Géneros 🟣
La muerte de Silvina Luna trae un cambio de paradigma
Lograr concientizar y erradicar estas prácticas clandestinas no saludables para el cuerpo.
Por Luly Arias (IG: @luly.arias)
En el año 2009, estando en situación de prostitución me inyectaron silicona líquida en los glúteos. En ese momento no pensaba en verme voluptuosa y todo el cambio que significaba en mi cuerpo, sino que me ganaba la necesidad de pagar el alquiler, comer y otras prioridades.
El mandato socio-cultural de aquel entonces eran cuerpos esculturales para llamar la atención de más clientes, de esa manera, poder facturar un poco más y llegar tranquila a fin de mes.
Solo pensaba en el aquí y en el ahora, sabía que no tenía nada que perder, no tenía familia, no me proyectaba llegando a vieja. Todo me llevó a tomar la decisión de inyectarme silicona, aparte es importante destacar que era lo que hacían todas mis compañeras trans. Todas, absolutamente todas hacíamos lo mismo.
La automedicación con hormonas, el inyectarse silicona líquida, y otras prácticas peligrosas para la salud eran lo establecido y aceptado socialmente.
Con los años, comencé a sentir dolor y molestias, lo que me llevó a informarme un poco más. Entendí que lo que es que un objeto extraño DENTRO de mi cuerpo que provoquen inflamación y DOLOR.
Es un biopolímero (un derivado del plástico) que migra generando lesiones por el cuerpo, daña tejidos y órganos a corto y largo plazo.

Las consecuencias
Conozco compañeras que, aquello que se inyectaron, les migró por el torrente sanguínea, llegando hasta el corazón, los pulmones, e incluso al cerebro, provocando complicaciones graves como embolia pulmonar, infartos, y accidentes cerebro-vasculares entre otras secuelas.
Las chicas tienen inflamadas las piernas, la piel lastimada, puede tomar diferentes colores como morado, volverse afiebrada, entumecerse, provocar calambres.
Puede generar pérdida de la movilidad, de la funcionalidad en la zona, principalmente en los miembros inferiores, que son las partes del cuerpo en sonde resulta más frecuente de aplicación). Quizás al principio no sentís ningún malestar, pero alrededor de los 10 años posteriores a la aplicación, empiezan las complicaciones.
En la actualidad personalmente creo que disminuyó el uso de estas prácticas clandestinas, porque tenemos otra conciencia sobre el cuerpo y sus cuidados, trabajamos sobre la aceptación. Podemos verlo en las nuevas generaciones trans, donde existe una aceptación sobre el vello corporal sobre la delgadez, la gordura y otros temas relacionados a los cuerpos. Años atrás no teníamos amor propio, luchábamos por ser aceptadas por la sociedad, lo que nos llevó a estas instancias tan duras.
No podemos desconocer que existen compañeras que lo siguen haciendo, quizás tiene que ver con la necesidad de verse más femeninas y que muchas no cuentan con el acceso a una obra social o a una cirugía cuidada.
La colocación de implantes mamarios cuesta alrededor de 2.000 dólares y resulta imposible costearla, lo que lleva, lamentablemente, a seguir acudiendo a este tipo de prácticas.
Si bien, la ley de identidad de género contempla que las cirugías y los tratamientos hormonales deben ser cubiertos en su totalidad, lo cierto es que no todos los hospitales realizan cirugías estéticas, ni cuentan con los implantes o los insumos necesarios.
Debemos crear campañas de concientización, capacitar médicos para que traten el tema, trabajar muchísimo la autoestima de nosotras mismas, el amor propio y la aceptación personal.
En 2019 siendo docente del bachillerato popular trans Mocha Celis junto con mis alumnas y alumnes comencé una campaña junto con el fotógrafo Mauro Fernández. Tras ver lo que sucedió con Silvina Luna, queremos retomarla, lograr concientizar y tratar de erradicar estas prácticas clandestinas no saludables para el cuerpo.
Géneros 🟣
Senado: denuncian proyecto de “falsas denuncias” intenta silenciar a las víctimas
A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos.
Senado: qué pasa con el proyecto de “falsas denuncias”
El conversatorio “Derecho a la voz: contra la criminalización de quienes denuncian violencia” funcionó como una respuesta urgente frente al proyecto impulsado por Carolina Losada, que ya cuenta con dictamen de mayoría en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales. La iniciativa propone agravar las penas por falsa denuncia, falso testimonio y encubrimiento en casos de violencia de género, delitos sexuales y situaciones que involucren a niñas, niños y adolescentes.
