Entrevista
Yama Corin: “De repente me di cuenta que Lunita era una causa”
«Yama Corin, integrante de Mundanas y Madres Protectoras desarrolla, este 8M, su lucha contra el abuso sexual en la niñeces y la importancia de esa agenda en la construcción del movimiento feminista
Por Laura Bitto
-¿En qué contexto político nos encuentra este 8M?
-Es una de las fechas que nos encuentra a las feministas y transfeministas, en una pequeña
bajada después de haber estado en la cresta de la ola cuando conseguimos la legalización del
aborto. Nos toca pensar como movimiento cuál es esa alternativa política que necesitamos y
de pensar poder. La derecha no nos dio tiempo para construirnos. Yo siempre decía tenemos
tiempo, estamos naciendo y somos millones y cada una viene con su identidad, con su
trayectoria partidaria, con sus propias vivencias y luchas y nos estamos encontrando desde
una perspectiva transformadora. Tenía muchísima esperanza en que los tiempos nos iban a
acompañar pero hay una derecha que leyó y que nos abrumó y que va contra el feminismo. En
su momento el fascismo fue contra el comunismo, hoy la derecha lee que el movimiento que
tiene que combatir es el nuestro.

-¿Cómo emerge Mamás Protectoras?
-En ese proceso como Mamás Protectoras nos fuimos encontrando y construyendo nuestra
identidad política en el alza del movimiento. Yo tengo una militancia desde siempre porque
mis viejos eran Montoneros, yo empecé a militar en la izquierda trotskista en mi adolescencia
y después me fui hacia el feminismo. Incluso con esa trayectoria de lucha cuando detecto que
mi hija de nueve años, en aquel momento, era víctima de abuso sexual por parte de su
progenitor tardé muchos años, dos o tres, por lo menos, en pensar que lo que estaba
sucediendo no era una tragedia personal. Es un rayo que te parte al medio, el dolor es
inmenso y desestabilizante. Tenés que juntar los pedazos y poner a salvo a tu hija, hijo, hije.
Empezar a transitar el proceso judicial, en ese momento no tenía la menor idea de la
diferencia entre justicia civil y penal, por ejemplo. Teníamos en la agenda de los feminismos la
problemática de los femicidios, las violaciones, cómo recibían a las mujer golpeadas en la
comisaria de la mujer y cómo no les creían a pesar de ir con un ojo negro a denunciar, la trata,
el aborto pero las niñeces no estaban en esa agenda, yo venía de la izquierda, mi familia del
peronismo y las niñeces no estaban en esa agenda. Sí desde una mirada del derecho a una
alimentación digna, a una educación, ahora que violen a les niñes no estaba en la agenda de
nadie.
-¿Cómo fue el recorrido?
-Los primeros años, ya organizada en Mundanas, con compañeras que nos habíamos ido de
distintos espacios, yo estaba acompañada, tenía trabajo para pagar profesionales, apoyo
jurídico, atención psicológica. Tenía un recorrido, un montón de cuestiones a favor que no
tienen todas las mamás. Así y todo, tardé uno o dos años en reconocer que ese no era un
problema que había sufrido mi hija o yo. Cuando haces la denuncia, en general, tienen una
medida de cuidado que es impedir el contacto cuando se trata de progenitores, que es la
mayoría de las veces, y empieza la investigación pericial que es para discutir también, cómo se
investigan este tipo de delitos. Impiden el contacto y cuando las pericias no dan lo que ellos esperan dan la re vinculación que es una situación nuevamente desesperante. Porque cuando
la voz de tu hija te pide por favor que eso no suceda, cómo lo evitás. En ese momento una
compañera dijo algo que para mí fue revelador: Lunita somos todas. Eso para mi trayectoria
política era una consigna y de repente me di cuenta que el caso de mi hija se había
transformado en una consigna, lo que toda mi vida yo había llevado en una pancarta, desde los
desaparecidos, Luciano Arruga, los pibes de Cromañón, las pibas desaparecidas, ella era una
causa. Primero fue el impacto de lo indeseable que es que algo de lo personal se transforme
en una causa y después es al revés, cuando entendés que no es una tragedia personal que es
un problema político. Que lo sucede a Luna nos sucedió a muchas, que no estaba sola, que
toda mi trayectoria militante empezaba a servir para cuidar a mi hija, para ponerla a salvo,
entonces ahí empecé a recorrer, presentar petitorios, cartas y todo lo que tiene que ver con
las herramientas de la militancia que no son otra cosa que la lucha.

