Análisis
Las Madres marcharon para reivindicar la lucha de los desaparecidos
Las Madres de Plaza de Mayo realizarán la marcha número 2369 de los jueves. pero esta vez con un sentido especial: repudiar a los apologistas de la dictadura, y reivindicar la lucha de los desaparecidos y desaparecidas
Por Demetrio Iramain
Esta tarde, a las 15.30, las Madres de Plaza de Mayo realizaron la marcha número 2369 de los jueves. Volvieron a movilizarse alrededor de la Pirámide, como lo hacen desde el 30 de abril de 1977, pero esta vez con un sentido especial: repudiar a los apologistas de la dictadura, y reivindicar la lucha de los desaparecidos y desaparecidas. Al finalizar la marcha, hablaron quien esto escribe; el concejal de Cañuelas, Kike Alcoba; Daniel “El Tano” Catalano, secretario general de ATE Capital, y la Madre de Plaza de Mayo, Carmen Arias.
A través de un comunicado en el que se comprometieron a “no dejar solos a nuestros hijos e hijas”, las Madres rechazaron el acto negacionista realizado en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires porque pretende “reivindicar la Teoría de los dos Demonios y reinstalar en el discurso público la condena política a la lucha revolucionaria«, señalaron.

El repudio de las Madres se extendió a las “las autoridades de la Legislatura, que permiten semejante ofensa a la memoria histórica en un sitio clave de la democracia como lo es un Palacio Legislativo”.
Esas autoridades pertenecen al partido que gobierna la Ciudad de Buenos Aires desde el año 16 años, y que convirtió al Palacio legislativo en una escribanía que certifica los negocios del macrismo en sus múltiples variantes: Juntos por el Cambio.
Para las Madres, semejante ofensa a la memoria de los desaparecidos no debe provocar que quienes luchan contra los genocidas acepten llevar la disputa a donde los apologistas de la dictadura quieren hacerlo: quién es más víctima, si los desaparecidos o los verdugos cívico-militares.
Hace muchos años que la asimilación de los desaparecidos a la categoría de “víctimas” fue superada históricamente. Exactamente desde que Néstor Kirchner, desde la cima de la investidura presidencial, pidió perdón en nombre del Estado por la impunidad, no se refirió a los desaparecidos como “terroristas” sino que los llamó “mis compañeros”, y se declaró un hijo más de las Madres de Plaza de Mayo.
En su desarrollo, la lucha contra la impunidad condujo a las Madres, no sólo a reclamar cárcel para los genocidas, sino también a continuar a su modo, bajo las condiciones impuestas por los nuevos tiempos históricos, el mismo sueño revolucionario de sus hijos. Como dijo Hebe tantas veces: “Entre ver preso a un milico preso y ver un niño feliz, elijo ver a un niño feliz”. Esa prioridad sigue imponiéndoles desafíos y le marca el ritmo a su militancia: vencer a la derecha dura en octubre, y retomar el camino de la felicidad del pueblo, transitado entre 2003 y diciembre de 2015.
Análisis
Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado
Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.
El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.
Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.
El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.
El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos
En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.
La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.
La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.
El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia
El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.
En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»
El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.
Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel
El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.
En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.
En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.
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