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Cultura

Pequeños relatos para una correcta digestión. Vol IV

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I

La primera bicicleta que tuve la cambié por un globo. Fue un fin de semana en el club del Banco Hipotecario, yo tenía siete u ocho años. El pibe no era mucho más grande que yo, pero preguntó sin vueltas y medio matoncito qué me parecía el cambio. La Aurorita era blanca, plegable con mariposa, guardabarros y manubrio de aluminio y timbre a tracción. El globo de helio, del mismo color que los guardabarros, brillaba a contraluz como un plato volador atrapado al piolín de la mano de un niño.

Volví a casa mirando por la ventana del Renault 4, rojo como el globo y con el baúl vacío, como se sucedía el mundo con su árboles, esquinas, semáforos y panaderías. De nada sirvió el consuelo maternal, ni la enconada burla de mi padre con su insoportable manera de remachar oraciones sobre mi falta de coraje, para que la primera cucharada quitara tierra del alma e hiciera su primer pozo.

Todo lo que vino después parece estar amortizado por aquella primera y refractaria pérdida. Mi primera angustia y el vértigo que asume el riesgo a perderlo todo lo encontré en el club de una entidad bancaria. Demoré cuarenta y dos años en usar tarjetas de crédito de una cuenta corriente a mi nombre.

Los globos de helio, sin embargo, siguen en la puerta del zoológico de la mano de vendedores con sendos ramos que hacen fuerza para ser parte de un cielo que ya no es mío. Yo siempre había querido uno.

II

El catorce de febrero es un día penoso. Sujeta, encuadra y ordena en sociedades prácticas que determinan con qué familia se come los domingos y cómo se rotan las fiestas. La sujeción, la pertenencia y el apuro por monetizar la emoción no deja dudas a la hora de la posesión de las partes. Es la sonrisa falsa que se le regala a quien nos cae mal o a quien no nos queda otra más que sonreírle. Hola mi amor, si mi amor, bueno mi amor, qué rico mi amor, donde encontraste el lugar, mi amor, ¿ya habías venido? ¿con quién?, no me dijiste nada. Pa, ma, gor, gordi. Los restoranes huelen a lencería gustosa, a mueca, a perdón y a hagámoslo posible que no es más que una porción de un día penoso. Seguro se coje. Los vendedores de flores, chochos.   

III

Una mujer oriental desayunaba a un lado de la ventana de madera. Llevaba puesto un modesto vestido lila y el pelo prolijamente recogido. El chico se levantó de la mesa, atravesó el salón y salió a fumar a la esquina. A su vuelta, se acercó y, apenas inclinado, le dijo algo inentendible. Ella abrió con sorpresa los ojos. La distancia lingüística era evidente. Ninguno de los dos parecía ponerse de acuerdo en el sencillo acto de presentarse. Ella contestó entre la duda, el asombro y la incomodidad que trae la invasión de los desconocidos. No habrán sido más de veinte segundos. Él volvió a su sitio y, en un gesto sólido, le advirtió a una desteñida camarera que cargue a su cuenta la mesa de la muchacha oriental de color lila. En Palermo, el precio de las bruschettas rompe cualquier corazón noble.

IV

Una, dos, tres, nueve parejas estaban en la puerta de un reconocido restorán. Todas esperan su turno para alimentarse. El calor se hamaca entre la vista puesta en los celulares y el fastidio que trae la espera. Las que ya están comiendo no tienen apuro y se toman de la mano. Las de afuera, a las que les sirvieron una copa de champagne tibia, están en un punto ciego. O esperan y fingen, o van a quererse a otro lado más suyo, menos tibio.

V

Se mató bastante salmón la última semana. En Japón, este arrolladito de pescado y arroz se come, en líneas generales, al paso y sin tanto simbolismo. Aquí, la cena teñida de naranja y con gusto a mercurio celebra el falso erotismo del sésamo, pero como si este diera el puntapié inicial de una noche única y sin límites. Otros se ríen, bailan cualquier día y no saben de esperar en una esquina para compadecerse antes que desnudarse. Son pocos, pero quizás por ello tiemblan los peces a mediando de febrero.    

