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Cuando el delito sigue vivo: domiciliarias, silencio y la deuda con los hijos de la dictadura

“Lo esencial es romper el silencio y el agua de los grandes mutismos.”

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Por María Sol Bruera*

Mientras cientos de personas aún no saben quiénes son y miles de familias no pueden enterrar a sus desaparecidos, la expansión de la prisión domiciliaria para condenados por lesa humanidad reabre una pregunta incómoda: ¿puede el Estado atenuar la pena frente a delitos que, como enseñan Roxin y Maier, siguen ocurriendo en el tiempo y lesionan hoy el derecho a la identidad y a la verdad?

La discusión sobre la prisión domiciliaria en delitos de lesa humanidad vuelve a instalarse en la agenda pública, pero muchas veces despojada de su verdadera dimensión: no se trata sólo de un debate técnico, sino de una cuestión de derechos humanos que interpela directamente la responsabilidad del Estado argentino.

El terrorismo de Estado dejó un saldo de 30.400 personas desaparecidas. Dentro de ese universo, uno de los crímenes más atroces fue la apropiación sistemática de niños y niñas. No se trató de hechos aislados, sino de un plan organizado: se estima que alrededor de 500 bebés nacidos en cautiverio fueron sustraídos de sus familias y privados de su identidad.

A cincuenta años, la herida sigue abierta. Más de 140 nietos y nietas han recuperado su identidad, pero aún restan aproximadamente 300 personas que desconocen su verdadero origen. Este dato, lejos de ser meramente histórico, tiene consecuencias jurídicas actuales: cada identidad no restituida constituye una violación de derechos humanos en curso.

La desaparición forzada —y la apropiación de menores como parte de ese dispositivo— es un delito permanente. Su consumación no se agota en el pasado, sino que se prolonga mientras subsista la incertidumbre sobre el destino de la víctima o la verdadera identidad de los niños apropiados. En términos jurídicos, el delito continúa.

Pero esa continuidad no es neutra ni inevitable. Se sostiene, en gran medida, en la persistencia de un fenómeno estructural: el llamado “pacto de silencio”.

Durante décadas, numerosos responsables del aparato represivo sostuvieron una negativa sistemática para aportar información. No han indicado el destino de las personas desaparecidas ni han contribuido a la restitución de la identidad de los niños apropiados. Ese silencio no es solo una omisión: es una forma activa de prolongar el daño. Impide la verdad, frustra la justicia y perpetúa la incertidumbre de las víctimas.

Desde esta perspectiva, la expansión de la prisión domiciliaria en casos de delitos de lesa humanidad adquiere una gravedad particular.

El ordenamiento jurídico argentino la prevé como una medida excepcional, fundada en razones humanitarias. Sin embargo, en la práctica reciente, entre el 75% y el 85% de los condenados por estos crímenes cumplen sus penas bajo modalidad domiciliaria. La excepción se ha transformado en regla.

Este fenómeno no puede analizarse aisladamente. La ejecución de la pena forma parte del proceso penal y debe ser coherente con la naturaleza del delito. Como ha sostenido la mejor doctrina penal —desde Roxin hasta Maier—, el sistema no puede desentenderse de la realidad material de los hechos ni del tiempo en que el delito se proyecta.

Cuando se trata de crímenes permanentes, cuyo daño se mantiene en el presente, la atenuación estructural de la pena plantea serias tensiones con los compromisos internacionales del Estado.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha establecido de manera reiterada que los Estados deben investigar, juzgar y sancionar adecuadamente esta clase de delitos. Ésto no se satisface con una condena formal: exige una ejecución efectiva, proporcional a la gravedad de los hechos.

La cuestión se vuelve aún más problemática cuando quienes acceden a modalidades más benignas de cumplimiento de pena, no han contribuido en absoluto al esclarecimiento de los crímenes. La persistencia del silencio refuerza la continuidad del delito y agrava la afectación de los derechos de las víctimas.

Porque no se trata solo de penas. Se trata de derechos humanos concretos y actuales. Tambien por los intereses economicos privilegiados a partir del plan de represion, que estuvo sistematizado, aprehendido en la escuelas de las americas, tomando la experiencia antiinusrgencional de Argelia, ideando el Plan Condor y siendo las FFAA el instrumento para imponer la mentada Reorganizacion Nacional y con ello un proceso de miseria planificada que nos trae a la violaciones de DDHH actuales.

Del derecho a la identidad de hombres y mujeres que hoy viven sin saber quiénes son.
Del derecho a la verdad de familias que aún buscan.
Del derecho a enterrar a sus muertos, negado por la desaparición forzada.

En este escenario, la democracia argentina enfrenta un desafío ineludible: reforzar las políticas públicas orientadas al esclarecimiento de estos delitos. Ello implica profundizar los mecanismos de búsqueda, fortalecer los espacios institucionales de memoria, garantizar recursos para la identificación de víctimas y promover activamente la obtención de información que permita romper, de una vez, el pacto de silencio.

