Cultura
Beltrán, el urgente
El golpe seco del sobre contra el primer escalón del palier atravesó el zaguán, la sala de estar y las habitaciones hasta encontrar, sentado en la cocina, a un semidormido Beltrán.
Por Manu Campi
La destreza del cartero pospuso su presente inmediato. Dejó el tenedor a un costado del plato, cerró la llave de paso del gas y salió enseguida. El sonido que lo interrumpió ahora le mostraba el camino. Las cuadras se sucedieron parejas. Los pájaros labraban una primavera amable. Con el saco en la mano caminó sobre el polvo de ladrillo esquivando canteros pintados con cal, el ombú bicentenario y el busto fundador del pueblo en la plaza principal. Beltrán era un tipo corto dispuesto en virtud del trabajo. No había nudo que no desate, trámite que lo someta, logística que lo atormente. Cuando se quiso acordar estaba delante de la puerta de entrada. Una de las hojas de hierro estaba abierta. Entró sin anunciarse. Pasó de largo el perchero de madera, con ganchos y platón de bronce y sin colgar el saco beige fue directo al fondo. Conocía la casa. Por el golpe de los mocasines se entendió que venía con prisa.
Beltrán lo asistía desde que ganó el Nacional y, sin ánimos de exagerar, aquel hombrecillo había hecho un trabajo notable. Más allá del apuro, era un tipo elocuente, prolijamente vestido y dueño de una resolución que bien podría envidiarle cualquiera. Sin imprevistos que lo ahoguen en dudas, a su lado todo parecía ir lento. Hacía cualquier diligencia a contramano horaria y, quizás por ello, atravesó el pueblo a las tres de la tarde.
—¿Qué vamos a hacer, podemos esperar para contestar, no sé, una, dos semanas? —mentía Beltrán delante de un destino que respiraba adentro del sobre.
El Campeón no dijo nada. Ni una mueca, ni la media sonrisa que lo sacaba de quicio. Beltrán miraba como llenaba de aceite un frasco de aceitunas negras con granos de pimienta y una ramita de romero. Se detuvo en el movimiento de los dedos dueños del puño, la gloria y la delicadeza para limpiar el borde del frasco con un trapo húmedo.
Impaciente, moviendo una de sus piernas, fingió una tos falta de agua.
—Mi querido Beltrán, ¿sabe usted que las aceitunas tardan unos cinco días en agua para quitarles lo amargo? Después es cosa de uno cuando servirlas —dijo el Campeón sin apartar la vista del frasco.
Ni los veintitrés años forjando el nombre y un estilo incuestionable bastaron para dejar de tutearse. Aquella relación que apenas desbordaba lo profesional, era la cosecha de un éxito que no habría sido posible sin uno del otro. Beltrán no entró en el juego. Siempre el mismo baile, pensó. A mayor impaciencia más larga la vuelta. Miraba el sobre igual que un perro al plato de comida vacío. El Campeón ya estaba avisado. Que la carta haya llegado a casa de su asistente fue solo un acto de cordialidad para cuidar las formas. Sin necesidad de la décimo séptima defensa seguía en carrera, pero con el desgaste propio de quien puso el alma al servicio de una disciplina. Ahora, a los cuarenta y un años, lo que lo convertía en Campeón no era el título ni las defensas. Sino que, pudiendo retirarse, brindarse al éxito suponía parte de existir en un terreno a mano.
Se excusaba con la necesidad del público, aunque en su círculo íntimo era un secreto a voces que temía más por no saber qué hacer después del retiro que a seguir compitiendo. De cualquier modo, había separado un dinero para vivir bien y tenía acuerdos de palabra con los sponsors más importantes para lo que vendría después. Estaba todo medianamente arreglado y tampoco es que necesitase demasiado. Humilde para administrar, nunca tercerizó demasiado ni tampoco faltó a ningún compromiso comercial al que estuviese sujeto. Vivía sin lujos, postura que sus hijos no entendían, incluso reprochaban. Había advertido, ni bien llegada la fama, que mientras más se escondía más se lo buscaba. Era parte de la cotidianidad de un pueblo que no se sorprendía si lo encontraba en la fila del mercado a la hora del vermú. Con la ecuación comprendida, la maravilla se perdía con la costumbre. Bastó una sonrisa para saludar y hablar poco para que a la gente le alcance. Es cierto que a cada victoria era un poco más complicado, pero el hábito de estar presente en el pequeño mundillo de los mortales hizo que ningún fanatismo lo pase por encima. Durante los veranos paseaba con la familia en sandalias de cuero y pantalones cortos que apenas se veían debajo de la camisa de lino, mientras tomaba un helado en la peatonal de Santa Clara del Mar.
