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Literatura

La Grasa del Bife

«Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el
momento en que el hombre sabe para siempre quién es».

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El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

Cuando Renato Mancelli escribió La Grasa del Bife aún no había desposado a Maribel Fernández Ramírez.

En primera instancia, la idea del libro era exponer los entretelones ganaderos que comprometían directamente tanto a terratenientes provinciales como a la oligarquía nacional de un territorio despojado de asombro. Licitaciones, beneficios exportadores, atajos fiscales e incluso la desviación de un tramo del río que favorecía el riego de los campos de un inversor extranjero, fueron el asomo primario de un escándalo en puerta. Se encendió la alarma, los medios recogieron el guante y los partidos opositores vieron, como quien se encuentra con un viejo conocido por casualidad, la ocasión para cuestionarle a la tercera generación de los Viconti la gobernación de la Provincia.

La trama es tan compleja como sencilla: un reportero siguiendo otro escándalo de favoritismo empresarial sin destino probatorio a la vista. 

Renato Mancelli era un periodista galardonado. No había premio nacional con que el hombre no se haya cargado. Así las cosas, y si bien no había dudas de que era la persona correcta para el trabajo, lo mandaron de la Capital como castigo. Su más reciente adhesión al sindicato y la actitud política en la cafetería del medio, sumado a los rumores de las últimas pascuas en San Clemente con Silvana, el amor pretendido por el principal editor y su jefe inmediato, le dieron a la gerencia el material necesario para justificar su partida. Vaya tranquilo, Mancelli, dijeron.

Aquel cronista forjado en la redacción de América primero, entendió el gesto editorial y llegó fastidioso a la Provincia después de nueve horas en un incómodo coche semicama. Comenzó a trabajar ni bien se acomodó en un modesto hotel céntrico.

Lo primero que hizo fue preguntar por el asunto a quien se le iba cruzando: el remisero que lo llevó al hotel, el conserje y la gente de a pie mientras iba rumbo a la Casa de Gobierno.

Mancelli llevaba el oficio con tal naturalidad que ninguno de los conversados sospechaba de sus pretensiones. Sin embargo, luego de innumerables evasivas de la secretaria del Gobernador, una tal Marcela, estaba claro que los principales involucrados no lo querían atender.

El silencio fue el termómetro que registró la temperatura ambiente del lugar al que había llegado.    

Los días pasaban. Renato Mancelli siguió con lo suyo. Prolijo el hombre, durante el día, caminaba, husmeaba, leía los diarios, preguntaba, iba, venía y anotaba cosas que creía de utilidad futura en un cuadernillo. A la noche escribía en la cafetería del hotel.

Al tiempo, Renato Mancelli empezó a molestar.

Sus artículos, que daban cuenta de la parquedad que prevalece en el escarpado camino de la verdad, habían servido para que los medios más importantes del país envíen a sus más reconocidos periodistas e incomodar a los caciques de la Provincia. Justino Visconti lo recibió en su despacho.

Rápido para el asunto, Mancelli fue a lo suyo. Insistió con la frescura que promovía su blanca y enorme sonrisa, sobre la necesidad de visitar los puntos provinciales más álgidos del conflicto y tener un claro acceso a los archivos judiciales sujetos a la cuestión.

En su lista de potenciales entrevistados se encontraban personajes de todo tipo: choferes personales de los Visconti, responsables de campos, posibles testaferros, contadores, personal impositivo, recaudadores fiscales, títulos de propiedad, el plano hídrico de la Provincia y los jueces firmantes de las concesiones sospechadas.

—Vea usted, Doctor —dijo mirando a través de la ventana, como si estuviera a punto contaminar el ambiente con la palabra, sin necesidad de tener que depositar la verdad en los ojos de Visconti. El país espera alguna novedad. Algo hay que mostrar, al menos antes de que nosotros, los periodistas, empecemos a mentir. El tema es innegable y, sepa usted, yo no vine aquí a juzgar, pero no se puede omitir que los diarios empiezan a escribirse solos. El rumor es un alimento que se digiere fácil, Doctor.

Mancelli se movía bien. Ávido para convencer, sus credenciales lo sostenían. Pero el caso es que Visconti sabía donde estaba sentado, y que lo haya recibido en la Casa de Gobierno, que no era un acto menor, le mostraba a la opinión pública que nada había que esconder.

—Tampoco se apresure, estimado periodista. Acá el tiempo corre, pero distinto. Usted viene, finalmente nos conocemos, conversamos. Mañana será otro día, Renato, si no le molesta que lo llamé así.  

Los Visconti no eran nuevos en esto. Que la Capital atienda, por presiones políticas, las sospechas de lavado de dinero, fraude electoral, aprietes –incluso algunos en los que se les había ido la mano– y toda la batería de insolencias que tan bien caben en los maletines, no significaba que en la Provincia se levantase polvo alguno. Los negocios cruzados entre los partidos políticos que empañaban a oficialistas y opositores y casamientos entre las promesas de las familias más acaudaladas del país tejieron el entramado del que tanto presumen los intocables.

