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Cultura

El mestizo

La noche que hoy traigo al presente, el señor Ignacio Balerón, que sirvió como capataz en la estancia de la familia, realizó una propuesta que en principio pareció simpática y vulgar.

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Por Matías Segreti

Parado bajo el alero de chapa, tomó la boina con sus manos y las ubicó cerca de su pecho, de manera tan ridícula como respetuosa. Si no hubiera sido mayor lo habrían confundido con un acólito de parroquia. A mi padre, que tenía mayor confianza en él que en su propio linaje, le pareció entretenido.

Balerón habló con la modestia de lo llano y arrastró las palabras en la fatiga de la hora: pido permiso, si no es molestia patrón, para llevarme al mocito al almacén. Su voz apenas vibró en la galería.

Sabía por alguna razón, que el hombre tenía la misma edad que mi padre pero a diferencia de él, en sus manos se distinguía el trabajo y su cuerpo parecía más firme que el de mi progenitor. De jovencitos habían pasado el rato juntos, Balerón le enseñó algún secreto del monte y a disparar, y cada tanto oficiaban de amigos tramitando confidencias, pero la estirpe los fue ubicando a cada uno en su lugar, mi padre como señor de la hacienda y Balerón como sirviente fiel. Algo de encantador había en el hombre, presumo que era la seguridad de su presencia pero también su vestimenta. Solía andar con botas de potro y chiripá, como lucían los extinguidos gauchos al norte del Río Grande, aunque ese atardecer llevaba una camisita de percal y un pantalón de tela verde oliva.

Mi padre me miró sin apego y antes de sonreír, autorizó: vaya nomás, a ver si me lo trae mejorcito. Animado por la expedición fui en busca del chambergo blanco y las botas altas. Cuando regresé, confiado de mi porte, Balerón me miró con algo de compasión. A dónde van no es necesario el disfraz, soltó mi padre, mientras abría la boca para hacernos saber que comenzaba la carcajada. No había nada nuevo en esa chanza, ridiculizarme era parte de un contrato tácito que me resultaba tan inconveniente como imposible de evitar. Mi respuesta se escondió en el silencio.

Deje el sombrero señorcito, no hace falta, dijo el capataz con un tono amigable, componedor. Incitado por la vergüenza lo dejé apoyado sobre la repisa de roble del zaguán. Las risas de mi padre acompañaron la salida del casco.

Partimos en carro tirado por una yegüita marrón, que el capataz había acogido como preferida. Balerón desestimaba los automóviles. Mi familia tenía dos, pero el hombre se negaba a subir aludiendo que a esas máquinas las había hecho el Malo. Creo que fue una desgracia familiar, una sobrina o algo del estilo, que había tenido un infortunio mayor. De esas cosas nos enteramos por el murmullo de las tías tres veranos atrás.

El camino nos condujo al bosque de eucalipto y el perfume de los frutos alejó los insectos que perseguían la trompa del animal. Avanzamos al trote y pegamos la vuelta en el sendero de álamos. Hay que ver ese paisaje cuando cierra la tarde, una catedral abandonada de columnas irregulares, plateadas y terrosas, ordenando las sombras del camino. Unos cincuenta metros más nos bastaron para llegar a un caminito irregular y quebradizo desde donde ya no se podía ver el casco. La noche se abrió entera y la luna nos acompañó animada. El canto de algunos bichos se alternaba con los cascos de la yegua y el traqueteo del carro. La brisa del río se nos pegó y mi cuerpo aceptó la cercanía humedeciendo la frente.

