Conectate con El Argentino

Análisis

#8M: La columna invisible de la historia

No hay rol que las mujeres no hayan desempeñado a los largo de la historia, pero la hegemonía masculina ha hecho un eficaz trabajo de ocultamiento y tergiversación del rol femenino en el desarrollo de la civilización.

Publicado hace

#

Por Alejo Brignole

«Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”.
Mary Wollstonecraft – escritora y feminista británica (1759 – 1797)

No hay rol que las mujeres no hayan desempeñado a los largo de la historia humana: fueron gobernantas, guerreras, filósofas, ideólogas, artistas, revolucionarias, autoras musicales, generalas, estrategas, dictadoras, descubridoras y científicas. Y si ello nos sorprende al leer estas líneas, significa que la hegemonía masculina ha hecho un eficaz trabajo de ocultamiento y tergiversación del rol femenino en el desarrollo de la civilización.

Esta hegemonía del hombre (el propio vocablo “hombre” para denominar al género humano, es herencia del discurso patriarcal definido en la Torá judía y el Antiguo Testamento) ha borrado de manera selectiva muchas de las actuaciones femeninas en el decurso histórico.

En la historiografía americana, los cronistas militares y generales españoles omitían en sus escritos que durante las Guerras de la independencia habían sido derrotados por mujeres generalas o capitanas de tropa, que lograban victorias aplastantes frente a oficiales españoles (hombres). Mediante este maquillaje de los eventos, atenuaban la humillación de ser derrotados por mujeres. Sentimiento de humillación que era, además, otro síntoma de la hegemonía masculina, pues significaba ser derrotado por alguien supuestamente inferior.

Esta desviación dialéctica, que fue tratada por la filosofía y sus diversas ramas (la ontología y la teología entre ellas), ha sido padecida por las mujeres de casi todas las culturas durante milenios. No fue sino hasta el siglo XIX que comenzaron a tomar forma las doctrinas sobre la igualdad de la mujer y la necesidad de repensar el rol femenino y su lugar jurídico-social en el mundo.

Lamentablemente la gran oportunidad de establecer esta igualdad-equidad pudo haberse logrado durante la Ilustración del siglo XVIII, en donde pensadores como Montesquieu o Voltaire, de gran influencia en las ideas que dominaron al siglo de las Luces –como se llamó a aquella centuria renovadora– hubieran dirigido el pensamiento en esa dirección. Pero no lo hicieron. Ellos y otros filósofos otorgaron en sus escritos un lugar marginal a la mujer, retrasando en más de un siglo las ideas emancipadoras e igualitarias. En su famosa obra de 1762, Emilio, o De la Educación, de Jean-Jacques Rousseau, éste no relega a la mujer a un escalón inferior, pero en realidad la coloca en un sitial subordinado al hombre, diciendo que “debe ser pasiva y débil”. Sofía, que en la obra de Rousseau encarna a la compañera ideal de Emilio, nos dice que la mujer debe ser educada fundamentalmente para el placer y el gozo, dejando las cuestiones metafísicas –las artes, la filosofía o las ciencias– al ámbito masculino.

La escritora y militante feminista británica, Mary Wollstonecraft, pintada por John Opie hacia 1790.

Años más tarde, la escritora inglesa Mary Wollstonecraft (la madre de Mary Shelley, la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo), contestaría Rousseau en su obra Vindicación de los Derechos de la Mujer, de 1792. La británica argumenta que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que parecen serlo porque no reciben la misma educación, estableciendo así una relación causa-efecto en el orden social que la mujer debía padecer.

En casi toda Europa hubo defensoras de la condición femenina durante la Ilustración, como la francesa Olympe de Gouges (1748-1793) escritora, dramaturga, filósofa y panfletista política, que en 1791 escribió, entre otras cosas, su famosa Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana que comenzaba con las siguientes palabras: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta.” Como era de esperar, Olympe de Gouges fue decapitada en el contexto de la Revolución Francesa, apenas dos años después de su más importante escrito. Y por supuesto los verdugos fueron hombres.

La propia Inquisición en España, Francia o Alemania se encargó de mutilar cualquier atisbo de librepensamiento femenino, pues el 70 % de las ejecuciones inquisitoriales, Autos de Fe y acusaciones de brujería estaban destinadas a las mujeres, logrando de esa manera un férreo control masculino sobre las ideas y los dogmas sociales establecidos. Cualquier disensión a este sistema se pagaba con la tortura y la hoguera. No resulta extraño, por tanto, que el papel de las mujeres en las artes, la filosofía y la política fuera muy limitado, reforzando así el ciclo hegemónico masculino que impugnaba a la mujer por ser improductiva en el campo intelectual. Falacia que es apenas la consecuencia de lo anterior: la represión y el aislamiento doméstico de las mujeres en una sociedad manejada por hombres.

En América Latina tampoco faltaron luchadoras que ampliaron el espectro de los derechos femeninos y lo hicieron desde la política, el arte y la militancia doctrinal.

Mujeres indígenas de Brasil protestan contra las políticas de Bolsonaro.

La socialista Alicia Moreau de Justo y la inmensa Eva Perón, en Argentina, o la feminista Margarita Pisano en Chile, fueron compañeras distantes de la mexicana Frida Kahlo, pintora surrealista que a través de sus cuadros y de su propia vida se opuso al predominio cultural machista mexicano. La lista de mujeres americanas que lucharon por la libertad de género podría ocupar la mitad de un grueso volumen, pues Latinoamérica fue pionera de ideas. América Latina, después de todo, tiene nombre de mujer.

En nuestras tierras nació el llamado feminismo descolonial, que pone énfasis en los conflicto de género y sexo heredado de las instituciones culturales impuestas por el colonialismo eurocentrista.

Y por si se nos olvida la importancia de la mujer en nuestras vidas, en la construcción civilizatoria y en el desarrollo de la cultura, recordemos que la Gaia o Gea de los griegos, la Ñuke Mapu de los mapuche patagónicos, o la diosa Amalur de los pueblos vascos del mar Cantábrico, tienen nombre de mujer, y todas ellas representan a la Pachamama, nuestra Madre Tierra, que por fortuna es mujer.

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

Publicado hace

#

Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

Seguir leyendo
El Argentino

El Argentino
El Argentino
El Argentino

Las más leídas

Descubre más desde El Argentino Diario

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo