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Tras años de violencia y abusos, Gisèle Pelicot publica sus memorias

El libro no busca cerrar una herida sino convertirla en palabra pública, en disputa social y en llamado a la justicia.

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Tras el juicio que expuso una trama de violencias sexuales sistemáticas y forzó a Francia a reformar su legislación sobre consentimiento, Gisèle Pelicot publica sus memorias en 22 idiomas. El libro no busca cerrar una herida sino convertirla en palabra pública, en disputa social y en llamado a la justicia.

Hablar para no desaparecer. Nombrar para no cargar con la vergüenza ajena. En ese gesto, profundamente político, se inscriben las memorias de Gisèle Pelicot, la mujer que decidió romper el anonimato y poner su cuerpo, su historia y su intimidad en el centro de uno de los juicios más estremecedores de la historia judicial francesa reciente.

A los 73 años, Pelicot publica Un hymne à la vie (Un himno a la vida. Mi historia), editado de manera simultánea en 22 idiomas. El libro llega casi dos años después del proceso judicial que reveló que su entonces esposo, Dominique Pelicot, la drogó durante años para someterla, inconsciente, a violaciones múltiples cometidas por decenas de hombres, mientras él filmaba y archivaba cada abuso con una meticulosidad escalofriante.

La decisión de mostrarse

El juicio celebrado en Aviñón en 2024 marcó un punto de inflexión. Pelicot rechazó el derecho al anonimato que la ley francesa otorga a las víctimas de violación. “Durante más de cuatro años cargué con esta vergüenza”, explicó. “Sentí que era un doble castigo para las víctimas”. Su elección fue clara: exponer el crimen para correr la vergüenza del lugar equivocado.

No quería que fuera un juicio más”, dijo. “Si yo pude hacer esto, todas las víctimas también pueden”. El tribunal le dio la razón: Dominique Pelicot fue condenado a 20 años de prisión y otros 50 hombres recibieron penas de entre tres y quince años. La excusa repetida: “creíamos que había consentimiento del marido”, fue descartada de plano. La justicia estableció que no puede existir consentimiento bajo sumisión química.

El momento del quiebre

En el libro, Pelicot reconstruye el instante exacto en que su vida se partió. Fue en una comisaría del sur de Francia, cuando un policía le advirtió: “Estoy a punto de mostrarle algo que no le va a gustar”. En la pantalla apareció una mujer inmóvil, inerte, sobre una cama. “No me reconocía”, escribe. “Parecía muerta”.

Eran videos extraídos del teléfono de su esposo. Decenas. Clasificados. Etiquetados. Ese archivo fue el verdadero expediente del horror. “Después de cinco horas de interrogatorio, pude ponerle nombre al crimen. Fue entonces cuando dije por primera vez la palabra violación”.

La violencia que no termina en el cuerpo

Las memorias no se detienen en el daño individual. Pelicot escribe sobre el impacto devastador en su familia, sobre el grito de su hija, sobre el miedo de sus hijos varones a perderla, sobre una intimidad arrasada por la traición. En uno de los pasajes más duros, relata el trauma de su hija Caroline, al descubrir imágenes suyas dormida en la computadora de su padre. “La mirada incestuosa que lanzó sobre su hija es absolutamente insoportable”, escribe.

Aunque Dominique Pelicot negó haber abusado de su hija, Caroline sostiene que también fue drogada. La falta de pruebas cerró esa vía judicial, pero no clausuró el daño.

Del caso judicial al cambio de la ley

El impacto del juicio excedió largamente a los tribunales. Durante meses, mujeres se concentraron frente al palacio de justicia con pancartas y consignas de apoyo. “Las vi. Las sentí”, recuerda Pelicot. “Las cámaras me dieron una fuerza que sola no habría tenido”.

En octubre posterior al fallo, Francia reformó su definición penal de violación: el eje pasó a ser la ausencia de consentimiento, y ya no la necesidad de probar violencia o amenaza. Una conquista histórica, empujada por un caso que obligó a la sociedad a mirarse al espejo.

Escribir para seguir viva

Tras el juicio, Pelicot se refugió en la isla de Ré, buscando silencio y distancia. Pero el libro la devuelve al centro de la escena. “Tuve que reconstruirme sobre un campo de ruinas”, escribe. “Hoy soy una mujer más firme”.

No hay épica ni romanticismo en su relato. Hay decisión. Hay conciencia. Y hay una frase que atraviesa todo el texto: la violencia sexual no es un hecho privado, es una responsabilidad colectiva.

Dentro de nosotros hay recursos que ni siquiera imaginamos”, dice. “Si yo pude hablar, otras también pueden”. En tiempos de negacionismo, discursos de odio y retrocesos en derechos, el testimonio de Gisèle Pelicot no busca consuelo: busca incomodar, interpelar y dejar una marca.