Balerón me pasó las cinchas. Aprovechó las manos libres para prender un tabaquito que tenía armado. Lo llevé unos instantes con inseguridad y no tuvo más remedio que retomar la conducción porque advirtió mi cara de primerizo. Anduvimos algunos minutos en silencio hasta que el hombre me hizo un gesto levantando la vista hacía el horizonte. El monte se abría a nuestros ojos, espinillos al sur y un quebrachal que se levantaba en galería cerca de una hondonada. La luz blanca del astro les daba a los matorrales un aire de espectralidad. Mire, me dijo, así dicen que es el mar. Asentí, aunque sabía que el paisaje era completamente distinto, entendí que a los hombres como Balerón no le fascinaban los detalles sino la imposibilidad de ver el horizonte, como si se tratara de un océano. Anduvimos otro rato en silencio. La noche era una de esas donde se podían decir verdades o donde una pareja se jura amor eterno. El cielo nos regaló infinitos puntos luminosos. Es hermoso, dije. Balerón hizo un gesto de agrado y volvió a fumar.

Al rato terminó su cigarro y apuró a la yegua. Un tiempo después divisamos la posta. Mi imaginación había moldeado un edificio ancho de buen talante y estructura sólida, en cambio se trataba de un almacén flaco y despintado. Las paredes del exterior eran de color rosa aunque se notaba que el sol y el agua le habían vandalizado su original punzó. Balerón habló, me dijo que antaño había sido la avanzada de un fuerte, pero que la historia y los indios mandaron al olvido. Algunos caballos se estacionaban en el palenque sacudiendo las colas para espantar las molestias.

Descendimos del carro. La puerta entreabierta anunciaba el calor interno y la población. Algunos gritos de paisanos y una musiquita de guitarra se escapaban de la abertura. Un perro de cabeza cuadrada que custodiaba el suelo me miró con desgano y suspiró con melancolía. Entramos.

Seis mesas, un mostrador de quebracho blanco y una estantería de ñandubay componían el total del mobiliario. No había cuadros ni estampas, solo unas letras aparatosas que habían resistido a ser borradas y delataban un nombre: San Carlos. La despensa estaba detrás de una puerta colocada al margen del mostrador. El almacén no llevaba nombre pero era conocido en la zona como “El Soberbio”. Detrás de la barra, un hombre de bigote recto y barriga circular saludó a Balerón. El gesto fue correspondido y en seguida teníamos dos copones de madera completos de caña.

El boliche estaba acostumbrado a recibir hombres de trabajo, por lo que varios ojos se posaron en mis botas lustradas que valían el salario de un año de cosecha. El eco de la burla de mi padre enfrió mi pescuezo y pensé lo bien que había hecho en no traer el chambergo. Balerón saludó a unos hombres medianos que vestían pañuelo colorado, camisa batista y rebosaban en sus cachetes el rosado de una jornada a la intemperie. A uno de ellos le brillaba una faca escondida en el cinturón, el otro parecía más joven, tal vez de mi edad. Sobre una de las ventanas reposaba un hombre flaco de sombrero raído. Masticaba una paja con desinterés y bebía mirando el suelo.

La caña estaba dura, sin embargo el calor y la costumbre de los otros me apuraron para terminar el trago. Balerón me miró con sorpresa y antes de que me diera cuenta ya tenía otro vaso repleto. Había dos mujeres encimadas, la más joven sobre uno que parecía gringo y la otra sobre un criollo con camisa de lino y botines de cuero marrón. Ambos andaban a los gritos alborotando el parloteo manso de los presentes. Había dos personas más. Uno con la guitarra apoyada en los muslos que parecía esquivarle a las notas. Cantaba desvergonzado, apagando la voz antes de que termine la estrofa. Balerón me dijo unas palabras, es bueno pero anda entonao. En un rincón, acomodado sobre una lonada y un pellón se sentaba el último hombre del lugar, un viejo de espalda ancha, piernas largas y boca cerrada. Su rostro era áspero, terroso, como el lecho de un río seco. Tenía una marca que delataba una mala curación. Le cruzaba la infamia de un corte que comenzaba en la ceja izquierda y terminaba con el dibujo de una flor quebrada por encima de la clavícula derecha. Era conocido como Santiago.