—De todas las ciudades del mundo que tuve la suerte de conocer, nada supera al bronceado atlántico —bromeaba con la prensa local, pero también saciaba el hambre de un público al que le maravillaba el sentido patrio y sencillo del Campeón.
Tenerlo a mano, amable, dispuesto a una nota, una foto o un autógrafo, lo humanizaban. Era un placer tener entre unos y otros a un ejemplar que, pudiendo ser tapa de revistas y transmisiones pagas, era parte de un ritmo cotidiano y tangible. Cuando algún periodista preguntaba por su austeridad, respondía que con la casita en la costa y el pueblo que lo vio nacer, sobraba. Además, reconocía ser un pésimo hombre de negocios, cosa que aprendió después de perder un dinero en un campo de Arrecifes con gente con la que no tenía que haber andado. Después de aquello supo decir que no. La gente no veía en él, sentido de la oportunidad. Encontró la beneficencia en el anonimato: las sillas de ruedas que llegaron al Hospital Municipal sin remitente, la jardinería en la plaza, o el sistema de sonido, con escenario y todo, en el aniversario del pueblo llevaban escondida su firma.
Beltrán lo miraba fijo. Se había recuperado bien, eso es cierto y contaba. El primer año después de la última contienda saldó preocupaciones por hábito y una correcta y ordenada rehabilitación del manguito rotador derecho pusieron las cosas a disposición del orden. Y esto para un Campeón supone únicamente una sola cosa: el anuncio de que se encuentra listo para el rival siguiente. Los últimos seis meses se debatió entre el gimnasio, su bigote chevron, clases de ajedrez y la lectura de la migración burgundia hacia el Ródano con un inexplicable interés por algunos períodos de la vieja Europa.
—Así me distraigo —decía el Campeón nacido de la victoria, sostenido por la vigencia.
Sin embargo, el último período había sido distinto. Si bien gustaba en viajar, conocer nuevos hoteles, entrar por las puertas traseras de los restaurantes y cierta atención de la prensa, es cierto que de un tiempo a esta parte prefería los eventos locales, las convenciones regionales y las sesiones de fotos en el comedor de su casa; como si ahora, que tenía más de lo soñado, sintiera el gusto dentro del límite que fue creando a medida que fue creciendo. Al retiro había que tratarlo durante la carrera y no después. Como un duelo próximo, erguido a la puerta de lo extinto, sabía de un importante índice de colegas inactivos que la depresión los sorprendía de golpe, algunos con desenlace fatal. Todo esto se trataba en el Comité Nacional y si bien no había cifras oficiales, aquello era un secreto a voces. Aceptar, o no, a un rival joven, que venía de abajo con el hambre que una vez tuvo y necesitaba probarse nada menos que con un Campeón, justificaba la impaciencia del bueno de Beltrán. El Campeón hablaba poco y sin referencia al futuro inmediato ni sobre cuantas defensas había por delante. Beltrán no lo ponía en duda. Sin embargo, su preocupación marcaba una puntillosa revisión sobre la nueva contienda. Sin nada que demostrar y con el camino hecho el Campeón estaba holgado, pero distante.
La decisión sujetaba a Beltrán. Después de todo, no tenía más que el fondo de retiro de la Asociación y alguna que otra modesta oferta de trabajo con competidores incipientes. Había penumbra en el horizonte de Beltrán; haberse brindado al Campeón y compartir éxitos que nunca se notarían propios, inquietaba y advertía un vacío cercano. Víctima de su propio abandono, con un porvenir ajeno y sin forma, el presente se confundía con la sensación de ahogo que le daba últimamente cada vez que se iba a acostar. La imagen amarillenta del placar semiabierto, prácticamente vacío, dentro de una modesta habitación en una casa de alquiler a nombre del Campeón, desnudaban a Beltrán del disfraz que ponía entre el éxito y la soledad. Si hubo un tiempo para la familia, este había pasado de largo entre giras, compromisos, entrenamientos y comisiones directivas. Trabajar para el Campeón melló su voluntad y si este no se retiraba era en parte por la deriva que supondría al entorno más cercano.
