Sociedad
Testimonio de un sobreviviente de abusos sexuales
«Los chicos y las chicas no mentimos. No somos una cosa a la cual le pueden llenar la cabeza. Por eso (el ISAP) está tan desacreditado y ya no se puede usar más», afirma Vázquez Ghisoni, víctima de ataques sexuales.
Tomás Vázquez Ghisoni, un joven de 21 años que denunció haber vivido tanto él como sus hermanos abusos por parte de su progenitor cuando eran niños, afirma que las y los hijos no mienten y no son «una cosa a la que le pueden llenar la cabeza», en relación a las críticas que vivió él y su madre, a quienes trataron de «locos» cuando contaron lo sucedido, fundadas en el Inexistente Síndrome de Alienación Parental (ISAP).
«Los chicos y las chicas no mentimos. No somos una cosa a la cual le pueden llenar la cabeza. Por eso (el ISAP) está tan desacreditado y ya no se puede usar más», afirma Vázquez Ghisoni, en una conversación con Télam, en referencia al supuesto trastorno infantil por el cual los niños mentirían tras presión de sus progenitores (en general madres), el cual se utiliza para desacreditar denuncias sobre abusos sexuales.
El joven se encuentra junto a su novia, sentado en un sillón mientras toma un café de especialidad -una práctica que a ambos le gusta compartir- y cada vez que se dispone a responder una pregunta, primero respira hondo.
Se prepara para el juicio que se desarrollará entre el 3 y el 11 de agosto, desde las 9, en el Tribunal Oral Criminal N° 3 de Lomas de Zamora, a cargo de los jueces Marcelo Hugo Dellaure, Luis Miguel Gabián y Claudio José Fernández.
«Estoy bastante ansioso. No sé si tengo miedo. Antes sí teníamos, o yo por lo menos, de lo que podía llegar a hacer mi progenitor porque tenía una conducta recurrente de violar las medidas cautelares, las perimetrales, todo. Ha llegado a poner pasacalles en la puerta de nuestro colegio, en la casa de la jueza», cuenta Tomás.
El acusado es su progenitor, Pablo Ghisoni, quien es médico ginecólogo en el Sanatorio Juncal de la localidad bonaerense de Temperley, denunciado por el delito de abuso sexual agravado contra sus dos hijos menores, reiterado en varias oportunidades entre 2010 y 2016.
La madre de Tomás y sus hermanos, Andrea Vázquez, hace más de 12 años que lleva adelante una lucha para que se la escuche tanto a ella como a sus hijos.
Más allá de que Vázquez realizó 40 denuncias contra su ex pareja, a esta instancia judicial llegaron a partir de la radicada por la Directora Ejecutiva del Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, Nora Schulman, al tomar conocimiento de la situación del hijo menor, que en ese momento tenía 7 años y hoy, 14.
Tomás, el hijo del medio, cocina «muy bien», asegura su madre, y es el más deportista de sus hermanos: juega al paddle, al tenis y el entrenamiento lo ayuda a despejarse, dice.
También cursa Derecho en la Universidad de Lomas de Zamora, donde ingresó inspirado en su abogada Edith Aida Puente, la primera que lo escuchó dentro del entorno judicial y le «cambió la vida». Desde su profesión espera poder cambiar algunas prácticas del manejo del Poder Judicial con las y los sobrevivientes de abusos.
«Cuando no estoy en el juzgado, estoy en el colegio o en mi casa», respondió Tomás en una audiencia cuando de chico le preguntaron cómo se desarrollaba su vida. Ahora lo recuerda: «Iba tres veces por semana, por lo menos, al juzgado. Eso no tiene que ser más así».
Para él, el Poder Judicial «reconoce a les niñes como un objeto, es una cosificación total. Hacen un ‘como sí’ sobre la Convención de Derechos del Niño, pero nunca se respeta».
El joven cuenta que vivía «una vida normal» con su familia hasta que comenzaron los actos de violencia de parte de su progenitor.
«Yo solía tener problemas de conducta en el colegio, pero dadas las circunstancias era más que entendible. Por eso sufría las represalias de parte de mi progenitor. Me cagaba a palos, me decía que estaba loco, que tenía que ser medicado», cuenta.
