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Opinión

La falacia y el argumento

La puesta en escena del discurso política que lleva a cabo el ágora digital, en donde finalmente se deciden los designios de la comunidad y se apoyan las decisiones que darán lugar a la organización de las instituciones.

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Por Santiago González Casares

No mires la cima de la montaña,

Mira el camino.

(A Kurosawa)

Al CUSAM, a su epopeya

Quizás continuando con lo que venimos charlando, podemos insistir sobre la puesta en escena del discurso política que lleva a cabo el ágora digital, en donde finalmente se deciden los designios de la comunidad y se apoyan las decisiones que darán lugar a la organización de las instituciones. Esta puesta en escena de la política que tan clara se ve en los debates presidenciales, no solo construye discursos acartonados y recitados de memoria, sino que instala silenciosamente una cierta lógica específica de esta mediatización de la política. Dicha lógica abunda en chicanas y frases cortas (punch lines) y sobre todo sitúa a la falacia como figura discursiva preeminente. Es por eso, que hemos decidido, aislar unas cuantas de ellas para que nuestro amable lector pueda identificarlas fácilmente.

La falacia ad hominem es quizás la más recurrente, según nos cuenta Irving Copi, es cuando se ataca o desacredita a la persona con la que se dialoga, con el interlocutor digamos. Aquí se da por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor de esta. Para utilizar esta falacia se intenta desacreditar a la persona que defiende una postura señalando una característica o creencia impopular de esa persona. Esta es una falacia muy presente en el haber de los sofistas digitales, que manejan esta herramienta a la perfección, sea a través de lo político o mediático, que hoy por hoy son lo mismo. Cuando se confunde tan fácilmente el payaso con el tirano, estas falacias son muy frecuentes, como lo hemos visto recientemente, hasta pueden llegar al orden moral, y determinar que la moralidad de alguien puede determinar que su argumento sea válido o no.

La falacia ad baculum apela al bastón, a la fuerza. Es un argumento que permite vencer, pero no convencer. Razonamiento en el que para establecer una conclusión no se aportan razones, sino que se recorre a la amenaza, a la fuerza, al temor o miedo. Es una falacia que implica sostener la validez de un argumento basándose en la fuerza, en la amenaza o en el abuso de la posición propia. Este tipo de falacia es constante en el ágora digital, por más que se grite algo, se lo diga con profunda convicción, no lo hace más o menos verdadero.

Se le suman varias falacias más, como el argumentum ad ignoratiam, en donde el que argumenta razona que algo es verdadero porque nunca se ha podido probar lo contrario, debe entonces haber fantasmas pues nadie aún ha probado que concluyentemente no los haya. Y la última que podemos nombrar es tan frecuente que forma parte del funcionamiento mismo del logos mediático, es el argumentum ad verecundiam, en donde se apela a una cierta autoridad para probar un argumento, esto puede ser verdad si la pregunta es específica del campo de especialización del profesional, pero lo que ocurre normalmente es que los especialistas, sobre todo los especialistas de la palabra (sofistas, comunicadores) pueden opinar de absolutamente todo, por poseer algún tipo de supuesta autoridad.

Frente a la decadencia de la palabra, a la imposibilidad de evaluar el argumento de lo que se dice y no la falacia que lo rodea, es menester vislumbrar algún refugio, algún lugar donde la comunidad aun hable, aun diga algo, aun se pronuncie sobre las cosas que le importan. Si bien todo discurso político siempre corre el riesgo de rebajarse a una falacia, también posee la posibilidad de encarnar el deseo de la comunidad. Son esas organizaciones libres del pueblo las que pueden aún mantener auténtica la expresión popular, no solo porque son palabras hechas de sangre y huesos sino también porque son pronunciadas en comunidad, los unos con los otros, uno al lado del otro, con la vista puesta en el porvenir.

Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.

Análisis

La tecnología no reemplaza la voluntad popular

Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.

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Por Daniel Ríos

Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.

Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.

Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.

Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.

Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.

La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.

Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.

Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.

La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.

El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano. 

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».

Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.

Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.

Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.

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