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Nueve policías de Rosario detenidos por rociar con alcohol y prender fuego a un hombre
Nueve efectivos de la Policía de Acción Táctica (PAT) de Rosario fueron detenidos este viernes acusados de incendiar a un hombre en mayo de 2024 y encubrir el ataque con un acta fraguada. La víctima sobrevivió tras meses en terapia intensiva y declaró por escrito ante la fiscalía, ya que las lesiones le impiden hablar. El fiscal Pablo Socca los acusará por tentativa de homicidio.
Nueve efectivos de la Policía de Acción Táctica (PAT) de Rosario fueron detenidos este viernes en el marco de una investigación por violencia institucional. Los acusados rociaron con alcohol etílico a un hombre de 42 años y lo prendieron fuego en el barrio Parque Casas el 27 de mayo de 2024, para luego intentar encubrir el hecho con un acta policial fraguada. La víctima sobrevivió tras meses en terapia intensiva, pero quedó con graves secuelas irreversibles. La causa está a cargo del fiscal Pablo Socca, quien los acusará por tentativa de homicidio.
El hecho y la versión policial
El 27 de mayo de 2024, efectivos de la PAT intervinieron en un procedimiento de flagrancia en la calle Larrechea al 1900, en el barrio rosarino de Parque Casas. Según el acta policial labrada en ese momento, los agentes persiguieron a un grupo de sospechosos que transportaba una mochila; uno de ellos se internó en un domicilio y, supuestamente, intentó prenderle fuego a la mochila para destruir evidencia, quemándose accidentalmente. Esa fue la versión oficial durante meses, mientras la víctima, identificada como R. A. A. (42 años), permanecía internada en estado crítico en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (HECA).
La declaración que cambió la causa
El relato de los uniformados no resistió la prueba de los hechos. R. A. A. sobrevivió y, cuando su condición lo permitió, prestó declaración ante la fiscalía. Lo hizo de manera escrita, ya que las lesiones provocadas por el fuego le dejaron una daño irreversible en las cuerdas vocales que le impide hablar. Según informó el portal Rosario3, la víctima estuvo varios meses internada en grave estado y debió ser sometida a una traqueotomía. Además de las lesiones en la garganta, quedó con quemaduras en el rostro, las orejas, el torso y las manos.
En su declaración, la víctima describió una secuencia radicalmente distinta a la versión policial: los efectivos lo obligaron a hacerse cargo de una mochila que no le pertenecía, lo amenazaron, lo rociaron con alcohol etílico en el rostro y lo encendieron con un encendedor. Según la hipótesis de la Fiscalía, el objetivo era armarle una causa fraguada.
La investigación del fiscal Socca y las detenciones
Con ese testimonio y las demás diligencias investigativas, el fiscal Pablo Socca pudo determinar que no existió ningún accidente. En la mañana de este viernes, la División de Asuntos Internos ejecutó los procedimientos de detención por orden de Socca. Los nueve efectivos aprehendidos son David Z., Omar C., Juan José Feliciano G., Maximiliano C., Isaías B., Estela B., María Eugenia N., Jesús Balais y una novena agente cuya identidad se mantiene reservada. Todos formaban parte de la Policía de Acción Táctica al momento del procedimiento. Un décimo efectivo investigado, que no se encontraba en Rosario al momento de los operativos, deberá presentarse ante las autoridades.
Balais: el eslabón ya condenado
El caso de Jesús Balais agrava el cuadro institucional. El agente ya cumple una condena de siete años de prisión impuesta por la Justicia Federal, luego de ser hallado culpable de robarle dinero y droga a un narcotraficante en un allanamiento ilegal en la zona noroeste de Rosario. Al momento de ser detenido este viernes en relación al caso de la víctima incendiada, Balais se encontraba alojado en la cárcel de Ezeiza. Su presencia entre los imputados refleja una trayectoria de violencia y abusos dentro de la fuerza que no fue contenida a tiempo por los mecanismos de control institucional.
Violencia institucional en Rosario: un patrón que se repite
El caso no puede leerse en forma aislada. Rosario acumula una larga historia de denuncias por violencia policial, procedimientos irregulares y encubrimiento institucional. La existencia de un agente ya condenado por robo en un allanamiento ilegal entre los imputados por este hecho ilustra cómo los mecanismos de control interno fracasaron sucesivamente. La circunstancia de que el acta policial original describiera el incendio de la víctima como un accidente, y que esa versión se sostuviera hasta que la propia víctima pudo declarar, expone la dinámica del encubrimiento: el relato institucional se impone mientras la víctima no puede hablar, literalmente.
Puntos clave
- Nueve policías de la PAT de Rosario fueron detenidos el 12 de junio de 2026 acusados de incendiar a un hombre en mayo de 2024 en el barrio Parque Casas.
- La víctima, R. A. A. (42 años), sobrevivió tras meses en terapia intensiva, con traqueotomía y daño irreversible en las cuerdas vocales.
- El acta policial original describió el hecho como un accidente; el propio relato de la víctima desmontó esa versión.
- El fiscal Pablo Socca impulsa la causa por tentativa de homicidio; los arrestos fueron ejecutados por la División de Asuntos Internos.
- Uno de los detenidos, Jesús Balais, ya cumple condena de 7 años por robo en un allanamiento ilegal.
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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.
El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo
El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.
Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.
Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.
El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas
El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.
El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.
La impunidad como política de Estado
El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.
La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.
71 años después: la misma matriz, distintas herramientas
A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.
Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.
En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.
La resistencia como hilo histórico
El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.
Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.
Puntos clave
- El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
- El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
- Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
- El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
- La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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