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Vivir solo y sola en la Ciudad de Buenos Aires: una tendencia en alza

Este fenómeno social se asocia al proceso de envejecimiento poblacional y a la disminución de la tasa de fecundidad.

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Por Paula Daniela Fernández Lopes

Más de un tercio de los hogares en CABA son unipersonales. Este fenómeno social se asocia al proceso de envejecimiento poblacional y a la disminución de la tasa de fecundidad que comienza a producirse entre 1960 y 1970 en los países de América Latina y que pone en evidencia el incremento de personas mayores viviendo solas, especialmente mujeres. Por otra parte, la individualización de las sociedades capitalistas avanzadas ha transformado la manera de vivir las relaciones íntimas en familia, la vida conyugal y las relaciones entre géneros de las sociedades tradicionales.

El aumento de los hogares unipersonales se vincula así con el estado civil y la tasa de divorcio, una mayor edad a la que la gente convive en pareja y la creciente cantidad de personas que deciden vivir transitoria o permanentemente solas.

Históricamente, la ciudad de Buenos Aires presentó patrones de fecundidad más bajos, nupcialidad más tardía y uniones de hecho, población más envejecida y con mayor esperanza de vida; fenómenos que inciden en la reducción del tamaño del hogar y que se explican en parte porque CABA presenta los niveles más elevados del país e incluso de América Latina de desarrollo económico, ingreso per cápita, porcentaje de fuerza de trabajo con alta educación y calificación e inclusión social.

Si analizamos sus atributos sociodemográficos de quienes viven solos y solas en esta gran urbe, encontramos mayormente a mujeres viudas en los estratos más envejecidos, varones de 36 a 64 años separados o divorciados que superan a las mujeres en la misma situación y finalmente un hogar juvenil cuya situación conyugal predominante es la soltería producto del aplazamiento de entrada en primera unión y la elección -o no- de tener hijos e hijas.

Por otra parte, existen dos grandes rutas de entrada o de ingreso al estilo de vida unipersonal: “intencionales” o “accidentales no elegidos”. Vivir solo o sola puede ser producto de circunstancias o razones externas a las propias decisiones de vida, como el deceso de algún familiar o compañero o compañera de vida, separación o divorcio, entre otros aspectos. Pese a esto, la disponibilidad del tiempo y del espacio físico, la libertad de acción y la autosuficiencia o preservación afectiva son los aspectos más valorados de esta forma de habitar y significar el hogar.

Para los y las jóvenes y para algunas o algunos adultos, existen diferencias entre quienes se encuentran aún experimentando su sexoafectividad y quienes desean o sueñan con una convivencia afectiva en un futuro cercano. Para las y los adultos de todas las edades que han atravesado una separación o divorcio, sus expectativas o proyectos de vida se distancian mayormente de la construcción conjunta del hogar. Las relaciones y los vínculos afectivos, eróticos y sexuales se dan en esta etapa de la vida en casas separadas o bien se canalizan mediante actividades culturales, artísticas, deportivas, laborales o en el cuidado de nietos y nietas.

La familia tradicional se encuentra en una: la transformación de las instituciones enfrentadas a un mundo más moderno, más democrático y más individualista.

El cambio social no se produce en la dirección de abandonar los lazos familiares sino a partir de una frecuencia mayor de mudanzas, de cambios en la composición del grupo familiar de convivencia y en la estabilidad temporal de la composición del hogar: necesidad de libertad sin monotonía o rutina ciega, necesidad de afecto y relaciones duraderas y temor al tránsito de la vida en soledad, cuyo sentimiento no es estrictamente -desde la perspectiva de las y los residentes de este tipo de hogar-, la experiencia misma de vivir solo o sola.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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