Análisis
Guerras visibles e invisibles
«No hay guerras que merezcan ser ampliadas con el foco de los objetivos fotográficos y otras que deban ser omitidas, veladas silenciadas». La columna de Jorge Elbaum.

Por Jorge Elbaum
El mundo habla de guerra con sorpresa sin reparar en que en Ucrania había una guerra civil en la que morían todos los días ciudadanos del Donbás, la zona ubicada al este de ese país.
La guerra es la expresión más clara del fracaso de la política y de la diplomacia. Y todos los conflictos bélicos son igualmente repudiables.
No hay guerras que merezcan ser ampliadas con el foco de los objetivos fotográficos y otras que deban ser omitidas, veladas silenciadas.
Con las guerras pasa algo similar que con las migraciones. Cuando sus víctimas son caucásicos, rubios o provenientes de países europeos suelen merecen ríos de tinta, fotografías detalladas y crónicas múltiples. Salvo que sean ucranianos ruso-hablantes ejecutados por tropas ucranianas –desde 2014 hasta la actualidad–.
Cuando las víctimas son africanos, sirios, afganos o provenientes del sudeste asiático no hay foto ni para sus expulsiones, ni para sus guerras ni para sus masacres.
Aquello que se llama periodismo, en occidente, está guiado y digitado por los intereses concentrados de las corporaciones y los grandes grupos financieros.
Para saber si una guerra merecerá cobertura o demonización de alguno de los bandos se debe esperar qué dicen las grandes fuentes de información global.

Esas estructuras del mensaje internacional no consideran que hoy haya guerra en ningún país salvo en Ucrania.
Para ellos los muertos y los huérfanos de Yemen, Somalia, Siria o Libia no merecen atención, ni dolor organizado, ni referencias de piedad mundial.
La guerra de Ucrania sí porque es protagonizada por un país –la Federación Rusa– que no controlan. Que no pueden manejar hacia su antojo. Y que plantea su Seguridad Nacional sin consultar al mundo anglosajón ni a Washington.
Ese es su pecado original: mantiene fuerzas armadas poderosas que son soberanas de Wall Street.
Vladimir Putin solo consulta con los integrantes de sus Fuerzas Armadas y no pide permiso para defenderse de un obvio peligro estratégico.
A Rusia le aseguraron en la década del ´90 que ningún otro país –más allá de Alemania recientemente unificada– sería integrado a la OTAN.
Cada vez que se iba sumando un nuevo país a ese conglomerado militarista Rusia elevaba la voz en las Naciones Unidos repudiando la ruptura de los compromisos y advirtiendo que tenía derecho a defenderse frente a esa agresión.

No escucharon su queja ni tomaron en cuenta las advertencias. Conjeturaron que el encierro incremental podía sucederse sin consecuencias.
No captaron el mensaje del espíritu ruso. El de un pueblo que tiene 13 siglos de existencia y que sobrevivió a todas las invasiones y guerras.
Entre 1941 y 1945 perdieron 30 millones de vidas. Un número inimaginable para cualquier país. Algo así como el 20 por ciento de todos los habitantes de esa unidad nacional que entonces se llamaba URSS.
En ucrania no solo se empezó a perseguir a los ruso-hablantes. También se les prohibió su lenguaje. Incluso se les obstaculizó su práctica religiosa, la ortodoxa rusa.
Los encargados del hostigamiento y las persecuciones a los ruso-hablantes fueron grupos que reivindican a quienes asesinaron a esa inmensidad de rusos.
En la última década se emplazaron monumentos en homenaje a los criminales de guerra que colaboraron con el genocidio de lo que en Rusia se sigue llamando la Gran Guerra Patria.
Muchas calles nominadas con nombres de combatientes del ejército rojo cambiaron y hoy tienen el nombre de integrantes de las SS.
Esos mismos sectores que se embanderaron con los genocidas son los que amenazaron a Rusia con integrarse a la OTAN.
Hubiesen totalizado treinta miembros rodeando a Rusia con cohetería nuclear. Quince miembros más que los garantizados en los acuerdo de Múnich de la década del ´90.
Estados Unidos hizo el trabajo sucio. Financió a los nacionalistas ucranianos. Les dio seguridad de que Rusia se iba a quedar quieta.
El pentágono entrenó a las fuerzas armadas ucranianas y les garantizó que la amenaza de la OTAN paralizaría a Moscú.
Subestimaron y avasallaron a los rusos con la clara intensión de quebrar su identidad nacional.
No se puede hostigar, perseguir y rodear a un enorme oso. Acorralado, se va a defender. Sabe que es de vida o muerte. Y la memoria del estrago colectivo, de ese animal histórico de doce siglos es incontrastable.
Frente al peligro de ser atacado advirtió durante una década que no se iba a quedar inerme.
Se burlaron de su capacidad de respuesta.
Ahora lo único que queda es esperar, e insistir desde los cuatro puntos cardinales del planeta, en que esta sangría termine lo más rápido posible.
Eso sucederá si la OTAN desiste de seguir amenazando a Rusia y se le otorga garantías de que las ojivas nucleares de la OTAN no van a ser instaladas nunca más en las cercanías de Moscú.
La tradición rusa, narrada entre otros por Fiodor Dostoievski habla de un dolor que se transita siempre al límite preciso de la tragedia. Si hay alguien que sabe de eso es ese pueblo que nació en el Siglo IX como producto de un asentamiento Vikingo.
Por Jesús Rivero*
Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.
Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá.
¿Qué se transmite?
El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida.
¿Es pedagógico?
Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.
Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.
Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.
Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».
Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.
El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.
Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende.
El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.
Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía.
*escritor y activista político.
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