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El autor de la foto «La Madre y el policía» y la historia de una de las primeras fake news de Clarín
Entrevista a Jorge Sánchez, quien tomó la foto a escondidas de Telam y luego de ser amenazado, para verla distorsionada como tapa del medio cómplice del Terrorismo de Estado.
Por Evangelina Bucari
El 6 de octubre de 1982 el fotógrafo Jorge Sánchez sacó a escondidas de Télam la copia de una foto que había ocultado la noche anterior. Al volver de la cobertura de la llamada «Marcha por la Vida» – una movilización en reclamo por la aparición con vida de los detenidos-desaparecidos – , el interventor militar de la agencia, Rafael Benjamín de Piano, le había hecho una advertencia: «Que esto no salga a la luz, por su bien y por el de su familia». Pero el reportero gráfico recién empezó a entender la relevancia de lo sucedido cuando al día siguiente vio en la tapa del diario Clarín a la misma Madre de Plaza de Mayo y al policía que él había retratado con su lente 35 milímetros, pero la historia que se mostraba, usando otras imágenes, era diametralmente opuesta.
«En esa imagen (la publicada en Clarín) se muestra que el policía abraza a la Madre, pero en realidad lo que está haciendo es apretándola contra el pecho para callarla, para no escuchar más todo el reclamo que le hacía. Un reclamo genuino, que es la imagen que me queda, que es la que alcanzo a hacer yo, que es la imagen del pedido a ese policía que representaba al gobierno. Era un pedido de justicia. Y en la otra foto quedó como que la policía era buena. Se utilizó a esa imagen y a esa madre para mostrar algo que no era cierto, una paz y una reconciliación que era una mentir», explicó Sánchez.
La foto tomada por Sánchez, quien trabajó en esta agencia de noticias entre 1979 y 1993, sintetiza la censura, la represión y las mentiras de las que se valió la última dictadura cívico-militar para ejercer el terrorismo de Estado y manipular a la población. La atesoró por más de 40 años y, por primera vez, en esta nota habla de lo sucedido. «A veces uno se hace una coraza y trata de olvidar cosas. Ayer no pude dormir en toda la noche pensando en esos días«, recordó con angustia.
El año pasado, en un minucioso trabajo de recuperación del archivo fotográfico y periodístico, la agencia estatal de noticias encontró algunos de los negativos «perdidos» y sacó a la luz una secuencia de seis fotogramas que desenmascaran el operativo montado por la dictadura para instalar la idea de una posible reconciliación o pacificación.
A medida que avanza en su relato, la bronca y los recuerdos de Sánchez se transforman en lágrimas. «Cuando vi que esa otra foto era la tapa del diario fue una sensación de injusticia horrible. Se le estaba mintiendo al pueblo. Se lo engañaba, no solo por la foto, también por el título, como que había sido todo en paz, pero la realidad era lo que yo había fotografiado», rememoró, conmovido.
Aquel 5 de octubre de 1982, el día de la llamada Marcha por la Vida, ¿cómo fue su trabajo?
El día anterior a la marcha nos habían designado a tres fotógrafos para cubrirla. Salimos juntos con un móvil de la agencia, que eran autos con un cartel que decía Télam en las puertas. Nos dejó en 9 de julio y Avenida de Mayo. Ahí, cada uno empezó a hacer su cobertura. Yo tenía la particularidad de trabajar con lentes muy cortos, de 35 milímetros. Lo que tiene un lente corto es que para tener una buena imagen hay que estar muy cerca. Entonces, lo mío era muy de roce y fui siguiendo a las Madres. Se hizo muy grande la marcha y el operativo policial. No había vallas metálicas, sino las vallas mismas de los policías. Y después, otra donde estaban los caballos. Algunas Madres alcanzan a pasar la primera, y luego, la segunda. Como estaba muy cerca de ellas, también alcance a pasar esa valla de la primera línea de los policías y quedé frente a la línea de los caballos. Tengo el recuerdo de estar entre esos animales que parecen gigantes. Entonces, más allá de los golpes, los empujones, los forcejeos, un grupo de Madres empieza a bajar por la parte del costado de Casa de Gobierno y va hacia el Bajo, hacia Paseo Colón. Ahí estaba el policía (Carlos Enrique Gallone) y unas Madres se acercaron. Al estar tan cerca, logré hacer una imagen entre este policía y una Madre implorándole por los hijos (NdR: luego se supo que era Susana Leguía). Se puede ver al policía como que la ignora con la vista por arriba de ella, como si fuera superior.
¿Y qué pasó después de registrar ese momento?
