Proyecto
Los riesgos de reducir la edad penal y no invertir en inclusión: “La baja de imputabilidad es una cáscara vacía”
Diego Giuliano, diputado nacional de UxP, criticó el proyecto que reduce la edad de imputabilidad a 14 años y advirtió que la reforma carece de sustancia y recursos para abordar el problema de fondo.
El debate por la baja de imputabilidad: entre el impacto mediático y la falta de políticas integrales
El dictamen de comisión que aprobó la baja de la edad de imputabilidad de 16 a 14 años en la Cámara de Diputados reavivó una discusión histórica en la política argentina. Diego Giuliano, diputado nacional de Unión por la Patria (UxP), criticó la iniciativa al calificarla como “una cáscara vacía” y un “titular rimbombante” que no resuelve el problema de los menores en conflicto con la ley. “Hablar solo de la edad es una simplificación absurda”, sostuvo en declaraciones a Radio Splendid, y remarcó la ausencia de un régimen penal juvenil que contemple la reinserción y la protección de derechos.
El proyecto, impulsado por el oficialismo de La Libertad Avanza (LLA) y acompañado por bloques como el PRO, la UCR y otros espacios aliados, propone que los adolescentes de 14 años puedan ser juzgados penalmente. Sin embargo, la iniciativa recibió fuertes cuestionamientos de sectores opositores y de organizaciones especializadas en derechos de la infancia, que advirtieron sobre la falta de recursos y políticas públicas para garantizar la reinserción social.
Críticas a la “revolución de la nomenclatura” y la falta de inversión
Giuliano, referente del Frente Renovador, denunció que el Gobierno “cambia los nombres, hace anuncios rimbombantes, pero después cuando uno va a ver la implementación en la realidad, no están ni los recursos ni la gente, y esto es de una alta irresponsabilidad”. El legislador recordó que su espacio político viene trabajando el tema desde hace años, pero insistió en que “no es la edad una solución mágica”.
La preocupación por la falta de inversión pública y de un enfoque integral fue compartida por UNICEF Argentina y la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), que en comunicados recientes señalaron que la baja de la edad de imputabilidad no reduce el delito juvenil y puede agravar la exclusión social. Según datos del Ministerio de Justicia de la Nación, los delitos cometidos por menores representan menos del 5% del total, y la mayoría de los adolescentes en conflicto con la ley provienen de contextos de vulnerabilidad.
Antecedentes y consecuencias: el riesgo de criminalizar la pobreza
La discusión sobre la edad de imputabilidad no es nueva en la Argentina. Proyectos similares se debatieron en 2007, 2017 y 2019, pero nunca lograron consenso. Organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Comité de los Derechos del Niño de la ONU recomendaron al país no reducir la edad penal y priorizar políticas de prevención, educación y contención social.
Giuliano advirtió que “para muchos menores que no tienen una reinserción adecuada, dejarlos solos ha sido una pena de muerte, porque en poco tiempo terminan siendo utilizados por bandas de delincuentes que se aprovechan de ellos y lamentablemente tienen una vida muy corta”. El riesgo, según especialistas, es que la reforma termine criminalizando la pobreza y profundizando la exclusión, sin atacar las causas estructurales del delito juvenil.
¿Solución o parche? El desafío de construir un régimen penal juvenil efectivo
El debate de fondo, según los críticos, pasa por definir el rol del Estado en la protección y reinserción de los adolescentes. “Es fundamental saber cuál va a ser la responsabilidad del Estado en un régimen penal juvenil, que signifique reinserción, reeducación, resocialización, y no un abandono del menor”, subrayó Giuliano. Sin inversión en programas de acompañamiento, educación y salud mental, la baja de la edad de imputabilidad corre el riesgo de convertirse en una medida simbólica, sin impacto real en la seguridad ni en la vida de los jóvenes.
Puntos clave:
- El proyecto de baja de imputabilidad a 14 años avanzó en Diputados, pero recibió críticas por su falta de sustancia y recursos.
- Diego Giuliano (UxP) calificó la reforma como “una cáscara vacía” y advirtió sobre la ausencia de políticas de reinserción.
- Organizaciones y organismos internacionales desaconsejaron la reducción de la edad penal y reclamaron políticas integrales.
- Los delitos cometidos por menores representan menos del 5% del total, según datos oficiales.
- El riesgo principal es la criminalización de la pobreza y la profundización de la exclusión social.
Géneros 🟣
Senado: denuncian proyecto de “falsas denuncias” intenta silenciar a las víctimas
A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos.
