Opinión
«Construir, para el bien común»
Nadie quiere involucrarse, nadie quiere decidir, nada quiere jugarse; y esa falta de involucramiento, se la atribuyen a otro, a otra, a otros; a ellos: Los vendedores, los vendidos, los ladrones, los deshonestos, los asesinos, los ociosos son los culpables de todo…
A Santu
«La gloire des potiches est fêlée»
La noche de Buenos Aires tiene ese qué se yo, ¿viste? Hace unos días, caminando por las calles de esta ciudad olvidada de los favores de los dioses, me dispuse a charlar con jóvenes, con colegas, amigos y trabajadores respecto de su participación en la forja de los designios de su hogar, esta ciudad; y me he encontrado con un desánimo generalizado.
Nadie quiere involucrarse, nadie quiere decidir, nada quiere jugarse; y esa falta de involucramiento, se la atribuyen a otro, a otra, a otros; a ellos: Los vendedores, los vendidos, los ladrones, los deshonestos, los asesinos, los ociosos son los culpables de todo. Nadie se involucra por culpa de los demás, nadie se hace cargo.
Pero eso no fue siempre así, en algún momento de la historia de nuestro dolido occidente, los jóvenes transformaban el mundo, al menos, querían ser parte del proceso. He aquí un ejemplo de aquello, el situacionismo.
En los años 60 surge en Francia un grupo de jóvenes que dedicaron su vida a defender la belleza, caiga quien caiga, cueste lo que cueste.
Todas las acciones colectivas de la comunidad debían dedicarse a la belleza, en su contenido y en su forma. Su apología de la belleza llegaba hasta el punto de modelar la forma de organización política. El fin del hombre es la belleza, comienzo y principio de todo lo existente, la madre de todas las ideas. Como dijimos alguna vez del esteta (elarg, 14/2/23), el situacionista encuentra en el arte, en la militancia por la belleza, su medio de lucha política.
En ese sentido crean las “situaciones”, instancias performáticas que denuncian la falta de belleza de las instituciones y la necesidad de transformarlas. Raoul Vaneigem, filósofo situacionista, reivindicaba el sacrificio como pilar fundamental para esta militancia hacia la belleza.
El sacrificio era la capacidad de resistir a la seducción de lo material, hoy podríamos decir, cibernético-material, y no sucumbir a los encantos perezosos del egoísmo. Un militante es aquel que se sacrifica por la belleza, que entiende que los destinos de la comunidad están atados a la persecución de esa Idea, y ninguna otra, o que esa Idea termine ordenando a las otras. El sacrificio es en virtud de esa comunidad, sacrificarse hacia los demás.
El sacrificio etimológicamente significa hacer sagradas las cosas, hacer sagrado lo que hacemos, y para hacer algo sagrado no tenemos más que entregar lo propio a una comunidad, consagrarse es darse al otro en un acto sacrificial.
En la definición de sacrificio también aparece la idea de que en el sacrificio se logra la inmortalidad al verter la propia sangre por aquello que se encuentra más allá de nosotros mismos, más allá de nuestra posibilidad. Louis Ferdinand Céline decía que el estilo en la escritura no era otra cosa que sangrar sobre el papel, ser honesto con lo que se escribe, ser sincero en el crear.
Los estoicos distinguían entre la felicidad y la fortuna. Entendiendo que las cosas, lo que ocurre, no depende de nosotros, auguraban que al no poder elegir lo que nos ocurre (fortuna), debíamos concentrarnos en aquello que sí depende de nosotros.
La búsqueda de la felicidad. Participar activamente en los designios de la comunidad a la que pertenezco es involucrarme con lo que soy y lo que estoy-siendo, participar es aportar a la construcción de una casa común.
Echar culpas no me deshace de mi responsabilidad para con los otros, pero sobre todo para conmigo mismo. Si perdemos el partido, no puedo culpar al árbitro, mucho menos a mis compañeros y nunca pero nunca a los hinchas. El responsable soy yo, somos cada uno de nosotros.
No hay excusas para no entregarse a la defensa de la casa común, no hay pretextos para deshacernos de nuestra responsabilidad ciudadana; como decía el poeta, de nada sirve escaparse de uno mismo.
Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.
Análisis
Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado
Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.
El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.
Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.
El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.
El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos
En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.
La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.
La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.
El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia
El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.
En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»
El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.
Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel
El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.
En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.
En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.
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