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Decenas de escuelas porteñas suspendieron sus clases durante el temporal

Más de 70 escuelas tuvieron problemas como consecuencia directa de las lluvias.

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Gremios que nuclean a docentes porteños indicaron hoy que decenas de escuelas tuvieron que suspender ayer sus clases como consecuencia del ingreso de agua por filtraciones y por desbordes de cloacas en medio del fuerte temporal de lluvia que afectó al área metropolitana, mientras el Ejecutivo local precisó que solo recibió notificaciones de ocho establecimientos educativos con estos problemas y que fueron asistidos por personal idóneo.

«Ayer, más de 70 escuelas tuvieron problemas como consecuencia directa del temporal, la mayoría de ellas tuvieron que suspender sus clases porque ingresaba agua por los techos o se desbordaban las cloacas y son cosas que venimos denunciando hace tiempo», aseguró a Télam María José Gutiérrez, secretaria de nivel inicial de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE).

Según la docente, las escuelas de la ciudad «tienen muchos problemas de infraestructura, también tienen invasión de ratas, de alacranes, falta de gas o de ventilación, son situaciones que se denuncian sistemáticamente, la respuesta es un expediente dentro de un expediente o se emiten alertas».

Gutiérrez señaló que la semana pasada la comunidad educativa de «una escuela de Soldati (al sur de la Ciudad) realizó un abrazo por la constante presencia de ratas, esta semana estalló un tablero de electricidad y suspendieron las clases, cuando lo abrieron había una rata muerta adentro, es la misma escuela a la que en la parte del comedor le dieron una alerta por derrumbe del techo».

«Eso pasa y en esas condiciones estudian los chicos y enseñan los y las docentes», apuntó la sindicalista y remarcó que por el temporal «se suspendieron las clases ayer en casi cien escuelas y hoy hay otras tantas que no pudieron retomarlas».

El Ministerio de Educación porteño, por su parte, sostuvo que esto no es así y que se recibieron notificaciones de inconvenientes relacionados al temporal solo en ocho escuelas por lo cual la cartera desplegó ayer «un operativo de asistencia que incluyó a 70 personas del área de mantenimiento».

«Estas personas estuvieron abocadas a la asistencia en aquellas escuelas en las que hubo algún tipo de inconveniente ocasionado por el temporal atípico que vivió hoy la Ciudad de Buenos Aires», detallaron fuentes de la cartera educativa porteña.

Y precisaron que «apenas ocho escuelas reportaron ingreso de agua por distintos motivos como desagües tapados, ventanas abiertas durante la noche o algunas filtraciones menores. En ningún caso hubo daños mayores ni personas afectadas», y que el operativo continuó también durante la tarde de ayer.

El relevamiento del Ministerio a cargo de Soledad Acuña precisó que los establecimientos educativos que ayer resultaron afectadas fueron las escuelas primarias 14, 13, 8, el Liceo 8, la primaria 16 y las escuelas 17, 6 y 22 de distintos distritos escolares.

En tanto, la Asociación Docente de la Ciudad (Ademys) denunció en Twitter las condiciones edilicias en las que se encontraban ayer varias escuelas porteñas y advirtió que son más de 40 las escuelas porteñas que tuvieron que suspender las clases en el marco de la tormenta.

Asimismo, adjuntó videos de 21 escuelas, en las que se podían advertir distintos niveles de afectación como consecuencia de la tormenta, techos que filtraban enormes cantidades de agua, otras con goteras y tachos para evitar que el piso se moje, en otras el agua brotaba por las tapas de desagüe, un ascensor fuera de servicio, ya que salía agua de las puertas, etc.

Gutiérrez aseguró que las causas de los problemas «de infraestructura de las escuelas de la Ciudad son consecuencia de 16 años de desinversión, hasta el día de hoy se perdieron más de 33 mil horas de clase por distintos motivos como presencia de ratas, falta de gas o accidentes con la luz, y no por paros docentes».

«El gobierno (local) tiene que dejar de hacer marketing con la educación, garantizar los días de clases no significan nada si no se hacen en condiciones, con calefacción, higiene sin miedo a que se les caiga el techo en la cabeza», concluyó la gremialista.

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La Policía de Macri reprimió a un pibe de 15 años que volvía del colegio

Fue en Rivadavia y Bustamante, en las inmediaciones de la protesta por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del Subte. La Policía convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

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Un chico de 15 años salía de su colegio y volvía a su casa. No estaba armado, no cometía ningún delito: era un estudiante que simplemente quería llegar a su hogar. La Policía de la Ciudad de Buenos Aires, la fuerza de seguridad que conduce el jefe de Gobierno Jorge Macri, lo alcanzó en el marco de la represión a una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos. El adolescente terminó necesitando atención médica de urgencia. La escena resume con brutalidad descarnada lo que viene siendo la política de seguridad del gobierno porteño frente a cualquier forma de organización y protesta social.

