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Análisis

Hongos mágicos: ceremonias, autocultivo y la capacidad de sanar sintiendo

Después de 40 años de prohibiciones, la psilocibina vuelve a encontrar su espacio, autoculitvadores aseguran que Dios existe, pesa cuatro gramos y vive en un taper.

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El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

La casa de verano a trescientos metros y María que espera. —Quizás vuelva más tranquila—, suspira con cuatro gramos de ‘hongos mágicos’ en una bolsita de papel madera arriba de la mesada de la cocina. July, todavía parada frente un mar sin magia, heredera del berretín del trabajo de papá alta gama, cierre centralizado y losa radiante, a los diecinueve, corredora de la Bolsa de Valores, a los veinte la camioneta y a los veintiuno, vieja con una deuda millonaria y ganas de morirse.

La psilocibina se encuentra, únicamente, en algunos tipos de hongos, llamados psilocibios u hongos mágicos. Su uso terapéutico y espiritual tiene registro desde la civilización azteca, pasando por la popular María Sabina en México, hasta sanadoras de la Península Ibérica donde se encontraron pinturas rupestres de hombres con cabezas en forma de hongos, hace aproximadamente 6 mil años. Sin embargo, en la Convención de la ONU sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971 fueron prohibidas, paulatinamente, a nivel global.

Desde entonces, estudios y aplicaciones en medicina y psicología se vieron interrumpidos bajo la engañosa bandera de la guerra imperialista contra las drogas, en donde el enemigo real no fue otro que el concepto de juventud y libertad que la generación beat traía consigo desde fines de los ’50, principios de los ’60, hasta bien entrados los ’70.    

July volvió descalza con arena debajo de los pies fríos y húmedos, con la misma voluntad que tienen aquellos con ganas de morirse, pero que no encuentran –ni buscan–coraje a tal fin. Abrió la puerta y se derrumbó en cámara lenta sobre el sillón de mimbre sin sacar la vista de la mesada. Las manos de María le recogieron los pelos y un rulo atorado en la comisura de la boca.

—“No me jodas, estoy lista” —dijo July, ahora sentada al borde del sillón, casi sobre el mimbre.

Movió con el dedo índice los hongos retorcidos y secos sobre la palma de la mano de María. El gusto amargo la tomó por sorpresa y, antes de levantarse, su amor le dio un pedacito de chocolate. Fue al baño y se lavó la cara quitando así el último vestigio de lo que alguna vez fue. Se miró en un espejo devastador, dejó caer la campera en el piso del baño, se ató el pelo y volvió al sillón.

—Para que mierda hago esto, las soluciones mágicas no existen —gritó, María. July, en silencio, le preparó un té de canela.

A fines de los años ’50, el mundo occidental entró en contacto con los hongos psilocibios a través del escritor pionero en botánica, Gordon Wasson, el micólogo Roger Heim y el químico Albert Hofmann, padre del LSD. Estos, consiguieron extraer e identificar la psilocibina y psilocina, en la composición de hongos recogidos por la tribu Mazateca durante una expedición a México. Aquel análisis se publicó en el ’57 en la revista Life, bajo el título “Seeking the Magic Mushroom”.

Al artículo, que popularizó la sustancia psicodélica en los ’60 a través de la cultura hippie, se lo consideró, más que como un ensayo sobre una droga, como una puerta abierta hacia la espiritualidad. Mucho tuvo que ver con aquella caracterización popular, a los responsables de la revolución pacífica de los ’60: el escritor Ken Kesey, el maestro espiritual Richard Alpert y al psicólogo, investigador, activista y escritor, Timothy Leary –considerado en aquel entonces el hombre más peligroso de Norteamérica–, quien sostenía que la experiencia psicodélica “es un viaje a nuevas esferas de la conciencia. Los alcances y el contenido de las experiencias no tienen límites, pero su rasgo característico es la trascendencia de conceptos verbales, de las dimensiones de espacio y tiempo, y del ego o la identidad (…) la droga no produce la experiencia trascendente, meramente actúa como una llave química que abre la mente, libera el sistema nervioso de sus patrones ordinarios y estructuras”.