-El proceso de lucha por el derecho al aborto, la ola verde y su inmenso alcance imagino que
contribuyó a amplificar esta causa.
-Yo inicié en el 2011, estamos hablando de los últimos 12 años, pasó mucho en muy poco
tiempo y creo que la lucha por el derecho al aborto puso al feminismo en la calle, nos
reconocimos todas, todes en diferentes realidades donde el patriarcado nos había dedicado
sufrimiento. Hay algo que pasó en la ola verde que nos encontró también a nosotras las
madres protectoras. Desde Mundanas, decidimos acompañar a otras mamás protectoras y a
niñeces y construímos equipos profesionales porque mientras que le reclamamos al Estado
nos acompañamos entre nosotras, construimos materiales, hacemos talleres, capacitaciones,
agrandamos los equipos. Se fue definiendo que nuestro aporte tenía que ver con llevar al
feminismo la perspectiva de niñez. Creemos que es acá, porque esta es una violencia
patriarcal, el 95% de los abusadores son varones y las niñeces que sufren abuso en términos
binarios 60% son niñas y 40% son niños. Las niñeces nos constituyen psíquicamente,
socialmente, entonces cuando hay un abuso sexual irrumpe de tal manera que socialmente se
reproduce generación tras generación. Se tiene entender desde la perspectiva del feminismo,
ese es nuestro granito de arena como Mundanas y como Madres Protectoras.
-¿Cómo está Luna?
-Me gusta la gente que tiene ese reflejo de preguntar cómo está Luna. Luna está bien, tiene
una vida, ya escribiremos algo sobre qué pasa con las vidas de las niñeces que son
acompañadas por el feminismo y cuáles las que no tienen esa oportunidad. Porque Luna tuvo
una mamá que estuvo sostenida por amigas. Luna tuvo la oportunidad de decir, cuando la cosa se ponía oscura “mamá llamá a tu ejército”. Tuvo esa certeza, sintió ese respaldo, aparte de tener terapia tuvo respaldo de compañeras. Además ella toma las decisiones, de todo lo que yo digo está consensuado con ella. Cuando cumplió 18 años la justicia le preguntó si quería continuar y dijo que sí. A partir de esa edad revisa los escritos, estudia el expediente. Tiene una claridad maravillosa para tomar sus decisiones, tiene sus redes sociales como cualquier piba, trabaja, estudia, está bien y está muy decidida a enfrentar el juicio aunque es muy desgastante. Tiene que volver a declarar, porque no tuvo el derecho de hacerlo con cámara Gesell. Estamos tensas, nerviosas, ansiosas, pero ella está bien, muy bien.
-¿Cómo sigue el proceso?
-Justicia para mi hija que creo que no va a existir jamás, nosotras llegamos a juicio después de
casi 11 años, será en agosto, yo denuncié cuando Luna tenía 9 años y va a llegar a juicio con 21. En el medio sufrimos una cantidad de violencia que estaría diez años para contar y llegamos porque la peleamos. Entonces yo creo que en este juicio, al que vamos a llegar fuertes, podemos adquirir condena para el abusador, no justicia porque no hay nadie que nos devuelva 11 años de vida. Nosotras pudimos porque estamos muy acompañadas pero el modo en que la justicia investiga estos delitos es como cualquier otro delito, las pericias tienen que ver con la lógica del falso Síndrome de Alienación Parental que es presuponer que las mujeres madres les hacemos creer a nuestres hijes que fueron víctimas de abuso y entonces repiten relatos inventados. No es científico, no está reconocido, sin embargo es una lógica tan patriarcal que se sigue utilizando en defensa de los abusadores. Nos enfrentamos a diferentes instancias en lo judicial y conseguir que la causa siga en curso es muy difícil. Por otro lado, la defensa del abusador es una mujer con una estructura sostenidamente patriarcal y anti derechos, con los discursos más nefastos y violentos, bien de derecha y anti feminista. Me denunció por asociación ilícita y toda su prueba es que soy feminista y acompaño a otras. Es muy violenta y se dedica a defender abusadores. Este es el pedacito de la derecha que nos dedican a las madres protectoras. Hay una pelea de fondo que se va a expresar en este juicio que es la caza de brujas que pretende la derecha. Por eso, creo que llegar no tiene que ver sólo con Luna, ni conmigo, sino con todas, con todes, con haberle torcido el rumbo a una justicia que nos dice que no es para pobres, que no es para trabas, que no es para migrantes, que no es para mujeres y que no es para niñes. Entonces, los varones pueden hacer uso de su poder y gozar con nuestros cuerpos y si llegamos a pedir justicia nos dicen: pues no. Este juicio tiene que ver más con esa acción política que con la condena, que la quiero igual, por supuesto. Para nosotras es el cierre de un proceso que nos merecemos, pero que no va a ser justicia.