Tras estos hechos y otros, Andrea se separó en 2009 de esa pareja y lo denunció por violencia contra ella y sus hijos.
Sin embargo, el Tribunal N° 3 de Familia de Lomas de Zamora la acusó del delito de «impedimento de contacto» de sus hijos con Ghisoni y el 2 de octubre de 2012, efectivos uniformados instalaron definitivamente a sus hijos en el domicilio del progenitor, mientras le impusieron a ella una prohibición de acercamiento de 500 metros.
Si bien Vázquez fue absuelta en 2013 de esta acusación, hasta el 2015 no pudo tener contacto con sus hijos y recién en 2016 volvió a convivir con dos de ellos.
«Dentro de esos cuatro años que vivimos sin contacto con mi mamá, a mí lo que me hacía era encerrarme en este círculo de él, no tenía amigos, en quién confiar, psicólogos que me mandaba el Poder Judicial pero que todo lo que les contaba se terminaba enterando mi progenitor, no tenía un espacio de verdad donde poder confiar en alguien», dice Tomás.
También dudó «de la realidad», según sus palabras: «Cuando estás en un círculo donde te llega solamente una información durante tanto tiempo es difícil. Yo no podía tener ninguna información de mi mamá, porque no era solamente no verla. Todo era información negativa. En el colegio, ‘tu mamá es una loca’; y entonces pensaba ‘bueno, debe ser'».
Durante este período, que reconoce como «un calvario» ya que su progenitor tuvo «libre albedrío para hacer lo que quería», cuenta que le diagnosticaron «trastorno oposicional parental» y lo medicaron.
«Por eso estaba un poco más disociado de la realidad y no me pude enterar de lo que le hacía a mis hermanos y la verdad que eso me mortifica bastante hoy, pero entiendo que no podía hacer mucho», comparte.
Aunque tanto él como sus hermanos expresaban que no querían ver a su progenitor, Tomás recuerda que desde el Poder Judicial les respondían que su discurso «era adulto y estaba influenciado».
En 2019, Ghisoni fue procesado por el delito de abuso sexual contra dos de sus hijos y el 8 de febrero pasado, la Sala Tercera de la Cámara de Apelación y Garantía de Lomas de Zamora le concedió la excarcelación, a la espera del juicio.
«Estuvimos esperando más de diez años para que haya algo parecido a justicia. Todo este tiempo, él estuvo con prisión preventiva dándose una vida de lujo porque estuvo en una clínica privada donde es amigo de los dueños y luego internado en su propia clínica donde es uno de los socios fundadores. Después, en la casa, trabajando los 7 días de la semana», detalla Tomás.
Estos diez años, el joven tuvo «la vida en pausa». «No podés disfrutar, tenés esa carga que la llevás permanentemente con vos. No es algo que lo ves en la tele: es tu vida», narra.
Con este juicio espera una «sentencia ejemplificadora donde le den muchos años» al acusado, aunque reconoce que «es difícil que pase» ya que su progenitor «es poderoso».
«Me conformaría con una sentencia culpable para reivindicar tanto mi nombre como el de mi mamá que fue desacreditado por tantos años. Ella fue ‘la loca del megáfono’, la que se encadenaba en Tribunales, y lo único que hizo fue ser una madre protectora. Y yo, al que le llenan la cabeza, ‘el loco’, ‘el medicado'», concluye.
Córdoba
Fuego en el aula: condenan a un colegio por las quemaduras de una alumna
Un juez de Córdoba ordenó indemnizar a una estudiante de 17 años que pasó 70 días en terapia intensiva y quedó con una incapacidad permanente. El laboratorio no tenía las medidas básicas de seguridad.
Una alumna de 17 años pasó 70 días en terapia intensiva, atravesó decenas de cirugías y quedó con una incapacidad psicofísica permanente y definitiva por las quemaduras que sufrió durante un experimento en la clase de química. Ahora, la Justicia cordobesa condenó al colegio privado al que asistía a indemnizarla y dejó en claro que la seguridad de los estudiantes es responsabilidad de la escuela.
