Cultura
Los Elefantes del Centenario
Aquel mediodía, entre la arbolada y el arroyo Salgado, sin más tránsito que la sombra ni más testigo que el cielo, uno entraba, el otro salía.

Por Manu Campi | @manucampimaier
El olor a amoníaco flotaba en el aire. La pava silbaba con el principio del día. Una mano cargó el mate con yerba nueva, la otra sacó algo de pan de la bolsa que colgaba al lado de la heladera y lo acerco a la hornalla para que ablande un poco. El perro levantó la cabeza y dio algunas vueltas antes de volver a dormir sobre el trapo de piso. Todavía no eran las seis de la mañana y la helada se colaba por los marcos de la ventana en la casita del Barrio Centenario.
Don Horacio se sentó y apoyó la pava sobre un caracol de hilo sisal para no derretir el mantel. Con la bombilla entre los labios y el pan tibio en esa mano ancha, blanca, curtida y doliente, sintió el primer calor del día. En la única habitación, los chicos y María Isabel dormían.
Después de tomar algunos mates se miró en un espejo redondo, pequeño y de marco de plástico azul que colgaba de un clavo al lado del aparador vencido. Se afeitó en silencio, apenas chistó cuando la hoja de acero le abrió camino a una tímida gota de sangre. Vestido como se había acostado, se puso la campera refractaria de Luz y Fuerza, los zapatos de trabajo y salió sin decir buen día; ni siquiera algo al aire, ni un intento de contacto sin las doce horas de trabajo encima.
De siete a siete y de lunes a sábado, en la fábrica de ladrillos se dejaba el lomo. Otros hacían lo mismo en la curtiembre de los Ramírez.
A las seis y media, la tosca levantaba el polvillo cuando el chirrido de las bicicletas inglesas llevaba a la mayoría de los hombres del barrio a la fábrica de ladrillos, materia prima del estadio de Colón de Santa Fe. Un mar de hormigas de overol azul –porque las fábricas vinieron con uniformes del mismo color para ladrilleros y curtidores que habían donado desde la Capital– salía parejos del caserío de concreto que se levantaba en el llano, hacia la calle principal, sentido al Cementerio de Elefantes.
Don Horacio no era de andar quejándose y menos habiendo trabajo. Después se verá María, le decía cálido sobre un futuro incierto, pero que venía de frente. Puso comida en la mesa y el turno extra de los sábados acomodó las necesidades del varoncito de dos años. El último, dijeron y juraron mirando a la virgencita del aparador.
La primera luz del día escondió las últimas estrellas de un cielo abierto y claro. El progreso depredaba la vida del hombre de campo y los hijos del monte se hallaron concubinos y uniformados cuando cambiaron la hacienda por el olor a curtiembre.
A María Isabel la conoció en el cuarenta y dos. Antes de Perón y apenas después de los primeros pavimentos. Los bailes de fin de año se hacían en uno de los galpones del antiguo taller del Ferrocarril Belgrano y atraían gente de los pueblos vecinos Caltorá, Salgado y Virasoro. En noviembre, los feriantes del norte pasaban por el pueblo antes de ir a Buenos Aires como si fueran una marea ambulante que se acomodaba a las sencillas necesidades de los que iban dando sentido urbano al Barrio Centenario.
El esparcimiento fue parte de la conquista que el incipiente sindicato había conseguido en la periferia de la provincia. Un gremio para las dos fábricas; la otrora posta de la antigua ruta colonial hacia el Alto Perú ahora únicamente servía para levantar un estadio, trabajar el cuero y hacer ladrillos.
Las guirnaldas de papel maché adornaban las seis cuadras de Gobernador Carrillo, la avenida principal. Don Horacio llegó al baile dispuesto, bien parecido y con su mejor suéter. Reservado y de palabra justa, encontró a María Isabel apenas entró. No fue amor a primera vista, sino más bien la necesidad de hombres y mujeres que iban buscando pareja apenas pasados los veinte años. Cuando se casaron, ella apenas disimulaba los cinco meses de embarazo. Con la primera niña, el sindicato les adjudicó un departamento en la manzana veinticinco. Una habitación, la sala de estar, que también era cocina, y un baño modesto. No hizo falta más. Al amor lo fueron forjando por necesidad y entendimiento. Don Horacio nunca faltó al deber ni al lecho. María jamás dejó de esperarlo con un vasito de caña y la cena lista. La vida sencilla y sin pretensiones. Los días se sucedieron parejos y con la segunda criatura en camino. Habrá que ajustarse dijeron, y se ajustaron.
