Análisis
Caso Assange: No han conseguido matar al mensajero
POR BALTAZAR GARZÓN*
Por Baltazar Garzón*
Matar al mensajero ha sido siempre el recurso de los malvados, de los delincuentes, de aquellos que no saben cómo ocultar el mal que detentan. El silencio es la medicina que aplican de forma contundente en la creencia de que así sus pecados no verán la luz. A veces lo consiguen, pero en este caso la jugada no les ha salido bien.
No sé si el nombre de Vanessa Baraitser, magistrada del Tribunal Penal Central de Londres, pasará a la historia del Derecho Penal Internacional o al de las extradiciones de su país, pero la decisión que ha emitido este lunes marcará un antes y un después en su carrera, al denegar la entrega de Julian Assange, fundador de Wikileaks, a los Estados Unidos de Norteamérica. Así ocurrió, como antecedente, con el juez Ronald Bartle cuando concedió la extradición de Augusto Pinochet en 1999.
Es cierto que podía, y quizás debía, haber optado por una decisión más enérgica, anteponiendo claramente la defensa de la libertad de expresión como motor de su sentencia, pero ha optado por acudir a la variable menos complicada para la justicia británica, siempre tan equilibrada y políticamente correcta; es decir a los motivos humanitarios.
Al rechazar la extradición de Julian Assange como solicitaba Estados Unidos, ha propiciado un suspiro colectivo de alivio. La jueza ha venido a resolver lo que tantas veces hemos puesto de manifiesto desde el equipo de defensores que coordino: la salud de Julian Assange ha sufrido un deterioro evidente, fruto de tantos años de encierro obligado y del acoso permanente que ha padecido durante este largo asedio. “El riesgo de que Assange se suicidara, si se permitiera la extradición era elevado”, explica Baraitser. “La salud mental del Sr. Assange se halla en tal estado que resultaría agobiante para él ser extraditado a Estados Unidos”.
Es cierto. He visto con mis propios ojos cómo el periodista y fundador de WikiLeaks ha sido tratado de forma inhumana por fuerzas poderosas y omnipresentes que por todos los medios han intentado callarle, neutralizarle y acabar con él. No lo han conseguido. Ha sido una pelea propia de David contra Goliat la que emprendimos para combatir la impunidad de Estados Unidos, desde que un 19 de junio de 2012 Julian se recluyera en la embajada de Ecuador en Londres en demanda de asilo, que le fue concedido por el gobierno del presidente Rafael Correa, valiente frente a la imponente administración norteamericana. Nos jugábamos la libertad de expresión, la libertad de información y, ante todo, el derecho de los ciudadanos a conocer quiénes manejan los hilos que mueven el mundo, qué es lo que no quieren que sepamos y hacia dónde pretenden dirigirnos. Es decir, estaba en juego la esencia misma de la democracia.
Julian Assange plantó cara y ha pagado por ello. Le acusaban de cometer 18 delitos, 17 de ellos bajo Ley de Espionaje de 1917 –ya ven de qué época hablamos– y uno relacionado con la supuesta ayuda informática a la militar Chelsea Manning, quien alega Estados Unidos que fue la fuente de WikiLeaks. Los 175 años de cárcel que le reclaman tienen que ver con la publicación de los diarios de guerra de Irak y Afganistán en 2010, los archivos de Guantánamo y los cables del Departamento de Estado. Lo que puso de manifiesto Assange fue la comisión de diferentes delitos por parte de las autoridades norteamericanas: crímenes de guerra, torturas y diversos crímenes internacionales.
Ha vivido un auténtico calvario desde entonces. Lo puso de manifiesto el Relator de la ONU contra la tortura Nils Melzer. Como también el Grupo de Trabajo de Detenciones arbitrarias de la ONU y el Relator de salud de la misma Organización, con informes reiterados y contundentes. A mayor abundamiento, el trato recibido en la cárcel de alta seguridad de Belmarsh desde su expulsión de la embajada en abril de 2018, ha llevado a la convicción judicial de que cualquier proceso que se siguiera contra él y que concluyera en condena, sería cruel y podría desembocar en una muerte segura.