-Por esto también este 8M una de las consignas es la Reforma Judicial Feminista
-El aparato judicial siempre contó con una impunidad que está dejando de ser. Creo que la
reforma judicial feminista tiene sentido. Es reconocer que la justicia nunca fue para nosotras,
lo estamos cuestionando y es una de las banderas de este 8M.
Entrevista
Juan Palomino: “Ir al teatro hoy es una gran inversión” en medio de la crisis
Tras el inicio de la gira nacional de El divorcio del año, el actor reflexiona sobre los vínculos en la era de las redes sociales, defiende la identidad del teatro nacional y analiza el impacto de la crisis económica en el acceso a la cultura, con una mirada crítica sobre la realidad social del país.
Al término de un ensayo, con la energía todavía en el cuerpo y la gira nacional ya en marcha, Juan Palomino dialoga con El Argentino sobre el presente de El divorcio del año y, al mismo tiempo, despliega una mirada más amplia. Entre reflexiones sobre los vínculos, las redes sociales y la exposición, el actor traza también un diagnóstico social sin rodeos: identidad, cultura y crisis económica atraviesan una charla amena -y con profundidad- que trasciende el escenario sin dejarlo atrás. Palomino, el actor que viaja en subte, celebra su construcción individual y manifiesta su frustración más grande.
En ese cruce entre lo personal y lo profesional se inscribe también el presente de la obra. “El divorcio del año”, dirigida por José María Muscari y escrita junto a Mariel Asensio, comenzó su gira por el conurbano y el interior del país este 2 de mayo, en un formato que -según el propio Palomino- le devuelve algo que la pantalla no puede: el cara a cara con el público.

En sus palabras hay entusiasmo y también emoción, porque para él no se trata solo de trabajo. “Si algo de hermoso tiene una gira es poder reencontrarse con el público que a uno lo ha conocido por una novela, una película, una plataforma o un reportaje. Ese es el valor agregado de estar en relación directa con el público, y eso es lo que a mí me gratifica muchísimo”.
Vínculos, redes y una comedia “salvaje”
En la primera parte de la nota, Palomino se mete en la obra y va más allá de lo argumental: conecta con lo que se pone en juego y habla de tensiones que no son nuevas pero que hoy -según plantea- se ven amplificadas. “Yo creo que tiene que ver mucho con los vínculos en estos tiempos, entre padres e hijos, entre las parejas”, explica, y enseguida abre el plano: “Si uno revisa el teatro argentino y el teatro mundial, los vínculos están en primerísimo plano”.
Sin embargo, hace una salvedad y sostiene que lo que cambia es el contexto. “Esta propuesta de Muscari-Asensio muestra lo que sucede en una pareja que ha construido una identidad desde lo mediático y que, de alguna manera, se ha olvidado de lo esencial: cultivar el vínculo con su hija -el personaje de Rocío Igarzábal-, que en esa disfuncionalidad termina siendo una víctima”.
Ahí aparece otro de los ejes que atraviesa la charla: el peso de las redes sociales en la vida cotidiana. “En estos tiempos, donde los dispositivos y las redes sociales están cada vez más presentes, han invadido la intimidad y la identidad, y eso es un factor clave que plantea la obra”.
