Espectáculos 🎭
Operaron a La Mona Jiménez y le colocaron un stent
El cantante fue hospitalizado de urgencia en Córdoba tras haber sufrido un ACV.
Carlos “La Mona” Jiménez fue hospitalizado en el Instituto Modelo de Cardiología, en la provincia de Córdoba, luego de haber sufrido un ACV. Los médicos decidieron practicarle un cateterismo y colocarle un stent ya que determinaron que tenía una obstrucción del 80 por ciento de la arteria carótida y eso le habría provocado un cuadro isquémico, por lo que permanecerá unos días más en observación.
Su hija Natalia llevó tranquilidad a los fanáticos del cantante al responder preguntas en su cuenta de Instagram. “¿Naty como está el papi? ¿Y vos?”, le preguntaron. A lo que ella respondió: “Mi papi de diez, le quedan unos días y ya a su casita”.
“Voy un día a la vez. Para ser sincera, mi corazón está en pausa, lo del papi ocupó toda mi atención en este momento”, reconoció la hija del cantante, quien también agradeció a los seguidores por las muestras de afecto: “Cargadita el corazón, me voy a dormir”.
La Mona Jiménez ya fue intervenido dos veces en el último mes ya que comenzó a tener problemas de salud a principios de agosto cuando tuvo que ser operado de urgencia por un fuerte dolor abdominal. “Pa sos un roble mi viejito, tenés tantos angelitos cuidándote acá y allá”, le había dedicado Natalia, por ese entonces.
Por su parte, otra hija del músico, Lorena Jiménez, había hablado del tema en sus redes sociales: “Estaba en una reunión del cole y suena un timbre de alarma. Me voy, llego, te veo bien, gastroenteritis… Gastritis aguda de la nada aparece y te destroza, lo sé. Pero no era tan simple, ¡el tiempo nos ayuda! La vida te impulsa y sacamos ese vaso roto. Salud y gracias por entregárselo a la Pachamama hoy. ¡Te amo!”.
Cultura
El vecino Carlos Solari: la vida suburbana del hombre más buscado del país
En Parque Leloir, barrio residencial de Ituzaingó, partido del oeste del conurbano bonaerense, vivía un hombre que prefería los perros al reconocimiento, los libros a las entrevistas y la pileta del fondo al pogo más grande del mundo. Sus vecinos sabían quién era. Nadie lo molestaba. Esa fue la paradoja definitiva de su vida: Carlos Alberto Solari, el artista más convocante de la historia del rock argentino, eligió vivir como cualquiera en una calle de tierra que Google Maps asoció para siempre con su nombre.
Así era la vida cotidiana del Indio Solari en Parque Leloir: la quinta, el estudio Luzbola, los perros y los libros
Esta mañana, a las nueve, una inusual concentración de patrulleros llamó la atención de los vecinos en las calles arboladas del barrio Parque Leloir, en Ituzaingó. Efectivos policiales y representantes de la Fiscalía N° 2 de esa localidad se apersonaron en la vivienda ubicada sobre la calle Calixto Oyuela al 4300, y la zona fue rápidamente cercada. Los vecinos que salían a hacer las compras o llevaban a sus hijos al colegio bajo la llovizna de este viernes se detuvieron. Algunos ya lo sabían. Otros lo intuyeron. Poco después llegó la confirmación: el Indio Solari había muerto a los 77 años en esa casa, la misma donde había vivido durante décadas con el mismo hermetismo con el que hacía todo.
A pocas horas de conocerse la noticia, los primeros ricoteros empezaron a llegar al barrio con banderas, remeras, motos y carpas. La Policía les pidió que no armaran las carpas, al menos por el momento. Uno de ellos dejó una flor en la puerta del portón negro de dos hojas. El periodista Fernando Molinero lo describió con la voz quebrada: «No sé si ven esa flor que dejaron ahí en la puerta». Era la primera ofrenda de lo que vendría.
La «Cariló del Oeste» y el hombre que la eligió para existir
Parque Leloir no es el conurbano que imaginan quienes nunca estuvieron. Es un barrio residencial con calles de tierra bordeadas de árboles, quintas con amplios jardines, silencio y una reserva ecológica a pocas cuadras. La actriz Moria Casán, vecina del Indio, lo describió alguna vez como «la Cariló del Oeste.» Naturaleza, distancia del ruido, discreción. Exactamente lo que Carlos Solari necesitaba para existir sin que el mundo lo encontrara.
La propiedad donde vivió durante décadas se llama Haras Miryam, una quinta de más de diez mil metros cuadrados diseñada originalmente como criadero de caballos. La casa tiene planta baja y primer piso, jardines amplios, una pileta, un quincho. Está rodeada de árboles. Lo que más llamaba la atención desde afuera era la entrada: un portón negro de dos hojas, grande, y un sistema de seguridad que varias fuentes describieron como «uno de los más tecnológicos de la Argentina.» En la propiedad, según relatos de la época, había cámaras de circuito cerrado que el propio Indio monitoreaba desde su estudio.
Vivía allí con su esposa, Virginia Mones Ruiz, con quien se casó en 1988, y su hijo Bruno, nacido en 2000. Esa familia pequeña y reservada era su mundo más inmediato, el único que él había elegido sin filtros.