Beltrán discutía consigo la longevidad de una carrera foránea empeñada en sostener un coraje que no tenía. Alguna vez dijo algo sobre Eugenia, pero en cuestiones del corazón nunca supo expresarse bien. Hubiese aprendido a quererla, sentar cabeza, dedicarse a ella, pero acepto sin ganas el sinsabor de mujeres de paso y sin nombre. El tiempo hizo lo suyo, la falta de un cariño sensato blindó la humanidad de un espeso Beltrán.
Tosió de nuevo, más fuerte.
Tenía un sueño recurrente: el Campeón perdía el contorno y la forma, mientras se alejaba con la mesa, el frasco de aceitunas y el trapo. Un sueño donde las cosas se escapan del alcance de la mano y en donde él, tieso, inmóvil, no podía hacer más que apretar los dientes de una bronca que escondía una pálida angustia. Por asuntos contractuales, la pelea no se hizo nunca. Beltrán siguió rumiando. Desteñido, caminaba con la tarde encima en busca del bagayo que guardaba dentro de la tapa de luz del pilar que daba justo frente a la iglesia. La noche lo descubre dormido al cobijo del ombú, en el mismo banco de plaza que lo vio comer aceitunas (cuando era todo un Campeón). .
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Cultura
“Un disparate fascista”: el Indio Solari, un sujeto político en la Argentina que él mismo cantó
Tomó partido en silencio durante años. Cuando habló, no se guardó nada. Llamó «régimen» al gobierno de Macri, calificó el avance de Milei de «disparate fascista», defendió la vacuna Sputnik con el mismo énfasis con que defendió la soberanía cultural, y recibió el Honoris Causa de la UBA mientras el gobierno nacional le recortaba el presupuesto a las universidades. La de Carlos Solari fue una posición política que no necesitó de militancia para ser inequívoca.
Las declaraciones políticas del Indio Solari: de llamar “régimen” a Macri a calificar a Milei de “disparate fascista”
Carlos Alberto Solari murió sin haber militado nunca en el sentido estricto del término. Él mismo lo aclaró con precisión cuando aún hablaba en público: «El artista tiene que manifestar a través de su obra y en el estilo está su posición sobre la sociedad. No creo que deba militar. Cuando el artista milita, forma su obra en panfletos, y eso no es rico para nadie en la sociedad.» Lo dijo en mayo de 2023, en una entrevista con La Garganta Poderosa en Nacional Rock. Y a continuación, sin contradicción alguna para él, fue completamente explícito sobre dónde estaba parado.
Esa tensión entre la no militancia formal y la postura política nítida fue una de las marcas más características del Indio Solari en su última etapa pública. Y también fue la que lo convirtió en una voz que el campo popular reivindicó con orgullo y que el establishment mediático observó con incomodidad.

«No vi a nadie de ese régimen complicado con la cana»
La primera gran intervención política de sus años de retiro forzado ocurrió durante la pandemia. En junio de 2021, el Indio dialogó con el periodista Marcelo Figueras en Radio Provincia en el marco de la presentación de su libro «La vida es una misión secreta.» La entrevista, que duró casi dos horas, circuló de inmediato como una declaración de principios.
Sobre el gobierno de Mauricio Macri, fue directo: «No vi a nadie de ese régimen complicado con la cana. Está este Pepín…», dijo en referencia al asesor judicial macrista Fabián Rodríguez Simón, quien en ese momento transitaba un pedido de detención internacional. La palabra «régimen» no fue un desliz: fue la elección de alguien que conoce el peso de las palabras.
Sobre la vacuna Sputnik V y quienes la cuestionaban, fue igualmente categórico: «Hay un montón de gente implicada en delirio. Son casi genocidio esta pelea contra la vacunación y la pelea contra el Gobierno para que sea lo menos riesgosa la pandemia. No puedo entender con qué cara dicen esas cosas.» El hombre que había dedicado décadas a denunciar el totalitarismo mediático en sus canciones, aquí señalaba con nombre propio los medios que, según él, «ponían palos en la rueda» a la gestión sanitaria: «los noticieros de los canales adictos a la locura.»
