Análisis
Larreta, marketing para la tribuna y punición para disciplinar la pobreza
El jefe de Gobierno porteño presenta medidas que se anuncian como rectas, justas y de pura vocación altruista, pero su propósito principal es controlar y disciplinar.
Por Gabriel Brener*
Quitar los programas sociales a los que superen el 15% de inasistencias a la escuela, en el universo de 23.000 chicos/as y adolescentes que se benefician del programa social Ciudadanía Porteña es parte de una política de marketing, pero también de disciplinamiento del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Se trata de un gesto para mantener cautivo a su electorado medio, aunque es un guiño hacia el costado más «libertario» y punitivista de nuestra sociedad. Con esta medida que se anuncia como recta y justa y de pura vocación altruista podemos mostrar como su propósito principal es controlar y disciplinar.
¿Por qué sostengo que es marketing electoral y pedagogía de la punición? Porque si la motivación fuese educativa, no se hubiera achicado el presupuesto en educación en forma sostenida en la última década, que fue toda de su propio Gobierno. Del mismo modo no hubiese dejado sin vacantes a decenas de miles de porteños/as, así como desprovisto de tecnología para uso escolar a los más vulnerados de la ciudad, y durante la pandemia (dicho por su ministra). Y podríamos agregar, deterioro de infraestructura escolar, subejecución y merma de las becas, pauperización de las viandas escolares, vaciamiento sistemático de los 29 institutos de formación docente con prestigio pedagógico centenario, entre otras cuestiones.

Por tanto, el interés con esta medida es meramente punitivo, con un claro mensaje de disciplinamiento hacia estas familias y sus hijos/as. Y hay algo más, que ayuda a comprender esto que estoy planteando. La mismísima idea de obligatoriedad escolar. Veamos:
Desde todos los sectores políticos, sin distinción, se aplaude que desde el comienzo de la última democracia a la fecha casi se han duplicado los años de escolaridad obligatoria en Argentina. Y eso es muy importante, para celebrar y en especial porque afirma la educación como un derecho, más allá que el desafío debe ser no solo por estar en la escuela, sino por aprender cada vez más y mejor. Lo que no suele hacerse es explicar que significa obligatoriedad. Y esta medida del alcalde porteño nos permite hacer una lectura retrospectiva y aclaratoria.
Con esta medida, Horacio Rodríguez Larreta y su ministra de Educación, Soledad Acuña, reivindican el sentido de obligatoriedad de la Ley 1420, de 1884, donde se obligaba a las familias a enviar a sus hijos a la escuela bajo amenaza de enviar a la policía a efectivizar dicha norma. Y el sentido de la obligatoriedad que existe hoy y por tanto se respalda en la ley de educación vigente que es la de 2006 (Ley 26206, que el gobierno porteño menciona para lo que le conviene) tiene una clara exigencia: la obligación es del gobierno para garantizar las condiciones para que se efectivice el derecho en el acceso, tránsito y egreso escolar en los niveles inicial, primario y secundario y cada una de sus modalidades.
Larreta, una vez más, desplaza esa máxima responsabilidad, que es de su administración, hacia las familias más vulneradas por los efectos de su propia política de Gobierno.
O sea, quien anuncia su vocación por la educación y su pasión por el esfuerzo como acto de superación, le ha cercenado a buena parte de su población el acceso y condiciones mínimas para garantizar la educación. Y tal como sostiene el neoliberalismo en educación y los procesos de mercantilización crecientes, se transforma a la víctima en culpable de su propia indefensión.
Es decir, se neutraliza o licúa la noción de vulnerable, invisibilizando a quien es responsable de dicha vulneración. De allí proviene esa tan dolorosa circunstancia en la que un pibe se convence que no es para la escuela, que la matemática no se inventó para él o una joven que se asume como única responsable de su «fracaso escolar». Ese desplazamiento revela la eficacia de estas políticas neoliberales, por más blando o de apariencia «dialogal» que sea la versión porteña entre los matices ultramontanos de las nuevas derechas.
Los pibes/as más vulnerados y sus familias parecieran ser los (únicos) responsables de sus trayectos escolares de baja intensidad y el Estado que es el principal causante de aquello aparece como el mas beneplácito e imparcial corrector de desvíos e inasistencias. Cinismo al palo, versión porteña.
Marketing para el voto cautivo mostrando su rostro punitivo y disciplinamiento para quienes han vulnerado desde sus políticas de Gobierno hace más de una década.
*Gabriel Brener es licenciado en Ciencias de la Educación por la UBA-Instituto Superior del Profesorado Dr. Joaquín V. González-Universidad Nacional de Hurlingham.
Análisis
El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar
La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.
Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.
El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.
«Una bomba en el medio del pueblo»
Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.
La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.
Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».
Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal
Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».
Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.
Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.
Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».
La intendenta y el pedido de los trabajadores
Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.
Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».
La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.
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