El fallo es del juez Gustavo Massano, titular del Juzgado en lo Civil y Comercial de 51ª Nominación de la ciudad de Córdoba, y fue difundido por el portal oficial Justicia de Córdoba. La resolución alcanza a la institución educativa de gestión privada y a su compañía de seguros, citada en garantía. El portal oficial no difundió el monto de la indemnización ni el nombre del establecimiento. El hecho ocurrió el 6 de septiembre de 2022, durante una clase de química del último año del secundario.
La «serpiente del faraón» que terminó en tragedia
El accidente ocurrió durante una práctica conocida como «la serpiente del faraón», un experimento que implica manipular elementos inflamables para generar una estructura carbonosa negra que crece con forma de serpiente. Mientras dos adolescentes realizaban la actividad, una compañera de curso agregó alcohol a la mezcla y se produjo una deflagración con una expansión de fuego que alcanzó de lleno a la estudiante.
Las quemaduras fueron de extrema gravedad. La joven estuvo internada 70 días en terapia intensiva y tuvo que someterse a decenas de intervenciones quirúrgicas, entre ellas limpiezas, ablaciones y autoinjertos de piel, además de un largo proceso de rehabilitación.
Una docente sola para varios grupos con fuego
El colegio intentó despegarse: argumentó que el daño se debió directamente a la conducta impropia de otra alumna. La aseguradora fue más allá y sostuvo que esa inconducta constituía un caso fortuito, imprevisible o inevitable. El juez rechazó ambas defensas.
Massano precisó que los alumnos no son «terceros extraños» respecto del colegio, sino que están amparados por el deber de custodia e indemnidad del establecimiento, por lo que lo que haga un estudiante no puede eximir a la escuela de su responsabilidad. Para el magistrado, manipular fuego y alcohol es una actividad riesgosa y la conducta irreflexiva de un adolescente forma parte de las contingencias previsibles que la autoridad escolar debe contemplar.
La prueba fue contundente. La pericia técnica en higiene y seguridad y el resto de los elementos de la causa demostraron que el laboratorio no contaba con los elementos básicos de protección personal ni con las medidas de seguridad necesarias. Además, el colegio no aplicó su propio manual de seguridad del laboratorio.
El fallo también apuntó a la falta de supervisión: una sola docente estaba a cargo de controlar al mismo tiempo a varios grupos que hacían la prueba con fuego en paralelo, sin un orden secuencial estricto, sin ayudantes de laboratorio y sin haber revisado antes los recipientes de alcohol que llevaron los propios alumnos.
La educación privada, leída como relación de consumo
Para resolver el caso, el juez consideró la relación entre el establecimiento y los alumnos, o sus padres cuando son menores de edad, como un «verdadero contrato de consumo», y lo encuadró en el régimen de responsabilidad objetiva del artículo 1767 del Código Civil y Comercial de la Nación, que regula la responsabilidad de los establecimientos educativos por los daños que sufren o causan sus alumnos menores de edad mientras están bajo su control.
En esa lógica, el colegio asume el rol de proveedor, como empresa que organiza y ofrece su actividad de enseñanza, y la alumna el de consumidora, como usuaria y destinataria final del servicio. El encuadre tiene una consecuencia directa: la escuela responde por los daños sin que la víctima tenga que probar su culpa, y solo podría liberarse demostrando un caso fortuito, algo que el juez descartó.
El caso deja una advertencia que excede a ese colegio: cuando una escuela cobra por enseñar y organiza actividades riesgosas, no puede trasladar a los chicos ni al azar el costo de no invertir en seguridad ni en personal.
Lo que tenés que saber:
- Un juzgado civil y comercial de Córdoba condenó a un colegio privado a indemnizar a una alumna que se quemó en una clase de química.
- La estudiante, de 17 años, estuvo 70 días en terapia intensiva, pasó por decenas de cirugías y quedó con una incapacidad permanente.
- El accidente ocurrió cuando una compañera agregó alcohol al experimento conocido como «la serpiente del faraón».
- El juez Gustavo Massano rechazó que la culpa fuera de la otra alumna o un caso fortuito y aplicó el artículo 1767 del Código Civil y Comercial.
- La pericia mostró que el laboratorio no tenía elementos básicos de seguridad y que una sola docente supervisaba a varios grupos a la vez.
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