Para quienes expusieron, el diagnóstico fue otro: no hay vacío legal ni problema empírico que justifique la reforma. Lo que sí aparece, señalaron, es una estrategia política para disciplinar a quienes denuncian y reinstalar el silencio.
Una arquitectura punitiva para desalentar la denuncia
La abogada Ileana Arduino, referente del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, desmenuzó el corazón del proyecto. Sostuvo que no se trata de una falla técnica sino de una decisión deliberada: utilizar el derecho penal como herramienta de control social.

“Funciona como una extorsión procesal”, advirtió. El planteo es claro: en un sistema judicial que ya resulta hostil, la amenaza de una contra-denuncia penal empuja a las víctimas a no hablar. El resultado no es más justicia, sino menos denuncias.
Arduino también apuntó a un efecto colateral clave: la criminalización de las redes de acompañamiento. Equipos interdisciplinarios, profesionales y organizaciones quedarían bajo sospecha por intervenir en procesos donde la prueba suele ser compleja y el tiempo judicial, lento.
Construir un problema inexistente
La ministra bonaerense Estela Díaz fue directa: “Lo falso es el problema que quieren instalar”.
Respaldada por un documento con más de 1.700 firmas, sostuvo que las falsas denuncias no representan un fenómeno significativo en Argentina. En cambio, sí lo es la subdenuncia en casos de violencia y abuso.
Para Díaz, la iniciativa se inscribe en una narrativa política más amplia que cuestiona la existencia misma de la violencia de género. En ese marco, el proyecto no busca mejorar el sistema penal, sino desplazar el foco: de la protección de las víctimas a la sospecha sobre su palabra.
El miedo como política pública
Desde el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, Natalia Gherardi aportó datos que desarman el argumento central del proyecto:
- Solo una de cada cuatro mujeres en situación de violencia busca ayuda.
- En abuso sexual infantil, más del 88% de los casos no llega a la Justicia.
En ese contexto, endurecer penas por denuncias “falsas” no resuelve un problema: crea otro. Introduce una amenaza concreta para quienes están obligados a denunciar, como establece la Ley Lucio.
La contradicción es evidente: el Estado exige denunciar ante la sospecha de abuso, pero al mismo tiempo instala el riesgo de persecución penal si la causa no prospera. El mensaje implícito, señalaron, es el silencio.
Convenciones internacionales vulneradas
La dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, María Elena Naddeo, cuestionó la compatibilidad del proyecto con los estándares internacionales.
Mencionó dos marcos normativos clave:
- Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
- Convención de Belém do Pará
Ambos obligan al Estado a garantizar el acceso a la justicia y a no generar obstáculos para denunciar violencia de género. La iniciativa, en cambio, invierte esa lógica: convierte a la denunciante en potencial imputada.
Naddeo también desarmó una de las falacias centrales: equiparar falta de prueba con falsedad. En delitos que ocurren en la intimidad, esa equivalencia no solo es errónea, sino funcional a la impunidad.
Datos incómodos para el oficialismo
A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos. Se trata de una cifra marginal, que en general no está vinculada a violencia de género sino a otros delitos.
Sin evidencia empírica que justifique el endurecimiento penal, el proyecto queda expuesto como una definición ideológica: desplazar la centralidad de la víctima y reinstalar la sospecha sobre su palabra.
Efectos concretos: censura, desprotección e impunidad
El rechazo no se agota en el plano simbólico. Las organizaciones advirtieron consecuencias concretas:
- Bozal mediático: limitaciones a la difusión de casos que han sido clave para visibilizar violencias.
- Persecución profesional: equipos técnicos y redes de acompañamiento bajo amenaza penal.
- Inseguridad jurídica: profesionales de salud y educación atrapados entre denunciar o protegerse.
- Desaliento de denuncias: una profundización en la caída previsible en el acceso a la justicia.
En ese marco, el proyecto aparece como una herramienta de disciplinamiento que redefine el sistema: ya no se investiga al agresor, se sospecha de quien denuncia.
Una disputa de fondo: voz o silencio
Lo que se debatió en el Senado excede una reforma penal. Se trata de una disputa política y cultural: quién tiene derecho a hablar y bajo qué condiciones.
Frente a un escenario que intenta reinstalar el miedo como frontera, el feminismo articuló una respuesta clara. El derecho a la voz no es un privilegio ni una concesión: es un derecho humano básico.
Y su restricción, no fortalece la justicia. La debilita.
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