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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.

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A 71 años: el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955 que dejó más de 350 muertos y sigue impune.

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.

El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo

El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.

Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.

Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.

El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas

El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.

El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.

La impunidad como política de Estado

El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.

La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.

71 años después: la misma matriz, distintas herramientas

A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.

Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.

En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.

La resistencia como hilo histórico

El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.

Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.

Puntos clave

  • El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
  • El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
  • Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
  • El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
  • La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.

CABA

La jueza De Marinis respondió al ataque de Jorge Macri: “Debilita las instituciones democráticas”

Laura De Marinis, la titular del Juzgado Penal Juvenil N°3 porteño que declaró inconstitucional la baja de imputabilidad a los 14 años y sobreseyó a un adolescente acusado de tentativa de robo, salió al cruce de las amenazas de juicio político y advirtió que cuestionarla por el fundamento de sus fallos es un ataque a la independencia del Poder Judicial.

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El Argentino Diario-La jueza Laura De Marinis del Juzgado Penal Juvenil N.° 3 de la Ciudad de Buenos Aires-Jorge Macri.
Cuando el Estado falla en educación y alimentación, Macri solo ofrece cárcel y juicio político.

Un chico de 14 años que vivía sin acceso a educación ni alimentación fue el disparador de una crisis institucional de magnitud. La jueza Laura Beatriz De Marinis sobreseyó al adolescente, declaró inconstitucional el artículo 1 de la Ley 27.801 que habilita la punibilidad desde esa edad, y desde entonces enfrenta una avalancha de presiones políticas que incluyen pedidos de juicio político del propio jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. Este miércoles, De Marinis rompió el silencio y respondió con precisión quirúrgica.

La magistrada es titular del Juzgado de Primera Instancia en lo Penal Juvenil, Contravencional y de Faltas N°3 de la Ciudad de Buenos Aires. El sobreseimiento que firmó el lunes 21 de septiembre se circunscribe exclusivamente al caso del menor identificado como M.I.A., detenido el 10 de septiembre junto a otros jóvenes tras intentar robar el celular a un hombre de 47 años que pedía ayuda policial en la vía pública. La resolución no suspende la vigencia de la ley para el resto de los adolescentes alcanzados por la norma.

«¿A usted le parece razonable?»

«Aplicar el sistema penal, la respuesta desde el sistema penal, es regresivo para este adolescente, porque es estigmatizante», dijo De Marinis. «En este contexto, se trata de un chico que no fue conocido por el Estado, que estaba sin educación y sin poder alimentarse; nos enteramos de su situación por el sistema penal y entonces le aplicamos el sistema penal. ¿A usted le parece razonable? Yo expliqué que no es proporcional», sostuvo la magistrada.

En diálogo con Radio Con Vos, De Marinis fue aún más contundente: «Someter a proceso penal es lo último que tiene que ocurrir», advirtió, y explicó que incluso una amonestación puede constituir un antecedente desde el cual el Estado habilita respuestas cada vez más gravosas sobre el mismo adolescente. Por eso, en lugar de aplicar el régimen punitivo, dispuso la intervención del Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes para articular medidas de acompañamiento familiar, escolar y recreativo.

La fundamentación jurídica del fallo se apoyó en la Convención sobre los Derechos del Niño, cuya jerarquía constitucional es indiscutible desde 1994. El Comité de los Derechos del Niño de la ONU recomendó expresamente a la Argentina, en 2018 y en 2024, que mantuviera la edad mínima de responsabilidad penal en 16 años. De Marinis también incorporó evidencia de neurociencia que demuestra que el desarrollo de la corteza cerebral en la etapa adolescente limita la capacidad de comprender plenamente las consecuencias de las propias acciones. Para este caso en particular, la jueza concluyó que la conducta del menor consistió en una tentativa calificada como «burda y torpe» que no consumó el desapoderamiento de ningún bien ni generó lesiones físicas.

