Análisis
El peronismo, fragmentado, busca líder para la renovación
El efecto de la derrota produjo un fuerte impacto en el mapa peronista, principalmente por la magnitud inesperada de la caída, por más de 11%, nada más ni nada menos que ante un candidato que prometía un ajuste salvaje, privatizaciones y neoliberalismo extremo.
Por Julio El Ali
A una semana de volver a convertirse en oposición, los sectores que componen el peronismo iniciaron un proceso de reacomodamiento interno para definir roles y enfrentar los primeros meses de gobierno de Javier Milei con una combinación de distancia, rechazo y negociación en temas institucionales, mientras se inicia una disputa por el nuevo liderazgo dentro del PJ.
El efecto de la derrota produjo un impacto en el mapa peronista porque el triunfo de Javier Milei fue por una magnitud inesperada y los efectos de la sacudida aún persisten: el gran aparato electoral que supo ser el justicialismo se siente herido y busca recomponerse, y aunque sabe que será complejo tampoco lo ve imposible.
En los 40 años de democracia el PJ supo perder en varias oportunidades, principalmente en el inicio de este período de la mano del radicalismo encabezado por Raúl Alfonsín.
Sin embargo, en estos días, a la derrota en las urnas -que puede leerse como circunstancial, producto de un contexto, y por lo tanto reversible- se le suma que puertas adentro del peronismo existe la convicción de que se realizó un Gobierno que no supo cómo superar la crisis de deuda heredada de la administración anterior.
A esas dificultades y las internas propias se le agregaron los efectos de una pandemia; la guerra entre Rusia y Ucrania, con sus consecuencias sobre los precios de combustibles y alimentos; y la sequía.
Con un alto índice de inflación y en los niveles de pobreza, la meta de todo Gobierno peronista -la justicia social- quedó en deuda, incluso a pesar de haber logrado sostener la actividad económica y el nivel de empleo en contextos muy desafiantes.
Se descuenta que el debate sobre la responsabilidad de ese resultado será en los próximos meses un tema de debate entre los distintos espacios del frente oficialista que presidió Alberto Fernández, secundado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, y con un alto protagonismo en la recta final del mandato del ministro de Economía y candidato, Sergio Massa.
En ese contexto, la primera reacción tras la derrota volvió a ser la misma que mostró en el pasado frente a circunstancias parecidas, como con el resultado de las elecciones presidenciales de 1983: la orden no escrita parece ser replegarse y esperar a que se aplique el modelo económico del Gobierno entrante,
Entretanto, los peronistas que tienen obligaciones en las gobernaciones y los municipios, o que conducen sindicatos y movimientos sociales, tienden puentes con el nuevo oficialismo para tratar de garantizar la convivencia y el funcionamiento cotidiano de las estructuras.
Entre reuniones distendidas que dejaron atrás los roces de campaña, una voz marcó un aviso al oficialismo entrante: «Seremos oposición y vamos a defender lo que nosotros somos e hicimos porque la recuperación de la industria nacional no fue magia».
Así lo advirtió Axel Kicillof en una conferencia de la UIA, con el detalle de haber sido uno de los pocos dirigentes peronistas de relevancia que se colgó la medalla de ganador al renovar con un gran respaldo popular su mandato en la provincia de Buenos Aires, madre de todas las batallas por su peso en el padrón nacional (37% aproximadamente).
Con ese pergamino, Kicillof asoma para algunos sectores como la figura principal de cara al próximo periodo de renovación que tendrá el justicialismo reorganizándose para las elecciones presidenciales de 2027; sin embargo, propios y extraños aclaran que «falta mucho para iniciar esa discusión»; esta vez no se hizo en la sede del Consejo Federal de Inversiones (CFI), donde se hacen naturalmente.
Con Kicillof en un lugar de anfitrión y con mayor centralidad, el resto de los gobernadores del peronismo coincidieron en la necesidad de que haya una renovación en el partido, tanto de algunas ideas, objetivos a representar, como también de dirigentes.
«Tenemos que ir con calma hacia una renovación en el PJ nacional y encontrar la forma de ser una oposición seria y construir una alternativa que sea atractiva también a las nuevas generaciones, que dé una solución a las demandas actuales», consideró el gobernador saliente de Entre Ríos, Gustavo Bordet, quien adelantó que en los primeros meses del próximo año habrá elecciones partidarias en esa provincia.
