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Vecinos piden la reapertura de biblioteca en Floresta

Las autoridades del Gobierno porteño señalaron que volverá a abrir sus puertas a fines de este año.

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Por Néstor Llidó

La biblioteca “Hilario Ascasubi” fue cerrada al público cuando se decretó la pandemia por el coronavirus y lleva casi 900 días sin atención a sus visitantes, pero también como lugar en el que funcionaban distintos talleres. A pesar de los reclamos de los vecinos del barrio de Floresta, las autoridades del gobierno porteño señalaron que volverá a abrir sus puertas a fines de este año, con el argumento que se deben a llevar adelante obras de reacondicionamiento.

Días atrás, un grupo de personas concretó un “abrazo simbólico” a la biblioteca “Hilario Ascasubi”, sobre la calle César Díaz al 4200, remarcando que “es la única pública de la Comuna 10, fue fundada en 1940 y cuenta con 8.000 volúmenes, además de ser un espacio para actividades recreativas y culturales, como el dictado de talleres”.

Este cierre que lleva más de dos años y medio motivó el reclamo vecinal ya desde hace varios meses, con presentación de notas solicitando su reapertura. De acuerdo de lo reflejado por el sitio Nadienosinvito.com.ar, la respuesta del gobierno porteño es que “la biblioteca es parte de un del plan de reacondicionamiento que se está realizando en la red de Bibliotecas de la Ciudad y abrirá antes que finalice 2022”.

De todas maneras, la casa de la esquina de César Díaz y pasaje Ascasubi de Floresta no está en obras, pese a que se aseguran que tiene filtraciones y en realidad, presenta un estado de virtual abandono. Los funcionarios sostienen que en la actualidad se llevan a cabo los relevamientos para determinar las tareas y arreglos a realizar, pero nunca se vio a nadie trabajando.

De todas maneras, ante el pedido de información pública sobre esta histórico lugar del barrio, la respuesta de la directora de Bibliotecas y Promoción de la Lectura, Carla Artunduaga, fue nuevamente que la Ascasubi es parte de un del plan de reacondicionamiento que se está realizando en la red de Bibliotecas de la Ciudad.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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