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Diversidad

La historia de «La Aldea Rosa», la villa LGBTIQ+ que existió en Costanera Norte

La también denominada «Villa gay» levantada detrás del pabellón 2 de Ciudad Universitaria en el barrio de Núñez llegó a albergar a 325 almas, entre las que había personas travesti/trans pero también cisgénero, que vivían solas o en parejas homosexuales o lesbianas pero también en vínculos heterosexuales.

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Telón de fondo del aclamado film Mía, la Ciudad de Buenos Aires albergó durante los ’90 y primeros años del nuevo siglo una «Aldea rosa» fundada por cartoneros gays y travestis en «irreverente» respuesta al cardenal Antonio Quarracino, quien en 1994 había propuesto que las personas LGBTIQ+ «vivan en una especie país aparte».

La también denominada «Villa gay» levantada detrás del pabellón 2 de Ciudad Universitaria en el barrio de Núñez llegó a albergar a 325 almas, entre las que había personas travesti/trans pero también cisgénero, que vivían solas o en parejas homosexuales o lesbianas pero también en vínculos heterosexuales.

La experiencia de «La Isla Bonita» sobrevivió varias veces a las topadoras, pero concluyó abruptamente en 2006, cuando sobrevino el desalojo definitivo para la construcción de la Reserva Ecológica Costanera Norte.

«Vino Katy y nos dijo: ‘¿Che viste que Quarracino dijo que los putos tienen que vivir en una isla? ¡Yo tengo el lugar!’ Era todo monte. ‘¿Y qué hacemos?’, dijimos. ‘¡Vamos a hacer un rancho!'», le contó «La Pedro», uno de los fundadores a la doctora en antropología María Carman en 2011 para su libro «Las trampas de la Naturaleza».

La aldea estaba ubicada sobre una península ganada al Río de la Plata que se encuentra detrás del Pabellón 2 de Ciudad Universitaria, y al que sólo se accedía por un rústico sendero en medio de la maleza.

La mayoría de los pobladores se dedicaban al cirujeo -aunque también había quienes estaban en el trabajo sexual, la albañilería o la limpieza-, y por eso los precarios ranchos de madera, lona, chapas y cartones que no tenían luz, gas, agua ni cloaca, podían tener elementos suntuarios en su interior como arañas de caireles o alfombras persas recuperadas de la «basura de ricos».

«Además de la posibilidad de aislamiento, ese lugar les da la posibilidad de cartonear en una zona muy cara de la ciudad y eso le daba una estética muy particular, con una convivencia extraña de elementos decorativos», contó la activista trans Marlene Wayar que en aquellos años acompañó la lucha por una solución habitacional permanente.

«Recuerdo que traían paquetes de ropa que estaba doblada, planchada y con olor a Vivere y que los niños jugaban con dos gomones carísimos que los metíamos al río», dijo.

En aquel momento, la activista asistía al lugar «de una original irreverencia», para acompañar a los residentes como lo hacían referentes de la CHA, el Cels y Amnistía Internacional.

El periodista, director del Festival Asterisco y referente de la CHA Diego Trerotola, recordó que cuando tuvo lugar el desalojo de 1998, la Ciudad era gobernada por Fernando De la Rúa «que estaba particularmente ensañado con la comunidad LGBTIQ+» y así como «quería echar a las compañeras travestis de Palermo, también querían expulsar a la villa gay».

«Desde la CHA la empezamos a acompañarles y a negociar con el gobierno de la ciudad para que no les echara, pero De la Rua nos traicionó y un feriado de invierno los desalojó violentamente, destruyendo las casas e incendiando sus cosas», contó

«La gente se quedó debajo de un puente cercano, en una situación mucho más precaria. Y la CHA resistió con esas personas, a quienes les llevábamos comida y acompañábamos a pasar la noche. La idea era darles herramientas para reclamar por sus derechos», contó.

El activista explicó que los desalojados no sólo pedían una respuesta de largo plazo, sino que les permitiera «seguir viviendo en comunidad», seguir dedicándose al cirujeo y mantener sus mascotas; todo lo cual perderían si accedían ir a vivir a los hoteles que les ofrecía momentáneamente el gobierno porteño.

«Después de una pelea larga conseguimos que nos alquile una casa chorizo de Constitución para que puedan vivir en diferentes habitaciones, y eso duró unos años hasta que se disolvió por problemas internos», contó.