Más allá de la historia puntual, insiste en que hay algo que excede a los personajes de El divorcio del año: “Creo que hay algo de universal en la obra, que tiene que ver con elementos de la cotidianidad de los vínculos que hoy se acentúan aún más, producto de las redes sociales y de cómo uno construye identidad y protagonismo”.
Entre la exposición y la vida real: identidad, calle y familia
Partiendo de la relación entre los personajes de la obra y las redes sociales, la conversación gira hacia la exposición pública. Palomino no se corre; al contrario, se planta desde su forma de vivir. No hay estrategia, dice. Hay elección. “Yo uso las redes sociales para mostrar lo que quiero”.
Pero lo que más remarca es otra cosa: nunca se despegó de la vida cotidiana. “Siempre fui una persona que construyó su identidad pública sin separarse demasiado de su vida cotidiana. Yo viajo en subte desde los ‘90, incluso cuando ya era conocido”. Lo cuenta como quien habla de algo natural, sin épica. “Yo tengo esa dinámica de manejarme por la calle y, si me puedo sacar una foto con alguien, me la saco”. Aunque, aclara, hay un límite. “Creo mucho en el acercamiento, pero las formas son las que definen eso”. Esa idea -la de moverse entre lo público y lo privado sin perder el eje- aparece una y otra vez. Y no solo en su carrera.
Cuando habla de su vida personal, el tono cambia. Se vuelve más reflexivo. No esquiva la complejidad, pero tampoco dramatiza: la pone en contexto. “Tienen muchísimo que ver las madres”, dice, en referencia a las mujeres con las que formó su familia. “Han tenido muchísimo que ver con el respeto, con el cariño, con entender también situaciones que no dejan de ser traumáticas y dolorosas. Eso es verdad, no voy a decir que no. Pero en el debe y el haber queda eso: prevalece el cariño, prevalece el respeto, prevalece la alegría de haber compartido y tener tres hijos. Porque siempre una separación, un divorcio, es doloroso”.
Esa experiencia, explica, no es algo separado de lo que es hoy. “Soy lo que soy producto de mis convicciones, de mi genealogía, de mis padres, de mi nacimiento en La Plata, de mi infancia y adolescencia en Cusco, Perú, de mi juventud en Melchor Romero y en la ciudad de La Plata”.
Más que una definición, suena a recorrido. “Creo que eso es lo que caracteriza a un sujeto, más allá de que sea actor, director, ingeniero o médico: esas características son las que me construyen como individuo”. Y vuelve al origen, casi como un punto de apoyo: “Sin olvidarme del contexto en el que estoy y de qué significó ser quien soy en distintas etapas, hay algo esencial que es el origen: mi papá y mi mamá son los que me dieron la base de lo que soy”.

Teatro e identidad: la defensa de lo propio
Cuando Juan vuelve a hablar de teatro, el tono se vuelve más enfático. No lo plantea como una cuestión estética, sino como algo más profundo: identidad. “Nuestros rasgos identitarios están dados por nuestros autores, por nuestra idiosincrasia”. En relación a su propia historia explica: “Mi primera obra fue El jardín del infierno, de Osvaldo Dragún, en el año 81, en plena dictadura, cuando Dragún estaba prohibido”.
Desde entonces, dice, hay una línea que no se corta. “El autor nacional es lo que nos identifica, y en ese sentido coincido plenamente con la idea de defender a nuestros autores”. Sin embargo, hace hincapié en que el escenario cambió: “Hoy prevalecen otras lógicas: hay menos ficción en televisión y todo pasa más por las plataformas”. Aun así, pone en valor lo que está haciendo hoy: “Estar haciendo autores nacionales en la calle Corrientes y salir de gira con una obra de autor nacional es un hecho gratificante”.
Aunque no deja de marcar el contexto: “Estamos en un momento bastante complicado con respecto a nuestra identidad y la relación directa que tenemos con el arte”. En ese momento, el actor pone en evidencia un punto clave: el acceso, es que para Palomino el problema ya no es solo qué se produce, sino quién puede acceder. “Son momentos muy complicados donde pienso que se está construyendo una economía para un 20% de la población y el resto no llega a fin de mes”.