Esa misma noche de la entrevista, el Indio también completó la frase sobre la vacuna rusa que había esbozado meses antes, en diciembre de 2020, cuando había dicho: «¿Alguien preguntó alguna vez de dónde venían otras vacunas que nos pusimos? Desconfiar de la ciencia rusa es realmente un atrevimiento.»
«Un disparate fascista»: el Indio frente al avance de Milei
Dos años después, en mayo de 2023, con las elecciones presidenciales en el horizonte y Javier Milei acelerando en las encuestas, el Indio volvió a hablar. El escenario fue otro programa afín, La Garganta Poderosa en Nacional Rock. Esta vez no se limitó a criticar al pasado: también nombró el presente y el peligro que veía en el futuro.
«Del otro lado veo un peligro muy grande. Sigo apoyando al kirchnerismo y al peronismo», declaró. Y sobre las dos gestiones de Cristina Fernández de Kirchner, fue cálido y directo: «Yo confío en esta gente en la que en los últimos dos gobiernos la gente vivió mejor y rescató a la clase media de la zanja.» Sobre Milei, la frase que quedó para el archivo fue lapidaria: «El contrincante es una locura, un disparate fascista.»
La calificación no era improvisada. Para el Indio, que había rastreado en sus letras durante décadas los mecanismos del totalitarismo mediático y la alienación social, el ascenso de un discurso de odio organizado representaba algo concreto y reconocible. «Gente que se deja llevar por esas ideas, esa actitud y estilo de vida que tienen. Hacen las macanas, aparecen los Panamá Papers, pero del otro lado no, la chorra es la señora», agregó con ironía, en referencia a la persecución judicial que consideraba fabricada contra Cristina Kirchner.
Su posición sobre la Justicia fue constante a lo largo de esas intervenciones: «Es un disparate todo lo que sucede. Tienen un régimen de amparo social casi parecido al que tenían las Cortes imperiales.»
La coherencia larga: de «Divina TV Führer» a Milei
Lo que el Indio dijo en esas entrevistas no fue una novedad de la vejez. Fue la continuación natural de lo que había cantado durante décadas. «Divina TV Führer», de 1986, describía el totalitarismo de los medios de comunicación de masas. «Preso en mi ciudad» denunciaba que el rock estaba «atrapado en libertad», domesticado por el sistema que juraba combatir. «Todo preso es político» era una declaración que en los noventa nadie leía como metáfora. Las ciudades imaginarias del capitalismo tardío que construyó en «Luzbelito» y «Último bondi a Finisterre» eran cartografías del mismo sistema al que luego, en voz alta, llamó «régimen.»
La coherencia era de fondo, no de forma. El Indio nunca marchó, nunca firmó solicitadas, nunca fue a una conferencia de prensa política. Pero sus canciones describían exactamente el mundo que sus declaraciones repudiaban. Y cuando habló, lo hizo desde ese mismo lugar: el de alguien que observa la sociedad con paciencia y sin eufemismos.
El Honoris Causa como síntesis política
El último acto público de su vida fue, en ese sentido, una síntesis perfecta. El 15 de mayo de 2026, la Universidad de Buenos Aires le entregó el Doctorado Honoris Causa mientras el gobierno de Javier Milei acumulaba un recorte real del 31,6% en el presupuesto de las universidades nacionales, según datos del IIEP (UBA-CONICET). El rector Ricardo Gelpi presidió la ceremonia. El vicerrector Emiliano Yacobitti lo definió como «un referente que hizo de la originalidad una ética.»
La institución que resistía el desfinanciamiento libertario eligió ese momento para reconocer al artista que había llamado «disparate fascista» al gobierno que la asfixiaba. No era solo un homenaje cultural. Era también una declaración política. Y el Indio, que no pudo estar presente pero envió un mensaje grabado, lo sabía.
Con su muerte, la Argentina de Milei pierde la voz del artista popular más convocante de su historia, que no escondió dónde estaba parado. Un hombre que creyó que los de abajo vivían mejor con el peronismo, que el macrismo fue un régimen, que el avance de la ultraderecha era un disparate fascista, y que la universidad pública era un bien que valía la pena defender. Lo dijo en entrevistas escasas, con la misma economía con que manejó toda su vida pública. No necesitó más.
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