Esta resolución evidencia la desproporcionalidad de las posibles penas y las dudas que el sistema penitenciario norteamericano, máxime en tiempos de pandemia, suscita en la magistrada y provoca que en su resolución leamos la aparente contradicción de afirmar que el proceso sería justo en el país reclamante, pero la ejecución de la pena no, porque podría llevar irreversiblemente a la muerte del sujeto afectado. Esta afirmación es de mayor gravedad si cabe que haber dicho claramente que la persecución de Julian Assange ha sido política y represiva del derecho a la libertad de expresión, como en realidad lo es desde la óptica de la defensa. La sentencia, descalifica, en definitiva, a todo el mecanismo penitenciario norteamericano, como ya lo hiciera hace apenas ahora dos años la misma justicia del Reino Unido con el caso de Lauri Love, de Anonymous, al denegar, por la misma razón, su extradición a USA en febrero de 2018.
Siete años de encierro y acoso
La solidaridad y el ánimo justo del presidente Correa evitó que, al refugiarse en la Embajada de Ecuador en Londres, Assange fuera entregado a Suecia por una oscura acusación que se desinfló con el tiempo sin que se formularan cargos y se cerró sin evidencias, pero que daba pie a la firme sospecha de que todo había sido una estrategia para provocar su extradición a Estados Unidos. Ese era el juego.
Siete años pasó en la Embajada, en una estancia sin luz solar, sin aire fresco, sufriendo todo tipo de padecimientos físicos y psicológicos. Siendo espiado de forma constante. El cambio de gobierno en Ecuador con la llegada al poder de un presidente, Lenin Moreno, que se mostró sumiso con EEUU, supuso la expulsión de la embajada y el ingreso en una prisión de alta seguridad que amenazaba con acabar destrozando el frágil estado del periodista. En mi última visita a esa prisión, cuando nos despedimos, entre lágrimas, con un largo abrazo, temí realmente por su vida y dudé de que la justicia en el caso de Julian Assange pudiera calibrarse de tal, mientras que ninguno de los graves hechos denunciados por él había sido investigado por el país que le reclamaba para silenciarlo.
En esta confrontación, el acoso se extendió a su entorno próximo. Sus abogados fuimos también objeto de espionaje por parte de la empresa de seguridad española (UC Global) presente en la embajada de Ecuador y presuntamente relacionada con los servicios de inteligencia norteamericanos, extremo que se está investigando en el Juzgado Central de Instrucción número cinco de la Audiencia Nacional española. De tal vigilancia no se libró siquiera el bebé, hijo de Assange, cuya vida –aun en términos tan minimalistas– era revisada y analizada de manera exhaustiva.
Matar al mensajero
El gran pecado que cometió el periodista fue, sin duda, fundar WikiLeaks, la agencia de noticias que estableció un sistema de cortafuegos en las IPs de manera que cualquier whistleblower del mundo pudiera enviar a esta plataforma información relacionada con la comisión de delitos. La fuente se mantenía anónima. Años después, una directiva europea sobre estos alertadores se plantea en los mismos términos.
Matar al mensajero ha sido siempre el recurso de los malvados, de los delincuentes, de aquellos que no saben cómo ocultar el mal que detentan. El silencio es la medicina que aplican de forma contundente en la creencia de que así sus pecados no verán la luz. A veces lo consiguen, pero en este caso la jugada no les ha salido bien. Assange no estaba solo, eran cientos de miles las voces que han clamado pidiendo libertad para el periodista en todo el mundo. Aunque también es verdad que se han producido muchos mutismos oficiales y descalificaciones personales inaceptables. Pero al final, y de momento, a la espera del más que probable recurso de apelación, se ha hecho justicia en un momento clave, cuando Donald Trump, rabioso por su calidad de mandatario saliente, da sus últimos coletazos aplicando mano dura en todos aquellos asuntos que puede resolver con su estilo en los escasos –y largos días– que restan para el relevo presidencial. No quiero pensar qué hubiera supuesto la extradición de Assange en estas circunstancias.
Creo que el mejor resumen lo hizo Noam Chomsky, cuyo testimonio leímos en el juicio ante la magistrada británica. En opinión del filósofo, Assange prestó un servicio enorme a la libertad de expresión y a la democracia. “El gobierno norteamericano busca criminalizarle por sacar a la luz del sol un poder que pudiera evaporarse si la población aprovecha la oportunidad de convertirse en ciudadanos independientes de una sociedad libre, en lugar de súbditos de un amo que opera en secreto”. Esa es la gloria de Assange y la miseria de Estados Unidos. Hoy, el mensajero sigue vivo. Y nosotros sus abogadas y abogados continuaremos defendiendo que solo cumplió, ni más ni menos, con su deber como periodista en beneficio de todos.
