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Opinión

«Construir, para el bien común»

Nadie quiere involucrarse, nadie quiere decidir, nada quiere jugarse; y esa falta de involucramiento, se la atribuyen a otro, a otra, a otros; a ellos: Los vendedores, los vendidos, los ladrones, los deshonestos, los asesinos, los ociosos son los culpables de todo…

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Por Santiago González Casares    

FILOSOFÍA      

@filosofopueblo

A Santu

«La gloire des potiches est fêlée»

La noche de Buenos Aires tiene ese qué se yo, ¿viste? Hace unos días, caminando por las calles de esta ciudad olvidada de los favores de los dioses, me dispuse a charlar con jóvenes, con colegas, amigos y trabajadores respecto de su participación en la forja de los designios de su hogar, esta ciudad; y me he encontrado con un desánimo generalizado.

Nadie quiere involucrarse, nadie quiere decidir, nada quiere jugarse; y esa falta de involucramiento, se la atribuyen a otro, a otra, a otros; a ellos: Los vendedores, los vendidos, los ladrones, los deshonestos, los asesinos, los ociosos son los culpables de todo. Nadie se involucra por culpa de los demás, nadie se hace cargo.

Pero eso no fue siempre así, en algún momento de la historia de nuestro dolido occidente, los jóvenes transformaban el mundo, al menos, querían ser parte del proceso. He aquí un ejemplo de aquello, el situacionismo.

En los años 60 surge en Francia un grupo de jóvenes que dedicaron su vida a defender la belleza, caiga quien caiga, cueste lo que cueste.

Todas las acciones colectivas de la comunidad debían dedicarse a la belleza, en su contenido y en su forma. Su apología de la belleza llegaba hasta el punto de modelar la forma de organización política. El fin del hombre es la belleza, comienzo y principio de todo lo existente, la madre de todas las ideas. Como dijimos alguna vez del esteta (elarg, 14/2/23), el situacionista encuentra en el arte, en la militancia por la belleza, su medio de lucha política.

En ese sentido crean las “situaciones”, instancias performáticas que denuncian la falta de belleza de las instituciones y la necesidad de transformarlas. Raoul Vaneigem, filósofo situacionista, reivindicaba el sacrificio como pilar fundamental para esta militancia hacia la belleza.

El sacrificio era la capacidad de resistir a la seducción de lo material, hoy podríamos decir, cibernético-material, y no sucumbir a los encantos perezosos del egoísmo. Un militante es aquel que se sacrifica por la belleza, que entiende que los destinos de la comunidad están atados a la persecución de esa Idea, y ninguna otra, o que esa Idea termine ordenando a las otras. El sacrificio es en virtud de esa comunidad, sacrificarse hacia los demás.

El sacrificio etimológicamente significa hacer sagradas las cosas, hacer sagrado lo que hacemos, y para hacer algo sagrado no tenemos más que entregar lo propio a una comunidad, consagrarse es darse al otro en un acto sacrificial.

En la definición de sacrificio también aparece la idea de que en el sacrificio se logra la inmortalidad al verter la propia sangre por aquello que se encuentra más allá de nosotros mismos, más allá de nuestra posibilidad. Louis Ferdinand Céline decía que el estilo en la escritura no era otra cosa que sangrar sobre el papel, ser honesto con lo que se escribe, ser sincero en el crear. 

Los estoicos distinguían entre la felicidad y la fortuna. Entendiendo que las cosas, lo que ocurre, no depende de nosotros, auguraban que al no poder elegir lo que nos ocurre (fortuna), debíamos concentrarnos en aquello que sí depende de nosotros.

La búsqueda de la felicidad. Participar activamente en los designios de la comunidad a la que pertenezco es involucrarme con lo que soy y lo que estoy-siendo, participar es aportar a la construcción de una casa común.

Echar culpas no me deshace de mi responsabilidad para con los otros, pero sobre todo para conmigo mismo. Si perdemos el partido, no puedo culpar al árbitro, mucho menos a mis compañeros y nunca pero nunca a los hinchas. El responsable soy yo, somos cada uno de nosotros.

No hay excusas para no entregarse a la defensa de la casa común, no hay pretextos para deshacernos de nuestra responsabilidad ciudadana; como decía el poeta, de nada sirve escaparse de uno mismo.

Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.

Análisis

La tecnología no reemplaza la voluntad popular

Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.

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Por Daniel Ríos

Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.

Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.

Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.

Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.

Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.

La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.

Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.

Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.

La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.

El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano. 

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».

Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.

Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.

Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.

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