No se trata de desconocer garantías ni de promover respuestas punitivas irracionales. Se trata, por el contrario, de preservar la coherencia del derecho penal frente a crímenes que por su propia naturaleza, exigen una respuesta acorde.

El desafío es evitar que institutos legítimos en abstracto funcionen en la práctica como mecanismos de debilitamiento de la sanción.

Porque cuando el delito sigue vivo, la pena no puede diluirse sin afectar el núcleo mismo de la justicia.

Argentina ha construido, con enorme sacrificio, un consenso en torno a la memoria, la verdad y la justicia. Ese consenso no es declamativo: se expresa en decisiones concretas.

Y es precisamente en la forma en que se ejecutan las penas —y en la decisión política de seguir buscando la verdad— donde ese compromiso se pone verdaderamente a prueba.

Al fin y al cabo «arderá la memoria hasta que todo sea como lo soñamos».


*Especialista en Derecho Penal (USAL)
Maestranda en Derechos Humanos (UNLP)
Subdirectora del Observatorio de Derechos Humanos del Área de Investigación y Clínicas Jurídicas CALP.

En memoria de Carlos Eduardo Lugones y los 30.400 compañeros y compañeras detenidas y desaparecidas, presentes, ahora y siempre.

DDHH

Traslados a Marcos Paz: estudiantes de Devoto denuncian el vaciamiento del CUD

Organizaciones vinculadas al Centro Universitario Devoto advirtieron que el Gobierno nacional comenzó a trasladar estudiantes privados de su libertad sin aviso a la Justicia ni a las defensas. La jornada de protesta será este viernes 16 de octubre a las 17, en Desaguadero y Nogoyá, frente a la cárcel.

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El Centro Universitario Devoto (CUD), la experiencia educativa de la Universidad de Buenos Aires dentro del penal de Villa Devoto, quedó en el centro de una nueva disputa con el Gobierno nacional. Según un comunicado difundido en redes sociales bajo la consigna #DefendamosElCUD, las autoridades iniciaron de manera intempestiva el traslado de estudiantes universitarios hacia el complejo penitenciario de Marcos Paz, sin comunicación previa al Poder Judicial, a las defensas ni a los organismos de control.

Los firmantes exigieron que se respeten los acuerdos preestablecidos y que se garanticen los derechos y las garantías constitucionales de los estudiantes privados de su libertad.

«No se trata de cambiar a una persona de establecimiento»

El texto sostuvo que la medida implica mucho más que una reubicación administrativa. Según la denuncia, los traslados interrumpen trayectorias educativas, rompen vínculos y desarticulan espacios de organización colectiva que llevan más de cuatro décadas de construcción.

Los denunciantes remarcaron como un dato preocupante que la mudanza comenzó justamente por los estudiantes universitarios. En ese sentido, definieron al CUD como algo más que un conjunto de aulas: un espacio de organización y autogestión de las propias personas detenidas, que construyó autonomía y participación colectiva.

Por las aulas del centro pasaron más de 3.000 estudiantes, en una experiencia que el comunicado describió como una referencia nacional e internacional.

Críticas a Milei y a Jorge Macri

Apuntaron contra Javier Milei a nivel nacional y contra Jorge Macri en la Ciudad. Los acusó de encabezar políticas «regresivas y punitivistas» que convierten a los sectores más vulnerables en enemigos públicos, y afirmó que los traslados profundizan esa lógica de castigo y disciplinamiento.

También cuestionó las prioridades presupuestarias: según el texto, se gastan millones para alejar la cárcel de la ciudad mientras se incumplen las leyes de financiamiento universitario.

«Defender el CUD no es defender solamente un edificio. Es defender una experiencia colectiva, el derecho a la educación y la posibilidad de construir otros destinos».

Jornada frente al muro de Devoto

Los organizadores anunciaron luego un cambio de fecha: el encuentro central será este viernes 16 de octubre a las 17, en Desaguadero y Nogoyá, frente a la cárcel.

La agenda prevé, a las 17, la instalación sonora «Voces en el muro», con poemas y pensamientos de personas privadas de su libertad reproducidos sobre la pared del penal. A las 18, Juan Grabois dará una clase pública titulada «La educación como política de seguridad». A las 19 habrá un micrófono abierto con referentes liberados, familiares, docentes y talleristas de la UBA.

Los organizadores invitaron además a llevar una papa, que se colocará sobre el muro como gesto simbólico dirigido al Papa León XIV para que se pronuncie sobre la situación del CUD. Las papas se donarán después a una olla popular. También pidieron llevar una vela «de la resistencia» bajo la consigna de que no se apague el fuego del centro universitario.

«La educación es un derecho, también en contextos de encierro», resumió la convocatoria.

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