*Baltasar Garzón es coordinador de la defensa de Julian Assange. Publicado originalmente en Infolibre.
Análisis
Suicidios récord: la salud mental, otra víctima de la motosierra de Milei
En 2025 se registraron 5.209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior, y ya es la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años. Mientras crecen las consultas y las internaciones, el programa de la Ley de Salud Mental perdió un 34% de su presupuesto real.
Catorce vidas por día. Ese es el saldo que dejó el suicidio en la Argentina durante 2025: 5.209 personas murieron por esta causa, la cifra más alta desde que existen registros oficiales en el país. La tasa trepó a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, más del triple que la de homicidios dolosos, que se ubicó en 3,6. Hoy mueren muchas más personas por suicidio que por la inseguridad que ocupa el centro de la agenda oficial.
Los datos surgen del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) del Ministerio de Seguridad de la Nación y marcan un salto del 22,6% respecto de 2024, cuando se habían contabilizado 4.249 muertes. Según el análisis del Observatorio de Política Criminal sobre esa misma base, entre 2017 y 2025 los casos crecieron un 57,7%. La Asociación Argentina de Salud Mental calificó el cuadro como una crisis alarmante que atraviesa todo el territorio nacional, y la diputada nacional Natalia Zaracho (Unión por la Patria) lo resumió sin eufemismos: «Estamos frente a un récord de suicidios en Argentina».
Adolescentes y jóvenes, en el centro de la crisis
El SNIC ubica al suicidio como la primera causa de muerte en la franja de 15 a 34 años, por encima de los siniestros viales. Las estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación muestran que desde 2022 ocupa ese primer lugar entre los 15 y los 24 años. En el tramo de 15 a 19 años, la tasa llega a 12,7 cada 100.000 adolescentes, según el estudio sobre suicidio en la adolescencia presentado por UNICEF Argentina. Los números confirman que la crisis de salud mental golpea con más fuerza a quienes recién empiezan a construir su vida.
Cuatro de cada cinco muertes corresponden a varones, mientras que las mujeres concentran el 61% de los intentos. El Boletín Epidemiológico Nacional del Ministerio de Salud, publicado a fines de diciembre de 2025, contabilizó 11.799 intentos de suicidio hasta el 31 de octubre de ese año, más de 33 por día. El mapa también es desigual: Entre Ríos encabezó el ranking provincial con 20,8 casos cada 100.000 habitantes.
UNICEF advierte que la muerte autoprovocada nunca responde a un único factor, pero su estudio identificó un patrón que interpela directamente a la política pública: las tasas son más altas entre los chicos y chicas con menores niveles de educación. «Este dato indica un vínculo entre eventos relativos al suicidio y grados de vulneración social», afirmó Fernando Zingman, especialista en Salud del organismo. Entre los factores de riesgo, UNICEF señala la ausencia de personas significativas o de instituciones capaces de contener, proteger y acompañar a los adolescentes en su desarrollo.
El Estado que se retira cuando más se lo necesita
La demanda de atención no para de crecer. Según Zaracho, las consultas por salud mental aumentaron un 23% y las internaciones un 42%. Frente a ese escenario, la legisladora describió un sistema con faltante de profesionales, ausencia de turnos y programas de prevención y atención desfinanciados. «Esto no es casualidad», planteó.
Los números del presupuesto le dan la razón. Según la Fundación Soberanía Sanitaria, el presupuesto ejecutado del Ministerio de Salud de la Nación cayó un 31% en términos reales entre 2023 y 2024. En 2025, el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) registró una baja adicional del 18,2%, y el programa financiado bajo la Ley de Salud Mental N° 26.657 perdió un 34% de su presupuesto real. La norma que obliga al Estado a garantizar atención en salud mental sigue vigente en el papel, pero quedó vaciada en los hechos.
El caso más visible es el del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte, el único establecimiento público nacional especializado en salud mental y adicciones: su presupuesto acumuló una caída del 46% entre 2023 y 2026, según la Fundación Soberanía Sanitaria. En octubre de 2024 se cerraron allí la internación, la guardia interdisciplinaria y la atención por demanda espontánea. El sindicato de salud FESPROSA denunció además que el desfinanciamiento del programa Remediar dejó a hospitales públicos de todo el país sin psicofármacos para sus pacientes.
