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Análisis

Las condicionalidades del FMI

La economía argentina no encuentra su debilidad en el escaso ingreso de divisas, ni en la falta de dinero. Por el contrario, su problema radica en la permanente fuga de capitales.

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El-Argentino-Guzmán y Giorgieva

Por Horacio Rovelli

El Ministro Martín Guzmán, en la reunión con los Gobernadores del 4 de enero 2022, dijo que el Estado Nacional argentino tiene que pagarle al FMI, entre capital e intereses, U$S 19.000 millones de dólares este año 2022 y U$S 20.000 millones en 2023.

Además, aportó un detalle poco difundido sobre el endeudamiento. Dijo que los pagos de deuda del sector privado en moneda extranjera son el principal factor que explica la diferencia entre el excepcional superávit comercial de los últimos dos años y la acumulación de reservas internacionales del BCRA.

En sus dos años de mandato, según consignó el ministro, el gobierno de Alberto Fernández le otorgó a un grupo de grandes empresas de la Argentina la suma de 8.300 millones de dólares para pagar la deuda que esas empresas privadas contrajeron durante el gobierno de Cambiemos, a la par del proceso vertiginoso de endeudamiento público.

«Cabe suspender todo pago hasta que se sepa fehacientemente a dónde fue cada dólar concedido».

En esa reunión, el ministro advirtió que «el acuerdo con el FMI no va a resolver todos los problemas de endeudamiento externo de la Argentina; hay mucho trabajo por hacer; es tan grande el problema que va a llevar años resolverlo» y recordó que los compromisos de deuda plantean una «situación absolutamente insostenible», al asegurar que el total de vencimientos de la deuda pública nacional (FMI y otros), más los vencimientos de la deuda del sector privado suman compromisos por años de U$s 28.000 millones en 2022 y U$s 30.000 millones en 2023, suma que es casi el doble del superávit comercial del país.

La Argentina obtuvo en el año 2020 un superávit comercial (las exportaciones superaron a las importaciones) de 12.528 millones de dólares y en el año 2021 rondará los 17.000 millones de dólares, sin embargo las Reservas Internacionales del BCRA son 4.000 millones de dólares menos que en diciembre de 2019.

La causa fundamental es que la Argentina no solo pagó y paga los intereses de una deuda espuria, sino que incluso le vende los dólares al tipo de cambio oficial a las empresas privadas para que paguen sus supuestas, o reales, deudas cuando la mayoría de esas empresas están entre las principales compradoras de dólares en la gestión de Cambiemos.

Por lo expuesto, la economía argentina no encuentra su debilidad en el escaso ingreso de divisas, ni en la falta de dinero. Por el contrario, su problema radica en la permanente fuga de capitales, el pago de la deuda, y la administración de sus recursos financieros que se hallan destinados a la especulación, y no a la producción ni el desarrollo con justicia social.

Es más, en su exposición ante los Gobernadores, el Ministro Martín Guzmán sostuvo que el déficit primario (antes de pagar los intereses de la deuda) de la Administración Nacional del año 2021 fue del 3,5% del PIB (Unos $ 13.300 millones) y que el FMI exige un desequilibrio primario del orden del 2,5% para el año 2022, y de 1,8% del PIB para el año 2023 ( A dinero de 2021 son unos $ 4.440 millones y para el año 2023 otra reducción del gasto en $ 3.100 millones más.

Los problemas son dos. Uno que el ajuste se hace pagando menos haberes previsionales y sociales. El otro que paralelamente exige que el financiamiento del BCRA sea cada vez menor, con lo que obliga al Estado a endeudarse para pagar deuda (Toma deuda nueva para pagar deuda vieja, con lo que siempre seguimos endeudados).

EN SINTESIS:

No existe el “default” con el FMI, como país miembro y dada las serias deficiencias y anormalidades reconocidas por el propio organismo en el crédito a la Argentina, cabe suspender todo pago hasta que se sepa fehacientemente a dónde fue cada dólar concedido, recuperarlo y amortizar deudas con el FMI en el menor plazo posible.

Análisis

Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado

Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.

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El Argentino Diario-Donald Trump-Javier Milei.

El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.

Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.

El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.

El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos

En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.

La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.

La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.

El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia

El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.

En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»

El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.

Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel

El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.

En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.

En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.

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