Luzbola: donde el arte no necesitaba salir
En la planta baja de esa quinta vivió durante años el corazón del proyecto artístico más singular del rock argentino. El estudio se llama Luzbola, el mismo nombre que eligió para su sello discográfico, y está construido con ventanas que dan al jardín. Desde ahí grabó toda su etapa solista: los cinco discos con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, los singles de El Mister y los Marsupiales Extintos, la colaboración con Wos, los videos para los hologramas que se proyectaron en los shows de la banda cuando el Parkinson ya no lo dejaba estar de pie frente al micrófono.
El periodista Maximiliano Tomas, que visitó al Indio en su casa en 2004 para la entrevista publicada en la revista colombiana Gatopardo, describió ese espacio interior: una oficina que funcionaba como estudio y sala de lectura simultáneamente, con un monitor de circuito cerrado colgado del techo que transmitía lo que las cámaras exteriores registraban a toda hora, pilas de CDs, una notebook, una mesa, un escritorio y, en los estantes, la biblioteca. Libros de Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Boris Vian, Ernest Hemingway, Truman Capote, cómics de todo tipo y el ensayo «No logo» de Naomi Klein. No era una biblioteca de exhibición. Era una biblioteca de uso.
En sus memorias reconstruidas junto al periodista Marcelo Figueras en el libro «Recuerdos que mienten un poco» (2019), el Indio había contado cuál fue el primer libro que leyó: «El crimen de la guerra, de Juan Bautista Alberdi. Así fui entendiendo que el mundo no se acababa en mi calle. Leyendo descubrías que estaban los asirios y el Estado y los persas y Estambul y la China y Marco Polo y todas esas aventuras de Julio Verne.» Un niño de Paraná que aprendió el mundo por los libros antes de cantarlo.
Las influencias cinematográficas que declaró en ese mismo libro son las de alguien que consumió cine como quien consume filosofía: Kurosawa, Fellini, Godard, Tarkovski, Bergman. Y siempre, en un lugar especial: «Werner Herzog me sigue pareciendo un cineasta irremplazable, de una demencia total.»
Los perros, la gorra y el hombre que no quería ser reconocido
Ser el más buscado del país tiene consecuencias prácticas. Una de ellas, la más cotidiana, es que salir a hacer mandados se convierte en una operación. El Indio lo resolvió del modo más simple: salía poco, y cuando salía, usaba gorras y anteojos oscuros para pasar desapercibido. Su esposa Virginia relató en distintas oportunidades las complejidades que implicaba para él desplazarse por espacios públicos: el reconocimiento era inmediato, la situación, difícil de manejar para alguien que padecía de una fobia genuina a las multitudes.
La paradoja no le escapaba a nadie que lo conociera: el hombre capaz de convocar a 350.000 personas en una ciudad de 100.000 habitantes no podía ir al supermercado tranquilo. Era hincha de Boca, pero nunca pudo ir a la cancha. La solución fue construir el mundo adentro: el estudio, los libros, la familia, los amigos que llegaban, la pileta donde sus perros ovejeros alemanes nadaban con él.
Los ovejeros fueron, durante años, una constante en el universo doméstico del Indio. Los eligió por su capacidad de protección y compañía, y se convirtieron en parte del paisaje de Luzbola. Había mencionado su afección por los perros en varias oportunidades, con esa mezcla de afecto y practicidad que lo caracterizaba.
La última cena y el hallazgo de la mañana
Según trascendió en las primeras horas posteriores a su muerte, la noche del jueves el Indio cenó en familia, en la tranquilidad habitual de esa quinta de Parque Leloir. Después descansó en la propiedad. A la mañana siguiente, su cuidadora, al ingresar al predio, lo encontró tendido en el sector del patio, a pocos metros de la pileta. Dio aviso inmediato al servicio médico privado. Pese a los intentos de asistencia, cerca de las 8.30 se confirmó el fallecimiento. El fiscal Lucio Rivero, de la Unidad Funcional de Instrucción 2 de Ituzaingó, ordenó la autopsia de protocolo para determinar formalmente las causas de la muerte. La causa, según trascendió, fue catalogada como muerte natural, consecuencia del cuadro de Parkinson que lo acompañó durante casi una década.
Mientras tanto, afuera del portón negro, los ricoteros seguían llegando. Con banderas, con remeras, bajo la llovizna. Una mujer se sentó en el cordón de la vereda y lloró durante un largo rato. Alguien dijo: «Vine a estar el último ratito con él.» Ese «con él» no era una metáfora. Era la forma en que millones de personas describían lo que sentían por ese hombre que eligió vivir en una calle de tierra en el oeste del conurbano, rodeado de ovejeros alemanes, libros y una pileta, haciendo canciones en el estudio que construyó en la planta baja de su propia casa.
Carlos Solari fue un vecino de Parque Leloir que prefería no ser reconocido. El Indio era otra cosa: era el hombre que llenó River Plate dos noches seguidas sin hacer una sola nota en televisión. Los dos habitaban el mismo cuerpo y la misma quinta de diez mil metros cuadrados. Esa tensión fue, quizás, la más honesta de todas las que atravesaron su vida.
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