La frase no queda aislada. La conecta directamente con el teatro. “Lo que antes era un derecho de la clase media trabajadora se fue degradando”. Por eso, dice, el vínculo con el público también cambia. “Nosotros tenemos una gran responsabilidad de dar lo mejor, porque sabemos que hoy ir al teatro es una gran inversión”. Y, al mismo tiempo, lo pone en valor: “Que el público elija ver una obra de autor nacional es muy gratificante en tiempos económicos complejos”.
La comparación es directa: “Antes era algo natural: podías ir a ver tres o cuatro obras al mes. Hoy eso se reduce a una, y no a todos les afecta de la misma manera”.
Empatía, crisis y una Argentina que duele
En ese punto, la charla se corre del teatro y entra de lleno en lo social. Pero no desde el discurso, sino desde una idea concreta: la empatía. “No es necesario transitar la angustia de no llegar a fin de mes para entender lo que está pasando”. Y refuerza: “No me tiene que pasar para darme cuenta de lo trágico que significa esto y cómo se ha ido degradando”. No habla solo de economía. “La empatía implica poder ver lo que sucede alrededor, aunque a uno le vaya bien”.
En este sentido, Palomino amplía el diagnóstico: “El mundo está muy complicado y la tecnología está ocupando un lugar central en todos los planos, también en la política”. Y deja una advertencia: “Veo un futuro bastante distópico y creo que hay que estar muy preparados para seguir siendo empáticos, amorosos e inteligentes para poder seguir contando historias”.
Cuando se le pregunta qué le duele del presente, no duda. Responde rápido, casi sin pensar. “La violencia verbal me lastima”. Y suma: “Me lastima ver gente durmiendo en la calle, cada vez más”.
En esa misma línea, después aparece lo estructural: “La economía me lástima, porque por más que baje la inflación, los salarios no alcanzan”. Describe una escena que, dice, ya se volvió cotidiana: “El multi-trabajo se volvió algo normalizado y la idea de ser tu propio empresario muchas veces es una forma de auto-explotación”. Y desde su lugar, Palomino marca una diferencia: “Nosotros estamos acostumbrados a la incertidumbre, pero hay mucha gente que vivió años con estabilidad y hoy fue expulsada de ese sistema”.
La conclusión es clara: “Se está produciendo un cambio de paradigma muy grande en las formas de trabajo”, dice Juan.
Nuevas generaciones y futuro
Finalmente, en relación con este clima de incertidumbre, el actor reflexiona sobre el horizonte para los jóvenes y ahí vuelve a lo más cercano: la familia. “Todo depende de las estructuras familiares”, dice, y se detiene en que “los valores que trato de dar tienen que ver con la ética del trabajo, la solidaridad, el respeto y la curiosidad”.
No esquiva el contexto, pero tampoco se queda en eso. “Son épocas oscuras, con mucha violencia instaurada y con retrocesos en derechos conquistados”. Y, aun así, encuentra un lugar posible: “Trato, desde ese microespacio que es la familia, de construir cierta armonía en tiempos muy complicados”.
Juan en pocas palabras
Un ping-pong íntimo por sus gustos, valores y recuerdos.
Deporte favorito:
“Hago ejercicio, pero no soy deportista. Me encantó la experiencia del automovilismo”.
Club de tus amores:
“Boca Juniors, obviamente”.
Canción para una cena íntima:
“Hay un tema de Charo (Bogarín), mi mujer, que me encanta y se llama Areté”.
Un referente latinoamericano:
“Diego Armando Maradona”.
Lugar en el mundo:
“Es donde estoy, es mi casa. No sueño con una isla desierta ni nada por el estilo: mi lugar en el mundo es donde pueda estar con toda mi gente”.
Un recuerdo de la infancia:
“En el jardín de infantes en Perú, no haber podido interpretar a San Martín el 28 de julio porque era morocho y no era blanco como se suponía que era. Es mi frustración más grande”.
Un plato que lo devuelve a la infancia:
“El choclo con queso, con granos del Valle Sagrado de los Incas, que no existe acá”.
El barrio:
“Es mi patria chica. Ahora es San Telmo”.
El legado de tus padres:
“El afecto, el amor, la ternura, las convicciones y el hecho de no aceptar algunas reglas de juego y tener que romperlas”.
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