Cultura
El verde, una plantita que se muere
Todos conocemos los colores, todos nacemos de los colores.
Por Matías Segreti
Dice mi hermano, que es maestro de un arte marcial, que el color blanco es de pureza y también de inocencia. Lo dice él y está en un libro sagrado que escribió Choi Hong Hi, un soldado que encontró la paz. El amarillo tiene un significado que me interesa. Ese color, continúa mi hermano, representa la tierra donde se nace, es donde comienza a tener fuerza la raíz. Del verde dice poco, una planta y no mucho más. También está el rojo, el negro, los violetas, es primavera amigo querido, ¿de qué vamos a hablar si no es de las flores, los catarros y ese amarillo pus que se obstina en pegarse en los ojos, en la lengua, catarro, tos seca? Primavera, pero no como dice Ocampo, “la primavera inmunda; de la irisada paloma que fecunda; los insectos, que son como ladrones, ya lo sé, en los azahares con limones; las glicinas guarangas derramadas ensuciando baldosas coloradas.” Todavía es fresco, los insectos se reparan en una intimidad de cuevita, de repliegue para la batalla del verano.
Verde, verde limón, verde inglés, ¡cuántos verdes! Verde sugus de manzana y de menta, verde albahaca y cocodrilo, verde en pantone número blabla, los enanitos son verdes, el color esperanza, color cálido, color frío. La canción ¿no?, saber qué se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos. Está hablando del verde, todos lo sabemos aunque en ningún momento aparezca el verde en alguna de sus estrofas.
Yo también conozco una historia verde. Es cortita. Es la historia de Paulo el Misionero, bien verde, como el edén, el césped y el gusano de humo que nace de las bengalas en Curupatí.
Paulo era verde y eran verdes los dientes de su abuelo Pan, que mascaba yerba porque así aprendió de los tupíes. Eran verdes las manos de su abuela Tea, que tenían el olor de la madera. Las uñas de la vieja también eran verdes y verde es el secreto guaraní de secar el yuyo al calor de la leña.
Es verde todo lo que va para el cielo, los árboles y las plantas, y también es verde la maldad que se arrastra por el suelo. La abuela Tea decía que al monte se va con botas, que a la bicha le gusta morder los pieses de los gurises, que son dulces y frescos como el rocío, que el animal huele la carne tierna, el olor de la presa fecunda.
Son verdes los loros y las cotorras que hablan en las cumbres de las palmeras, tienen ese lenguaje de mediohumano, de chimiscoleras, invasoras de los cielos y la calma.
Es verde el centro del Cerro Blanco, eso dicen los mbyas, el pueblo que nació tragando piedras y con la sangre de sus encías volvieron roja a la tierra.
Era verde el abrazo de espinas cuando Paulo caminaba eludiendo las sombras del yaguareté y verde fue la sorpresa que una olla al fuego le regaló.
Fue verde 1976, 1977, 1981 y cuando lo llamaron a Paulo, en marzo de 1982, desde la posta que tenía y todavía tiene las paredes pintadas de verde. Le anunciaron que se subirá a un Hércules, un semidiós, para volar y para defender a su bandera que no era verde, pero se sentía como la marea de pasturas que le gustaba caminar.
Verde fue la tela que no aguantó el frío y los ojos de la oveja que se robó.
Verde la pastura que apretó el joven con los dientes, tuvo suerte porque la tierra del sur es yerma y encontrar verde entre la roca y la arena fue providencial. Mordió a la fuerza, con la mandíbula encajonada en el verdecito casi amarillo de la hierba, mientras una bota le apretaba el pescuezo fundiendo su cara contra el piso. Verde fue la laguna que se formó alrededor de su boca, un agua pútrida que salió de un órgano mediomuerto, la bilis, dijo uno que estaba al costado de la bota entre preocupado y divertido.
También era verde el uniforme del ejército argentino, que nacía por encimita de la bota, una parra venenosa que trepaba por las piernas, se iba al cuerpo, verde de trinchera, de miedo, verde de auto nacional, de corridas, de fusil oxidado, de pañuelo con sangre, de campaña en el extranjero, de charretera, de un dolor que arranca las tripas y que no muere, porque diosito quiere que la maldad también exista, para que el bueno vea cómo son las cosas.
