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Sociedad

Dos amigos fabricaron un avión experimental y volarán de Ushuaia hasta Alaska

Juan Martín y Guillermo son oriundos de Chubut, se conocen desde la primaria, son pilotos profesionales y comparten su pasión por la aventura. Y ahora planean emprender un viaje épico.

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Por Gabriel Ramonet

Dos aviadores que son amigos de la infancia y construyeron su propio avión comenzarán en las próximas horas una travesía aérea de 40 mil kilómetros para unir la ciudad de Ushuaia con Alaska en un viaje experimental de más de 150 horas de vuelo por 22 países que además recolectará datos científicos sobre el cambio climático global.

Juan Martín «Tinti» Escobar y Guillermo Casamayú tienen 36 años, son oriundos de Chubut y se conocen desde la escuela primaria, además de ser pilotos profesionales y compartir la pasión por la aventura.

Hace siete años, mientras compartían horas de vuelo en el aeroclub de la localidad costera de Rada Tilly, muy cerca de la ciudad de Comodoro Rivadavia, pergeñaron la idea de construir una aeronave para usarla como transporte propio.

«Lo empezamos por diversión. Queríamos ir y venir desde el mar hasta la cordillera, porque nos gusta mucho recorrer lugares. Disfrutamos ese proceso constructivo que empezó con un kit experimental que venden en Estados Unidos», señaló Escobar.

Sin embargo, la fabricación de la aeronave se fue extendiendo en el tiempo y los amigos comenzaron a tomar contacto con otras personas que estaban encarando proyectos similares.

«Pensamos que nos iba a llevar dos años y nos llevó siete. No obstante, nunca nos dimos por vencidos y el tiempo demás nos hizo relacionarnos con mucha gente que estaba en la misma situación. Así conocimos a Michel Gordillo, un piloto español que no solo nos alentó a concluir el avión sino que nos hizo concebir la idea de un viaje por América con fines científicos», relató Escobar.

Con el «Correcaminos» (como se apoda la aeronave) ya terminado, los aventureros iniciaron conversaciones con integrantes de la empresa eslovena «Aerosol», quienes los ayudaron a montar en el avión un «Aethalometro», que es un sofisticado instrumental para medir concentraciones de dióxido de carbono y carbono negro en la atmósfera.

«La combustión incompleta de combustibles que contienen carbono (nafta, gasoil, gas natural, madera y otras biomasas) da como resultado la emisión de aerosoles. Estas diminutas partículas contaminan el aire y son perjudiciales para la salud de las personas. Una de estas emisiones es el hollín, conocido por su nombre científico carbono Negro (BC). Es inerte y puede ser transportado a grandes distancias. También es muy absorbente a la luz solar y de ahí su nombre, porque tiene un aspecto muy negro», explica en su sitio web «Patagonia-Alaska», la organización sin fines de lucro creada por los aviadores.

También detallan que el carbono negro es el segundo factor climático más importante después del dióxido de carbono (CO2) y el primer indicador de la calidad del aire.

El «Correcaminos» está equipado con una entrada en el ala, que mediante una tubería lleva el aire hasta el aethalometro y de esa forma se pueden almacenar datos precisos en tiempo real sobre la concentración de carbono negro.

«Para saber atacar un problema primero hay que saber medirlo y así tomar conciencia de su magnitud. Y eso es lo que vamos a hacer nosotros. Los datos permitirán saber, incluso, si el carbono negro es producido por combustibles fósiles o de biomasa. También mediremos el dióxido de carbono, el otro poderoso gas de efecto invernadero», explicó Escobar.

La información surgida del experimento será puesta a disposición de investigadores del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, para su posterior análisis.

«Estamos muy agradecidos con la empresa eslovena que nos proveyó el instrumental y con los científicos que se predispusieron a participar del proyecto», agregó el aventurero.

El «laboratorio volador», como también lo llaman, es impulsado por un mono motor pistonero, posee una autonomía de seis horas o dos mil kilómetros y vuela solo en condiciones visuales.

A la espera del clima adecuado, los pilotos del proyecto «Patagonia-Alaska» tienen previsto llegar hasta Ushuaia en las próximas horas.

En la capital fueguina visitarán la Estación de Vigilancia Atmosférica Global (VAG), una instalación del SMN que posee un instrumental similar al del «Correcaminos» y les permitirá realizar comparaciones y efectuar mediciones.

Después de algunos sobrevuelos por la zona (sobre el Cabo de Hornos y el Canal Beagle) el avión experimental iniciará su periplo uniendo Tierra del Fuego con El Calafate y con El Chaltén, en la provincia de Santa Cruz.

De acuerdo a las estimaciones preliminares, la aeronave ingresará en el hemisferio norte en la segunda semana de junio, para llegar a la ciudad de Oshkosh Wisconsin en Estados Unidos, donde participará del festival aéreo más grande del mundo antes de poner rumbo hacia Alaska.

«Construir un avión experimental y lograr un fin científico como este es algo que no tiene muchos antecedentes. Lo que nosotros queremos es transmitir el mensaje de que con pocos recursos pero con muchas ganas se pueden lograr cosas que sirven para el bien común de todo el planeta», concluyó Escobar, poco antes del comienzo de la gran aventura aérea.