Entrevista

“Rezamos cada mañana para no dormir en la calle”: huyó de la violencia machista en Argentina y denuncia abandono en España

Valeria De Bernardinis habló con El Argentino sobre la violencia que la obligó a huir del país junto a sus hijos. Hace siete años viven en España entre la precariedad, las secuelas psicológicas y el temor de quedar en la calle, mientras reclaman ayuda urgente del consulado argentino y que la Justicia los reconozca como víctimas para acceder a derechos básicos.

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Vivimos el día a día, prácticamente no tenemos para comer. Rezamos cada mañana para no dormir en la calle esa misma noche”. La frase sale de la boca de Valeria De Bernardinis, pero atraviesa a toda la familia. «Hace 7 años y 145 días» vive en España junto a sus dos hijos menores -hoy 16 y 19 años-, uno de ellos con autismo severo y el otro diagnosticado con trastorno por estrés postraumático. Escaparon de Argentina después de años de violencia extrema, amenazas y denuncias que -asegura- nunca lograron protegerlos del todo.

Hoy, lejos de encontrar tranquilidad, dice sentirse nuevamente abandonada. “El consulado argentino nos ha abandonado literalmente”, denuncia, al tiempo que reclama una vivienda urgente, la restitución de la pensión por discapacidad de uno de sus hijos -suspendida desde febrero- y que la Justicia española finalmente los reconozca a los tres como víctimas de violencia machista, condición que les permitiría acceder a asistencia económica, programas habitacionales y derechos básicos. 

Un botón antipánico y 148 denuncias

La historia que hoy la tiene al borde de quedar en la calle comenzó mucho antes de España. Valeria ya era madre de un hijo de 11 años de un matrimonio anterior cuando conoció a Dionisio Ruiz Díaz a comienzos de los 2000. “Él lo quería más que a sus propios hijos”, recuerda con angustia.

Al principio, la violencia fue silenciosa: “Me fue apartando de mis amistades, de todo mi entorno. Me hacía creer que sin él yo no era nadie”. Después llegaron los golpes: “Perdí cinco embarazos por las palizas”. Durante años ocultó la violencia incluso frente a médicos y conocidos. “Decía que me había caído o golpeado con una puerta”, y confiesa que sentía «vergüenza«. 

Valeria asegura que convivió durante años con miedo constante. En octubre de 2016 consiguió una perimetral y fue una de las primeras mujeres de Almirante Brown en recibir un botón antipánico. “A mí ese botón me salvó la vida”, asegura.

Pero ni las denuncias ni las restricciones alcanzaron para frenar a su agresor. Según relata, violentaba las órdenes de alejamiento y vigilaba la vivienda permanentemente. Valeria llegó a realizar “59 denuncias en lo civil y 89 en lo penal”. El episodio que terminó de quebrarlo todo ocurrió una semana antes de viajar a España. Según cuenta, su expareja intentó incendiar la casa familiar de Claypole mientras ella y los chicos estaban adentro: “Escondí a mis hijos debajo de la cama y pensé: ‘Que sea lo que Dios quiera’”. 

Asimismo, cuenta que la policía llegó después de la activación del botón antipánico y que el hombre «fue detenido con un bidón de combustible en la mano». Sin embargo, horas después recuperó la libertad: “Me dijeron que cuando llegara a mi casa avisara para poder soltarlo”.

Dormían todos juntos en el comedor mientras patrulleros vigilaban la casa durante la noche. Para llevar a su hijo a las terapias necesitaba custodia policial. “A cada hora me llamaban para ver si seguía viva”.

Cabe señalar que la historia de Valeria refleja una problemática estructural que se repite en muchos casos de violencia de género: mujeres que denuncian durante años y aun así continúan expuestas a situaciones extremas. Según el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano”, de La Casa del Encuentro, durante 2025 hubo 262 víctimas fatales de violencia de género en Argentina: un femicidio cada 33 horas. 

Si vivís una situación de violencia de género o conocés a alguien que necesite ayuda llamá gratis al 144, mandá un mensaje al 11 5050 0147 o por WhatsApp al +54 911 2771 6463. También podés descargar acá una app para recibir ayuda de profesionales.

En esta misma línea, la Asociación Civil “Ahora que sí nos ven” registra que entre el 1 de enero y el 30 de abril de 2026 hubo 80 víctimas fatales de violencia de género: un femicidio cada 36 horas. Casi el 20% de esas mujeres había denunciado previamente y en el 70% de los casos los agresores eran parejas o exparejas.

“Hasta que no subí al avión no sabía si iba a seguir con vida”

Después de aquél episodio, escapar fue la única alternativa posible. Valeria consiguió la autorización del padre para sacar legalmente a los chicos del país, vendió su casa y armó las valijas de madrugada. “Hasta que no subí al avión no sabía si iba a seguir con vida”, confiesa.

El refugio apareció a través de Facebook. Una familia española le ofreció alojamiento después de conocer su historia. Pero cuando llegó, asegura, todo fue distinto: “Me usaron”.

Según relata, le quitaron dinero, contactos y documentación y, cuando “se acabó el dinero”, los echaron de la casa en plena pandemia. “Dormíamos en el piso y nos tapábamos con nuestra propia ropa”.