La noche se hizo como era esperable. Los vasos se regaron y hubo algunos brindis. Uno de los muchachos era tarefero y le hacía al sapucai. Los hombres comenzaron el rito que conocían. Ustedes sabrán que la bebida empuja a la historia y suelta la lengua. Por suerte no fue una de esas que termina con la apurada de algún guapo. Dijo Balerón, que para nuestra suerte, esa noche el diablo se había demorado en otro boliche. Comenzaron los cuentos. Un mocito habló de la aparición del espíritu de una mujer, que los demás nombraron como Ka’a Póra. Vi al dueño del almacén cerrar los ojos y santiguarse varias veces. Luego le tocó el turno al hombre de pañuelo, que habló del yerbatal y mostró las manos de un lado y del otro, teñidas del color del litoral. En algún momento me tocó hablar, empujado por la chispa de la embriaguez. Me pidieron que diga cosas de Buenos Aires, conté del subterráneo y la Plaza de los Congresos, del tranvía y de la iluminación sobre la avenida Centenaria. El público pareció respetarme. Se sumaron otros y se armó la ronda. El guitarrero intentó decir algo coherente pero quebró la sílaba y volvió a un rincón. Los cuentos se hacían aludiendo a la veracidad y en algunos casos jurando por la salud de las familias. Las historias fueron apareciendo hasta cercarnos, como en los cerros cuando avanza el fuego. Los hombres hablaban y las mujeres aprovecharon para sentarse en la barra. Balerón contó la vez que le peleó a un tigre y juró por sus hijos que lo mató con sus manos. Todos asintieron con entusiasmo a la verdad. La historia la conocí por mis tíos, que solían hacer gala de la ferocidad de su capataz.

Mientras la palabra circulaba y la caña corría olvidé la distancia de linaje con esos hombres. Los cuentos sirvieron para hacerle duelo a la soledad, ya era bastante esfuerzo andar solo entre hombres verdaderos.

Cuando se escucharon las voces de casi todos los presentes, Balerón hizo un gesto solemne para que Santiago se acercara. Luego, con un movimiento de sus manos le confirió la palabra al hombre mayor.

En ese momento, en que lo tuve cerca, no pude distinguir la estirpe. Aquel hombre tenía cara de dos mundos. El cabello largo como los salvajes y los ojos de una claridad gringa. La voz me sorprendió y algo de autoridad debía tener porque enseguida el silencio asaltó las gargantas de los paisanos. Yo que no estaba ebrio de caña sino de aventura, escuché con atención de un gurí.

Con el permiso de los presentes, dijo con la voz firme, vengo a decir algo que hace rato no cuento, pero la historia la he de explicar con el mayor de mis respetos, porque algo de todo eso he vivido.

Al hombre le pasaron un copón que rechazó con decoro. Continuó.

Pero también aclaro, lo que no pueda contar se debe a que el olvido me ha seguido el rastro estos años y me ha borrado algunos detalles que hacen a la cuestión.

Quiero hablar de esa porción de tierra que el huinca insistió en llamar desierto y los que moraron antes la llamaban de una manera antigua que hoy ya nadie habla.

Los demás hombres, incluidos Balerón, seguían con entusiasmo el relato. Las mujeres que hasta el momento cuchicheaban, interrumpieron su murmullo para levantar la oreja. Santiago prosiguió.

Fue obra de un capitanejo del cacique Baigorrita que, luego de romper la tregua con el blanco y enfurecido por la desconsideración, condujo un malón bravo que irrumpió en el fuerte “San Javier”, quemando los techos de pajonal y capturando algunas mujeres y a unos cuantos muchachos aún jovencitos. Habrá sido grande la bronca, que a los demás sobrevivientes se los pasó a cuchillo.

Los hombres asintieron. Hacía rato que el indio había sido exterminado en la zona, pero el temor al malón era un fantasma que seguía acechando la memoria. La voz de Santiago era clara.

Los primeros días fueron de sufrimiento para las cautivas. A las mujeres se les asignaron las tareas y un marido bien dispuesto para montarlas y hacerles descendencia. Y si bien, la frontera hace a las mujeres fuertes, el recuerdo de sus hombres degollados y sus niños abandonados calaron un sentimiento de desprecio, que de a poco fue menguando hasta encontrarle el sabor a las tolderías.