Richard Alpert-Timothy Leary

Por su parte Wasson, quien llevaba ya más de 25 años estudiando el papel cultural de los hongos en Asia, en su primer viaje a México en 1953 preguntó a los aborígenes sobre los efectos de los hongos y estos le respondieron: “Lo llevan ahí donde Dios está”. Así, y guiado por la reconocida chamán María Sabina, la noche del 29 al 30 de junio participó activamente de una ceremonia en Oaxaca, siendo primer occidental europeo contemporáneo en ingerir los hongos santos.  

Esta experiencia lo marcaría profundamente: “Pude permite ver más claramente de lo que el ojo perecedero mortal puede ver, perspectivas más allá de los horizontes de esta vida, viajar hacia atrás y adelante en el tiempo, entrar en otros planos de existencia, incluso conocer a Dios (…) “ahora veo por primera vez sin la mediación de mis ojos mortales”

En los años siguientes consiguió diversas muestras de ejemplares de Psilocybe. En 1956 se asociaron con el eminente micólogo francés Roger Heim, quien pudo clasificar 14 especies distintas y posteriormente cultivar algunas de ellas en su laboratorio de París.  En 1957, Heim envío 100 gramos de ejemplares cultivados y desecados de Psilocybe mexicana, para su análisis químico a Hofmann. Su estudio, publicado en la Revista Catalana de Micología, –vol. 37: 75-85; 2016. 77–, puso de manifiesto que existía una relación química muy estrecha entre el LSD y los principios activos de los hongos alucinógenos. Hofmann probó 32 ejemplares secos de Psilocybe mexicana que pesaban 2.4 gramos, una dosis media, según las pautas indígenas.

En una traducción del informe original sobre el experimento, que tuvo lugar en 1957, dice: “Treinta minutos después de haber ingerido los hongos, el mundo exterior comenzó a sufrir una extraña transformación, el esfuerzo voluntario de ver las cosas en sus formas y colores de costumbre resultó ineficaz (…) a la hora y media, cuando la intoxicación estaba en su auge, una cascada de imágenes interiores, la mayoría de motivos abstractos, que cambiaban rápidamente de forma y de color, alcanzó un grado tan alarmante que temí ser arrastrado hacia este remolino de forma y color hasta disolverme y, al cabo de 6 horas, el sueño terminó. No tuve idea alguna de la duración de este estado psíquico. Mi vuelta a la realidad cotidiana fue percibida como un feliz retorno a una casa vieja y familiar, de vuelta de un mundo extraño y fantástico, pero sumamente real”.

La típica casa de refugio atlántico bonaerense, postrada debajo de un techo a dos aguas con tejas rojas, dos cañas de pescar en un paragüero al lado de la puerta de entrada, la mesa de pino y el sillón de mimbre de dos cuerpos frente a la tele de tubo, parecía esconderse detrás de un pequeño farol que iluminaba tenue la alfombra de entrada y apenas el parque. Ahora hablaban de cualquier cosa, que el frío, que hay que arreglar la pata de la cama, que qué comemos mañana. Ana la miraba con una sonrisa mientras iba y venía ordenando un poco y, después de tomarse un vaso de agua, levantó la campera de Ferny del suelo del baño que, Sentada sobre el sillón reparó en la funda cuadrille de los almohadones. Ana le dijo algo en voz muy baja, pero la oración se fue perdiendo luego de tres o cuatro palabras.

—No hay…soluciones…mágicas —susurró July en el mismo momento en que sus ojos escupían las primeras lágrimas pasando la rompiente de sus ojos cerrados.

La psilocibina debajo de la piel modificó por completo su percepción sensorial sobre las cosas, los objetos y María. Un aura en torno a las luces retorcía la forma de los muebles, pero con una clara capacidad de entender su entorno geométrico, repetitivo y superpuesto. En un estado de absoluta sinestesia escuchó los colores, vio el sonido de la heladera y el de un grillo escondido en alguna parte de la casa, en tanto descubría el peso de su propia saliva. Media sonrisa la encontró ahora de pie, en el medio del living, acariciando el respaldo de una de las sillas, la distorsión del tiempo y el espacio la mantuvo cautiva hasta que su percepción sensorial la fundió con el entorno.

