Análisis
Actuar con orgullo
Por Natalia Zappacosta.
Por Natalia Zappacosta
Hace 10 años renuncié a la actuación. Al asumir mi identidad como mujer, creí que nunca más iba a poder actuar. Primero porque las personas como nosotres, al no poder “salir del clóset” por los motivos que quieras, familia, miedo, sociedad, elegí vos.; comenzamos a actuar para sobrevivir, y no es un eufemismo.
En mi caso, si no iba a ser mujer, iba a intentar ser feliz con lo que tenía y lo que me daban. Actuar me daba el escape que necesitaba, ese pequeño espacio donde, si bien tenía que seguir siendo un hombre, al menos no tenía que ser yo.
Ahora, la disyuntiva era clara, estaba adelante mío pero no la veía; todos mis personajes no eran solamente interpretados por mí, sino por el personaje que yo hacía años que venía interpretando, el hombre. A esta altura estarás pensando “Ésta tarada está tratando de venderme una especie de INCEPTION, sólo que despierta”, y es algo así, yo me sentía mujer pero vivía como hombre y ése hombre era actor e interpretaba todos los personajes que le ofrecieran. ¿Te explotó la cabeza? A mí me pasó cuando pensaba esta columna.
La cuestión fue que asumí mi identidad a fines de 2012. Como los mayas profetizaron, el mundo que yo conocía terminó y empezó uno mejor. Un mundo que me esperaba con un millón de dolores de cabeza y de corazón, con discriminaciones, gritos brutales en la calle y puertas cerradas que antes se me abrían de par en par por ser un hombre blanco heterosexual.
Pero, también aparecieron otras cosas con muchísima más fuerza. Amigas que se convirtieron en hermanas, espejos que me devolvían una imagen que se parecía mucho más que antes a la imagen que había soñado a los 12 años cuando empecé a ver cambiar los cuerpos de mis compañeras de escuela y me moría de envidia, un sentido de pertenencia, de ya no mirar al mundo desde atrás del mostrador. Finalmente era la protagonista de mi propia vida, no un personaje de ficción, Natalia, la mujer que era, que soy.
Tuvieron que pasar apenas un par de años para que me reencontrara con una amiga que sólo había conocido por chat. Ésta amiga, hoy hermana y socia, me contó que trabajaba en una Cooperativa teatral, no cualquier cooperativa, una formada solamente por mujeres trans. Ella sabía que yo era actriz… Momento en que me brotaron las lágrimas como cascada, hasta ahí solamente me habían llamado “actor” y no habían usado nunca, ni siquiera yo, el femenino de mi carrera.
–Sí, Naty –me dijo mi amiga sin que se le moviera un músculo de la cara–, sos ACTRIZ y guionista, es para lo que estudiaste y trabajaste, y es lo que sos y estaría buenísimo que te sumes a nuestra cooperativa y empezaras por dar clases.
En poco tiempo comencé a enseñar teatro, dirigir obras, tener mi propio taller de improvisación y dos años después, estaba nuevamente sobre un escenario enorme conduciendo las muestras de mis talleres. Años después, llegó una pandemia y el encierro trajo ideas nuevas.
Tuve mi propio programa de juegos de improvisación y lo disfrutaba como loca. Hoy los planes siguen creciendo, escribiendo un podcast de ficción que busca productores y que va a poner a mi nueva familia, la Cooperativa Arte-Trans, en una nueva plataforma, además de las muestras, obras teatrales y programas de TV y Youtube.
En resumen, eso que me servía de escape hoy es parte de mi vida. Eso que creía que no iba a poder hacer más, volvió a buscarme para decirme: «No te rindas porque ya no vas a tener que actuar para sobrevivir, ya no hay de qué evadirte. Hoy podés actuar para sentirte y mostrarte como sos. Hoy podés actuar con orgullo».
Te invitamos miércoles 17/8 al reestreno de “La fabricante de tortas” Con actuación de Alessandra Babino y dirección de Rodrigo Peiretti 21hs. Espacio Produccion: @CooperativaArteTrans. «La Greco» Bolivar 693 San Telmo C.A.B.A. Agradecemos cómo cada semana a: Lucrecia Nos (MaKe-Up & Bodypainting) contáctala al 11-41412296 Ig: @Lucrecianos Web: Lucrecianos.com.ar
Análisis
Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado
Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.
El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.
Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.
El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.
El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos
En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.
La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.
La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.
El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia
El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.
En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»
El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.
Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel
El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.
En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.
En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.
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