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Análisis

¿Perros veganos? Ponele

A los que todavía sorprende que en Argentina, patria ganadera y de parrillas hasta en balcones, haya tantas personas veganas por metro cuadrado, mucho más boquiabiertos los va a dejar este dato: en nuestro país cada vez más perros se alimentan exclusivamente con balanceado sin un gramo de proteína animal

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Por Fernando Bersi          

¿Perros veganos?, ponele. En realidad, perros a los que por razones éticas, cuidado del medio ambiente y/o de calidad de vida, quienes los alimentan prefieren hacerlo con productos compuestos 100% con proteína vegetal -puede incluir soja, maíz, trigo, maní, pulpa de remolacha, semillas de lino, chía, quínoa, extracto de romero y de yuca- más el agregado de un mix vitamínico.

El fenómeno no es solo autóctono. La producción y consumo de balanceado vegano se multiplica a nivel mundial y le da más credibilidad a la tesis que sostiene que, al menos en el tema alimentación, indefectiblemente el futuro será verde, o no será.

En Argentina el balanceado vegano ya se consigue por todas partes. De manera directa, en 14 provincias a través de más de 800 puntos de venta y por transporte a cualquier rincón del país. La marca pionera fue Veguis, allá por 2013. Luego en 2018 se sumó Green Dog, aunque ya se producía desde varios años antes para comercializar en el exterior.

Alicia Scarone fue la primera argentina en meter manos en el tema. Tras 20 años en una empresa multinacional norteamericana comenzó a pensar en un trabajo que contemplara su activismo por el bienestar animal. Ya desde 2011 formaba parte de una ONG encargada de concientizar a la ciudadanía sobre la capacidad que tienen los amínales de, como cualquier ser vivo, sentir dolor, placer o miedo. Y entre varias opciones surgió la idea de fabricar alimento balanceado vegano para perros.

Se contactó con productores del exterior. Estudió lo que hacían en Europa, Australia, Estados Unidos. En fin, se quemó las pestañas investigando. “En un principio intenté hacer un acuerdo con una firma de Estados Unidos para producir su marca en Argentina. Pero por diferentes razones esa opción se demoraba”, recuerda Scarone. “Entonces, como ya había ganado conocimientos suficientes y sumado al proyecto a un veterinario y a un productor con amplia experiencia en la industria del balanceado, me largué. Así nació Veguis”. Hoy, además de la croqueta tradicional para perro adulto producen una variedad para perros adultos de raza pequeña y próximamente habrá otra para cachorros.

Green Dog, el otro balanceado libre de proteína animal del mercado argentino, tuvo desde el inicio otra espalda. Desde 15 años antes a su lanzamiento su empresa madre ya se dedicaba a la comercialización de alimentos en base a proteínas vegetales. “Green Dog es un producto que nació para ser exportado. Primero a Estados Unidos y luego a Chile. Recién en 2018 lo sacamos al mercado argentino y al mismo tiempo lo llevamos a Corea y Europa”, cuenta Guillermo Rodríguez, gerente comercial en Argentina y Europa de la marca. “En otras culturas el producto impacta mejor, son más abiertos y este tipo de dietas ya no se ven como una moda sino como una forma de vida”, subraya.

En los inicios, cómo imaginará, los primeros perros en probarlo eran de personas veganas. Si alguien no come carne, ya sea porque le parece atroz matar a un animal, porque cree que una dieta que no incluya productos que la contengan le brindará una mejor calidad de vida o simplemente  porque le parece una locura que para producir un kilo de carne se necesiten 15.000 litros de agua, es lógico que a la hora de adquirir comida para su perro elija una de bandera verde.

Sin embargo, con el correr del tiempo el balanceado vegano se fue abriendo a otro público. Mucha gente lo comenzó a preferir, ya no por una filosofía de vida, sino por ser beneficioso para la salud de sus perros. “Es naturalmente hipoalargénico, bajo en sodio, sin gluten, 0% colesterol. La soja posee 16 de los 20 aminoácidos esenciales que el perro necesita para vivir. Las proteínas animales necesitan conservantes, aditivos, saborizantes, colorantes. Green Dog utiliza el 10% de saborizante que el resto, no contiene colorantes y su antioxidante natural es la vitamina E”, dice Rodríguez. “Por eso es el único producto del mercado con 24 meses de vencimiento”.

Si bien es cierto que el balanceado vegano día a día suma adeptos, la biblioteca científica está dividida. Y no, como suele decirse, mitad para cada lado. Aún son más fuertes las voces de los veterinarios que no ven con ojos una dieta 100% vegana. Dicen que demasiada fibra podría provocar desde inflamación intestinal hasta diarreas o molestias hepáticas. Y que la falta de carne podría ocasionar desde intolerancia alimenticia hasta trastornos dermatológicos o menor resistencia a algunas enfermedades por una falla inmunológica. Daniel Pampín, médico veterinario y especialista en nutrición, siempre que le preguntan por el tema es categórico: “los perros son omnívoros, necesitan grasas, aminoácidos y vitaminas que no están presentes en los vegetales. No se debe imponer a un animal una comida que no es correcta”.

“Como ocurre con la alimentación humana, hay nutricionistas que dicen que no se puede vivir con la dieta vegana y sin embargo somos muchos quienes hemos adaptado desde hace mucho ese tipo de alimentación y estamos súper bien”, sostiene Scarone. “Hay muchos veterinarios que están a favor, incluso para la organización Personas por el tratamiento ético de los animales (PETA) los perros con una dieta vegana son menos propensos a contraer cáncer, enfermedades cardíacas, infecciones, hipotiroidismo u obesidad”.

El tiempo, inexorablemente, será testigo de hasta dónde puede crecer el balanceado vegano. Debemos reconocer que en Argentina sus defensores tienen una batalla extra. Además de demostrar la capacidad de sus productos de ofrecer una excelente calidad de vida, deben luchar contra una tradición que asocia al gen argentino con la carne. Las nuevas generaciones, más conscientes e informadas en la necesidad de cambiar nuestra relación con el medio ambiente y las especies que la habitamos, quizás sean capaces de cruzar límites culturales y llevar el veganismo mucho más lejos.

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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