Durante estos años distintas asociaciones y personas particulares les brindaron ayuda. Pero con el tiempo -dice- muchos terminaron alejándose por el desgaste emocional y económico que implicaba sostener una situación tan prolongada. La sensación de haber cometido un error la acompañó desde el comienzo: “Sentí que había cometido el peor error de mi vida”.

El miedo siguió en España

Los hijos de Valeria llegaron a España siendo apenas chicos. Tenían 9 y 11 años. Atrás habían quedado las denuncias, los patrulleros y la violencia cotidiana. Pero el miedo -asegura- nunca desapareció del todo.

El menor fue diagnosticado con un grave trastorno por estrés postraumático. “El desarraigo es enorme. Mi hijo extraña a su hermano mayor, que se quedó en Argentina, y no puede con todo lo que vivimos”, cuenta.

Según relata, las secuelas psicológicas se profundizaron con los años. El menor atravesó situaciones de bullying y discriminación escolar que terminaron afectando seriamente su salud emocional.

Pero lo peor volvió a ocurrir hace tres años. Valeria asegura que su expareja logró encontrarlos en España y secuestró durante varias horas a uno de sus hijos. “Creo que me desmayé cien veces en ese lapso”.

Todavía hoy recuerda esas horas como uno de los momentos más desesperantes de su vida. Para ella, hubo fallas graves que permitieron el ingreso de su agresor al país. “No falló el juez. Falló la policía”.

“No quiero dormir en la calle con mis hijos”

Siete años después de haber escapado de Argentina, Valeria asegura que volvió a sentir el mismo miedo: quedarse sola, sin protección y sin un lugar donde vivir. “La situación es cada vez peor. Vivimos el día a día. Prácticamente no tenemos para comer”, relata.

Hoy reclama que la Justicia española finalmente cierre el expediente y los reconozca formalmente como víctimas de violencia machista, algo que -según denuncia- permanece paralizado desde hace más de siete años en el Juzgado Nº3 de Sant Feliu de Guíxols.

En España, ese reconocimiento puede habilitar el acceso a asistencia económica, programas de vivienda, apoyo psicológico y otras ayudas sociales específicas. “Hasta que no nos reconozcan como víctimas, no podemos acceder a derechos básicos”, explica.

A eso se suma otra urgencia: desde febrero dejó de cobrar la pensión por discapacidad de uno de sus hijos. “Era lo único que me llegaba. Y hasta eso me sacaron”. Valeria asegura haber presentado toda la documentación requerida, incluida la fe de vida ante el consulado argentino en Barcelona, pero afirma que todavía no obtuvo respuestas.

La situación no es aislada. En distintos puntos de Argentina, familias vienen denunciando suspensiones de pensiones por discapacidad, demoras administrativas y falta de respuestas oficiales, en un contexto atravesado por auditorías impulsadas por el Gobierno nacional que alcanzaron a más de 110.000 beneficios durante el último año.

Pero detrás de los expedientes, las auditorías y las demoras administrativas, la urgencia de Valeria y sus hijos es mucho más simple y brutal: sobrevivir. Sin ingresos estables y con miedo constante a quedarse en la calle, intenta sostener a sus hijos como puede. “No quiero dormir en la calle con mis hijos”, repite.

Y aunque el miedo y el agotamiento parecen haber atravesado cada etapa de su vida, hay una ausencia que todavía le duele más que cualquier otra: la de su hijo mayor, que permanece en Argentina y al que no ve desde hace más de siete años. “¿Sabés lo que daría por un abrazo?”, dice con la voz quebrada.

Si queres colaborar con Valeria:

Banco BBVA a nombre de
María Valeria De Bernardinis

“Hoy no sé quién soy”

La historia de Valeria también atraviesa otra búsqueda: la de su identidad. En Argentina, Abuelas de Plaza de Mayo estima que todavía quedan alrededor de 300 hombres y mujeres que podrían haber sido apropiados durante la última dictadura militar y aún desconocen su verdadera identidad. “Yo siempre supe que era adoptada”, cuenta.

Según relata, fue criada por un matrimonio italiano y sufrió violencia durante toda su infancia. “Yo siento que me criaron mis secuestradores”.

Años después, mientras revisaba viejas valijas familiares, encontró partidas de nacimiento y comenzó a investigar sus orígenes. Así fue como Valeria logró descubrir quién era su madre biológica. Se llamaba Teresa Sandoval y trabajaba en una casa de Capital Federal.

Hay toda una historia oscura detrás”, que incluso la llevó a sospechar que pudo haber sido víctima de apropiación ilegal durante la última dictadura militar. “Cuando mi mamá dio a luz, el hijo de esa familia se fue a Israel y la abuela se suicidó. Hay muchas cosas que nunca pude entender”. Hoy, sigue buscando respuestas: “No sé quién soy”.

Línea 102
Si necesitas ayuda o conoces a alguien que esté expuesto a violencia, llamá al 102. Es un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes. Podés llamar ante una situación de vulneración de derechos. Si vivís una emergencia llama al 911.

 

 

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