En los vestuarios dejó el bolso y separó la bolsa con mandioca hervida. Trabajó en la línea de cocción entre los comentarios, cada vez más próximos, sobre fechas de entrega y el último tramo de una construcción a la que solo le faltaban corregir las barandas de concreto de las plateas altas, la cerámica del piso de las oficinas del segundo piso y el cableado de los estacionamientos Local y Visitante. Seis meses después, unos tres mil doscientos obreros se quedaron sin trabajo.
Un sábado sin sol el agua venía del este. Don Horacio repartía su tiempo haciendo pequeños trabajos de albañilería. Del pasado quedaban el dos ambientes y el descuento para cuando Colón de Santa Fe jugase de local. La virgen había sido, cuatro años atrás, testigo del último juramento y el varoncito ahora moqueaba entre fantasías de cowboys y el jardín de infantes.
Terminó de poner una membrana antes de que cayeran las primeras gotas. En la feria compró un revólver a cebita a pagar en cuotas todos los viernes. Caminó hasta la carnicería con el regalo en la mano. Dos kilos de carne picada, dijo después del buen día.
Al otro lado del mostrador el carnicero lo miró fijo. Don Horacio contrajo los músculos de la mandíbula y mostró los dientes al mismo tiempo que un silbido hondo le impidió volver a juntar unos labios que ya no respondían. El carnicero dio la vuelta al mostrador y lo ayudó a sentarse en un pequeño banco de plástico. Con la espalda apoyada en la pared donde colgaban los carteles de las ofertas del día y entre voces que no escuchó, la mano doliente agarró con fuerza la camisa a la altura del pecho quitándose la tela de encima.
La boca abierta, los dientes blancos y el revólver a cebita dentro de la bolsa que colgaba de la mano que no tuvo tiempo ni para un sopapo. Afuera llovía.
II
El tal Carrillo ni fue gobernador ni se le conoció nombre de pila.
El Entrante fue el apodo que ganó por aquella vez que llegó al caserío durante un mediodía modesto de un año sin número.
Puestero de la estancia La Corinda, llegaba bien montado al pueblo los viernes por caña, tabaco y yerba, y partía antes de la hora de la siesta. Reservado, entendido de la soledad y el ambiente no traía pendientes ni palabras de sobra.
Quiso el capricho, que a veces se empeña con los hombres sencillos, que el Entrante se cruzara con Ruboristo Ferrara, un arreglador de carreras de sortija, usurero y mano oscura de los estancieros y jefes sindicales que lo llamaban cuando necesitaban torcer voluntades, cobrar deudas y ganar algún terreno pretendido por sus patrocinantes.
Aquel mediodía, entre la arbolada y el arroyo Salgado, sin más tránsito que la sombra ni más testigo que el cielo, uno entraba, el otro salía.
—Qué acaso no entiende de modales, a usté le digo, que ni con gesto saluda —soltó, desafiante, Ferrara.
Las palabras pueden haber sido otras, la exactitud se revela de la historia y tal vez ninguno de los dos haya dicho nada.
La historia se cuenta más o menos así:
El Entrante, sabiendo de quien venía de la injuria, desensilló despacio y sin necesidad de atar el moro se acomodó el poncho en un brazo y dejó el otro librado al cuchillo. Los únicos testigos solo ven al primero antes de la gresca y la siesta, pero con el paquete de los viernes colgando a un lado del caballo cobrizo.
—Buenas tardes paisano —dijo el comisario al lado del cuerpo de Ferrara que yacía tendido en el piso y con una puntada limpia a la altura del cuello, mientras el Entrante salía del pueblo.
Devolvió el saludo con un gesto y con la camisa celeste teñida de rojo ganó el camino con la tarde y el perro. Nadie preguntó demasiado. A Ferrara lo dejaron ahí tendido. La tierra drenó la sangre, los chimangos el cuerpo. Al liberador de la mano de Ferrara se lo vio cada vez menos y, perdido en la lengua de los contadores de historias, se convirtió en avenida.
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