 17 años; no obstante, se notificaron casos en todos los grupos de edad.

En cuanto a los casos fallecidos, el 36,6% corresponden a menores de 16 años y el 46,2%, a mayores de 50 años, con una mediana de 41 años.

En este contexto, el Laboratorio Nacional de Referencia comenzó a analizar las muestras de los casos invasivos y durante 2023 se detectaron linajes de la bacteria que ya habían sido descritos en el Reino Unido y Dinamarca y son hiper virulentos.

En este contexto, y en la línea de lo que dice Hojman, el Ministerio de Salud recomendó a la población que ante la presencia de síntomas «es importante la consulta temprana para realizar el diagnóstico oportuno y evitar la automedicación con antibióticos».

Además, pidió que «en el caso de recibir indicación médica de tratamiento antibiótico» se complete el esquema ya que «la utilización inadecuada de antibióticos contribuye a la resistencia bacteriana, y atenta contra su efectividad en el futuro».

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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