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los dinosaurios: etchecolatz negó ser un delincuente e insistió en haber «defendido a la patria»

Además el represor aseguró ser víctima de un «plan sistemático de venganza», al hacer uso de sus últimas palabras en el marco del juicio que se le sigue por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la Brigada de San Justo.

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El represor Miguel Etchecolatz aseguró este miércoles ser víctima de un «plan sistemático de venganza», al hacer uso de sus últimas palabras en el marco del juicio que se le sigue por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la Brigada de San Justo.

Al hablar ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata que lo juzga junto a otros 17 represores por los delitos cometidos en el centro clandestino que funcionó en la Brigada de San Justo, Etchecolatz negó ser un «delincuente».

«No está sentado ante ustedes un delincuente, tengo orgullo de haber defendido la Patria», expresó esta mañana al hablar ante el Tribunal Oral, que confirmó que dará a conocer su veredicto el próximo 2 de diciembre.

El TOF 1 debía dar a conocer este miércoles el veredicto, pero según se informó se suspendió esa instancia por haber cambiado la situación médica de uno de los imputados, Ricardo Fernández, a quien se había apartado del juicio en agosto último «en atención a problemas de discapacidad que presentaba».

Ahora, el TOF 1 -integrado por Alejandro Esmoris, Pablo Vega y Nelson Jarazo- tomó conocimiento que, en el marco del juicio que se sigue a Fernández por los delitos cometidos en el Pozo de Banfield el cuerpo médico declaró que estaba en condiciones de ser sometido a juicio.

«Habiendo tomado conocimiento ayer a la tarde de esta situación, daremos traslado a las partes para que expidan y luego este Tribunal resolverá si se incorpora o no a Fernández en este tramo de debate», precisó el juez Esmoris.

La fiscalía, representada por Alejandro Alagia, y las distintas querellas cuestionaron al Tribunal por haber notificado anoche la suspensión del veredicto y no haber dimensionado la expectativa que tenían las víctimas sobrevivientes y los familiares de víctimas de oír el veredicto para hechos de los que llevan esperando justicia hace más de 40 años.

«Somos conscientes de eso y nunca se trató de faltar respeto, el Tribunal quiso poder incorporar a todos los autores del proceso que habían sido momentáneamente suspendidos y apartados», sostuvo Esmoris. El magistrado confirmó que en los próximos días se resolverá la situación de Fernández y el próximo 2 de diciembre se dará a conocer el veredicto.

Durante esta audiencia estaba previsto que hicieran uso de sus últimas palabras los imputados Carlos del Señor Hidalgo Garzón, que aseguró; «No estoy en condiciones de expresar nada». En tanto, Roberto Félix se declaró inocente y afirmó no haber estado en ese período en la Brigada San Justo. Por su parte, Etchecolatz.-al hablar desde el penal de Campo de Mayo donde cumple condena- dijo: «A los 92 años me encuentro una vez más ante ustedes, no se si tendremos la ocasión de volver a vernos, ya que creo que dentro de poco me voy a encontrar con los caídos por la Patria».

Afirmó que estaba ante un juicio «mal llamado de lesa humanidad» y destacó: «Llevo más de 24 años de prisión y cuando obtuve el beneficio de la prisión domiciliaria los agentes de la persecución hicieron lo imposible para que vuelva a la cárcel y lo obtuvieron con anuencia de la justicia y la complicidad del Gobierno, cuidadoso de no violar los derechos humanos de los atacantes y guardando silencio». «Es un plan sistemático de venganza», denunció y cuestionó: «¿Cuál es la razón de privárseme de los derechos constitucionales que me asisten?».

La Brigada de Investigaciones de San Justo funcionaba en Salta 2450, San Justo (La Matanza), en conjunto con las dependencias de la Comisaría 1ra. de La Matanza, y se investigan los secuestros, torturas y violaciones sufridas por al menos 84 víctimas alojadas en el centro clandestino que funcionó allí.

Durante el juicio, la fiscalía y las querellas lograron que el Tribunal ampliara las imputaciones contra los 18 represores e incluyera las violaciones y los abusos sexuales sufridos por al menos cinco de las víctimas de ese centro clandestino.

La fiscalía remarcó que los ataques sexuales incluyeron «violaciones, por introducción de objetos en ano, vagina o pene, o tortura en la vagina y los senos contra prisioneras y prisioneros durante el período de cautiverio en la Brigada de San Justo», pedido que fue aceptado por el Tribunal.

CABA

Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado

El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.

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La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.

La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.

Un límite sin ley, pero con memoria

La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.

Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.

La escalada porteña

El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.

Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.

Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.

Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.

El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.

Qué cambia ahora

La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.

El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.

Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.

Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.

“Una antesala de las cárceles”

Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.

Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.

Lo que tenés que saber del Protocolo

  • La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
  • No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
  • En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
  • En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
  • Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.

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