Incluso hubo un caso, el de un hombre gay conocido como «La chilena», que se convirtió en activista por los derechos de la diversidad y vivió varios años en la sede de la CHA.

«Con la aldea gay empezamos a tomar conciencia de que había una población de nuestra comunidad que no estaba siendo tenida en cuenta, una población que sale por fuera de la maricoteca a la que uno iba a bailar, de nuestro ámbito acomodado», dijo el periodista y psicólogo Facu Soto, autor de la biografía de César Cigliutti «Todas Reinas» que tiene un capítulo dedicado al tema.

«De hecho hasta el día de hoy es hay otra mirada y por eso cuando apareció la pandemia, un montón de las organizaciones se unieron para atender las necesidades de las poblaciones LGBTIQ+ más vulnerables», contó.

Algunos de los fundadores de la Aldea fueron volviendo a conformar el asentamiento con las mismas características que tenía en 1998, aunque a partir de 2001 se hizo mayoritaria la presencia de parejas heterosexuales con hijos que habían quedado en la calle como consecuencia de la crisis económica.

«La familias heterosexuales que llegan después con la crisis del 2001, reconocían el liderazgo de los fundadores y se sentían muy agradecidas de haber sido aceptadas por el gremio gay, a quienes la presencia de esas familias les dio más protección frente a la violencia policial» dijo la doctora en antropología María Carman.

Además de llevar la voz cantante en la defensa del lugar contra las amenazas de desalojo, la población LGBT «reivindicaba su condición de guardianes de la naturaleza» que impedían las descargas clandestinas de basura en el lugar.

La convivencia con la población universitaria tuvo sus luces y sombras: mientras algunos estudiantes acompañaban las protestas y algunos profesores pusieron su conocimiento al servicio de los aldeanos, el intendente Ciudad Universitaria llegó a cortarles el suministro de agua.

Para esta académica, la aldea gay y la villa Rodrigo Bueno emplazada a pocos kilómetros de allí y también en las riberas del Río de la Plata, «son dos procesos» coetáneos de ocupación y lucha por el espacio «que los tenés que pensar en simultáneo».

Pero a diferencia de la villa de Costanera Sur – que permanece en pie, ya convertido en barrio- la Aldea Rosa fue removida durante el gobierno de Jorge Telerman, a pesar de que sus integrantes se habían conformado en cooperativa de vivienda y estaban avanzados los planes de mudanza a un predio de Pilar, donde el gobierno porteño les subsidiaría la construcción de casas prefabricadas.

«Fue un problema de voluntad política porque era un gran plan que no significaba una gran inversión de dinero. Pero el Gobierno de la Ciudad hizo todo lo posible para que no prosperara y terminar haciendo lo de siempre, que es darles un poco de plata», explicó.

Carman asegura que después del desalojo de 2006, que no fue violento, sobrevino «mucha desgracia» porque los poblardores terminaron «todos desperdigados» y no faltaron los finales «trágicos» como aquel que falleció atropellado por el tren o el otro que murió de Sida tras haber discontinuado su tratamiento.

«Es importante reconstruir este y otros episodios de nuestra historia como comunidad, que por suerte lo estamos empezando a hacer, con inversión intelectual de recursos», concluyó Trerotola.

Diversidad

Día Internacional del Orgullo: diversidad e igualdad, los enemigos de Milei

Cada 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBT+, una jornada que reivindica la diversidad, la igualdad de derechos y la lucha contra la discriminación. La fecha recuerda los disturbios de Stonewall, considerados el punto de partida del movimiento moderno por los derechos del colectivo.

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Cada 28 de junio, millones de personas en todo el mundo conmemoran el Día Internacional del Orgullo LGBT+, una fecha que combina celebración, memoria y reivindicación. Más que un festejo, se trata de una jornada para visibilizar la diversidad de género, reclamar igualdad de derechos y denunciar las distintas formas de discriminación y violencia que aún afectan a lesbianas, gays, bisexuales, personas trans, intersexuales y otras identidades de la diversidad.

Las marchas, festivales y actividades que se realizan en decenas de ciudades del mundo tienen un mismo objetivo: promover sociedades más inclusivas, donde todas las personas puedan vivir con libertad, sin miedo y con pleno acceso a sus derechos.

¿Por qué el Día del Orgullo se celebra el 28 de junio?

La fecha recuerda los disturbios de Stonewall, ocurridos el 28 de junio de 1969 en el bar Stonewall Inn, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village.

