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Pozo de Arana: el genocida Etchecolatz pidió su absolución
La defensa del responsable de la desaparición de Jorge Julio López y otros 6 militantes esbozó recursos técnicos para conseguir la absolución.
La defensa del represor genocida de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica Miguel Etchecolatz pidió su absolución, al alegar ante el tribunal federal platense que juzga al mencionado ex comisario multicondenado y también al ex policía Julio César Garachico, por los secuestros, torturas y asesinatos sufridos por siete personas en el ex centro clandestino de detención «Pozo de Arana».
El defensor público oficial de Etchecolatz es Gastón Barreiro. El Tribunal Oral Federal 1 de La Plata (integrado por Andrés Basso, José Michelini y Alejandro Esmoris) busca determinar la responsabilidad del ex comisario y de Garachico, ex jefe de calle de la Unidad Regional La Plata, por los delitos que tuvieron como víctimas -en 1976- al dos veces desaparecido Jorge Julio López, y a seis de sus compañeros y compañeras de militancia, de una unidad básica del barrio de Los Hornos.
«No será una defensa ideológica, sino una defensa técnica», dijo Barreiro, ya que se basó en el planteo de prescripción, que el genocida ya fue condenado por hechos similares y eso implica una múltiple persecución penal, que no existió dolo de parte de Etchecolatz ni hay pruebas sobre órdenes escritas o formales vertidas por el ex jefe policial.
«Etchecolatz ya fue juzgado por genocidio, condenado por ese comportamiento, no puede ser juzgado por reiterados genocidios, ya tuvo sentencia al respecto no una, sino varias veces», destacó Barreiro, e insistió que «nadie puede ser perseguido más de una vez por el mismo hecho».
Sostuvo el defensor que «falta determinar el hecho imputado a Miguel Etchecolatz. La autoría se da a través de (su pertenencia a) un aparato de poder, no es una imputación concreta».
«¿Cuál es el aparato del poder al que pertenecía, cuál es su vértice y su base, en qué lugar se encontraba dentro de esa estructura , quiénes tenían esa posición intermedia, de qué manera se tenía el dominio de ese aparato de poder, cuál era el aporte y sus ejecutores, cuáles eran las órdenes, quién la dio, cómo, cuándo, dónde?», cuestionó el defensor.
Destacó que se imputa a Etchecolatz «por su ubicación en la cadena de mandos, pero esas órdenes implícitas, explícitas, escritas, verbales, no han sido probadas, no se han notado en el debate y no pueden ser inferidas sino acreditadas formalmente».
«Falta la identificación de los hechos, cuál era su obligación de actuar, o no actuar, pero pareciera que integrar el aparato de poder pareciera suficiente para darlo por acreditado», afirmó el letrado.
El defensor de Etchecolatz planteó que no quedó demostrado en Etchecolatz «el dolo concreto de genocidio de lesa humanidad y voluntad de llevarlo adelante y al no tener eso por cierto, quedando ausente ese elemento que hace a la tipicidad (de genocidio) entendemos que no debe seguirse adelante (con una imputación por genocidio)».
Barreiro remarcó que «vengo a plantear la absolución de Miguel Osvaldo Etchecolatz» y luego reclamó medidas de morigeración de la detención de su defendido, como la prisión domiciliaria, bajo el argumento de razones de salud y por su edad avanzada, ya que tiene 93 años.
Contó que Etchecolatz se encuentra actualmente hospitalizado y detalló los problemas de salud que padece: artrosis generalizada, hipertensión, problemas auditivos, tuvo ACV y se le detectó una afección compatible con cáncer de próstata, entre otras.
GARACHICO
En tanto, el abogado Julio Beley alegó en favor del otro imputado de este juicio, Garachico, y en este sentido afirmó que «no está establecido el rol de Garachico en los delitos que se le imputan, no se determinó cuál fue el rol en cada acción».
«Garachico no tenía relación con esas unidades de policía, y no está demostrado que haya estado en ese lugar (el ex centro clandestino de Pozo de Arana)», puntualizó, y agregó que «no conocía a las víctimas».
Afirmó que «el Ministerio Público carece de elementos que lo puedan vincular con estos hechos. No es autor, no es coautor, no es autor mediato, ni partícipe necesario de estos hechos lamentables que se vislumbraron en esa causa».
«Había una pirámide de mando claramente distribuida. Garachico era oficial principal, estaba en la base. Ser miembro de la policía en ese entonces no lo hace ni lo convierte en represor, no lo hace ni lo convierte en torturador, es un ciudadano más que transitó por ese penoso período sin tener dominio en las circunstancias que se le imputan», remarcó.
Beley reclamó que «se debe disponer la absolución de Garachico por todos esos delitos. Y en caso de no compartir mi criterio, que no se varíen las condiciones con las que mi defendido llega al proceso, es decir que se le mantenga el arresto domiciliario (que cumple en la ciudad de Mar del Plata)».
En este juicio Garachico está siendo juzgado por el secuestro y tormentos aplicados a Patricia Dell’Orto, Ambrosio de Marco, Norberto Rodas, Alejandro Sánchez, Francisco López Muntaner, Guillermo Cano y Jorge Julio López, y por los homicidios agravados de Dell’Orto, De Marco y Rodas.
Etchecolatz, quien fue condenado en 2006 por los casos de López, Dell’Orto y De Marco, llegó acusado por los secuestros, tormentos y homicidios de Rodas y Sánchez.
Los casos de las siete víctimas de esta causa ocurrieron entre fines de octubre y principios de noviembre de 1976 y su sustento probatorio radica especialmente en las cuatro declaraciones judiciales prestadas por Jorge Julio López antes de su segunda desaparición en 2006. López había sindicado a Etchecolatz como el jefe del operativo de su secuestro y a Garachico como quien daba las órdenes al grupo de «picaneadores».
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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.
El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo
El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.
Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.
Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.
El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas
El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.
El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.
La impunidad como política de Estado
El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.
La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.
71 años después: la misma matriz, distintas herramientas
A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.
Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.
En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.
La resistencia como hilo histórico
El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.
Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.
Puntos clave
- El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
- El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
- Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
- El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
- La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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