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Análisis

La condena del peón

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El-Argentino-Agustín Sosa


Por Agustín Sosa

El 23 de enero de 2013 miró el cielo mientras estaba en el piso, tirado sobre bosta de vaca. Marcos Pizarro Costa Paz había recibido un escopetazo en el cuello y pronto moriría camino al hospital.

Descendiente de Julio Argentino Roca, el joven estanciero alquilaba alrededor de setecientas hectáreas en el partido de Adolfo Gonzales Chaves, donde tenía unas quinientas cabezas de ganado.

A sus órdenes estaba Alberto Bonifacio Martínez, un peón al que le debía varios meses de sueldo y aguinaldo, lo obligaba a trabajar de sol a sol y a vivir en condiciones infrahumanas. El maltrato ya había despertado la indignación de varios testigos ocasionales que veían cómo el terrateniente humillaba al empleado, que entonces tenía 72 años.

La identidad nacional fue construida, entre otras cosas, por la relación entre patrón y obrero, o dueño de la tierra y peón, y sobre cómo los pobres se manifiestan frente a la opresión de los ricos. Una vez afianzados los límites que fijó la Campaña al Desierto, los terratenientes se sirvieron de la coacción instrumentada con el Estado como aliado para explotar a cuanta persona le quedara a la mano.

Martín Fierro y Juan Moreira dan cuenta de eso que también se observa en hechos reales que prolongan ese argumento narrativo de nuestra historia que sigue recreando los mismos sistemas de relaciones entre los dueños de todas las cosas y los desposeídos de la Patria.
Masacres, asesinatos y cruentas represiones a obreros no hubiesen sido posibles sin la promiscua relación de los empresarios con los resortes judiciales y políticos. Solo la intervención del peronismo ha revertido, por momentos, las condiciones nefastas del trabajo rural, pero de todos modos es el sector con mayor nivel de trabajo no registrado y son repetidas las noticias que dan cuenta de operativos para liberar trabajadores explotados en cualquier punto del país.

Ese 23 de enero el sol no daba respiro, el trabajo desde el amanecer, había sido muy intenso y todavía quedaba bastante por hacer en la manga para terminar de cargar los cinco camiones que había llevado Costa Paz. Tenía que dejar el campo que arrendaba y debía llevarse su hacienda.

Una vez más, el patrón maltrató a Martínez. Otra vez le faltó el respeto, esta vez frente a transportistas y veterinarios. Fue la última.

“El único que me ha gritado ha sido mi padre y se murió hace 50 años. Yo soy una persona mayor y a mí no me grita nadie. Le voy a pegar un tiro”, dijo el peón. Después se dirigió hasta la tapera que habitaba, tomó la escopeta y volvió a la manga para ultimar al terrateniente con un tiro en la garganta que lo dejó tan mal herido que murió desangrado, camino a la salita del pueblo más cercano.

Alberto Bonifacio Martínez esperó la partida en el rancho y, a su llegada, se entregó sin resistencia. Al año siguiente fue condenado a once años de prisión efectiva, sin habérsele otorgado el beneficio de la prisión domiciliaria, al menos hasta donde la crónica policial se ocupó de él.

Análisis

El Che escribió como Rubén Darío: Marcha Triunfal

Los cuadernos escritos a mano del Che.

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Por Jesús Rivero

Según quiénes acompañaban a Ernesto Guevara de la Serna en Bolivia, que en paralelo que avanzaba en su marcha, escribía, demasiado escribía. Cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967 encontraron en su mochila varios cuadernos escritos a mano, el más conocido es su diario de campaña, pero había un cuaderno rojo en el que había transcrito (escrito más allá) tres poemas de Rubén Darío. Uno de ellos era Marcha Triunfal. 

Setenta y dos años antes, una fría madrugada de fines de abril de 1895, el gran poeta nicaragüense aún no había escrito aquella marcha. En el contexto de nuestra Plaza de Mayo, estaba en un banco, desalineado, desmejorado. Seguro había pasado una noche de vino y juerga. Cuando sucedió algo inesperado, lo encontró el amigo indicado, era el doctor Plaza, responsable de la Isla Martín Garcia, donde por aquellos días se hacía la cuarentena, por la epidemia de fiebre amarilla. El doctor Plaza cubrió a Darío con un sobretodo y lo llevó directamente hasta el puerto para embarcarse en el vaporcito que los trasladará hasta la isla.

En la Isla Martín Garcia, se recuperó, al mismo tiempo que escribió, demasiado escribió. Un día llegó un telegrama en donde le pedían un poema para el próximo aniversario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Cuyo lugar físico de celebración era “El Ateneo de la calle Florida». Tenía tres días para hacerlo, Darío se sentó y escribió su marcha triunfal que pasaría a la historia. Y, como a tantas bibliotecas de nuestro país, llegó también a la de la familia Guevara.

Ernesto Guevara de la Serna “Che» nació el 14 de junio de 1928, pleno auge de la crisis del sistema capitalista a nivel global. En lo que respecta a la Marcha Triunfal, Ernesto se la aprendería de memoria como efecto de escuchar a su padre recitarla repetidamente. Esta transmisión lo acompañaría hasta sus últimos días, transcribiendo la misma,  en su cuaderno  en la selva boliviana. Hoy, el manuscrito de Rubén Darío está en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores en Ciudad Autonoma de Buenos Aires. Y, el cuaderno con la transcripción del Che, en un archivo del ejército en la ciudad de La Paz, Bolivia. Marcha Triunfal, poema que celebra una revolución, escrito en el río de La Plata, que fue transcripto por un revolucionario en la selva de Bolivia.

* escritor y activista político

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