Como había perdido a los compañeros con los que había ido, empecé a caminar y volví a la agencia. Fui el último que llegó. Los otros fotógrafos ya habían editado el material. El único que quedaba era el jefe de fotografía. Le digo que tenía una buena foto. Reveló los negativos y copió dos o tres imágenes. Y me empezó a decir «ya está, no hace falta pasarlo, ya está todo entregado». Pero se las llevó al primer piso al jefe de turno. Me parecía raro ese movimiento y que tardaba mucho. Entonces, tuve esa idea de copiarme una foto para mí, de 18×24. Como era cartón el papel que se utilizaba en ese momento, la copié rápido, pero no la puse en la máquina abrillantadora, porque tardaba como 4 o 5 minutos para salir. Así que la dejé mojada arriba de un armario que tenía uno de los materiales de los equipos. Cuando este jefe vuelve, me dice: «Mirá, hay un problema, tenés que ir arriba». Yo pensé que iba a ver al jefe de turno, pero me dice «no, no, tenés que ir arriba, a ver al director De Piano».
¿Su jefe le adelantó algo?
No, nada. Me sorprendí y vi que estaba preocupado. Voy al 4º piso, la secretaria me hace pasar. Ya el ambiente estaba muy tenso. Entro al despacho del coronel De Piano, presidente de la agencia en ese momento. Estaba parado detrás del escritorio. Me acerco y me pregunta por qué había hecho esa foto que tenía en la mano. Le respondí que lo que había hecho era cubrir todo lo que había pasado en la marcha. Me dice: «Que esto no salga a la luz, por su bien y por el de su familia» – al contar esta escena, su voz entrecorta y se angustia; por unos segundos queda en silencio – .
¿Qué pasó con la copia de la foto que había dejado escondida en la agencia?
Me di cuenta de que mi foto nunca iba a salir a la luz. Así que fui a buscar la copia que había hecho. Estaba un poquito arrugada. La metí en un bolso y la lleve al auto. La guardé debajo del asiento. Entonces volví. Hice mi trabajo normal, como cualquier otro día, sin contar nada. No le dije a ninguno de mis compañeros, porque para qué los iba involucrar en algo que era un apriete personal. Creo que ni el jefe sabía lo que me había dicho De Piano, porque no se lo dije a nadie. Después, en una muestra fotográfica que a fines de 1982 organizó la OEA, pude hacer una reproducción de la copia que me quedó, exponerla. El día de la inauguración estaban todos los reporteros gráficos y a la noche la foto desapareció. Al otro día, cuando abrió la muestra, ya no estaba más. Nuevamente me habían censurado. Entonces, me callé para cuidar a mi familia y guardé 40 años esta foto.
¿El episodio terminó ahí o pasó algo más?
Al lapso de unos días yo veía que siempre tenía alguien como que me seguía. Un día salgo de mi casa, en ese momento estaba viviendo en Ciudadela, y en Ceballos y General Paz, antes de subir a la autopista, me cruzan un auto, me hacen unas preguntas y me llevan a un lugar que reconocí cuando venía a esta entrevista, en Olivera y Rivadavia (NdR: este sitio sería uno de los señalados como centros clandestinos de detención y tortura). Me tuvieron ahí varias horas con preguntas: que por qué había hecho esas fotos, si yo trabajaba para las Madres, y un montón de cosas más. Obviamente, fue un apriete, una bajada de línea. Les respondí la verdad: que era un fotógrafo más, que no tenía nada que ver con nadie. Me tuvieron un par de horas, constantemente preguntándome lo mismo. Les decía es tarde, tengo que volver, tengo que ir a trabajar. En realidad, yo era inconsciente de lo que estaba pasando. Era una película. Me llevaron de vuelta hasta el auto y me dijeron que tenga cuidado. Pensaba cómo una foto puede acarrear tanto. Recién con el tiempo me di cuenta de lo que significaba mi foto y lo que quedaba en evidencia al existir la otra imagen.
Después del apriete, ¿cómo quedó su situación dentro de la agencia?
Seguí trabajando. Yo seguía con las mismas ganas desde que empecé hasta el último día en que me fui. Siempre trataba de hacer algo relevante, algo distinto, algo importante. Nosotros salíamos y hacíamos todo. Después, obviamente, la edición la hacían los jefes y los militares lo censuraban. Pero mirá como es la vuelta de la vida que después me tocó, también para Télam, hacer el Juicio a las Juntas.
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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.
El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo
El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.
Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.
Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.
El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas
El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.
El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.
La impunidad como política de Estado
El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.
La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.
71 años después: la misma matriz, distintas herramientas
A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.
Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.
En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.
La resistencia como hilo histórico
El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.
Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.
Puntos clave
- El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
- El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
- Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
- El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
- La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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