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Análisis

México realizó una jornada exitosa de democracia directa

El ejercicio del 10 de abril, sin embargo, mostró cabalmente las carencias y debilidades de nuestro sistema electoral.

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Por Tania Valentina

Con una participación superior a los 17 millones de electores, los ciudadanos mexicanos dieron el domingo 10 de abril su respaldo al actual gobierno federal para que continúe en el poder durante lo que resta del sexenio, en un ejercicio más de democracia directa que coloca a nuestro país como uno de los más avanzados del hemisferio.

Asimismo, más del 90 por ciento sufragaron en favor de AMLO, mientras solo una pequeña fracción del 8 por ciento lo rechazó, con un mínimo de votos nulos. Lo anterior, a pesar de que se instalaron solo unas 57 mil casillas, las cuales por su ubicación quedaron en su mayoría lejos del alcance de los participantes.

Por su relevancia, citaremos el caso de Tepetitán, en el municipio de Macuspana, Tabasco, lugar de nacimiento de AMLO. Por primera vez en muchos trienios, en esa población no se instalaron casillas, obligando a la población a recorrer hasta 40 kilómetros para emitir su voto.

A pesar de las dificultades, la población del estado de Tabasco fue la que más participó en la consulta, con más del 30 por ciento de sus electores. En cambio, en entidades gobernadas por el PRIAN, la votación alcanzó cifras muy inferiores. Lo anterior indica con claridad que las tendencias políticas de los gobiernos estatales influyeron directamente tanto en la afluencia de participantes como en el sentido de su voto.

Véase si no el caso de Coahuila, donde el gobernador priísta Miguel Angel Riquelme llamó a no votar en la consulta. (Claro: después de su error, Riquelme trató de aclarar que su llamado lo dirigió solo a los militantes priístas; sin embargo, para efectos legales da lo mismo, porque el gobernador habló contra la consulta popular y, aunque le sorprenda, los priístas también son ciudadanos. El INE, como siempre, mantuvo oídos sordos a tales pequeñeces).

Una vez más, las entidades del sur-sureste del país contribuyeron con el porcentaje mayor de votantes para el éxito de la jornada. Tabasco tuvo afluencia de 30.3%; Oaxaca 26. 7%; Tlaxcala 25.6%; Chiapas 25.6%; Veracruz 24.9%; Campeche 22.8%; Guerrero 20.8% y Quintana Roo 20%. En Morelos la población participó con 17.5% de sus electores.

Hay que tomar en consideración que votaron más de 16 millones de ciudadanos, que representan el 17% del total de inscritos en el padrón electoral. Pero esos millones de sufragios se depositaron en solo la tercera parte de las casillas que normalmente se instalan en las elecciones federales.

Por lo tanto, aplicando una progresión aritmética, se puede afirmar que en una elección federal normal, con todas las 150 mil casillas instaladas, la participación ciudadana hubiera sido de más del 50% por ciento de los votantes inscritos en el padrón electoral.

La ley de consulta popular establece que, para que la votación tenga efectos vinculantes (es decir, de observancia obligatoria) se requieren los votos de más del 40% de los ciudadanos inscritos en el padrón electoral. Por lo mismo, la trampa principal del INE consistió en reducir el número de casillas a solo el 30% de las habituales, generando así un mayor desgaste de la población, viajes largos y filas interminables. El INE realizó, a todas luces, un fraude maquinado.

Consideremos las cifras de la elección federal del 2018. En esa ocasión se instalaron más de 150 mil casillas, que recibieron los sufragios de poco más de 45 millones de ciudadanos, sumando la votación obtenida por todos los partidos políticos. Esto indica que en cada casilla de esa elección, los ciudadanos depositaron alrededor de 300 votos en promedio.

Pues bien: el padrón electoral actual cuenta con una cantidad mayor de ciudadanos (2 millones más) inscritos en dicho registro, pero solo se instalaron 57 mil casillas el pasado 10 de abril. Esto es: para conseguir el 40% de los votos –alrededor de 38 millones– cada casilla debería haber recibido al menos 750 votos durante la jornada del 10 de abril.

Esto indica que deberían votar de manera ininterrumpida por lo menos 75 ciudadanos por hora, en flujo constante a lo largo de las 10 horas que duró el ejercicio. Esa cantidad de votos resulta ilusoria, totalmente fuera de las posibilidades de control del escuálido y mal coordinado aparato que el INE puso en funciones ese día para recibir los sufragios de la población.

Las irregularidades que exhibió el INE durante la jornada fueron múltiples. Muchos representantes de casilla no recibieron capacitación adecuada; otros solo recibieron su nombramiento el día anterior, e incluso algunos lo recibieron por la mañana del 10 de abril. Durante todo el proceso reinó la improvisación, las dudas y la desidia en todo lo emprendido por el INE.

A los funcionarios del órgano electoral federal no les interesaba que la participación ciudadana fuera intensa, ni que consiguiera los objetivos naturales de la democracia directa, es decir, que la consulta arrojara cifras y porcentajes vinculantes. Los funcionarios del INE trataron en todo el proceso a la población mexicana como un conjunto abigarrado de menores de edad, ignorante y carente de información política suficiente. Aplicaron los métodos operativos del viejo régimen prianista sin comprender que esta fue una elección de nuevo tipo, precisamente de la nueva democracia mexicana libre, directa y participativa.