VI

Empezaron a romper casi a las once de la mañana. En un rato, señor, cortamos cinco o seis horas la luz, me dijeron cuando me vieron salir a pasear el perro. El asunto que al nuevo y lujoso edificio de la esquina se le había quemado un cable cojudo. Tardaron tres años en construirlo. Una vez terminado, quedó claro que era una estructura que no pertenecía a allí. Los edificios de la cuadra comparten de ocho a diez pisos, salvo dos –uno es donde vivo– que tiene tres, con la terraza cuatro. Este, con diecisiete y sin encargado, es un misterio del cual emergen desde sus profundidades, como murciélagos, vecinos sin rostro que ganan la calle dentro del auto. Da un poco de bronca esa esquina, quizás por la envidia que da el progreso cuando llega ajeno. El asunto es que, cosa que pasa en la cuadra, se culpa a la evolución arquitectónica que hicieron sobre una ochava para cagarnos la vida.

Dos horas después, ya sin suministro, los obreros se sentaron con los pies dentro del foso que hicieron en la vereda y se dispusieron, cada cual, con su tupper, a almorzar. Los viernes se huelen, aunque cada vez menos, las porciones de falda echando humo desde arriba de las carretillas. Hoy, acá, no. Me hubiese gustado reputear que por culpa del humo no podía abrir las ventanas. Pero no, hoy no. En una ciudad en constante crecimiento se va perdiendo esa humeante forma de quererse.

VII

Dos señoras hablan en la puerta del mercado. Una lleva un changuito, la otra pasea el perro. Se conocen.

—Por supuesto que a los perros se les pone cualquier nombre salvo aquellos que les pondríamos a nuestros hijos. Por eso le pusimos Montiel, porque lo hizo llorar a Messi de alegría y le vino bien porque se lo veía triste y a mí siempre me dio pena porque parece un buen chico. Y bueno, pongámosle Montiel, me dijo Milton, mi nieto, el hijo de Marcela —dijo la señora que explicaba en la puerta del mercado el nombre de su perrito.

Cultura

Murió Rubén Rada, el creador del candombe beat que enamoró al rock argentino

El músico uruguayo, uno de los referentes más queridos de la música rioplatense, falleció este miércoles a los 83 años tras batallar durante un mes contra una neumonía bilateral. Su influencia fue decisiva para figuras como Charly García, Fito Páez y Luis Alberto Spinetta, con quienes compartió escenarios y grabaciones a lo largo de más de seis décadas de carrera.

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El Negro Rada y el candombe beat: cómo un músico uruguayo cambió para siempre la música argentina.

Murió el músico uruguayo Rubén Rada a los 83 años, uno de los referentes más queridos de la música rioplatense, falleció este miércoles tras batallar durante un mes contra una neumonía bilateral. Su influencia fue decisiva para figuras como Charly García, Fito Páez y Luis Alberto Spinetta, con quienes compartió escenarios y grabaciones a lo largo de más de seis décadas de carrera.

La familia de Rubén Rada confirmó su muerte este miércoles 26 de agosto a través de las redes sociales con un mensaje que conmovió a Uruguay, Argentina y toda América Latina: «Con muchísimo dolor les comunicamos que hoy miércoles 26 de agosto a las 15.30 se fue y ahora descansa en paz nuestro querido esposo, padre y abuelo, después de pelear un mes contra la neumonía y sus complicaciones. Gracias a todos por los mensajes de preocupación y el amor de hoy y siempre. Infinitas gracias al equipo profesional que hizo todo lo posible y más», decía el comunicado. Con esa noticia, la música popular rioplatense perdió a una de sus figuras más originales, irrepetibles y queridas.

El Negro Rada: de las comparsas de Montevideo al mundo

Nacido en Montevideo el 16 de julio de 1943, Rubén Rada comenzó su camino musical desde niño, en las comparsas de negros y lubolos. A los diez años ya integraba la comparsa Morenada y en la adolescencia pasó por la murga La Nueva Milonga y por la orquesta Cubanacán de Pedro Ferreira, a quien señaló toda su vida como una de sus influencias centrales. En la década del 60, con el grupo El Kinto, protagonizó uno de los momentos fundacionales de la música uruguaya: la fusión del candombe tradicional con el rock y los instrumentos eléctricos, cantada en español, un movimiento que él mismo bautizó candombe beat.

El camino continuó con Tótem y luego con Opa, donde junto a Hugo y Osvaldo Fattoruso llevó la combinación de candombe y jazz-rock hasta los Estados Unidos, trabajando junto a músicos internacionales de primer nivel. Esa capacidad para moverse entre géneros sin perder identidad definió toda su carrera: Rada nunca fue solo un músico de nicho, sino un artista que expandió constantemente los límites de lo que el candombe podía hacer.