Las superficies empezaban a retorcerse superponiendo la percepción visual con formas geométricas repetitivas, alterando los colores y modificando la manera en que el percibía los sonidos. La distorsión sobre el tiempo y el espacio entre alucinaciones visuales más complejas, ahora con los ojos abiertos o cerrados, pero en cuadro, enfocada, y llorando sin rastro de angustia, de tristeza, o de aquella vieja frente al mar con ganas de morirse. El corazón latía cada vez más fuerte, un escalofrío la incorporó de golpe con los ojos abiertos cargados de pupilas en constante dilación. Se quitó las zapatillas con los pies, solo para descubrir que el piso se arqueaba y se retraía como si fuera un torso desnudo con un marcado ánimo de respirar. El color de la mesa de pino se perdió entre la pequeña fuente con frutas de plástico apoyada sobre un mantelito ovalado color naranja. La casa era ahora geométricamente perfecta, igual que los sonidos de los caracoles que la volvían de vuelta al mar.

—Te dije…boluda…no hay solu…mági… —se reía a carcajadas mientras se escuchaba a ella misma tratando de justificarse. Se reía y lloraba, como si el pus hubiese allanado el camino entre la piel del grano y el mundo exterior.

Así de mocosa, así de tranquila, terminó el viaje entre las tetas de María y la serenidad que portan los que consiguen la calma cuando miran el mar. Hace ocho años cultiva psilocibina, dicta talleres especializados de autocultivo casero y acerca a los hongos mágicos a las necesidades que el universo pone en su camino. Solo volvió a comer hongos mágicos una vez desde la noche de olor a mimbre, convencida de que la medicina ancestral está ahí, esperando.  

—Pero…que fue de la deuda, cómo seguiste, cambiaste de laburo, ¿o qué? —pregunté ansioso.

—No sé de qué estás hablando —me contestó con ojos compasivos que rezongaban si acaso yo no había entendido nada. Cariño virtual y que esté bien, que cualquier cosa le avise y con media sonrisa, cómplice, tierna y suya.

En 2006, el neurocientífico, Roland Griffiths, descubrió que los usuarios que “usaron psilocibina en dosis bajas –2 gramos– sintieron alegría, felicidad extrema, actitudes positivas en sus estados de ánimo en relación a su sociabilidad y conducta, incluso dos meses después de consumir hongos psilocibios”. Además, dijo que los voluntarios mostraron “aumentos en distintas categorías de misticismo y estados de conciencia”, entre ellas, “sacralidad, conocimiento intuitivo, estado de ánimo positivo percibido en un nivel profundo”.

Sin embargo, el énfasis en la inteligencia ha marginalizado la importancia del rango total de la conciencia humana sobre su comportamiento. Si bien no es a menudo reconocido, las sustancias psicoactivas desempeñaron un papel significativo en la historia y la ciencia ayudando en tratamientos contra la depresión, trastornos de alimentación, adicciones, ansiedad, estrés y también como opción paliativa emocional sobre enfermedades terminales.

La ecuación es simple, el uso de psilocibina tiene resultados en muy corto plazo con dosis mínimas y representan el doble riesgo de, primero la libertad de elegir pensando y por fuera del aparato de salud prestablecido dejando las facturas debajo de la puerta y, segundo, la nula rentabilidad que esto representa al conglomerado farmacéutico global. La potencial amenaza hacia el paquete completo –benzodiacepinas, antidepresivos, etcétera– terminó por homologar la medicina en un único y rentable sentido en el cual –a modo de letargo– sirve a las corporaciones más que a los usuarios que, adoctrinados en masa, adoran comprar con el vuelto los chicles que se ofrecen a un lado de la caja.

Por citar dos ejemplos, el neuropsicofarmacologo inglés especializando en la búsqueda de fármacos que afectan el cerebro para tratar adicciones, ansiedad y la falta de sueño, David Nutt, sufrió un largo camino burocrático para llegar a hacer sus ensayos clínicos. Entre otras cosas publicó lo difícil que le ha resultó conseguir los permisos necesarios por parte de la Unión Europea y del gobierno británico para sus estudios. James Rucker, especialista del Instituto de Psiquiatría del King’s College de Londres, remarcó sobre la necesidad de dar “más facilidades a la investigación con estas sustancias”. Publicando en la prestigiosa revista científica British Medical Journal un artículo en el que pide la recalificación de estas sustancias para su uso científico.