Aquella madrugada, una redada policial contra un espacio frecuentado por personas LGBT+ derivó en una respuesta inédita. Por primera vez, quienes sufrían persecución, detenciones arbitrarias y violencia institucional resistieron colectivamente los abusos policiales.

Las protestas se extendieron durante varios días y marcaron el nacimiento del movimiento moderno por los derechos LGBT+, impulsando la creación de organizaciones que comenzaron a reclamar igualdad legal y reconocimiento social en distintos países.

Una fecha para celebrar y también para reclamar

Con el paso de las décadas, el Día del Orgullo se transformó en un símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos.

Si bien numerosos países avanzaron en el reconocimiento de derechos, como el matrimonio igualitario, las leyes de identidad de género y las normas contra la discriminación, organizaciones internacionales advierten que millones de personas LGBT+ continúan enfrentando violencia, discursos de odio, persecución y exclusión.

Por ese motivo, las movilizaciones del Orgullo mantienen un fuerte carácter reivindicativo y buscan visibilizar los desafíos pendientes en materia de igualdad.

Argentina, pionera en derechos

Argentina ocupa un lugar destacado en la región por los avances legislativos alcanzados en las últimas décadas.

En 2010 se convirtió en el primer país de América Latina en aprobar el Matrimonio Igualitario, garantizando a las parejas del mismo sexo los mismos derechos que a las parejas heterosexuales.

Dos años más tarde, en 2012, sancionó la Ley de Identidad de Género, considerada una de las más avanzadas del mundo por reconocer el derecho de toda persona a ser identificada de acuerdo con su identidad de género autopercibida, sin necesidad de intervenciones médicas ni autorizaciones judiciales.

A estos avances se sumaron políticas de inclusión, como el cupo laboral travesti-trans en el ámbito del Estado nacional y distintas normas destinadas a ampliar el acceso a derechos para el colectivo.

El significado de la bandera del orgullo

Uno de los símbolos más reconocidos de la jornada es la bandera arcoíris, creada en 1978 por el artista y activista Gilbert Baker.

Sus colores representan la diversidad y la convivencia de las distintas identidades y orientaciones sexuales, convirtiéndose con el tiempo en un emblema internacional de inclusión, respeto e igualdad.

Actualmente existen otras banderas que representan identidades específicas dentro del colectivo LGBT+, reflejando la pluralidad y la evolución del movimiento.

A más de medio siglo de Stonewall, el Día Internacional del Orgullo mantiene vigente su mensaje central: defender el derecho de todas las personas a vivir con dignidad, libertad e igualdad.

El rechazo a las políticas de género durante el gobierno de Milei

La conmemoración de este año encuentra a nuestro país en medio de un fuerte debate sobre las políticas públicas destinadas a garantizar los derechos de las personas LGBT+. Desde la asunción del presidente Javier Milei, organizaciones de derechos humanos, colectivos de la diversidad y organismos internacionales expresaron preocupación por decisiones oficiales que, según sostienen, implican un retroceso en materia de protección e inclusión.

Entre los principales cuestionamientos se encuentran el cierre y devastación de áreas estatales dedicadas a las políticas de género y diversidad, la eliminación de programas específicos, la eliminación de politicas del Ministerio de Mujeres Géneros y Diversidad (disuelto al inicio de la gestión) y el cuestionamiento de distintas políticas de acción afirmativa implementadas en años anteriores.

Además, distintas organizaciones denunciaron un incremento de los discursos estigmatizantes contra el colectivo LGBT+ por parte de funcionarios y referentes oficialistas.

En ese contexto, advirtieron que ese clima puede favorecer situaciones de discriminación y violencia, y reclamaron el cumplimiento efectivo de leyes como la de Matrimonio Igualitario, la Ley de Identidad de Género y el cupo laboral travesti-trans, entre otras normas vigentes.

Desde el Gobierno nacional, en tanto, sostienen que los derechos consagrados por esas leyes continúan plenamente vigentes y que las modificaciones impulsadas responden a una política de reducción del Estado y de eliminación de estructuras que consideran innecesarias, sin que ello implique desconocer las garantías reconocidas por la legislación.

En ese escenario, la Marcha del Orgullo y las actividades del 28 de junio volvieron a convertirse en un espacio de reivindicación no solo de los derechos conquistados, sino también de los reclamos para que las leyes aprobadas por el Congreso se implementen de manera efectiva y se sostengan las políticas públicas destinadas a prevenir la discriminación y garantizar la igualdad de oportunidades para todas las personas.

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