El contexto: la lucha por Araceli Pintos

El episodio ocurrió en el marco de una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del subte despedida por la concesionaria Emova S.A. después de denunciar el acoso sexual reiterado de un efectivo de la propia Policía de la Ciudad en su lugar de trabajo.

El policía denunciado continúa en funciones sin consecuencias conocidas. Pintos, en cambio, perdió el empleo que había esperado ocho años para obtener. Desde entonces, trabajadores y trabajadoras del subte, organizaciones feministas y sociales vienen sosteniendo una campaña de solidaridad que incluye aperturas de molinetes, comités de apoyo, petitorios y acciones callejeras. La respuesta del Estado no fue garantizar sus derechos, sino enviar uniformados a disolver la protesta.

La represión: un menor como víctima

Según la denuncia pública realizada por el médico generalista del Hospital Argerich, Franco «Paco» Capone, en sus redes sociales y compartida por “La Izquierda Diario”, la Policía de la Ciudad reprimió brutalmente la acción solidaria y ese adolescente de 15 años, que apenas salía de su colegio, terminó necesitando atención médica. La Posta de Salud y Cuidado, junto al Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), tuvo que asistirlo mientras se esperaba la llegada de una ambulancia.

La pregunta que se impone es elemental: ¿con qué nivel de violencia tiene que actuar una fuerza policial para que un chico de 15 años que sale de la escuela termine necesitando asistencia de emergencia? No se trataba de una persona armada, no se trataba de alguien cometiendo un delito. Era un estudiante. La Policía de la Ciudad convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

Violencia institucional como política de Estado

No se trata de un hecho aislado. La Policía de la Ciudad ha protagonizado en los últimos años una sucesión de episodios de violencia desproporcionada contra manifestantes, trabajadores y sectores vulnerables. Desde la represión a jubilados que reclamaban frente al Congreso hasta el desalojo violento de vendedores ambulantes en Belgrano, el patrón se repite: una fuerza de seguridad que actúa como instrumento de disciplinamiento social antes que como garante de derechos.

El caso Araceli Pintos condensa además una cadena de impunidad institucional que va más allá de la represión callejera. Un policía acosó a una trabajadora en su lugar de trabajo; la empresa la despidió a ella; el policía siguió en funciones; y cuando sus compañeros y compañeras salieron a reclamar justicia, la misma institución que protegió al agresor original mandó efectivos a golpear a quienes protestaban, hiriendo en el proceso a un adolescente que pasaba por ahí. El círculo de la violencia institucional no podría estar más perfectamente cerrado.

La Posta y el CeProDH: quienes curan lo que el Estado rompe

Que hayan sido la Posta de Salud y Cuidado y el CeProDH quienes contuvieron y asistieron al menor herido no es un detalle menor. Ambas organizaciones llevan años cubriendo el daño que genera el accionar represivo en Buenos Aires, atendiendo a manifestantes, jubilados, trabajadores y vecinos que resultan lastimados por las fuerzas de seguridad. Su presencia sistemática en cada episodio de represión dice algo sobre el Estado: que no protege a quienes agrede, y que la tarea de reparar recae sobre colectivos de salud y derechos humanos que funcionan a pulmón.

Desde la Posta de Salud y Cuidado se repudió la represión y se exigió que se investiguen los hechos. «Ningún pibe tiene que ser víctima de la violencia policial por simplemente salir de la escuela y volver a su casa», plantearon públicamente. La frase no necesita más comentario. La Policía de la Ciudad, responsable de garantizar la seguridad, convirtió una jornada de solidaridad en una zona de peligro para menores de edad.

Lo que está en juego

El derecho a la protesta es un derecho constitucional. El derecho de un menor a circular libremente y en seguridad también lo es. Cuando la Policía de la Ciudad vulnera ambos en el mismo operativo, no está cometiendo un «exceso»: está ejecutando una política. Una política que desde el gobierno de Jorge Macri se aplica con creciente impunidad y con el silencio cómplice de quienes tienen la responsabilidad de controlar a las fuerzas de seguridad. Que el damnificado sea un estudiante de 15 años que volvía a su casa no debería generar indignación solo en las redes sociales: debería generar una investigación penal inmediata y respuestas políticas concretas.

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