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Cultura

Carla Moure: «Esta es una historia muy vincular con la que te podés identificar»

La guionista, periodista y modelo feminista dialogó con @ElArgentino acerca de su nueva obra teatral «Bosque Adentro».

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Foto: Eloísa Molina

La guionista, periodista y modelo feminista dialogó con El Argentino acerca de su nueva obra teatral «Bosque Adentro», que relata la historia de una madre y su hija. Interpretada por Inés Estévez, Ornella D´Elia, con Tomás Pol en la musicalización y bajo la dirección de Corina Fiorillo.

Sobre un escenario azul, la silueta de una camioneta de perfecto minimalismo te invita a subirte a este viaje de encuentros.

Bosque Adentro es una obra para todas las generaciones y el teatro es vivir una experiencia comunitaria, te identifica, te acerca, salís más contento y más consciente de todo lo que pasa a tu alrededor”, dijo Carla Moure siendo Carla Moure.

Créditos Facundo Suarez

-¿Qué podés contar de “Bosque Adentro”?

-La obra es la historia de una madre, que interpreta Inés Estévez y una hija, que realiza Ornella D´Elia. Hacen un viaje al sur y ese trayecto desde Buenos Aires hasta Bariloche es la obra de teatro. Está enmarcada en un viaje de ruta. La escenografía es la camioneta y en ella todo transcurre. Van a encontrarse con un abuelo que las espera allá. Es una figura patriarcal muy fuerte que nunca aparece, pero está presente constantemente en el relato. Hay muchas figuras masculinas, que no aparecen físicamente, pero que son detonantes de diferentes situaciones que marcan la historia.

-¿Cuáles fueron tus disparadores creativos para escribir esta obra?

-Desde muy chica tengo interés por el teatro. Soy escritora pero siempre me aboqué al teatro, esta es mi cuarta obra. Cuando empecé fue en salas muy del off, independientes y fue un in crescendo hasta lograr que a un teatro tan grande le guste la idea. Me inspira la vida misma.  Esta es una historia muy vincular con la que muchas personas pueden sentirse interpeladas. Aunque no es autorreferencial, de hecho lo autorreferencial me aburre.

-Tu obra anterior “Jazmín de Invierno” tuvo cinco nominaciones a los premios ACE ¿Cómo fue esa experiencia?

-Esa obra estuvo también dirigida por Corina Fiorillo, hemos logrado hacer una dupla creativa que está buenísima, a ella le gusta lo que le escribo y es una directora espectacular y fue interpretada por Maite Lanata. Tuvimos cinco nominaciones a los premios ACE en 2018, aunque no hayamos ganado, ser parte de esas nominaciones es increíble. Inclusive, yo estuve también como revelación femenina en el guión, estuvo buenísimo.

-¿Cómo vinculas tu carrera como modelo y la creación teatral?

-Siempre digo que una financia a la otra. Como modelo empecé a laburar a los 17 años, fui a un casting y quedé, todo muy orgánico, por suerte me ha ido muy bien y lo que gano casi siempre lo vuelco a mis obras de teatro. Lo utilizo para llevar a cabo objetivos reales, personales, como este. 

-¿El periodismo qué papel juega hoy en tu vida?

-El periodismo es una herramienta de construcción, análisis y entendimiento del mundo, todavía no estoy laburando en medios, aunque no lo descarto. De alguna manera el hecho artístico también es comunicar.

-Crees en el poder de transformación y creación de las mujeres ¿Expresás eso en tus obras?

-Esta obra está escrita por una mujer, dirigida por una mujer y protagonizada por dos mujeres. ¿Lo hice intencionalmente? Te diría que no. Lo hice porque son cosas que a una le nacen cuando lleva el feminismo muy adentro. Siento que hay una gran afinidad con el equipo creativo de esta manera y también esta obra trata sobre lo vincular entre una madre y una hija. Es muy fuerte, y sí habla de mujeres.

-¿Qué de tu historia incide en tus personajes y obras?

-Cuando yo estudié con Mauricio Kartun, él siempre decía que hay que hacer acopio de temas que a uno le interesan, de imágenes, de experiencias en la vida porque es lo más enriquecedor para escribir. Luego aparece lo maravilloso de la ficción, la inspiración, pero por supuesto que hay cosas inspiradas en la vida real.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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