Fueron verdes los recuerdos del litoral y del hombrecito que estaba sometido bajo el peso del oficial, pensando en mamá, pensando en papá, en la abuela Tea y el abuelo Pan. Era verde la campera que llevaba, hasta que el teniente Rubén María Galarza dijo lo estaquean y después me lo traen, pero antes le dan palo. Han sido rojos sus gritos y sus lamentos, luego se hicieron negros. Fue verde su último aliento, con perfume de infancia, a las manos de su madre, al pan y cocido, a la bicicleta que le dejó a su hermanito, antes de ahogarse para siempre contra el suelo de las Islas.
Es verde la esperanza y la muerte. Mi hermano dice que es como una plantita.
Cultura
Murió Carlos Alonso, el pintor que hizo de la memoria una herida abierta
Tenía 97 años y falleció en Unquillo, Córdoba, donde vivió durante décadas. Con una obra que atravesó el expresionismo, la denuncia política y el dolor de la dictadura que desapareció a su hija, Alonso construyó uno de los legados más poderosos del arte argentino del siglo XX.
Una hija desaparecida, el exilio, los cuerpos como metáfora de la violencia de Estado y más de setenta años de producción ininterrumpida: Carlos Alonso no fue solo un pintor, sino uno de los registros más lúcidos y dolorosos que el arte argentino dejó sobre sus propios traumas.
El artista plástico Carlos Alonso, nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, murió este lunes 21 de septiembre de 2026 en su casa de Unquillo, Córdoba, a los 97 años. Su obra, que abarcó la pintura, el dibujo y el grabado, atravesó más de siete décadas marcadas por el expresionismo y por una mirada profundamente crítica sobre la Argentina y sus heridas.
De Cuyo a Europa: una formación entre maestros
Su trayectoria comenzó en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se trasladó a Tucumán para sumarse al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, experiencia que resultó decisiva en su desarrollo artístico. Tres años después viajó a Europa y tomó contacto directo con la obra de Diego Velázquez y Vincent van Gogh, influencias que reaparecerían de manera recurrente en sus trabajos.
En 1957 obtuvo el primer premio en un concurso para ilustrar la segunda parte del Quijote de la Mancha y en 1968 se instaló en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia de Dante Alighieri. Esas incursiones en la gran literatura occidental no fueron ejercicios académicos; fueron el laboratorio donde Alonso afiló una mirada sobre el poder, el castigo y el cuerpo que luego trasladaría a la realidad argentina.
El cuerpo como territorio político
A fines de los años 60 comenzó su serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, en la que la disección del cuerpo se convirtió en metáfora de la violencia que el poder ejerce sobre los sujetos. Esa misma línea lo llevó a su trabajo sobre El matadero de Esteban Echeverría, donde la carne animal y el cuerpo humano se fusionan bajo el mismo signo del sacrificio y la dominación. En esas obras, Alonso demostró que la tradición pictórica europea y la historia argentina podían dialogar sobre el mismo territorio: el de los cuerpos que el poder destruye.
La dictadura, el exilio y Paloma
La última dictadura militar marcó su vida de manera irreversible. Alonso debió exiliarse y vivió primero en Italia y luego en España. En 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada por el terrorismo de Estado y permanece desaparecida. Esa ausencia que no cierra se convirtió en el eje alrededor del cual giró su producción posterior.
Su regreso a la Argentina en 1980 y su instalación definitiva en Unquillo no significaron un cierre, sino una profundización. La serie Manos anónimas, en la que abordó el terrorismo de Estado y la violencia política, es quizás la síntesis más descarnada de esa experiencia: manos que no tienen cara, cuerpos sin nombre, la brutalidad como sistema. La desaparición de Paloma no fue solo una tragedia personal; fue la herida que le dio a su obra una dimensión que ninguna técnica podría haber construido artificialmente.
Reconocimientos y una última exposición
Su trayectoria recibió los premios Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición retrospectiva que revisó su producción y su diálogo con la tradición pictórica occidental. Sus obras integran las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
En 2025, Alonso realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo, institución que contribuyó a fundar, su última exposición pública. Fue una muestra dedicada a una faceta menos difundida de su obra: su relación con el paisaje de las sierras cordobesas, el territorio que eligió para vivir y donde finalmente murió. Hasta el final, el paisaje y la memoria coexistieron en su pintura como dos formas de habitar el tiempo.
Lo que tenés que saber
- Carlos Alonso murió el 21 de septiembre de 2026 en Unquillo, Córdoba, a los 97 años.
- Fue uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX argentino, con una obra que abarcó pintura, dibujo y grabado durante más de siete décadas.
- Su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida por la última dictadura militar en 1977, hecho que transformó de manera definitiva su producción artística.
- En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran retrospectiva; en 2025 realizó su última exposición en Unquillo.
- Su obra integra las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
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