Ciencia 🧬

Científicos de la UBA buscan detectar trastornos del neurodesarrollo con un análisis de sangre

Un equipo del Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular de la Facultad de Ciencias Médicas trabaja en el desarrollo de biomarcadores que permitirían identificar patologías como el TGD sin secuenciación genómica. La investigadora Verónica Báez advierte que la mayoría de los pacientes nunca recibe un diagnóstico preciso porque los estudios son costosos y las obras sociales no los cubren.

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Una muestra de sangre podría cambiarle la vida a miles de familias argentinas que llevan años sin saber qué le pasa a su hijo.

Un equipo científico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el CONICET avanza en el desarrollo de una herramienta de diagnóstico que podría transformar la forma en que se detectan los trastornos del neurodesarrollo en niñas y niños argentinos: una simple muestra de sangre, sin necesidad de secuenciación genómica ni equipamiento de alta complejidad. La investigación, que ya obtuvo resultados positivos en modelos animales publicados en revistas internacionales, se encuentra actualmente en la fase de recolección de muestras biológicas de voluntarios de la población general.

Un diagnóstico que llega tarde, o nunca

Las patologías del neurodesarrollo se agrupan en Argentina bajo el paraguas clínico de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD), una categoría amplia que, en la práctica, deriva en tratamientos de ensayo y error. Un niño con dificultades motoras va a fisioterapia; uno con problemas cognitivos, a psicopedagogía; ante convulsiones, se prueban anticonvulsivantes hasta dar con el que funciona. El sistema trata síntomas porque, en la mayoría de los casos, no sabe cuál es la causa.

«La mayoría de los pacientes queda sin un diagnóstico certero de la causa. Lo que se hace es tratar los síntomas que va teniendo el paciente», explicó Verónica Báez, docente e investigadora de la UBA y el CONICET, quien dirige el proyecto. La especialista señaló que solo quienes concurren a clínicas especializadas y pueden costear una secuenciación genómica obtienen un diagnóstico preciso: «Pocas familias pueden acceder a este tipo de estudios, dado que muchas obras sociales no los cubren y terminan siendo muy costosos».

El contexto regional agrava el cuadro. «De todos los niños y niñas que tenemos en Argentina con patologías del neurodesarrollo, son muy pocos los que podemos diagnosticar. Y en Latinoamérica son muchísimo menos», subrayó Báez.

Buscar en la sangre lo que ocurre en el cerebro

La propuesta del equipo es rastrear en muestras de sangre las huellas de ciertas proteínas sinápticas, es decir, propias de la sinapsis, la estructura donde las neuronas se comunican entre sí. En particular, el laboratorio trabaja sobre los receptores NMDA, que controlan la plasticidad sináptica: la capacidad del cerebro para cambiar, adaptarse y aprender, formar recuerdos y mantener estables las conexiones cerebrales. Cuando estas proteínas se desregulan o fallan, los circuitos cerebrales se desequilibran, un mecanismo directamente vinculado a trastornos del neurodesarrollo y enfermedades neurodegenerativas.

«Lo que detectamos es que hay ciertas cosas que se modifican en la sangre cuando una persona tiene una de estas patologías», precisó Báez. Si bien la concentración de estas proteínas en sangre es notablemente menor que en tejido cerebral, el equipo ya pudo verificar su detectabilidad en modelos animales. El paso siguiente es establecer valores de referencia en personas sanas para luego contrastarlos con los de niños y niñas que presentan trastornos sin diagnóstico específico. Cualquier desviación relevante de esos rangos podría constituir una alerta clínica.

Democratizar el diagnóstico: menos costo, más acceso

El objetivo declarado de la investigación no es encontrar una cura, sino abrir una puerta que hoy permanece cerrada para la mayoría de las familias. «Queremos dejar en claro que esta investigación no va a impactar en la cura, pero puede haber un diagnóstico y un tratamiento acertados, que es muy importante», enfatizó Báez.

En un país donde el desfinanciamiento de la ciencia pública avanzó en los últimos años sobre presupuestos universitarios y sobre el CONICET, la apuesta de este equipo representa una respuesta concreta al desafío de sostener investigación aplicada con impacto social en condiciones adversas. Un test de sangre accesible, sin equipamiento de alta complejidad, podría acortar drásticamente los tiempos de diagnóstico y habilitar intervenciones tempranas, que son las que mejoran de manera sustantiva la calidad de vida de los niños y sus familias.

El proyecto se desarrolla en el Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y el CONICET, y actualmente se encuentra en la etapa de recolección de muestras de la población general, paso previo indispensable para validar el método en humanos.

Puntos clave

  • El equipo de la UBA-CONICET busca detectar trastornos del neurodesarrollo mediante biomarcadores en sangre, sin necesidad de secuenciación genómica.
  • La mayoría de los pacientes con TGD en Argentina no recibe diagnóstico preciso por el alto costo de los estudios genéticos y la falta de cobertura de las obras sociales.
  • Los resultados positivos en modelos animales ya fueron publicados en revistas científicas internacionales; la fase actual trabaja con voluntarios humanos.
  • La investigadora Verónica Báez advierte que en Latinoamérica el déficit de diagnóstico es aún más grave que en Argentina.
  • El objetivo es facilitar un diagnóstico temprano y accesible que permita tratamientos adecuados, no una cura para los trastornos.
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