De la mayoría de los niños se sabe poco, pero se estima que se adaptaron mejor, ustedes lo saben, el espíritu de los gurise suele ser más dócil. Los pequeños se hicieron indiecitos al poco tiempo, salvo uno, y de este quiero hablar.

Ahora sí Santiago aceptó un trago, bebió con pausa y siguió.

Era un niño, pero también bravo. Si lo sabrá su espalda que fue testigo de la disciplina. Porque dicen que el indio es un salvaje, pero lo que no dicen es que se sabe hábil en la domesticación. Con varillas y con tiempo, le fueron marcando el cuerpito por desobediente. Fueron años de discutir la autoridad del indio. Enfrentaba sin temor a guerreros y caciques. Y si no lo mataron fue porque Baigorrita lo estimaba y lo quería con vida. Sin embargo y a pesar del maltrato, nunca escapó y fue solo cuando llegó a la edad, en que los pelos del blanco afloran bajo los brazos, que se calmó y la fuente de ese reposo tuvo una causa. No se trató de algo novedoso, sino de lo esperable. Había dejado de ser un niñito y la aparición de una hembra, la hija de Incul, otro capitán del cacique, le enderezó el antojo. Dejó de pelear para enamorarse. La mujercita le correspondió y de ellos brotó algo que fue prohibido por el consejo, porque el joven no tenía caballos ni yeguas para ofrecer al padre de la india, y algunos ancianos pensaban que aún tenía el corazón volcado hacia el pasado.

Y dicen que un tiempo después, con luz de luna llena, igualita a la de hoy, el consejo trató el tema. Y que la lluvia que asoló la tarde saliente no impidió armar una fogata de higuerón y pindó. Y que la luz escarlata devolvió el reflejo de una docena de indios, en un círculo de rostros puntiagudos hechos de barro. Y que cerca del calor, la machi, una anciana de nombre Margarita Toro, masticó una hierba de color morado. Y esa noche, convocó a los espíritus guerreros y a las deidades del viento. Y pronunció unas palabras repletas de lanzas y muerte, pero también habló de un corazón noble y silencioso, de algo inesperado. Y luego bendijo la unión, pero alertó a todos los presentes sobre un futuro de desgracia. Los capitanejos se ubicaron detrás y respondieron la advertencia gritando, y el sonido de la tormenta en retirada acompañó el rito. Y luego se pasó a la bebida. Los tambores anunciaron el himno de las estrellas. Las mujeres acompañaron con sus voces el temblor de la tierra. La ronda fue un cuerpo que iba cambiando de forma según el golpe del cuero. Luego se pasaron una vasija con sangre de yegua y fermento de mandioca. Y la mujer india y el joven, que hasta ese momento había tenido su corazón puesto en el recuerdo, miró hacia adelante y en las tolderías se montaron.

Y terrible fue lo que pasó después, porque lo que predijo la machi llegó antes de lo esperable. Ese mismo amanecer el huinca arrasó con las tolderías y cayeron presas las mujeres y muertos los hombres. Aunque algunos pudieron escapar, dispersos quedaron en el monte. Y el joven que había sido blanco en su niñez, bramó contra su raza y tuvo que arrastrarse hasta la boca del río y huir como las presas del tigre. Y desde la soledad juró volver por su mujer, pero el blanco lo acechó y lo encerró en una cañada y no se supo nada más de él hasta que fue viejo y no tuvo más fuerzas para hacerle frente al sable y al trabuco.

Pero de la mujer se supo que fue a parar a una hacienda, y que dejó de sangrar y que en su vientre cargó la esperanza de tener algo de todo lo que le habían sacado. Y luego del tiempo de espera nació la criatura. Y para su sorpresa llevaba los ojos del cielo, igual que su padre. Y le permitieron durante un tiempo darle leche, pero luego intentaron separarlos y la mujer peleó, y fue maltratada y al patrón de estancia se le fue la mano, y la mujer lo mordió, y entonces como castigo la echó a sus peones, que luego de usarla, la mataron.