Albert Hofmann

Sol es chamana, tiene 28 años y, desde pequeña, percibe cosas por fuera de los dibujitos animados, o las manos de sus abuelos o el tinenti en el patio del colegio de guardapolvos blancos. Tiene una percepción sensorial sobre el entorno, aun en perfecta soledad, como si siempre estuviera acompañada. —Los ancestros están acá, ahí, en todas partes. Con nosotros, ahora, acá. La diferencia es que yo los percibo. Fue un camino de profunda búsqueda de respuestas. Quienes eran y por qué los sentía yo sola, fue el motor para empezar este camino —dice como si ella fuera su propia medalla. 

A los 20 se dio cuenta que no era la única. En el chamanismo nórdico empezó a integrar lo que iba aprendiendo en el camino. Habla sobre la espiritualidad hecha carne a través del camino recorrido, de seres de luz como quien ve la mancha humedad en el techo del baño, o quien elige entre medialunas y sanguches de miga en la panadería y de la magia celta como si fuera parte de una cotidianeidad tan abrumadora como tangible.   

—Los hongos me ayudan a comprender el mundo, me encontré conmigo con una verdad muy pura y muy fuerte. Como si hubiese despertado de un sueño profundo. No es ni bueno ni malo, es hacerse cargo de lo que uno piensa siente y hace. Es un camino de sanación. Un viaje con hongos abre muchos mundos, todos en eje —dice quien hace diez años que, como chamana, oficia ceremonias. —No es algo que yo haya pensado que vaya a pasar, no estaba en mis planes, la maestra no soy yo, es la medicina y, con respeto y propósito, una con el tiempo va teniendo herramientas.                                                                                            La sabiduría ancestral tiene herramientas indispensables. Estudió para ello chamanismo ancestral que no es otra cosa que la “comprensión de uno a través de una profunda conexión con la naturaleza y de dónde venimos. No es nuevo, sino más bien, prohibido e invisibilizado”. La psilocibina ayuda al desarrollo cerebral, “seguimos siendo una tribu con una potencia sanadora tremenda”. Sostiene que si tan solo “soltásemos nuestras expectativas estaríamos más predispuestos a nuestro entorno y a la comprensión de nuestra sociabilidad. Es maravilloso el poder que tienen muchos seres juntos queriendo sanar”. Durante la cuarentena, consultas sobre cuadros de estrés, depresión e insomnio, ascendieron de manera exponencial: “Hubo mucho tiempo para mirar hacia adentro y la gente buscó alternativas sobre lo que evidentemente ya no funcionaba”, dice en relación a las bocas de expendio de cruces verdes. “La cura no es una pastilla, tenemos una mirada sobre una nueva manera de concebir a la medicina tradicional porque directamente no sana. No queda otra que ir a las raíces, a lo que una vez como sociedad fuimos”.                    

Hija de generación de los ’60, creció en una familia donde aquel dejo de libertad estaba al alcance de la mano, en la trova cubana, en la biblioteca y en los debates de la prescripción sobre el pensamiento común, cortado de cuajo después del mayo francés, la descolonización en África, el asesinato del Che y las dictaduras latinoamericanas.

Respecto a las ceremonias, asegura que, a la fecha, no obtuvo otra cosa que “gestos de gratitud”. Si bien toma ciertos recaudos en relación a los participantes, asegura que las personas “que llegan” son las “que tienen que llegar”. —Espero que la psilocibina se legalice. Si uno lleva la sanación como bandera se encuentra con una comunidad más grande de lo que se cree —cierra con un dejo de desaliento, como si fuera preferible incurrir en la prepaga vendedora de ilusiones, rauda de recetarios y parrillera de guante blanco.

Análisis

Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado

Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.

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El Argentino Diario-Donald Trump-Javier Milei.

El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.

Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.

El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.

El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos

En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.

La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.

La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.

El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia

El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.

En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»

El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.

Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel

El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.

En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.

En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.

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