El recorte sanitario se inscribe en un ajuste más amplio. Desde diciembre de 2023, los programas sociales cayeron un 61% en términos reales y el gasto primario total un 31%, según el relevamiento del Foro Economía y Trabajo. La motosierra no distinguió entre gasto superfluo y redes que sostienen la vida.
Un malestar que no es solo individual
La tendencia al alza viene de años anteriores, pero el salto de 2025 coincide con el período de mayor deterioro de los ingresos y de retiro del Estado. Investigaciones relevadas por el Observatorio de Salud Mental y Derechos Humanos señalan a la pérdida de empleo, la caída del salario real y la incertidumbre sobre el acceso a servicios básicos como condicionantes directos del malestar psíquico. Datos de la Universidad Católica Argentina (UCA) indican que el malestar psicológico se duplica en los sectores que viven por debajo de la línea de pobreza.
La psicóloga Soledad Dawson, directora de la Maestría en Vínculos, Familias y Diversidad Sociocultural de la Universidad Hospital Italiano de Buenos Aires, lo planteó en términos colectivos: «Tenemos delante un problema colectivo, de salud mental, salud física y también de políticas públicas. Su abordaje es multifactorial y requiere corresponsabilidad». Desde esa misma institución subrayaron que la prevención exige una red concreta: «Se necesitan adultos disponibles, familias que puedan pedir ayuda, escuelas capaces de intervenir e instituciones que puedan acompañar».
Las escuelas, los hospitales y los programas que deberían sostener esa red son, precisamente, los que el Gobierno de Javier Milei desfinanció con más intensidad. A eso se suma, según advierten especialistas en salud mental, el peso de un discurso oficial centrado en el mérito individual y la confrontación permanente, que empuja el sufrimiento hacia la soledad en lugar de canalizarlo en lazos colectivos.
Los estudiantes escriben la ley que falta
Ante la falta de respuestas, fueron los propios adolescentes quienes tomaron la iniciativa. Más de 80 estudiantes de 11 escuelas porteñas, convocados por la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de la Ciudad de Buenos Aires, debatieron en la Legislatura porteña un proyecto de ley de salud mental escrito desde las aulas, en espacios cedidos por las Madres de Plaza de Mayo y por Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Tomaron la palabra delegados del Mariano Acosta, el Nacional Buenos Aires, el Pellegrini, el Lenguas Vivas, el Juan B. Justo y la Técnica 37, entre otros colegios.
«Hoy se demostró la necesidad de una respuesta concreta sobre la crisis de salud mental», escribió la UES en su cuenta oficial. La organización agradeció a la diputada Berenice Iañez por impulsar el proyecto y definió el encuentro como «un primer paso de nuestra ley». El reclamo tiene antecedentes: bloques opositores de la Legislatura ya habían cuestionado que la ley de bienestar escolar aprobada en 2024 a instancias del gobierno de Jorge Macri no garantizara el nombramiento de especialistas en salud mental en las escuelas.
Cuando los adultos a cargo del Estado miran para otro lado, son los adolescentes quienes salen a reclamar la política pública que les corresponde. El suicidio se puede prevenir, repiten los organismos sanitarios; pero la prevención necesita equipos, turnos, hospitales abiertos y programas financiados. Sin presupuesto, la prevención queda reducida a un eslogan.
Dónde pedir ayuda
Si vos o alguien que conocés está atravesando un momento difícil, podés comunicarte de manera gratuita al 135 desde CABA y el Gran Buenos Aires, al (011) 5275 1135 desde todo el país (Centro de Asistencia al Suicida) o al 0800 999 0091, la línea del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte, que atiende las 24 horas. En caso de emergencia, llamá al 911.
Lo que tenés que saber:
- En 2025 se registraron 5.209 suicidios en la Argentina, un 22,6% más que en 2024 y el récord de la serie histórica oficial, según el SNIC.
- La tasa llegó a 11,8 cada 100.000 habitantes, más del triple que la de homicidios dolosos.
- El suicidio es la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años; cuatro de cada cinco víctimas son varones.
- El programa de la Ley de Salud Mental perdió un 34% de su presupuesto real en 2025 y el Hospital Bonaparte acumuló un recorte del 46% entre 2023 y 2026.
- Más de 80 estudiantes de 11 escuelas porteñas, nucleados en la UES, debatieron su propio proyecto de ley de salud mental en la Legislatura.
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