Las mujeres de la barra se agarraron apretaron la tela del vestido. Santiago volvió a beber y luego habló con mayor pesadez.

La historia se silenció y pasaron los años, mientras el niño mestizo creció sin saber de su pasado, y al cabo de un tiempo se volvió un hombre de trabajo. Conchabado en una estancia como peón, tenía el respeto de sus compañeros y de sus patrones, hasta que un día se presentó un hombre viejo y cansado, con sus mismos ojos claros y le habló en una lengua antigua y también en castellano, y le dijo que era su padre. Y que le pedía perdón por no haber estado y que lamentaba la muerte de su madre. Y al principio el joven no le creyó y el hombre mayor se marchó con la pena del rechazo y nunca más se supo de él. Y el joven mestizo tiempo después entendió y se rebeló contra su vida y contra los patrones, y en la estancia le cortaron la cara. Pero una tarde en que los señores bajaron la guardia, el joven logró escapar y partió en busca de su pueblo indio, pero el indio ya no existía más.

En ese instante la voz de Santiago tembló. Una pena húmeda se deslizó por su mejilla hasta quedar encajonada en el surco del rostro gastado. Tragó saliva y dijo. Esa es la historia. Luego volvió a su rincón, dando pie a que la ronda se desarme.

Continuamos bebiendo un rato más. El guitarrero despertó y entonó una estrofa, uno de los perros acompañó quejándose. Balerón me hizo una seña para la retirada.

La yegua avanzó con algo apuro, intuyendo la vuelta. Adelante, una lomada y tres sombras irregulares me dieron la señal de una arboleda que en el camino de ida no había advertido. Los senderos cambian según la luz y la orientación de la vista. Ningún camino es el mismo y el pasado es materia prima para encauzar el rumbo. Balerón iba callado. Al rato divisamos el casco de la estancia. Mientras nos aproximamos le pregunté si la historia de Santiago era verdadera. Me contestó con un gesto, afirmando. ¿Y puede ser que haya llorado? Pregunté con la impericia de la juventud.

Sí, dijo Balerón, así se declara el cariño de un hijo.

Tardamos un rato más en llegar. Los álamos, el bosque de eucalipto. La noche era una de esas donde se podían decir verdades y asombrarse de ciertas cosas.

Cultura

“Espacio Astra”: nuevo polo cultural en Gualeguaychú

Con una infraestructura preparada para espectáculos masivos y una propuesta que abarca diferentes disciplinas artísticas, ESPACIO ASTRA se proyecta como un nuevo epicentro cultural en la región, impulsando tanto la escena musical como el turismo local.

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La ciudad de Gualeguaychú incorpora a su oferta cultural y turística un nuevo protagonista: ESPACIO ASTRA, un moderno predio destinado a la realización de recitales, conciertos y espectáculos de gran convocatoria.

Impulsado por el empresario David Barrios, este nuevo espacio nace con el objetivo de potenciar el desarrollo turístico y artístico de la región, consolidando a Gualeguaychú como uno de los principales puntos de atracción del país, ubicado estratégicamente a tan solo dos horas de la Ciudad de Buenos Aires.

ESPACIO ASTRA es una apuesta fuerte al crecimiento cultural y turístico de la ciudad. Queremos que Gualeguaychú siga posicionándose como un destino elegido para grandes eventos y experiencias inolvidables”, expresó David Barrios al referirse a la apertura del predio.

La inauguración oficial fue contundente y marcó un hito: el reconocido grupo La Renga fue el encargado de dar el puntapié inicial con un show multitudinario que reunió a más de 25 mil personas, confirmando el potencial del espacio para albergar eventos de gran escala.

Con una infraestructura preparada para espectáculos masivos y una propuesta que abarca diferentes disciplinas artísticas, ESPACIO ASTRA se proyecta como un nuevo epicentro cultural en la región, impulsando tanto la escena musical como el turismo local.

De esta manera, Gualeguaychú continúa ampliando su oferta y reafirma su lugar dentro del circuito nacional de grandes eventos.

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