El ejercicio del 10 de abril mostró cabalmente las carencias y debilidades de nuestro sistema electoral. El INE se mostró como lo que es: un grupo de burócratas enriquecidos a la sombra del poder, comodinos y elegantes, que no dudaron en imponer a la población las más duras exigencias para impedir que expresaran su voluntad a plenitud.

Análisis

El Nobel de Economía para dos neokeynesianos: una ironía para Milei

La Real Academia Sueca de Ciencias distinguió a Robert Hall, de Stanford, y a Michael Woodford, de Columbia, por desarrollar los modelos que hoy usan los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico. El galardón consagra al paradigma neokeynesiano como herramienta central de la política económica contemporánea, en las antípodas del credo libertario que profesa el presidente argentino.

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El Argentino Diario-Premio Nobel de Economía.
Mientras Milei destruye el Estado, el Nobel galardona a quienes demuestran que el Estado es la solución, no el problema.

Dos economistas formados en la tradición keynesiana se llevaron este lunes el Premio Nobel de Economía 2026. Robert Hall, de 83 años, y Michael Woodford, de 71, fueron distinguidos por la Real Academia Sueca de Ciencias por construir los marcos teóricos que permitieron a los bancos centrales y los ministerios de finanzas de todo el mundo sincronizar políticas monetarias y fiscales para amortiguar los vaivenes del ciclo productivo. El premio corona décadas de investigación que colocaron al Estado como actor indispensable en la estabilización económica, un principio radicalmente opuesto al dogma que guía la gestión de Javier Milei en la Argentina.

Hall se desempeña en la Universidad de Stanford, en California; Woodford, en la Universidad de Columbia, en Nueva York. El titular del Comité evaluador, John Hassler, subrayó a través de un comunicado que las investigaciones de ambos aportaron «una base teórica estable» para que las autoridades económicas contemporáneas puedan sortear con mayor eficacia turbulencias externas como shocks energéticos o variaciones bruscas en las pautas de consumo hogareño.

Microeconomía al servicio de la macro

El aporte central de Hall y Woodford fue construir el paradigma neokeynesiano desde abajo hacia arriba: en lugar de analizar la economía como un bloque desde una perspectiva panorámica, sus modelos se asientan en decisiones individuales de millones de hogares y empresas. Ese cambio de enfoque generó una reconfiguración de paradigmas que hoy es el estándar de los bancos centrales más influyentes del planeta.

La hipótesis de Hall, presentada en un artículo de 1978, sostuvo que los cambios en el consumo no pueden predecirse porque dependen de información nueva e impredecible. Ese hallazgo resultó fundacional para la investigación moderna sobre el comportamiento del consumidor. Por su parte, el modelo de Woodford permitió responder de forma más eficaz a las perturbaciones que alteran el equilibrio entre oferta y demanda: una escasez de materias primas, un avance tecnológico que abarate la producción, una buena noticia sobre el futuro que impulse el consumo, o la noticia contraria. En todos esos casos, la política de estabilización, ya sea monetaria o fiscal, puede restablecer el equilibrio. La conclusión implícita es que el Estado no es el problema, sino parte de la solución.

El Nobel que Milei no puede ignorar

El galardón llega en un momento de singular elocuencia. Mientras el gobierno de Javier Milei profesa el achicamiento del Estado, el recorte del gasto público y la desregulación como mandatos irrefutables, la academia internacional que evalúa los avances del pensamiento económico eligió premiar precisamente lo opuesto: la demostración científica de que la intervención estatal inteligente, coordinada y basada en evidencia, reduce el sufrimiento de las personas durante las crisis. El premio no es solo un reconocimiento académico; es un mapa de lo que la ciencia económica global considera la frontera del conocimiento.

La tensión no es nueva en la historia del Nobel de Economía. En 2024, el galardón fue para investigadores de la desigualdad; en años anteriores se premió el análisis de las crisis financieras y el mercado laboral. La secuencia consolida una tendencia: la academia sueca premia la complejidad institucional antes que la pureza ideológica del mercado libre.

Una distinción con historia propia

El Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, su nombre formal, fue instaurado en 1968 por iniciativa del Sveriges Riksbank para conmemorar su tricentenario. No fue creado por Alfred Nobel en su testamento original, a diferencia de los galardones en Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Su primera edición tuvo lugar en 1969, con el reconocimiento a los pioneros Ragnar Frisch y Jan Tinbergen. La dotación monetaria es equiparable al resto de las disciplinas tradicionales del Nobel.

Lo que tenés que saber

  • Robert Hall (Stanford, 83 años) y Michael Woodford (Columbia, 71 años) ganaron el Premio Nobel de Economía 2026.
  • Fueron distinguidos por desarrollar los modelos neokeynesianos que usan hoy los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico.
  • La hipótesis de Hall sobre el consumo data de 1978; el modelo de Woodford permite responder a perturbaciones de oferta y demanda con política de estabilización.
  • El premio consagra la intervención estatal coordinada como herramienta científicamente válida, en contradicción directa con la doctrina económica del gobierno de Milei.
  • El galardón fue creado en 1968 por el Sveriges Riksbank; su primera edición fue en 1969.
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