Su vínculo profundo con Argentina

La relación de Rada con Argentina fue mucho más que la de un artista extranjero con su público vecino. Vivió en Buenos Aires durante doce años, desde 1979, período en el que construyó vínculos artísticos y personales que marcaron su obra y su vida. En esa etapa participó como parte del elenco original de Hair en Argentina, uno de los musicales más emblemáticos de la historia del espectáculo local. «Argentina me gustó siempre, tanto es así que me traje una mujer y tres hijos argentinos», decía el propio músico en entrevistas. Sus hijos Lucila y Matías, ambos músicos, nacieron en Buenos Aires.

Su influencia sobre el rock nacional fue ampliamente reconocida por sus propios protagonistas. Charly García, Fito Páez, Luis Alberto Spinetta y Pedro Aznar compartieron escenarios y grabaciones con él, y lo reconocieron como una referencia ineludible. La admiración de Páez por Rada era, en palabras del propio rosarino, superlativa: en 2024 participó del disco de Julieta Rada, hija del músico, versionando un clásico de su padre. En los últimos meses antes de su hospitalización, tanto Páez como Jorge Drexler y Daniela Mercury lo habían convocado a sus propios shows para compartir el escenario.

Un legado que abarca seis décadas y múltiples formatos

La obra de Rada trascendió la música. Participó en telenovelas argentinas como Gasoleros, en ficciones uruguayas, condujo programas de televisión y radio, integró el jurado de La Voz Uruguay y La Voz Kids, y protagonizó espectáculos unipersonales que recorrieron América Latina. También desarrolló un trabajo para el público infantil, con el personaje Rubenrá, que acercó el candombe y la música popular a nuevas generaciones.

Entre sus canciones más emblemáticas se encuentran «Cha cha, muchacha», «Muriendo de plena», «Ayer te vi» y «Adiós a la rama». Su discografía supera los treinta álbumes de estudio, incluyendo trabajos instrumentales, discos de jazz, de candombe puro y de fusión con samba y bossa nova. En 2011 recibió el Grammy Latino a la Excelencia Musical, el mayor reconocimiento de la industria a una trayectoria que la Academia consideró excepcional. En 2014 el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay le otorgó la Medalla Delmira Agustini, y en 2024 la Junta Departamental de Montevideo instaló una baldosa con su nombre en la peatonal Sarandí, en Ciudad Vieja.

Activo hasta el final, con proyectos abiertos

Rada estaba en plena actividad cuando la neumonía bilateral lo obligó a internarse. El 16 de julio, en su cumpleaños 83, había lanzado ¿Quién va a cantar?, un ciclo de encuentros musicales que reúne a artistas de distintos géneros y se transmite por YouTube. Su última aparición pública registrada fue el 25 de julio, cuando asistió a un festival para ver a la cantante argentina Abril Olivera y acompañar la presentación de su hijo Matías. Además estaba preparando un ciclo de homenajes a Tótem junto a Daniel Lagarde y Santiago Ameijenda, con fechas previstas para octubre. Ninguno de esos planes pudo concretarse.

La despedida del mundo de la cultura

Las reacciones ante la muerte de Rada llegaron de todos los ámbitos. Dante Spinetta, hijo de Luis Alberto, publicó en las redes sociales de la familia Rada: «Gracias por tanto Negro querido». Nito Mestre, histórico compañero de Charly García en Sui Generis, expresó «Un enorme abrazo para toda la familia». Leandro Lopatín, guitarrista de Turf, lo despidió con un simple y contundente «VIVA RADA». Los mensajes de colegas, fans y figuras de la política, el deporte y la cultura convirtieron el posteo de la familia en un mural colectivo de afecto que desbordó las redes sociales de Uruguay y Argentina.

Puntos clave del adiós a Rada

  • Rubén Rada murió el 26 de agosto de 2026 a los 83 años, en Montevideo, tras una neumonía bilateral de un mes de evolución.
  • Fue el creador del candombe beat, fusión del ritmo afro-uruguayo con el rock, el jazz y el funk, que marcó la música rioplatense desde los años 60.
  • Vivió doce años en Buenos Aires y fue una influencia decisiva para Charly García, Fito Páez, Luis Alberto Spinetta y Pedro Aznar, entre otros.
  • En 2011 recibió el Grammy Latino a la Excelencia Musical y fue nombrado Ciudadano Ilustre de Montevideo.
  • Estaba activo hasta el momento de su internación: había lanzado un nuevo ciclo musical en julio y preparaba un homenaje a Tótem para octubre.
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