Mancelli se convertía en un asunto a resolver.

El Gobernador abrió las puertas de su despacho. Las entrevistas, que en un principio algunas fueron publicadas en el diario, se convirtieron en conversaciones sensatas y almuerzos en donde el Gobernador llevaba alguno de los solicitados por el cronista.

En una sobremesa, el Gobernador lo invitó a conocer La Soñada para un cumpleaños familiar. La propiedad bandera donde pocos se jactaban de haber puesto los pies allí. Cuarenta invitados pasaron el día entre asadores, bailes, empandas fritas, jineteadas y la guitarra que anocheció cerca del fuego para llorar un tiempo perdido.

No había dudas de que los Visconti eran gente de campo. Aceptó con gusto la invitación a pasar la noche y convalidó con el gesto lo que tan gentilmente le habían convidado.

Al día siguiente repartieron monturas y arriba de un alazán marchó a recorrer el campo con los varones de la familia. Las palabras prometidas en el llano habrán sido como un bolero que adormece por lo dulce, promete por su llanto y deslumbra cuando rima. Sin embargo, sordas como el primer silencio, allí quedaron.  

Renato Mancelli renunció al diario. Instalado en la Provincia se desempeñó como director del mítico La Mañana provincial, luego como jefe de Prensa de la gobernación y, por último, como vocero y asesor personal de la familia Visconti.

De cualquier manera, La Grasa del Bife se imprimió cuando el caso había pasado de largo. La investigación se redujo a un prolijo estudio del hombre, el ambiente y los ribetes patrios de la hacienda nacional. De fácil lectura, mostraba muy por encima pequeñas irregularidades en dos boletos de compraventa de las hectáreas comprometidas por la desviación del río y aclaraba, más temprano que tarde, que el mal trago había sido por confiar en unos abogados rapaces y en una escribanía que para hacer un favor se ensució el nombre de una buena familia.  

Contra todo pronóstico, el libro se vendió bastante bien y se repuso con frecuencia en los puestos de diarios de la misma terminal de ómnibus a la que había llegado en aquel insufrible semicama.  

A Maribel Fernández Ramírez la conoció durante un viaje a Madrid. Se casaron dos años después. Chilena de nacimiento, nunca le perdonó el título del libro.

Cultura

Las librerías reclaman la emergencia ante una caída del 41,5% en la facturación

La Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines advirtió por el impacto de la caída de las ventas y el aumento de los costos operativos. El sector pidió medidas de financiamiento y una tarifa federal reducida para el envío de libros.

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Las librerías independientes atraviesan una fuerte caída en su actividad y reclaman la declaración de la Emergencia Librera en todo el país. Según un relevamiento de la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines (FALPA), la facturación real de 1.200 comercios del sector cayó 41,5% entre 2023 y 2026, mientras que los costos operativos aumentaron 31,1%.

El sector también registró una caída del 25% en las ventas respecto de 2023, en un escenario que, según las entidades, pone en riesgo la continuidad de numerosas librerías independientes.

Desde FALPA remarcaron que el cierre de estos comercios no implica solamente la pérdida de una actividad comercial. “Cuando una librería cierra, no desaparece solamente un comercio”, señalaron, y destacaron que también se pierde “un espacio de encuentro, de acceso a los libros y de promoción de la lectura en cada comunidad”.

Qué reclaman las librerías

Entre las principales medidas solicitadas, FALPA planteó la devolución del crédito fiscal del IVA y la implementación de líneas de financiamiento con tasas blandas para las pequeñas y medianas empresas del sector.

El pedido apunta a aliviar el nivel de endeudamiento que atraviesan las pymes y permitir que las librerías puedan afrontar sus costos operativos y sostener sus actividades.

Las entidades también reclamaron la creación de una tarifa federal reducida para el envío de paquetes, con el objetivo de facilitar la circulación de las producciones de editoriales provinciales y garantizar condiciones más equilibradas frente a las plataformas de comercio electrónico.

El respaldo de la Fundación El Libro

El reclamo de FALPA recibió el respaldo de la Fundación El Libro, que expresó su “profunda preocupación” y manifestó su “total respaldo a la declaración de Emergencia Librera”.

La institución destacó el papel de las librerías de cercanía en pueblos y localidades de todo el país, al considerar que su presencia resulta fundamental para el desarrollo federal, la democratización del acceso a la lectura y la formación ciudadana.

En ese sentido, definió a las librerías independientes como “un invalorable capital cultural” y remarcó que estos espacios permiten garantizar la bibliodiversidad, dar visibilidad a editoriales pequeñas y medianas y sostener el trabajo de mediación de los libreros.

Desde la Fundación El Libro advirtieron que el cierre de estos comercios afecta al conjunto de la actividad editorial: “Si estos espacios cierran, se empobrece el ecosistema editorial, se profundiza la desigualdad en el acceso al libro y se debilita aún más la formación lectora en nuestro país”.

El sector busca así medidas específicas para sostener la red de librerías independientes, considerada por las entidades como una parte central del acceso a los libros y de la vida cultural de las comunidades.

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