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Cultura

El ruido del fin de las cosas

Unas semanas atrás mi amigo contó que su madre había muerto. Primero el cuerpo falló o primero fue otra cosa, algo sin nombre, algo que nadie puede nombrar. Lo cierto es que hubo un tropiezo sobre la vereda, el desbalance y el mal humor, la desorientación por las calles donde vivió toda su vida y un extraño color verde cetrino que la fue encerrando.

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Por Matías Segreti

Su piel, que en mi recuerdo es una tela de mármol, tirante y blanca, un terciopelo de algodón, ahora parece ser de otra sustancia, de lodo, un pantano. Cada noticia un precipicio.

A mi amigo le costó enterarse que su madre había muerto. Es decir, sabía que su madre había sido vencida por el terror y la enfermedad, pero a él le costó anoticiarse, le parecía imposible la idea de que su madre no estuviera más, nunca más.

Hace tiempo que vengo pensando en el ruido que hace el fin de las cosas. Que es otra cosa distinta al ruido espantoso que proviene del silencio posterior. Estoy hablando y estoy pensando en el último ruido, en la última llamada, el estertor, la música.

Hay cadáveres, dice un poema, y hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido sin perro. Hay palabras, pero no hay música para la muerte. Está la gárgara final, una burbuja aterradora, un lamento, el pecho violento que cruje, hay venas que se comprimen, pero son palabras. Hay un temblor y hay espasmos, pero ¿cuál es el ruido del fin de las cosas?

Mi amigo volvió el otro día. Durante las últimas semanas no le mandamos mensajes, ni lo invitamos a nuestras reuniones, ni siquiera fuimos al funeral de su madre, nos pidió que no lo acompañemos porque la familia prefería otra cosa, asentimos y esperamos. Sí vimos las fotos que compartió de su madre. La madre trabajando la tierra, la madre rodeada de nietos, la madre cantando una canción a los gritos, la madre abrazada al padre, la madre riendo con amigos, varias copas y botellas, y cigarrillos caídos y un desierto de cenizas, luces viejas cerca de la madre, la madre manejando, la madre cargando en brazos a mi amigo, con un trajecito beige, la madre tocando la cara de mi amigo, su hijo, la piel de mármol.

Volvió como si nada hubiera pasado, contamos historias, bebimos hasta vaciarnos los bolsillos y limpiar la garganta, bebimos por su madre en silencio, pero bebimos en voz alta por los recuerdos de la amistad.

Cuando terminó el encuentro y solo quedamos tres, mi amigo dijo algo. Primero se sirvió un vaso de lo que quedaba y luego miró a un costado buscando las palabras, la boca tembló, pero la voz fue firme, no lo puedo creer, dijo, esta vieja se fue ahora con todo lo que me faltó decirle.

Intentamos abrazarlo, pero bebió hasta el fondo de su trago y se fue hacia la noche.

Los dos que quedamos hablamos un poco, nos dijimos las cosas lindas que no pudimos decirle al otro. Hablamos de nuestros viejos y de la muerte, del fin de año, de la estúpida y grandiosa idea de pensar que el treinta y uno de diciembre cambia algo. También le comenté sobre esta idea del ruido del fin. Se sorprendió y un poco se divirtió. Me dijo que busque un poema de Mary Oliver, una poeta estadounidense que murió hace algunos años. Nos abrazamos.

Hoy, algunos días después, encontré el texto que se llama Poema de la mañana. Lo llamé para agradecerle y decirle que me había movilizado. Escribí algo, me contestó.

El texto se llama Poema de la mañana y comienza con este fragmento, “Cada mañana / el mundo vuelve a crearse / Bajo los rayos / naranjas del sol / las amontonadas / cenizas de la noche / otra vez se transforman en hojas / y regresan a lo alto de sus ramas.”

El ruido del fin de las cosas, está ahí, en el día de mañana, en el día después de la muerte, en el alambrado distante, en un pájaro que vuela rozando el amanecer, por eso nunca vamos a escucharlo. Mañana, último día del año, espero encontrarme con mi amigo y no decirle absolutamente nada. Solo esperar que sean las doce y escuchar otra música, una nueva música.

Cultura

“Espacio Astra”: nuevo polo cultural en Gualeguaychú

Con una infraestructura preparada para espectáculos masivos y una propuesta que abarca diferentes disciplinas artísticas, ESPACIO ASTRA se proyecta como un nuevo epicentro cultural en la región, impulsando tanto la escena musical como el turismo local.

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La ciudad de Gualeguaychú incorpora a su oferta cultural y turística un nuevo protagonista: ESPACIO ASTRA, un moderno predio destinado a la realización de recitales, conciertos y espectáculos de gran convocatoria.

Impulsado por el empresario David Barrios, este nuevo espacio nace con el objetivo de potenciar el desarrollo turístico y artístico de la región, consolidando a Gualeguaychú como uno de los principales puntos de atracción del país, ubicado estratégicamente a tan solo dos horas de la Ciudad de Buenos Aires.

ESPACIO ASTRA es una apuesta fuerte al crecimiento cultural y turístico de la ciudad. Queremos que Gualeguaychú siga posicionándose como un destino elegido para grandes eventos y experiencias inolvidables”, expresó David Barrios al referirse a la apertura del predio.

La inauguración oficial fue contundente y marcó un hito: el reconocido grupo La Renga fue el encargado de dar el puntapié inicial con un show multitudinario que reunió a más de 25 mil personas, confirmando el potencial del espacio para albergar eventos de gran escala.

Con una infraestructura preparada para espectáculos masivos y una propuesta que abarca diferentes disciplinas artísticas, ESPACIO ASTRA se proyecta como un nuevo epicentro cultural en la región, impulsando tanto la escena musical como el turismo local.

De esta manera, Gualeguaychú continúa ampliando su oferta y reafirma su lugar dentro del circuito nacional de grandes eventos.

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