Análisis
El discurso
¿Qué querrá decir la palabra “discurso” a esta altura de las circunstancias?.
Por Santiago González Casares
A Diana y Martin,
Ad aeternum
Time is flowing in the middle of the night
(Tennison)
Son las dos horas veinticinco minutos, o en realidad un poquito antes, estoy escribiendo estas palabras desde el futuro. “Radio Amadeus” noventa y uno punto uno, la temperatura en Buenos Aires es de nueve grados, el cielo está despejado, la humedad es del cuarenta y ocho por ciento. Escucharemos ahora de Johann Sebastian Bach…
Que gran trabajo el de locutor de radio, de radio y televisión, pero sobre todo de radio. Y no me refiero a la voz grabada previamente en estudio sino a la voz que retrata al mínimo detalle el paso del tiempo, la que está ahí, con nosotros, aquí, ahora. Esa voz que acompaña la palabra oculta de la música.
¿Qué querrá decir la palabra “discurso” a esta altura de las circunstancias? Y cuando digo circunstancias, me refiero a los tiempos nihilistas que corren en donde todas las palabras son iguales a las otras, en donde nos cuesta horrores diferenciarlas, tanto en forma como en contenido. Es decir que tanto la manera que tenemos de escuchar hoy las palabras como su significado, son tan difusos que las palabras no significan nada, no son nada, no dicen nada. No llegan a constituirse en discurso, no son más que habladurías. Sin embargo, las palabras no dejan de aparecer por todos lados entre luces y sentencias, pretendiendo dar lugar a acontecimientos, lejos están de ello. Las palabras que pululan por estos días, en estos medios de comunicación no son más que simulacros que dan cuenta del alejamiento del sentido, de la ausencia del lenguaje verdadero (logos).

Logos es razón (ratio), podemos arriesgar que esta es la dimensión gnoseológica y atribuir la razón a todos los discursos que pretenden decir algo sobre la manera que tenemos de conocer, aunque también la aparente justificación de nuestra existencia. Nihil est sine ratione. Este logos es aquel que acompaña todas las definiciones sobre la vida humana, todas las descripciones científicas de la realidad. El discurso sobre el hombre (antropo-logia), sobre el alma humana (psico-logia), sobre las naciones (etno-logia), sobre la sociedad (socio-logia), sobre la vida en general (bio-logia). Nada es sin razón, y todos estos discursos corresponden a una región del ser que ordena nuestro pensamiento sobre nosotros mismos. Todo es dicho en nuestro lugar desde la contundencia inexorable de la causalidad y el manso sometimiento de la pregunta a la omnisciente racionalidad.
Pero logos también significa promesa, y yace aquí su dimensión política. El discurso puede encontrar aquí una posibilidad propia, auténtica, la palabra se acerca aquí a su esencia, a su dimensión colectiva y su sentido comunitario. El discurso político implica un diálogo, una palabra compartida no solo ejercida por el orador sino exigida en su naturaleza por su contraparte, el pueblo. La plaza pública es el lugar donde el discurso político nace y es allí donde logra su verdadera trascendencia, la promesa hacia el destino común por-venir. Cuando el discurso político se aleja del ágora que lo vio nacer corre el riesgo de degradarse en el sinsentido del discurso mediático o en la certeza autista del discurso científico. No hay discurso político auténtico sin plaza que lo albergue, no hay plaza pública sin discurso político que la reivindique.
Pero hay también una palabra silenciosa que no es aún discurso, y que habla de cosas que no se pueden decir. Una palabra que habla desde la sensibilidad del cuerpo y que, por ende, no tiene correlato sintáctico ni significado técnico. Esa palabra es la poética, la que busca la belleza en los intersticios del lenguaje y habla desde el sentido, como diría Borges, si ese sentido fuera el oído…desaparecería el mundo visual, el firmamento y los astros, un mundo posible que pudiera prescindir del espacio, en donde no hubiera otra cosa más que conciencias y música.
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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