La paradoja de una ley que ella misma valora

Con una distinción que sus detractores parecen deliberadamente ignorar, De Marinis aclaró su posición frente al nuevo Régimen Penal Juvenil como herramienta general. «La ley me parece una herramienta hermosa para poder armonizarla con la Convención y poder trabajar con los chicos en el día a día», señaló. Su objeción no fue a la ley en abstracto, sino a su aplicación concreta sobre un adolescente cuyas circunstancias vitales hacen de la intervención punitiva una respuesta desproporcionada. La distinción entre constitucionalidad general y aplicación inconstitucional a un caso específico es elemental en derecho; la confusión entre ambos conceptos parece ser el motor de toda la campaña política en su contra.

Macri, Bullrich y la presión sobre el Poder Judicial

La reacción política al fallo fue inmediata y encendida. Jorge Macri publicó en sus redes sociales: «Estos jueces garantistas defensores de delincuentes tienen que quedar en evidencia. Esta sentencia está manchada de sangre. Vamos a pedir inmediatamente juicio político. La gente de bien no puede seguir siendo rehén de decisiones que garantizan el delito. No voy a pedir perdón por defender a los porteños de bien». Acto seguido, instruyó al ministro de Justicia porteño, Gabino Tapia, para que presentara el pedido ante el Consejo de la Magistratura. Tapia confirmó la iniciativa con el argumento de que «CABA no va a tener una Justicia garantista» y que «un menor de 14 años que roba es un delincuente».

La senadora nacional y exministra de Seguridad Patricia Bullrich sumó su voz al coro: «Hay jueces que están más preocupados por proteger a los delincuentes que por hacer justicia a las víctimas», sostuvo. Desde La Libertad Avanza, la legisladora porteña Pilar Ramírez aprovechó el episodio para presionar sobre la Legislatura de la Ciudad, que tiene pendiente el tratamiento de una adecuación del Régimen Procesal Penal Juvenil. El Ministerio Público Fiscal, por su parte, apeló el fallo y pidió el apartamiento de De Marinis de la causa. Fuentes del fuero judicial porteño advirtieron sobre una «casi segura revocación» de la resolución por parte de la Cámara de Apelaciones, en sintonía con la jurisprudencia del tribunal.

De Marinis respondió con calma y firmeza a todo ese frente político: «Mis decisiones se cuestionan a través de los fallos judiciales. Un juicio político es cuando uno no cumple con el desempeño de su función». Y fue directa sobre el efecto institucional de las presiones recibidas: «Que por el fundamento de mis decisiones me digan que van a iniciar un juicio político debilita las instituciones democráticas. Hablar de un fallo manchado con sangre en este hecho me parece distorsionar lo que yo resolví», afirmó.

El caso no es aislado. En la provincia de Buenos Aires, la jueza Marta Elba Pascual, del Juzgado de Responsabilidad Penal Juvenil N°2 de Lomas de Zamora, también suspendió preventivamente la aplicación de la misma ley y recibió amenazas similares de juicio político. El patrón se repite: cada vez que el Poder Judicial ejerce su función de control constitucional sobre normas de LLA, el Ejecutivo responde con presión política directa sobre los magistrados. No es una coincidencia; es una estrategia de disciplinamiento.

Lo que tenés que saber:

  • La jueza Laura De Marinis declaró inconstitucional el artículo 1 de la Ley 27.801 y sobreseyó a un adolescente de 14 años en un caso concreto de tentativa de robo; el fallo no suspende la ley con carácter general.
  • De Marinis justificó la medida en el principio de proporcionalidad y en recomendaciones del Comité de los Derechos del Niño de la ONU de 2018 y 2024, que instaron a la Argentina a mantener la imputabilidad en 16 años.
  • El jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, ordenó al ministro de Justicia Gabino Tapia presentar un pedido de juicio político ante el Consejo de la Magistratura; el Ministerio Público Fiscal también apeló el fallo y pidió el apartamiento de la jueza.
  • De Marinis respondió que el juicio político procede por mal desempeño de la función, no por el fundamento de las decisiones judiciales, y advirtió que esa presión «debilita las instituciones democráticas».
  • Fuentes del fuero judicial porteño anticiparon una «casi segura revocación» del fallo por parte de la Cámara, en línea con la jurisprudencia del tribunal.
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