Senado: qué pasa con el proyecto de “falsas denuncias”
El conversatorio “Derecho a la voz: contra la criminalización de quienes denuncian violencia” funcionó como una respuesta urgente frente al proyecto impulsado por Carolina Losada, que ya cuenta con dictamen de mayoría en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales. La iniciativa propone agravar las penas por falsa denuncia, falso testimonio y encubrimiento en casos de violencia de género, delitos sexuales y situaciones que involucren a niñas, niños y adolescentes.
Para quienes expusieron, el diagnóstico fue otro: no hay vacío legal ni problema empírico que justifique la reforma. Lo que sí aparece, señalaron, es una estrategia política para disciplinar a quienes denuncian y reinstalar el silencio.
Una arquitectura punitiva para desalentar la denuncia
La abogada Ileana Arduino, referente del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, desmenuzó el corazón del proyecto. Sostuvo que no se trata de una falla técnica sino de una decisión deliberada: utilizar el derecho penal como herramienta de control social.

“Funciona como una extorsión procesal”, advirtió. El planteo es claro: en un sistema judicial que ya resulta hostil, la amenaza de una contra-denuncia penal empuja a las víctimas a no hablar. El resultado no es más justicia, sino menos denuncias.
Arduino también apuntó a un efecto colateral clave: la criminalización de las redes de acompañamiento. Equipos interdisciplinarios, profesionales y organizaciones quedarían bajo sospecha por intervenir en procesos donde la prueba suele ser compleja y el tiempo judicial, lento.
Construir un problema inexistente
La ministra bonaerense Estela Díaz fue directa: “Lo falso es el problema que quieren instalar”.
Respaldada por un documento con más de 1.700 firmas, sostuvo que las falsas denuncias no representan un fenómeno significativo en Argentina. En cambio, sí lo es la subdenuncia en casos de violencia y abuso.
Para Díaz, la iniciativa se inscribe en una narrativa política más amplia que cuestiona la existencia misma de la violencia de género. En ese marco, el proyecto no busca mejorar el sistema penal, sino desplazar el foco: de la protección de las víctimas a la sospecha sobre su palabra.
El miedo como política pública
Desde el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, Natalia Gherardi aportó datos que desarman el argumento central del proyecto:
- Solo una de cada cuatro mujeres en situación de violencia busca ayuda.
- En abuso sexual infantil, más del 88% de los casos no llega a la Justicia.
En ese contexto, endurecer penas por denuncias “falsas” no resuelve un problema: crea otro. Introduce una amenaza concreta para quienes están obligados a denunciar, como establece la Ley Lucio.
La contradicción es evidente: el Estado exige denunciar ante la sospecha de abuso, pero al mismo tiempo instala el riesgo de persecución penal si la causa no prospera. El mensaje implícito, señalaron, es el silencio.
Convenciones internacionales vulneradas
La dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, María Elena Naddeo, cuestionó la compatibilidad del proyecto con los estándares internacionales.
Mencionó dos marcos normativos clave:
- Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
- Convención de Belém do Pará
Ambos obligan al Estado a garantizar el acceso a la justicia y a no generar obstáculos para denunciar violencia de género. La iniciativa, en cambio, invierte esa lógica: convierte a la denunciante en potencial imputada.
Naddeo también desarmó una de las falacias centrales: equiparar falta de prueba con falsedad. En delitos que ocurren en la intimidad, esa equivalencia no solo es errónea, sino funcional a la impunidad.
Datos incómodos para el oficialismo
A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos. Se trata de una cifra marginal, que en general no está vinculada a violencia de género sino a otros delitos.
Sin evidencia empírica que justifique el endurecimiento penal, el proyecto queda expuesto como una definición ideológica: desplazar la centralidad de la víctima y reinstalar la sospecha sobre su palabra.
Efectos concretos: censura, desprotección e impunidad
El rechazo no se agota en el plano simbólico. Las organizaciones advirtieron consecuencias concretas:
- Bozal mediático: limitaciones a la difusión de casos que han sido clave para visibilizar violencias.
- Persecución profesional: equipos técnicos y redes de acompañamiento bajo amenaza penal.
- Inseguridad jurídica: profesionales de salud y educación atrapados entre denunciar o protegerse.
- Desaliento de denuncias: una profundización en la caída previsible en el acceso a la justicia.
En ese marco, el proyecto aparece como una herramienta de disciplinamiento que redefine el sistema: ya no se investiga al agresor, se sospecha de quien denuncia.
Una disputa de fondo: voz o silencio
Lo que se debatió en el Senado excede una reforma penal. Se trata de una disputa política y cultural: quién tiene derecho a hablar y bajo qué condiciones.
Frente a un escenario que intenta reinstalar el miedo como frontera, el feminismo articuló una respuesta clara. El derecho a la voz no es un privilegio ni una concesión: es un derecho humano básico.
Y su restricción, no fortalece la justicia. La debilita.
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