‘Renovación’, es un lema conocido por el peronismo que supo dejar atrás la conducción de la expresidenta Isabel Martínez de Perón, Ítalo Luder y Vicente Saadi en los inicios de los ’80 para dar paso a figuras como el bonaerense Antonio Cafiero y el riojano Carlos Menem, quienes luego protagonizarían en 1988 la última gran interna del PJ previo a una elección presidencial.
Hoy, en el fragmentado mapa del PJ, no surge una figura asociada a la bandera de esa ‘renovación’ pero sí hay dos dirigentes que, por edad, experiencia y por el rol que ocupan, se proyectan a la cabeza de la reorganización o reagrupamiento del justicialismo: son Kicillof y el gobernador electo de Córdoba, Martín Llaryora.
Lejos, muy lejos, de la comparación con las figuras de Cafiero y Menem, Kicillof y Llaryora emergen como las posibles figuras del PJ para 2027.
El cordobés llega de la mano de uno de sus mentores: el actual mandatario de Córdoba, Juan ‘Gringo’ Schiaretti, quien ya avisó que pondrá toda su experiencia para que «el peronismo se modernice y nunca más caiga en manos del kirchnerismo».
En el caso de Schiaretti, un punto no menor ya hizo ruido en las filas del peronismo: su propia participación en el gobierno de Javier Milei, a través de varios de sus funcionarios de confianza.
«Si el ‘Gringo’ quiere renovar el peronismo no puede apoyar y participar del Gobierno de Milei. Es un error táctico y no puede contar con nosotros para eso», analizó uno de los más experimentados gobernadores justicialistas al salir de la reunión en el Bapro.
Otro de los mandatarios con un alto mando en el PJ le apuntó a Kicillof por su trayectoria inicial, ajena a las estructuras tradicionales del peronismo: «Axel es marxista. No es peronista», remató.
En esas palabras emergió lo quisieran algunos dirigentes cuando mencionan la tan mentada renovación: dejar atrás la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.
En cualquier caso, la propia expresidenta señaló en varias oportunidades que su deseo es «seguir siendo siempre militante política», pero alejada «del centro de la escena».
Esa definición fue leída como un rechazo al pedido que le hacían muchos representantes del kirchnerismo, quienes le insistían con que fuera candidata a presidenta.
Lejos de ese operativo clamor, la propia Cristina Kirchner alentó a las nuevas generaciones a «tomar el bastón de mariscal».
Con Cristina Kirchner en ese lugar intermedio, con un creciente bajo perfil, Kicillof tendría espacio para construir aquella «nueva música» que esbozó durante la campaña y que provocó una réplica desde figuras de La Cámpora.
En el corto plazo, la organización camporista se concentrará en la gestión de los municipios bonaerenses que ganó este año (Lanús, con Julián Álvarez, y Hurlingham, con Damián Selci, son los principales) o que ratificó holgadamente, como Quilmes, con Mayra Mendoza.
En tanto, el caso del presidente Alberto Fernández es muy especial porque termina su mandato de cuatro años frente al Ejecutivo nacional con mucho desgaste y cuestionamientos internos: el jefe de Estado saliente, de todos modos, se propone aportar a la renovación dirigencial del peronismo.
A pesar de que muchos consideran que Fernández debe renunciar a la presidencia del PJ nacional, el único que lo expresó a viva voz fue el intendente del municipio bonaerense de Esteban Echeverría, Fernando Gray.
El jefe comunal pidió también el alejamiento de Máximo Kirchner de la presidencia del justicialismo bonaerense.
Otra realidad es la del excandidato Sergio Massa porque en el peronismo le reconocen su trabajo en la campaña como también su hiperactividad y compromiso en el último tramo del Gobierno.
Algunas versiones sostienen que Massa tendría pensado irse un tiempo del país, para quedar vinculado con la realidad argentina solo a través de sus equipos técnicos, organizados en la Fundación Encuentro y el Frente Renovador; otras voces descreen de que vaya a retirarse de la escena, incluso por poco tiempo.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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